Miteé. Es un niño perteneciente a la cultura Machalilla. Tiene diez años y se dedica a las labores de pesca. La autora lo presenta con rasgos propios de la cultura, su cráneo deformado con la cabeza alargada y la frente plana, costumbre de la época y símbolo de poder y belleza en su cultura.
Lucía el rostro y el cuerpo tatuados con líneas rojas. De sus orejas, perforadas todo el contorno, colgaban hilos de colores amarrados como aros. Debajo de los labios tenía una fila de pequeños orificios que servían para insertar plumas en ocasiones importantes. (Iturralde, Miteé y el cantar de las ballenas, 2010, p. 14)
Según la obra, vivió hace 3200 años y fue escogido por la diosa Mah-ia-me-siá para emprender un viaje marítimo hacia el norte, cuando estos aún no se realizaban. Para tal propósito, recibió de Talamayá la noticia y también un collar de conchas spondylus que era la razón más importante del viaje. Es un transmisor de las culturas de la costa, viaja al pasado y al futuro en el lomo de una ballena: Uuam, y en su recorrido, conoce las diversas culturas que tuvieron lugar hace miles de años. De ellas va aprendiendo sus costumbres, forma de vida y lo más representativo en cada periodo... inundándose de un profundo amor y respeto hacia estas manifestaciones culturales de sus ancestros y de sus futuras generaciones.
Desde los seis años, vivió en casa de los hombres, esta situación lo había hecho independiente, capaz de valerse por sí mismo, pese a su temprana edad. Con responsabilidad, salía diariamente a navegar y a recoger concha spondylus. Oficio que realizaba gustoso.
Desconocía quién era su madre, y aunque le habría gustado tener una, se sentía satisfecho al llamar madre a todas las mujeres de la aldea, ya que todas participaban por igual en la crianza de los niños. En esto puede notarse el positivismo con el que asumía la vida, no se lamenta por lo que no posee, valora lo que tiene y le hace feliz. Signo de madurez en su carácter y nobleza en su espíritu.
En sus hechos refleja constantemente cualidades como la curiosidad y la obstinación, cuando quiere algo, insiste hasta lograr su propósito, quizá fueron estas virtudes que lo hicieron grato a los dioses y escogido para la hazaña. Le gusta la aventura y, al ser escogido para la misión, se alegra aunque desconoce en qué consiste la misma… Como muchos niños de su edad se identifica por ser preguntón, valiente y decidido, estas
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características están presentes en sus acciones a lo largo del relato, no duda al hacerse a la mar solo, ni cumplir la misión aun cuando se trataba de una ruta desconocida en el océano, no le preocupa el peligro que encuentra en cada viaje que realiza en el tiempo y de cuyas aventuras sale airoso… no lo amedrenta el riesgo, se siente orgulloso de haber sido el elegido.
Es compasivo, de noble corazón, y lo demuestra cuando quiere ayudar a Suó mientras los demás hablan de arrojarlo al mar para aplacar la ira de los dioses. Las intenciones de Suó habían sido buenas y lo probó ante los demás haciéndole beber la pócima mágica que recibió en el reino de los chonos, que probaba la limpieza de los corazones. Con esto se evidencia la prudencia en la ejecución de sus actos, al emplear adecuadamente los objetos que posee, en el momento oportuno; y la generosidad de su corazón, su capacidad de comprensión e indulgencia, pese a su tierna edad.
Otros rasgos que define su personalidad es su autoestima, que incluso llega a parecer presunción en más de una ocasión, por ejemplo cuando llegan a México y todos rinden pleitesía a Alaí. Siente que él es el héroe, el elegido y que a él debían rendirse los honores. Valora su esfuerzo, el sacrificio que le había costado llegar a las distintas épocas; por lo tanto, su altivez no le permitía ser ofendido por nadie.
Pequeño, pero inteligente, durante la travesía aprende el significado del movimiento de la luna y las estrellas para saber la ruta que debía seguir, además, en su viaje, fue un aprendiz de chamán, buscó soluciones a los conflictos suscitados, como la devolución de la concha robada en la Isla Sagrada de los Pájaros. Demostró sus cualidades de navegante cuando, perdidos en el océano y sin que Tomalá y Talamayá pudieran orientarse o descifrar lo ocurrido, encontró una estrella a través de la piedra de esmeralda obsequiada por la diosa Umiña, que sería la que los guiaría en su viaje hacia México.
Sin embargo, a pesar de los suficientes conocimientos de las estrellas y las corrientes marinas que había adquirido y de sus sentidos chamánicos, en ocasiones sentíase inseguro. El miedo se apoderaba de él en cada situación apremiante en la que debía usar sus objetos recopilados en el mar del tiempo, temía equivocarse o que estos no funcionaran como debían. No obstante, pese a sentir miedo alguna vez, jamás se acobardó y actuó siempre en busca del bienestar de la tripulación y el cumplimiento de la misión.
Logra su total autonomía en tierras mexicanas y a su regreso, se había convertido en un experto navegante, digno representante de las culturas de la costa. Hijo de Talamayá, se consagra como un chamán, engalanando el linaje al cual pertenecía.
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Talamayá (Zarigüeya). “Nunca hay dos y siempre hay una, pero juntas sirven a la madre Luna” (Iturralde, Miteé y el cantar de las ballenas, 2010, p. 69).
Con este enigma, Uuam se refiere a la identidad de la Zarigüeya y de Talamayá como un mismo ser; en efecto, lo era. Se trata de una chamán de la cultura Manteña que se convertía en zarigüeya, su dios personal. Es un personaje que muestra doble identidad y que está presente en todas épocas del relato, las pasadas y las futuras.
Como humana, la autora le atribuye ciertos rasgos que nos transportan a la época Manteña, pues representan la cultura de una época remota.
Al referirse a ella, la autora expone:
Tenía el cuerpo pintado con tatuajes de gruesas líneas rojas y geométricas (…) Su cabeza, deformada como la del muchacho, se erguía como una pala en la frente, mientras que su barbilla terminaba en punta. De los pabellones de sus orejas colgaban argollas (…) llevaba las mejillas tatuadas, adornadas a lo largo de los extremos, con perforaciones donde estaba insertadas plumas al igual que debajo de sus labios (…) Sus uñas eran largas y fuertes. (Iturralde, Miteé y el cantar de las ballenas, 2010, pp. 18-19-22)
Como animal, “Tenía su pelaje grisáceo con una mancha blanca en forma de estrella en la frente. Sus orejas pequeñas, atentas al menor ruido, y su hocico puntiagudo con bigotes temblorosos le daban el aspecto de estar indagando todo el tiempo” (Iturralde, Miteé y el cantar de las ballenas, 2010, p. 17).
En ambos casos, permanece junto a Miteé, guiándolo, protegiéndolo y ayudándolo constantemente. Era la chamán del santuario de Mah-ia-me-siá, la diosa del mar y de la luna.
Al inicio de la obra, su aparición representa una amenaza para Miteé, lo cual a ella misma entristece. Este hecho permite corroborar el compromiso adquirido con su función en aquella sociedad. Era una chamán y acataba a cabalidad los designios de los dioses. Si estos hubieran sido negativos, habría sido capaz de castigarlo duramente; no obstante, la voluntad de la diosa Mah-ia-me-siá era favorable, y esto transforma su rol. Deja de ser representación inminente de peligro; para convertirse desde ese instante en su protectora.
Entre sus poderes chamánicos, se destaca su don para comunicarse con las ballenas enviando señales luminosas con su espejo de obsidiana, así como con los espíritus de sus antepasados y era capaz de predecir los deseos de la diosa. De esta manera le fue revelado el viaje que debía emprender Miteé y es ella quien transmite al niño la función que tenía: ser un mensajero y realizar un viaje que nadie ha emprendido jamás. Era una mujer
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misteriosa. A ella acudían a buscar respuestas sobre los fenómenos naturales acontecidos en la isla.
Es descendiente directa de una línea de mujeres chamanes y mantiene vivas las tradiciones curativas y mágicas. Interviene entre el mundo terrenal de los humanos y el mágico de los dioses y ostenta poderes que le permiten entrar al mundo de los espíritus. También puede viajar por el mar del tiempo, aparece y desaparece en los distintos viajes de Miteé; conoce todo cuanto ocurre y es su fiel acompañante, lo libra del peligro y lo guía en su formación. Así mismo da explicaciones a aquellas situaciones inentendibles para Miteé como el enojo del tótem en su tránsito por la cultura Manteña.
Su rol de protectora, lo demuestra en sus acciones y también en su preocupación por el bienestar de Miteé, cuida que nada malo le suceda en el desarrollo de la misión, la cual consideraba demasiado pronta pues aún era un niño.
Es ella la que orienta su viaje y provoca situaciones que ayudan al niño a crecer y adquirir el conocimiento y dominio necesario para llevar a feliz término la hazaña. Lo acompaña durante su viaje de preparación y planea con Uuam todo sobre su desplazamiento por el mar del tiempo. No solo lo prepara como chamán, sino que induce sus acciones al recordarle en cada percance, su aventura y aprendizaje en el mar del tiempo.
Se muestra cariñosa con el niño desde el inicio de la obra y durante todo el relato, mantiene complicidad en la relación con Miteé, en torno a lo que ambos habían vivido en el mar del tiempo, algo que los demás desconocían.
En la navegación es quien dirige y organiza a los acompañantes y sus respectivas actividades. Tenía habilidades para confeccionar telas, con hermosos diseños de animales, en los que se destacan las zarigüeyas, imagen con la que se presentó a Miteé, su hijo, y con la que lo guió en su recorrido por las distintas culturas ancestrales de la costa ecuatoriana. Yavalé. Es el cacique del señorío de Salangone, gobernante en la aldea de Salango, su imagen es signo de autoridad.
Como jefe de un pueblo de navegantes, se llena de satisfacción ante la idea de descubrir nuevas vías a través del mar. Cuando Talamayá le da a conocer la misión, no duda en apoyarla y es quien ordena al pueblo preparar la embarcación. Pese a que Miteé era un niño, no se opone al viaje, demostrando fiel cumplimiento a la profecía.
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La autora lo describe con su frente achatada y cráneo deformado con la cabeza alargada al igual que la chamán y el niño.
Tenía los pabellones de sus orejas horadadas en todo el contorno y adornadas con argollas de mullu, con collares y pulseras de la misma concha. Debajo de los labios lucía tres filas de pequeñas plumas de guacamayo… su rostro tenía tatuajes de líneas rojas y negras. El resto del cuerpo musculoso también estaba tatuado. Vestía un taparrabo de tela blanca de algodón y sandalias de cuelas de cuero de venado amarradas en los tobillos. (Iturralde, Miteé y el cantar de las ballenas, 2010, p. 27) En ocasiones especiales, lucía además, un collar donde colgaban pequeñas cabezas encogidas y disecadas de quienes habían sido sus enemigos. Él representa el poder en la cultura Machalilla, una sociedad donde no existían las clases sociales, pero eran respetados los caciques y chamanes.
En la obra, el cacique es quien da el ejecútese al plan de emprender la navegación hacia tierras lejanas y desconocidas. En él se muestra una gran preocupación por el pueblo y un ferviente deseo de procurar su bien. Al igual que los demás personajes, considera algunos fenómenos naturales como señales divinas o signos de buenos y malos augurios, pensamientos o creencias propios de los pueblos aborígenes. Por lo que existe una total concordancia entre el personaje y la época en la que se desenvuelve.
En él no se evidencian poderes sobrenaturales; para dar respuestas a sus preguntas, recurre a la chamán; no obstante, goza del respeto y obediencia del pueblo, se lo había ganado con valentía, en sus luchas victoriosas ante sus enemigos y de los cuales conservaba sus disecadas cabezas como trofeo de guerra.
Suó. Es uno de los tripulantes de la embarcación, nieto del cacique Yavalé.
Se trata de un niño poco mayor que Miteé, sin ninguna experiencia en navegación; sin embargo, su parentesco con el cacique, le hizo posible incluirse entre los catorce navegantes seleccionados para el viaje.
Zarpa en compañía del grupo, siendo un joven inmaduro e irresponsable, al punto de que su imprudencia pone en riesgo la misión y la vida de todos, al robar una concha spondylus en la Isla Sagrada de los Pájaros y desatar la furia de los dioses, lo que provocó una tormenta marina que no cesó hasta devolverla.
Pero no hay maldad en su accionar; pese a proceder de forma equivocada, su interior está lleno de buenas intenciones, no hay envidia ni codicia en él, su condición de nieto del cacique, podría hacerle sentir superior a los otros niños, Miteé un simple niño dedicado a recolección de mullu y Alaí, una niña de origen desconocido, sin embargo, no se
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observa en él indicios de superioridad, por el contrario, acata todas las imposiciones y realiza todas las labores encomendadas con alegría, entusiasmo y sobre todo con humildad. Esto se evidencia desde el momento en que hace su aparición en la historia, cuando –una vez que fue seleccionado- colabora en la organización de las actividades y es el encargado de seleccionar las cañas donde llevarían el agua
Como un rasgo propio de un adolescente, Suó se enamora de Alaí, procura siempre estar junto a ella e impresionarla, pero calla este amor por creer que entre ella y Miteé pudiera existir algún sentimiento especial, miedo que se disipa al final de la obra cuando descubre que ellos son hermanos y que su hipótesis carece de fundamento. Al saber que ella se quedaría en México siente tristeza por la separación pero confía en un futuro encuentro.
En el viaje demuestra grandes destrezas marineras, es el encargado de la vela la mayor parte del tiempo y un experto en maniobrarla. Al regreso, asume con valentía su responsabilidad de colaborar con Miteé en la conducción de la embarcación, llevando la empresa con éxito hasta las costas de Salango, donde fueron recibidos como verdaderos héroes.
Alaí. Conocida como “ojos que reflejan” tiene una aparición anticipada en el relato. Antes de que actúe se conoce ya su participación en la historia, por intervención de los espíritus, cuando le es revelado a Talamayá su presencia e importancia en el viaje. Explícitamente, entra en escena durante la reunión de la chamán con el cacique y el pueblo, y surge de la nada, pues nadie recordaba haberla visto antes.
Al igual que Miteé, fue seleccionada por un ser inmortal: “la abuela de voz dulce”,
uno de los espíritus de los antepasados con los que Talamayá se comunicaba, para acompañar en la misión. Su presencia no fue casualidad, ya que su poder –consistente en reflejar en sus ojos objetos relacionados con el futuro o acontecimientos próximos- servía de pistas e inducían a Miteé a entender lo que sucedería y cómo podía actuar para resolver los percances suscitados durante la travesía. De esta manera colabora en el cumplimiento de la misión.
Era un contraste de dulzura y misterio. Su identidad permanece de incógnito durante todo el relato, nadie sabe cuál es su origen, pero desde el inicio de la historia, se le atribuye cierto protagonismo en la misión y una importancia fundamental para el desarrollo de los hechos, esto se puede percibir cuando, Talamayá siente alivio y conformidad al saber que ella sería una de las seleccionadas para el viaje. Su presencia sería crucial.
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A la vez, es un personaje que inspira afecto e irradia ternura y la evidencia en el trato hacia los compañeros y hacia su perro. En la obra, el amor a los animales está representado en su figura. Al embarcarse lleva un perrito, que no tiene ningún rol, ninguna función, simplemente es la mascota de Alaí, y como tal, recibe de ella los cuidados y el amor necesario. Hasta el desenlace de la historia, ella no tenía a nadie más en la vida, estaba sola como Miteé, solo tenía a Tií, su perro.
Al igual que Talamayá, tiene el don de transformarse en animal, su espíritu se convierte en pelicano; y, bajo esta condición, puede devolver la concha spondylus robada en la Isla Sagrada de los Pájaros. El reflejo en sus ojos fue el indicio para descifrar el enigma planteado por el caracolillo de oro de Miteé. También refleja la estrella de un brillo azulado, la cual orientó a los tripulantes y los llevó hasta México cuando yacían a la deriva. Del mismo modo, en territorio mexicano, se reflejaron plantas de cacao, semilla que llevaron a tierras lejanas y que cultivaron e intercambiaron con los nativos.
Al final se revela su identidad, Alaí era hija de Talamayá y hermana de Miteé, por lo tanto ostentaba los mismos poderes de la chamán y el chamán de la Tolita, podía viajar en el tiempo, comunicarse con los espíritus, e interpretar los designios de los dioses. Al término final de la obra, en sus ojos se refleja Uuam, con lo que Miteé pudo interpretar que lo volvería a ver y viajaría nuevamente por el mar del tiempo.
Durante la navegación, es la encargada de cuidar los animales y los granos que transportan.
Tomalá. Es la representación de la sabiduría del hombre ancestral, del aprendizaje empírico, del dominio de un oficio a través de la experiencia. En él confluyen estos tres rasgos característicos del hombre de la cultura Machalilla: el conocimiento del mar, la luna y las estrellas, la transmisión de estos saberes a los descendientes y el respeto o prestigio obtenido gracias al trabajo forjado día a día. Se trata de un hombre adulto, de edad avanzada, un sabio conocedor de los secretos del mar y de los astros. Es el sabio marino, navegante del grupo, quien impone el rumbo debido a su dominio en las labores náuticas. La autora lo describe como:
Un hombre viejo, flaco y tan arrugado que parecía que sus huesos se hubieran encogido de repente. Tenía varias cicatrices en los brazos, recuerdo de un encuentro con un tiburón, y cojeaba de una pierna a causa del mismo pez. Exhibía en el pecho un amuleto hecho del hueso de una orca que se jactaba haber vencido en una lucha a muerte… Su voz era clara, casi cantarina, cosa extraña para un hombre de su edad. (Iturralde, Miteé y el cantar de las ballenas, 2010, pp. 111-112)
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Es un personaje cuyas cualidades lo sitúan en el límite de la realidad y la fantasía, otorgándole características míticas. Su victoria contra el pez, de la cual guardara visibles recuerdos, es un acontecimiento que crea en el lector una imagen heroica, digna de aquel que sería el guía en tan peligrosa empresa.
Su presencia inunda al grupo de seguridad, y su rol es crucial en el desarrollo de los hechos, ya que orienta, con su sabiduría, la ruta que debían seguir, mediante el curso de las