4 8 Individual-level attitude, preference and intention measures
CHAPTER 7. DATA & METHODOLOGY
7.2 Research approach
EL HECHO (2009)
El día 7 de julio de 2009 se dio a conocer públicamente la Carta Encíclica Caritas in
veritate de Benedicto XVI, fechada el 29 de junio de 2009 (fiesta de la solemnidad de
San Pedro y San Pablo). Al día siguiente comenzó la cumbre anual de los Jefes de
Estado (Francia, Estados Unidos, Rusia) y de Gobierno (Canadá, Alemania, Japón, Italia, Reino Unido) de los países del Grupo de los Ocho (G8) en L’ Aquila (Italia).
En su Mensaje a la Cumbre (8 al 10 de julio de 2009), el Pontífice hace una explícita referencia a su nueva encíclica como una contribución a la promoción eficaz de un desarrollo humano integral, inspirado en los valores de la solidaridad humana y de la caridad en la verdad, en el contexto de la actual crisis económico-financiera y del cambio climático. Y en la Audiencia general del miércoles 8 de julio, Benedicto XVI invita a orar para que “de esta importante cumbre mundial surjan decisiones y orientaciones útiles para el verdadero progreso de todos los pueblos, especialmente de los más pobres”.
COMPRENSIÓN DEL HECHO
La Carta Encíclica La caridad en la verdad es la tercera encíclica de Benedicto XVI. Así, la preceden Deus caritas est (25 de diciembre de 2005) y Spe salvi (30 de
noviembre de 2007), pero es la primera que forma parte del cuerpo de la enseñanza social de la Iglesia. Al respecto, la última fue de Juan Pablo II, Centesimus annus (1 de mayo de 1991), para conmemorar el primer centenario de la Rerum novarum (15 de mayo de 1891) de León XIII.
La preocupación de la Iglesia por lo social
El mismo Benedicto XVI expresa la finalidad de su encíclica social durante la audiencia general del 8 de julio. “Como otros documentos del Magisterio –explica el Pontífice– también esta encíclica retoma, continúa y profundiza el análisis y la reflexión de la Iglesia sobre temas sociales de vital interés para la humanidad de nuestro siglo”.
“La situación mundial, como lo demuestra ampliamente la crónica de los últimos meses –observa Benedicto XVI– sigue presentando problemas considerables y el
escándalo de desigualdades clamorosas, que persisten a pesar de los compromisos asumidos en el pasado. Por una parte, se registran signos de graves desequilibrios
sociales y económicos; por otra, desde muchas partes se piden reformas, que no pueden demorarse más tiempo, para colmar la brecha en el desarrollo de los pueblos”. En este contexto, “el fenómeno de la globalización puede constituir una oportunidad real, pero para esto es importante que se emprenda una profunda renovación moral y cultural y un discernimiento responsable sobre las decisiones que es preciso tomar con vistas al bien común”.
Ciertamente, la encíclica no ofrece soluciones técnicas a los amplios problemas
sociales del mundo actual, ya que no es competencia del Magisterio de la Iglesia (cf. No 9). Sin embargo, subraya el Pontífice, “recuerda los grandes principios que resultan indispensables para construir el desarrollo humano de los próximos años”. El camino solidario propuesto se basa, en primer lugar, en “la atención a la vida del hombre,
considerada como centro de todo verdadero progreso; el respeto del derecho a la libertad religiosa, siempre unido íntimamente al desarrollo del hombre; el rechazo de una visión prometeica del ser humano, que lo considere artífice absoluto de su propio destino… Tanto en la política como en la economía hacen falta hombres rectos, que estén
sinceramente atentos al bien común... Es urgente llamar la atención de la opinión pública hacia el drama del hambre y de la seguridad alimentaria, que afecta a una parte
considerable de la humanidad. Un drama de tales dimensiones interpela a nuestra
conciencia: es necesario afrontarlo con decisión, eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres”.
En la huella de la Populorum progressio
Al desarrollar el tema de la propuesta social cristiana sobre el desarrollo de los pueblos, Benedicto XVI sigue de cerca la encíclica Populorum progressio (26 de marzo de 1967) de Pablo VI1. “A más de cuarenta años de la publicación de la Encíclica –afirma el Pontífice– deseo rendir homenaje y honrar la memoria del gran Pontífice Pablo VI, retomando sus enseñanzas sobre el desarrollo humano integral y siguiendo la ruta que han trazado para actualizarlas en nuestros días… Manifiesto mi convicción de que la
Populorumo progressi merece ser considerada como la Rerum novarum de la época contemporánea, que ilumina el camino de la humanidad en vías de unificación” (Nº 8).
La carta encíclica Caridad en la verdad está dividida en seis capítulos: (a) El mensaje de la Populorum progressio; (b) El desarrollo humano en nuestro tiempo; (c)
Fraternidad, desarrollo económico y sociedad civil; (d) Desarrollo de los pueblos, derechos y deberes, ambiente; (e) La colaboración de la familia humana, y (f ) El desarrollo de los pueblos y la técnica.
El título de la encíclica se inspira en la carta paulina a los Efesios (4, 15): la verdad en la caridad (veritas in caritate). La verdad y el amor se complementan porque no solo la sinceridad de la fe se expresa en el amor, sino también se ha de entender, valorar y practicar el amor a la luz de la verdad, llegando a ser la caridad en la verdad (caritas in
veritate). Así, la caridad es iluminada por la verdad y, a su vez, se testimonia la verdad
en la concreción de la vida social.
“La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad”, porque “sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo”. En otras palabras, “la verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal” (Nº 3). Así, la verdad es la Palabra (el logos) que crea la comunicación (el diálogos) en la comunión. “Sin la verdad, la caridad es relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado” y, así, “queda excluida de los proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal, en el diálogo entre saberes y operatividad” (Nº 4).
En la fe, el ser humano se percibe amado por Dios y se convierte en sujeto de caridad, llamado a anunciar este don, tejiendo redes de caridad en la sociedad. La Doctrina Social de la Iglesia es el fruto de esta dinámica de caridad recibida y ofrecida. “Es caritas in
veritate in re sociali, anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad… Sin
verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad” (Nº 5).
Si el amor mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz, “defender la verdad, proponerla con humildad y convicción, y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad” (Nº 1). En Cristo, el discípulo emprende una vocación de amor hacia el otro en la verdad del proyecto divino para la humanidad. Por ello, “la caridad es la vía maestra de la
doctrina social de la Iglesia” (Nº 2), porque la caridad es la síntesis de toda la ley cristiana (cf. Mt 22, 36-40), y se hace verdad no solo en las microrrelaciones (amistades, familia, pequeño grupo) sino también en las macrorrelaciones (sociales, económicas, políticas).
Justicia y bien común
Por consiguiente, la caridad en la verdad constituye “el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia” (Nº 6), un principio que se hace operativo mediante los criterios orientadores de la acción moral. En una sociedad en vías de globalización, se destacan la relevancia particular de dos de ellos: la justicia y el bien común.
El amor es entrega de uno mismo al otro, mientras la justicia es dar al otro lo que es suyo, lo que le corresponde. Sin embargo, esta distinción no separa caridad y justicia, sino más bien enuncia su ineludible unidad. Por un lado, la caridad exige la justicia, es
decir, el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los pueblos; por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón. Lo humano “no se promueve solo con relaciones de derechos y deberes, sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión” (Nº 6).
El bien común es exigencia que corresponde a la justicia y la caridad. Esta mediación política de la caridad “no es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que solo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz” (Nº 7). Por consiguiente, el bien común dice relación con el conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social para poder configurarla como polis (ciudad) donde todos tienen cabida digna.
Una propuesta antropológica
La hermenéutica (interpretación) de la cuestión social depende directamente de la epistemología (comprensión) antropológica de lo humano. Aún más, en nuestros días, “la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica, en el sentido de que implica no solo el modo mismo de concebir, sino también de manipular la vida, cada día más expuesta por la biotecnología a la intervención del hombre” (Nº 75).
El auténtico progreso tiene que velar por todas las dimensiones de lo humano. Por ello, “el desarrollo debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual… Una
sociedad del bienestar, materialmente desarrollada, pero que oprime el alma, no está en sí misma bien orientada hacia un auténtico desarrollo”, porque “no hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad” (Nº 76).
La soledad constituye una de las pobrezas más hondas que el ser humano puede experimentar porque se define por la relacionalidad. En otras palabras, el ser humano se realiza en las relaciones interpersonales. “El hombre se valoriza no aislándose, sino poniéndose en relación con otros y con Dios. Por tanto, la importancia de dichas
relaciones es fundamental. Esto vale también para los pueblos” (Nº 53). Así, el auténtico desarrollo exige “la inclusión relacional de todas las personas y de todos los pueblos en la única comunidad de la familia humana, que se construye en la solidaridad sobre la base de los valores fundamentales de la justicia y la paz” (Nº 54).
Desde la perspectiva cristiana, esta relacionalidad es iluminada por el misterio del Dios Trino. “La Trinidad es absoluta unidad, en cuanto las tres Personas divinas son
relacionalidad pura. La transparencia recíproca entre las Personas divinas es plena y el vínculo de una con otra total, porque constituyen una absoluta unidad y unicidad. Dios nos quiere también asociar a esa realidad de comunión: para que sean uno, como
relacionalidad un criterio social clave, entendiendo la inclusión en la óptica de una comunidad humana verdaderamente universal y solidaria.
Por ello, se precisa de un saber amoroso que complemente el conocimiento científico en la comprensión de la realidad. “Sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor”. Es que “las exigencias del amor no contradicen las de la razón. El saber
humano es insuficiente y las conclusiones de las ciencias no podrán indicar por sí solas la vía hacia el desarrollo integral del hombre. Siempre hay que lanzarse más allá: lo exige la caridad en la verdad. Pero ir más allá nunca significa prescindir de las conclusiones de la razón, ni contradecir sus resultados. No existe la inteligencia y después el amor: existe el
amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor” (Nº 30).
Desde la comprensión cristiana, “la verdad no es producida por nosotros, sino que se encuentra o, mejor aún, se recibe”. Por consiguiente, “al ser un don recibido por todos, la caridad en la verdad es una fuerza que funda la comunidad, unifica a los hombres de manera que no haya barreras o confines… La unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca”. Se está en la lógica del don, que, por una parte, no excluye la justicia, y, por otra, subraya que “el desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad” (Nº 34).
Así, “la doctrina social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones
auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o después de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente”. De lo cual se sigue que “en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo” (Nº 36).
En una época de globalización, “la actividad económica no puede prescindir de la gratuidad, que fomenta y extiende la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y el bien común en sus diversas instancias y agentes… La solidaridad consiste en primer lugar en que todos se sientan responsables de todos; por tanto, no se la puede dejar solamente en las manos del Estado”. Por ello, en una civilización de la economía, la caridad en la verdad significa “la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo” (Nº 38).
formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y
comunión. El binomio exclusivo mercado-Estado corroe la sociabilidad, mientras que las formas de economía solidaria, que encuentran su mejor terreno en la sociedad civil aunque no se reducen a ella, crean sociabilidad. El mercado de la gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley. Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco” (Nº 39).
La comprensión cristiana del desarrollo
Las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo una vocación e implica que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Además, desde la perspectiva cristiana, este desarrollo exige “una visión trascendente de la persona, necesita a Dios”, ya que dejarlo únicamente en manos del hombre se corre el peligro de ceder “a la presunción de la autosalvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado. Por lo demás, solo el encuentro con Dios permite no ver siempre en el prójimo solamente al otro, sino reconocer en él la imagen divina” (Nº 11).
La afirmación de que el desarrollo constituye una vocación equivale “a reconocer, por un lado, que este nace de una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado último por sí mismo” (Nº 16). Además, una vocación también constituye una llamada que requiere una respuesta libre y responsable. “El desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la responsabilidad humana” (Nº 17). Ahora bien, “esta libertad se refiere al desarrollo que tenemos ante nosotros, pero, al mismo tiempo, también a las situaciones de subdesarrollo, que no son fruto de la casualidad o de una necesidad histórica, sino que dependen de la
responsabilidad humana” (Nº 17).
El desarrollo humano como vocación implica también que se respete la verdad de un desarrollo integral, es decir, promover a todas las personas y a toda la persona. “La visión cristiana tiene la peculiaridad de afirmar y justificar el valor incondicional de la persona humana y el sentido de su crecimiento. La vocación cristiana al desarrollo ayuda a buscar la promoción de todos los hombres y de todo el hombre” (Nº 18). El horizonte del paradigma cristiano se fundamenta en el Evangelio, porque en la Persona de Jesús el Cristo se manifiesta plenamente lo humano a la humanidad.
Este humanismo trascendental que hace comprender el desarrollo como vocación conlleva que su centro sea la caridad. “La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. Esta nace de una vocación trascendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad
fraterna… que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida de Dios vivo, Padre de todos los hombres” (Nº 19). Por tanto, la urgencia de las reformas viene impuesta por la caridad en la verdad.
En la Populorum progressio, Pablo VI presenta una visión articulada del desarrollo. Benedicto XVI explica que “con el término desarrollo quiso indicar, ante todo, el objetivo de que los pueblos salieran del hambre, la miseria, las enfermedades endémicas y el analfabetismo. Desde el punto de vista económico, eso significaba su participación activa y en condiciones de igualdad en el proceso económico internacional; desde el punto de vista social, su evolución hacia sociedades solidarias y con buen nivel de formación; desde el punto de vista político, la consolidación de regímenes democráticos capaces de asegurar libertad y paz” (Nº 21).
Lamentablemente, después de tantos años y en el actual contexto de la crisis mundial, vale la pena preguntarse sobre el modelo de desarrollo que se ha adoptado en las últimas décadas. La sola confianza en la capacidad humana meramente tecnológica para fijar objetivos realistas y poder gestionar constante y adecuadamente los instrumentos
disponibles ha entrado en crisis. “La ganancia es útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido, tanto en el modo de adquirirla como de utilizarla. El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza” (Nº 21).
Por una parte, “es verdad que el desarrollo ha sido y sigue siendo un factor positivo que ha sacado de la miseria a miles de millones de personas y que, últimamente, ha dado a muchos países la posibilidad de participar efectivamente en la política internacional”; pero también “se ha de reconocer que el desarrollo económico mismo ha estado, y lo está aún, aquejado por desviaciones y problemas dramáticos, que la crisis actual ha puesto todavía más de manifiesto” (Nº 21).
Hacia una nueva síntesis humanista
“Las fuerzas técnicas que se mueven, las interrelaciones planetarias, los efectos perniciosos sobre la economía real de una actividad financiera mal utilizada y en buena parte especulativa, los imponentes flujos migratorios, frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente, o la explotación sin reglas de los recursos de la tierra nos inducen hoy a reflexionar sobre las medidas necesarias para solucionar
problemas… que tienen un efecto decisivo para el bien presente y futuro de la humanidad” (Nº 21).
Hoy se requiere una nueva síntesis humanista. “La crisis nos obliga a revisar nuestro