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6.8 Effect on A Highly Penetrated Bulk System

6.8.3 Renewable Integration

En los casos en los cuales aparece contraindicado trabajar junta- mente con los dos integrantes de la pareja, utilizamos el recurso de dos tratamientos individuales paralelos, conducidos, por lo general, por el mismo terapeuta. A veces hemos experimentado la fórmula de cambiar los papeles de terapeuta directo y de supervisor en los dos tratamientos.

Como hemos visto en el caso de los señores Laurieto, ésta es la modalidad de elección en el caso de parejas separadas, que sin embargo presentan un compromiso emotivo altísimo. Los dos tratamientos, generalmente, no prosiguen durante el mismo lapso, a veces uno de los integrantes de la pareja se compromete menos con el trabajo terapéutico a medida que su separación del ex compañero se va haciendo efectiva. En tales casos, el trabajo principal prosigue generalmente con el otro cónyuge, con quien es posible que los hijos pueden volver a vivir (o a quien ya le han sido confiados nuevamente). Está claro que hay una relación de influencia recíproca entre la decisión del equipo de trabajar de manera más concisa y continuada con el progenitor que intuimos como más motivado por el tratamiento (y porque se le dé la tutela de los hijos), y la decisión del otro progenitor de abandonar al mismo tiempo tanto el trabajo terapéutico, como la solicitud de la tutela de los hijos.

Si bien somos conscientes de que la elección de retirarse por parte de uno de los padres no puede ser influenciada, ni siquiera de forma determinante, por el terapeuta, en muchos casos nos ha parecido percibir una gran semejanza entre el comportamiento que el progenitor tiene en la terapia y el que ha tenido con el hijo. Es típico el caso del padre que prodiga atenciones y regalos al niño esperando que éste le permita recuperar a su esposa que se ha ido. En una fase posterior, si su proyecto fracasa, el mismo padre volcará sobre el hijo su angustias por haber sido abandonado y traicionado, hasta el punto de inducirlo a realizar el control sobre la madre que él, ex marido, no puede efectuar más directamente.

El comportamiento de un padre así con el terapeuta es totalmente

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análogo. Primero él se mostrará disponible y dispuesto a colaborar, pero no entrará jamás en una verdadera relación en la cual hablar de sí mismo y de sus dificultades. Buscará, por el contrario, utilizar las entrevistas para recoger noticias sobre su ex esposa y para contar a su vez episodios que puedan dejarla en mal lugar frente al terapeuta. Sin embargo, cuando se da cuenta de que tal estrategia no le sirve, tenderá a abandonar simultáneamente al terapeuta y al hijo.

En este punto, es indispensable que el terapeuta supere la tentación de actuar contra una apresurada dimisión del paciente. Ayudado por el equipo (menos implicado emotivamente por el rechazo del paciente a proseguir el trabajo), debe al menos tratar de motivarlo para que acepte desarrollar su función de padre, de la que el hijo sigue teniendo una vital necesidad, aunque no pueda vivir más con él. Para ayudar a este padre, desilusionado y dispuesto a abandonar a su hijo apenas desaparecen sus esperanzas de reconquistar a su ex mujer, el terapeuta debe ofrecer la continuación de su relación, que puede consistir en charlas de verificación y de apoyo psicopedagógico. Estas charlas serán menos frecuentes y profundas de las que el terapeuta mantiene con el otro progenitor, pero serán, de todos modos, propuestas de nuevo con confianza.

La relación terapéutica con este padre será de todos modos muy precaria y su vinculación con frecuencia se desvanecerá si corresponde con la inserción de un eventual compañero de su ex esposa en las sesiones dedicadas a ella. En efecto, cuando la mujer implica en su relación con el hijo a un nuevo compañero, puede ser necesario citarlo a la sesión: ésta funciona generalmente como señal que sanciona la reconstitución de un nuevo núcleo familiar y paralelamente lleva al abandono de la terapia por parte del padre. Si a esto no sigue también el abandono del hijo, el trabajo del terapeuta, tendiente a consolidar y a hacer más auténtica la relación del hombre con el niño, no habrá sido inútil.

La fórmula de dos tratamientos individuales alternados no es indicada exclusivamente en los casos de parejas separadas. Funciona también en las situaciones donde cada uno de los integrantes, en una sesión de pareja, rechazaría afrontar con el terapeuta sus estrategias interactivas por temor a descubrirse frente al otro. Recalcamos que se trata de un tratamiento de pareja, y no de un verdadero tratamiento individual, que no resulta posible cuando la vinculación con el terapeuta es todavía frágil y la motivación para un trabajo terapéutico totalmente

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instrumental. Como hemos subrayado varias veces, mientras el trabajo con varios miembros de la familia presentes en la misma sesión puede dar frutos a pesar de que ellos están empujados primordialmente por la coacción externa del Tribunal, el tratamiento individual requiere una motivación personal. En el caso de sesiones individuales alter- nadas, se tiene presente que cada uno de los integrantes de la pareja está en conocimiento del hecho de que también su cónyuge tiene análogas citas con el mismo terapeuta. Puede, por lo tanto, crearse en la pareja competiciones que refuerzan una motivación incierta. Es muy difícil, en efecto, que uno de los dos quiera librarse del compromiso terapéutico que busca resolver la crisis que los llevó al alejamiento de los hijos. El terapeuta, por lo tanto, tiene a su disposición algunas sesiones para suscitar una motivación más auténtica. Deben tenerse en cuenta resistencias que pueden ser expresadas con la frase "¿si él es el que se debe curar, yo qué hago aquí?" o tentativas de usar las sesiones sólo para hablar del cónyuge.

En cuanto al problema de qué comunicará el terapeuta a cada uno de los cónyuges con referencia al material surgido en las sesiones con el otro, hemos notado que esto entraña menos dificultad de lo que podría parecer. Los cónyuges son conscientes de que el terapeuta posee la globalidad de las informaciones, es decir, ambas versiones del juego de pareja, que también son reveladoras de las distintas estrategias. Generalmente, el terapeuta no transfiere contenidos de sesiones de un contexto terapéutico a otro, y se lo garantiza explí- citamente a los dos pacientes. Pero a veces, en cambio, pide auto- rización a uno de los dos para comunicar al otro un elemento que le parece particularmente significativo. Esto sucede generalmente en los casos donde la comunicación directa entre los cónyuges es tan escasa, debido a la profunda resistencia de ambos a descubrirse por miedo de ser frustrados y desilusionados, que el terapeuta descubre amplias áreas de la relación toscamente basadas en el error. En tales casos, el terapeuta actúa, para estas áreas, de canal telefónico entre los dos asustados interlocutores, buscando facilitar una comunicación menos reticente.

Hemos usado frecuentemente este formato de tratamiento con las parejas donde uno de los miembros es alcohólico, casuística muy frecuente en un centro que se ocupa del maltrato. Cuando el problema del alcoholismo se vuelve el punto crucial entre los dos contendientes, es difícilmente tratado en sesiones conjuntas: el alcohólico niega

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tercamente que bebe mucho, o disminuye la importancia de su dependencia, y el otro mientras tanto tercamente trata de empujarlo a confesar su vicio. Este fenómeno también invalida la terapia.

Cada vez que el terapeuta encuentra en el comportamiento del cónyuge no alcohólico un elemento que sostiene el síntoma del otro, corre el riesgo de darle a este último una justificación para continuar bebiendo. Inversamente, cada vez que el terapeuta impugna la elección de beber del alcohólico sugiriéndole estrategias alternativas en la relación con el compañero, este último está dispuesto a utilizar las palabras del terapeuta para echarle en cara al cónyuge que si ha elegido beber para hacerlo sufrir significa que es malo.

Un ejemplo de esta dinámica lo constituye la familia Cividali, de buen nivel sociocultural, que administra un negocio familiar. Los cónyuges, después de varios años de matrimonio, han tenido una única hija, Daniela, de 11 años en el momento de la intervención del Tribunal. La intervención fue provocada por las crisis familiares que se desencadenaban alrededor del alcoholismo de la madre. Los gritos de los tres miembros de la familia inducían frecuentemente a los vecinos a llamar a la policía, que había denunciado al Tribunal de Menores el estado de angustia en el que varias veces habían encontrado a la niña, espectadora de peleas familiares que convertían al hogar en un campo de batalla. Daniela fue entonces confiada al servicio social, que la mandó a un semiinternado del que volvía a su casa por la noche. El drama había alcanzado su punto máximo algunos meses antes, cuando la madre, tratando de recoger algunos trastos que desde el balcón había tirado a una terraza vecina, se cayó en el patio fracturándose las piernas.

Las sesiones con el núcleo familiar (la abuela paterna, personaje clave, no pudo participar porque estaba enferma), y después con la pareja, consiguieron hacer emerger, en el transcurso de varios meses, dos puntos centrales. El primero estaba constituido por el vínculo intensísimo entre el señor Cividali y su madre, con quien había vivido durante 30 años, después de la precocísima viudez de ella, muerto el marido a causa del alcoholismo. El señor Cividali, hombre introvertido y depresivo crónico, había encontrado en su esposa una mujer que lo animaba con su carácter exuberante. Sin embargo, todos los días corría al lado de su madre, con quien, entre otras cosas, administraba el negocio, como si se tratara de un oasis de paz y tranquilidad, para sustraerse de la intromisión y del ímpetu de su esposa, que estaba profundamente celosa de la "mamitis" de su esposo.

El segundo punto conflictivo estaba constituido por la posición asumida por Daniela, que se ponía abiertamente del lado del padre. Esta inclinación sería comprensible si se hubiese iniciado después del alcoholismo de la madre: actualmente la niña cree, en efecto, que el padre es víctima de una borracha que descuida la casa y que le hace continuamente escenas injustificadas porque va a comer a casa de su abuela. Pero esta inclinación padre-hija se presenta mucho antes en el tiempo, y también eso es causa de grandes celos en la señora Cividali. Esta última, como es típico en los alcohólicos, niega que bebe, aunque sí admite haber bebido en el pasado y afirma

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dramáticamente que ha decidido beber para dejarse morir y castigar al marido y a Daniela.

El descubrimiento del juego familiar no lleva a ningún cambio relevante. Los cónyuges están preocupados exclusivamente por denunciar cosas del adversario frente al terapeuta elegido como juez de la competencia: "¿Te das cuenta de que bebes?"; "¿Has visto que por tu culpa he comenzado a beber?". Después de algunos meses de sesiones sustancialmente inútiles, el terreno de la contienda se traslada a Alcohólicos Anónimos, a cuyas reuniones el marido obstinadamente quiere llevar a su esposa, quien tan obstinadamente como él se niega a participar.

El cambio se verifica cuando el terapeuta comienza a ver a los cónyuges indi- vidualmente. El objeto del tratamiento del marido es su depresión, y la consiguiente necesidad de conseguir la ayuda del grupo de parientes de Alcohólicos Anónimos. Este trabajo consigue un rápido resultado, por lo cual el señor Cividali se acerca con agrado al grupo, mejorando notablemente su estado depresivo. El terapeuta inmediatamente decide espaciar las sesiones, para no interferir con el mensaje desculpabilizador que los Alcohólicos Anónimos dan a los parientes ("El alcoholismo es una enfermedad"), junto con la hábil invitación a la responsabilización ("Para ayudar a tu esposa, debes cambiar tú").

El objeto del tratamiento de la esposa, por el contrario, es la reconstrucción de su caso familiar, cuyas vicisitudes (que no contaremos aquí) la predispusieron a hacerse considerar como hija por su futura suegra. La señora confirma tranquilamente la suposición del terapeuta según la cual ella se había casado para tener una madre. Sus celos por el estrecho vínculo que todavía subsiste entre su suegra y su esposo es por lo tanto doble: por un lado, sufre por la primacía que su marido reserva a su madre; por el otro, por no haber podido ella conquistar el primer lugar en el corazón de su suegra, aunque la cuida amorosamente desde que se quedó inválida. Por otro lado, perseguir el amor de su suegra ha sido en buena parte un instrumento para lograr poner celosa a su madre, que siempre la había tratado fríamente.

El lento desplazamiento del objetivo del tratamiento, de la relación con el cónyuge a la relación con las mujeres significativas de su vida, se reveló fructífero. En los meses siguientes, la señora reanuda las relaciones interrumpidas con sus tías y primas maternas. La relación con Daniela, por el contrario, no es tan fácil de recomponer, porque la muchacha, que a su tiempo ha absorbido la instigación paterna, es ahora provocativa por sí misma, cargada como está de rencor por el descuido de la madre hacia el padre y hacia ella misma, y por la vergüenza con que cubrió a la familia. En el transcurso de una última escena en estado de ebriedad, es la misma señora quien llama al asistente social, que organizará con el Tribunal un alejamiento también nocturno de Daniela. En una tempestuosa sesión del terapeuta con el padre, éste acepta la decisión del juez, interrumpiendo así la cadena de reproches. Cuando Daniela sale de la casa, el señor Cividali logra convencer a su esposa de que su deseo de verla curada del alcoholismo es auténtico y es un signo de su verdadero afecto por ella. La señora llega a la siguiente sesión en un estado de conmovedora felicidad por haber participado en las primeras tres reuniones de los Alcohólicos Anónimos.

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EL TRABAJO DE REHABILITACIÓN

Este último caso, donde nuestro tratamiento se integró y completó con la intervención de los Alcohólicos Anónimos, llevando en el curso de los meses siguientes a una radical mejora de la situación, nos permite introducirnos en el tema del trabajo de rehabilitación, tema que hace poco ha comenzado a formar parte de nuestras reflexiones de equipo. Como ya hemos dicho en este capítulo, durante varios años hemos sobrevalorado el poder de cambio que tiene el descubrimiento del juego y de las otras intervenciones características de la terapia de familia. Creíamos entonces que la ruptura de un juego patógeno repetitivo podía dar acceso por sí mismo a una nueva modalidad de funcionamiento, capaz de excluir la reaparición tanto del maltrato como de otros signos de malestar. Esta opinión, ingenuamente confiada, contrastaba, entre otras cosas, con experiencias preexistentes (Masson, 1981), que subrayaban la importancia de una fase "reconstructiva", donde acercar a la familia por medio de la reorganización de un nuevo juego más "sano", es decir, más satisfactorio para todos los miembros.

Nos obligaron a abrir los ojos algunas dramáticas recaídas en comportamientos de maltrato, por parte de familias seguidas por nosotros, así como algunos seguimientos, si bien no trágicos, pero que daban la impresión de un trabajo dejado por la mitad (Covini, 1985).

Es verdad que, en algún caso particularmente afortunado, haber puesto eficazmente delante de los ojos de la familia las estrategias encubiertas de cada uno ha permitido a los varios componentes el abandono casi inmediato de los comportamientos patógenos. A veces esto sucedió a través de la disolución afectiva (no sólo legal) del vínculo conyugal, jamás asumido como vínculo privilegiado respecto de la fidelidad de cada uno de los integrantes de la pareja hacia la familia de origen. En otros casos, por el contrario, hemos asistido a una refundación del matrimonio sobre bases radicalmente nuevas, sin necesidad de que la pareja fuese acompañada posteriormente en la recontratación de las reglas de la relación conyugal y paternal.

De la rapidez con la que tales casos se resolvieron probablemente puede ser responsable la experiencia misma del contexto judicial (el alejamiento de los hijos, la sanción penal, etcétera) que ha empujado de forma penetrante a aquellas particulares familias fuera de las arenas de la violencia y del abuso. Pero en otros casos, desgraciadamente,

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enormes dificultades se han interpuesto a los esfuerzos de varios componentes del núcleo para encontrar nuevas modalidades de convivencia. La inercia de reglas consolidadas durante años, el torbellino de vínculos no rescindidos eficazmente con personas externas a las familias, el aislamiento social agravado justamente por el hecho de haber incurrido en los rigores de la ley, el debilitamiento de la autoridad de los padres resultado inevitable de la sanción (con el consiguiente riesgo de una instigación de los hijos contra los padres) son todos factores que pueden hacer regresar a la familia a modalidades organizativas preexistentes.

De estas constataciones se derivó una renovada atención por nuestra parte a la fase del trabajo de rehabilitación, que se abre un vez agotada la fase de la terapia propiamente dicha. Consideramos, por lo tanto, que es indispensable, en muchos casos, especialmente en aquellos más crónicos y más pobres de recursos (intelectuales, culturales, econó- micos, etcétera) proceder, en segunda instancia, también a una obra de reconstrucción, que acerque y prosiga la intervención demoledora que el descubrimiento del juego ha operado sobre los equilibrios disfuncionales preexistentes. Es interesante observar cómo nuestro progresivo convencimiento acerca de la necesidad de retener en terapia a las familias, mucho más allá del momento del descubrimiento del juego, refleja un proceso de análoga revisión de los objetivos y los métodos de la terapia familiar en otros contextos, como el psiquiátrico territorial (Selvini y otros, 1987).

Caso por caso, es necesario individualizar quién está en condiciones de proporcionar este aporte rehabilitador. Los Alcohólicos Anónimos actúan perfectamente en este sentido, ofreciendo una red de relaciones muy estrecha y presente y además una serie de ocasiones también sociales que ayudan a la familia que maltrata a salir de su aislamiento. El planteamiento de los Alcohólicos Anónimos es además capaz de favorecer la recuperación o el aprendizaje de habilidades sociales de las que con frecuencia nuestros pacientes están totalmente desprovistos, como asumir un comportamiento de reparación frente a las personas que han sido maltratadas u ofendidas, el saber pedir perdón, el hacerse perdonar, etcétera.

En otros casos, es nuestra comunidad terapéutica, u otra análoga, la que desarrolla el papel de educador y rehabilitador de los padres, como en el ejemplo de Monica y de Ettore antes señalado. Crecidos en dos familias gravemente conflictivas (ella hija de una alcohólica,

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él obligado, desde pequeño, a robar por su madre ávida y despótica), los dos jóvenes no tenían modelos de referencia educativos. Aunque Monica, como hemos dicho, tendía a utilizar las sugerencias de nuestros educadores para ser "la primera de la clase" en menoscabo de su