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adie sabe cómo empezó. Algunos di- cen que fue un monje loco que pintó una enorme bestia de fauces abiertas, oscuras corno las tinieblas, usando pigmentos especiales elaborados con hojas marchitas, las cenizas de antiguos pergaminos y sangre hu- mana reseca. Ciertas sectas animistas habla- ron del regreso de los espíritus del color a sus hogares más allá de las estrellas. Cuenta otra leyenda, la más popular, que todo empezó en los sótanos de un gran museo, en las salas abo- vedadas de los almacenes, donde los cuadros y las reliquias de tiempos pasados duermen y esperan a que los despierten y los adecenten para salir al público.

Un restaurador trabajaba con desgana sobre una obra de un pintor maldito americano de principios de los años veinte. Se contaba de él que había hecho un pacto con el Diablo para que sus cuadros revolucionaran el mundo, pe- ro pronto se hundió en el olvido, perdido en el remolino de la Historia, y ya por aquel enton- ces nadie recordaba cómo ni cuándo había muerto. En el cuadro se mostraba un cuarto de baño, posiblemente de una de las numerosas pensiones que eran la residencia habitual del pintor. Era un lienzo rectangular, algo más al- to que ancho, que medía un poco menos de medio metro entre lado y lado. Ligeramente por encima de los ojos aparecía un espejo con aspecto desgastado, con pequeñas grietas en los bordes y una pátina de suciedad que em- pañaba corno un velo el reflejo de una puerta de madera entreabierta y una ducha. Aunque el espejo era lo primero que se encontraba un observador, el centro de la composición era el lavabo desconchado que había debajo. El la- vabo estaba medio lleno, o medio vacío, según opiniones, y dentro flotaban varios hilos de colores. Tres hebras principales, una roja, una

amarilla y otra azul, bailaban rodeadas de pe- queñas tiras de color con todas las mezclas imaginables. En el borde del lavabo, junto a los grifos, se veían los tubos de óleo abiertos y, en su boca, la pintura aún sin secar goteaba sobre el agua, "tal vez símbolo de la fragilidad de la creación artística o del bloqueo del pin- tor", según rezaba el cartel que iba a acompa- ñar al cuadro.

La pintura se había deteriorado, pero el cuadro no era lo suficientemente antiguo corno para necesitar un trabajo a fondo. Bastaba con una limpieza rutinaria. Y ocurrió que, corno el res- taurador quería acabar cuanto antes para poder dedicarse a la nueva adquisición, una exquisi- ta tabla flamenca de fama internacional, y no a esta obra menor, se olvidó del tapón. La lim- pieza apenas había afectado al original. Algu- nos detalles se habían difuminado un poco, so- bre todo en las partes más castigadas por los años, pero no era nada que los retoques habi- tuales no pudiesen solucionar. Recuperó algu- nas de las líneas semiborradas, reintegró los pequeños trozos donde la pintura se había le- vantado y pasó a otra cosa.

El tapón era un tapón de goma negra, sin ca- dena, del que sobresalía una pequeña anilla de cobre. En el original, la anilla estaba gastada y apenas era una línea parduzca en el fondo del lavabo. Tras la limpieza, se difuminó y el ta- pón se convirtió en un agujero negro, vacío, dispuesto a tragar el agua y todos los colores que flotaban en ella.

Nadie sabe cómo empezó y ésta es una histo- ria tan buena como cualquier otra. Lo que sí se sabe es que fueron las grandes pinacotecas y los aficionados a la pintura los primeros en notar los cambios. Los cuadros parecían lige- ramente más pálidos, con esa pérdida de vive- za de una camiseta desteñida al sol. Era el fi-

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nal del verano. La primera reacción fue cam- biar la iluminación, cerrar más las cortinas, evitar que diese tanta luz a las pinturas. Era un efecto sutil, pero algo enervante, porque, al contrario que en otras ocasiones en las que ha- bía sido necesario hacer algún ajuste similar, no se pudo arreglar del todo el problema y los cuadros seguían teniendo un aire raído. Ni si- quiera la restauración devolvía la vida a los pigmentos. Poco después, los pintores se en- contraron con el mismo problema, la obra del día anterior aparecía súbitamente envejecida al despertar.

Pronto empezó a notarse el efecto en las foto- grafías, que se fueron apagando lentamente. Al llegar el otoño, coincidiendo con la caída de las hojas, se desvanecieron los tonos de las películas que, en una evolución inversa, pasa- ron a colores sepias primero y, en el plazo de unos pocos meses, al blanco y negro. Los pri- meros prototipos de holovisión que por aquél entonces se estaban desarrollando, converti- dos en un mero juego de sombras, se abando- naron antes de nacer.

La luz grisácea del invierno, en lugar de irse aclarando al alargarse los días, conservó el as- pecto plomizo de las tardes de lluvia y cuan- do llegó la primavera los colores no volvieron

con ella. Las flores brotaron con aspecto mar- chito y, al final, todas acabaron negras o gri- ses, blancas en el mejor de los casos, y pare- cían papeles doblados a medio quemar. Poco después las hojas de los árboles y la hierba perdieron su verdor.

También las noches habían cambiado. Los ro- jos, naranjas, amarillos y azules de las estre- llas, normalmente tenues e imperceptibles, desaparecieron y el firmamento se llenó de puntos de luz blanca uniforme. La gente se sentía incómoda mirando al cielo nocturno y pronto los astrónomos se dieron cuenta de que esa luz del corazón de las estrellas, que les contaba su vida, su historia; que era su natura- leza y sus entrañas, no volvería.

Las puestas de sol pasaron de rojo a burdeos, luego a ocre, y acabaron por parecer un boce- to al carboncillo de lo que habían sido. Al in- vierno siguiente, las auroras boreales, en vez de iluminar las noches del norte con brillos verdes y sus pinceladas rojizas y azuladas, se presentaron tímidamente como si fueran humo de chimenea. Gritos de horror resonaron por los campos cuando se vieron los primeros ar- coíris unicolores, reducidos a ser el código de barras de la esfera celeste.

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78 sionados en una enorme capa de nubes de tor- menta. Las arcillas rojizas y las arenas doradas ya no se distinguían. La tierra abandonó su va- riedad y sólo se presentaba con aspecto de sue- lo volcánico o de un paisaje lunar. Las piedras preciosas, cuando pudieron mantener su brillo, lo hicieron transfiguradas en basalto. Los tonos metálicos acabaron en acero mate. El oro em- pezó a parecer plata y, con el tiempo, ambos se convirtieron en plomo, como al final de una triste cadena de desintegración radiactiva o en la pesadilla de un alquimista.

Las radios sólo captaban estática y las televi- siones nieve, puntos blancos y negros bailando en la sartén de la pantalla. Los aparatos de co- municaciones quedaron ciegos a todas las fre- cuencias, que al fin y al cabo no son más que los colores con los que ven las antenas. Se ha- bló de una "uniformización no explicada de la energía fotónica", que es la forma técnica de decir lo que todo el mundo sabía: que algo es-

taba drenando el color del mundo sin que nadie comprendiera qué era ni cómo lo hacía. En menos de dos años, las ricas gamas de tona- lidades de los animales se habían difuminado. Todos los pelajes eran grises. Los pavos reales, incapaces de llamar la atención de las hembras, dejaron de criar y se extinguieron tras un par de décadas. La carne de las personas se fue ensu- ciando. Los ojos, el último e inquietante reduc- to de color que quedaba en el mundo, cedieron poco después. Todo era ceniza. Gradualmente los sueños perdieron también su color y se con- denó a la Humanidad a las noches monocromas de los perros. Ya no quedaba nadie capaz de re- cordar cómo era el azul o el rojo.

Nadie sabe cómo empezó, hace más de cien años, cuando la gente no era una carcasa vacía como un árbol gris y reseco y no bastaba un pequeño golpe para que se derrumbase y sólo quedara un polvo ceniciento que se lleva el viento. 

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Galería de Aparejadores

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