4.2 The Genetic Programming Approach
4.2.1 Representation
La espiritualidad ignaciana como ―hija‖ de la modernidad sentó también su confianza en la razón humana. De hecho, los planteamientos que mantuvo la comunidad con respecto al libre albedrio fueron considerados en su momento heréticos ya que se dedujo que Dios ―dependía‖ del hombre para realizarse. No obstante, como señala B. Echeverría, la comunidad distinguió entre gracia efectiva y gracia suficiente. En esta distinción, la gracia efectiva es ―la encargada‖ de ―materializar‖ la salvación del hombre a través del libre albedrio, en efecto:
[Dios] se basta a sí mismo para salvar o condenar a cualquiera [pero] este bastarse a sí mismo sólo puede darse mediante una intervención humana […] el libre arbitrio debe estar ahí, en cada uno de los individuos, para que la gracia suficiente de Dios se convierta en una gracia eficaz, para que la salvación tenga lugar. (Echeverría 1996, 35)
Así, si bien el hombre tiene la oportunidad, mediante el libre albedrío, de ―salvarse a sí mismo‖ decidiéndose por el bien en medio de un ―devenir inconcluso‖ que se debate entre dos fuerzas morales antagónicas, Dios no deja de bastarse a sí mismo. De forma que lo que trasmuta es el carácter absolutista de la gracia de Dios. Con la modernidad, la gracia de Dios será suficiente pero contingente, divina pero mundana, etc.
Lo que si ha de considerarse herético es la distancia que toma la comunidad jesuita decimonónica local de la modernidad capitalista y que refleja la autonomía relativa de la comunidad como institución global. Nos referimos a la crítica levantada contra la
confianza desmedida en la razón humana que exigió la competitividad del capital y que
Bolívar Echeverría denomina hybris.
De nuevo la interpretación que se expone en los boletines del OAQ sobre la constitución del universo nos permite argumentar lo anterior. Así, se relativiza el
protagonismo de la razón humana al menos en dos lineamientos: a) la ambivalencia
moral que atraviesa la inteligencia y voluntad del hombre y b) los límites de la inteligencia humana frente a los descubrimientos cada vez mayores de la astrofísica.
Con respecto al primer punto, empecemos con el siguiente extracto:
Extenso es nuestro globo, sabia su construcción y elevado su destino que nos llena de admiración, cuando algo lo alcanzamos a comprender; más extenso es el sistema solar y los secretos que encierra, pero mayor que todo Aquel que con su mano poderosa
levanto ese magnífico edificio, dirigió su construcción y vela constantemente por su duración y conservación. Que tuviéramos inteligencia para comprender y voluntad para amar es principio y fin de toda perfección (Menten 1878b, 26; énfasis agregado) De acuerdo al párrafo precedente, la inteligencia y la voluntad del hombre son dones de Dios, por tanto, son cualidades que denotan la presencia de este en los hombres. Empero, dado el libre albedrío, estos dones potencialmente pueden ―desviarse‖ por el poder de control que despliega la misma razón humana en tanto su atención este ―absorbida solo en la materia". En este sentido, el hombre puede participar como co creador en la obra de Dios perfeccionándola en el camino del bien pero al mismo tiempo puede decidir separarse de él para crear su propio orden. El hombre ha de aprender entonces a reconocer la subordinación del orden físico al orden moral:
La felicidad y desventura del hombre en particular, como de la sociedad en general, se encuentran en el arreglo o desvío de esas facultades principales [inteligencia y
voluntad del hombre]. Hay, pues, las palabras, libertad, moral, religión, derecho, estado […] Estas palabras y las ideas que expresan, mueven continuamente, a todo, hombre
cuya atención no está absorbida solo en la materia, y cuya aspiración va más allá de su subsistencia y la de su familia; son las mismas que bien o mal usadas forman las palancas poderosas de todo movimiento social, las grandes reformas que, en cambio continuo, se efectúan en las naciones
[…]Pero todo eso, aunque es, como bien lo conozco, la parte más importante en el orden universal […] El objeto de mis estudios actuales debe ocuparme y por eso
es que voy a la otra parte del orden universal, el orden físico, menos digno que el primero, pero no menos interesante para el hombre que está colocado en medio de los milagros de la naturaleza, para admirarlos y aprovecharse de ellos. (Menten 1878b, 4; énfasis añadido)
Junto a la ambivalencia moral que atraviesa la voluntad e inteligencia del hombre, explicaremos el segundo punto: la limitación cognoscitiva de este. La ciencia se constituyó en el medio por el cual, de igual manera, para la comunidad el hombre (re)conoce los límites de su propia constitución. Así, se subraya el exiguo alcance cognoscitivo de la inteligencia humana frente al cosmos infinito que abre la astrofísica:
Con razón dice el P. Secchi que la profundidad de los cielos es impenetrable, que jamás conoceremos sus límites, que nuestra imaginación se confunde y en vano busca comparaciones para formarse alguna idea de la inmensidad y armonía del sistema cósmico.(Menten 1881b, 39; énfasis añadido)
Esta limitación se constituye como tal, en efecto, porque el hombre es parte de un orden cósmico que le antecede y le sobrepasa. Por ello, mediante la astrofísica se subraya el aparecimiento reciente del hombre dentro de ese orden así como su estatus de creatura en medio de otras tantas creaturas que habitan el universo.
[…]La historia del hombre no es la historia de la tierra. A última hora ha venido a ocupar el puesto que se le había preparado por mil transformaciones del globo terrestre. Todas estas transformaciones o revoluciones geológicas, muestran desde
tiempos inmemoriales un desarrollo continuo y un perfeccionamiento constante; desarrollo y perfeccionamiento que no son exclusivamente propios del globo terrestre sino común a todos los cuerpos celestes. (Menten 1878b, 19; énfasis añadido)
En definitiva, dado que la ciencia es un recurso que devela las fuerzas físicas que, a su vez, expresan la unidad y perfección de Dios, y por otro, la fragilidad y ambivalencia moral de la razón humana, la fe en la ciencia no puede ser ilimitada. Ella no es el fin, es un medio al servicio de un fin mayor. De forma que, en el corpus teológico de la comunidad jesuita local, la ciencia no es un contraargumento de Dios, por el contrario, es la confirmación de su axiomaticidad.