7 CHAPTER : CONCLUSION
7.2 Research Conclusions
Entretanto, en noviembre del 834, en la dieta imperial de Attigny, de nuevo se había evocado la mala situación general, y de nuevo se ha-
bía prometido poner remedio. Mas todo lo que ocurrió de hecho fue el mandato del emperador para que se devolvieran lo antes posible los bienes eclesiásticos enajenados en Aquitania. La miseria del pueblo persistía inmutable.
En una asamblea imperial, convocada el 2 de febrero del 835 en el palacio de Diedenhofen, que fue sobre todo una asamblea eclesiástica, reclamó Luis que se repitiera de forma explícita y más solemne la decla- ración de nulidad de su deposición y penitencia canónica, que ya se ha- bía formulado en Saint-Denis. Y, naturalmente, también los venerables prelados estuvieron ahora de acuerdo; «una gran asamblea de casi todos los obispos y abades de todo el imperio» declaró naturalmente «indig- na» la resolución de Compiègne —que era la suya—, y declaró anuladas por una nueva «sentencia de Dios» las maquinaciones de los enemigos imperiales y la «deslealtad de los malvados y enemigos de Dios». Y «fi- nalmente aprobaron y confirmaron, todos sin excepción y de forma uná- nime, que después de que con la ayuda de Dios las intrigas de aquéllos se habían convertido en infamias y el emperador había sido restituido a los honores paternos y de nuevo revestido debidamente con la dignidad regia, en adelante fuera respetado por todos con la obediencia y sumi- sión más fiel e incondicional como su emperador y señor» (Annales Ber- tiniani).
Así, al año justo de la liberación de Luis, aquellos siempre repug- nantes oportunistas procedieron de nuevo y en la forma más solemne a la reposición del soberano dentro de la asamblea imperial celebrada en la catedral de Metz el 28 de febrero del 835. Allí su hermanastro Drogo, rodeado de 44 obispos, le impuso de nuevo la corona. Estando al tenor literal de los Annales Bertiniani, que son la continuación francoocciden- tal de los Anales imperiales interrumpidos en 829 y nuestra fuente más importante para la época que se extiende desde Carlos el Calvo hasta los tiempos de Carlomán y de Luis III (882), el acto se desarrolló así: «Y después de haber celebrado la santa misa y luego de haber comunicado al pueblo presente todos los detalles del asunto, los santos y venerables sacerdotes tomaron del altar consagrado una corona, símbolo de la so- beranía, y se la impusieron por su propia mano entre el inmenso júbilo de todos los presentes»; y ello «porque con las realidades había también cambiado la voluntad de Dios» (Bund).
Pero el prelado que en 833 había sido el primer protagonista del vergonzoso espectáculo de la deposición del emperador, el hasta enton- ces «abanderado» del partido antiimperialista, el arzobispo Ebón de Reims, «Ebón el campesino más impresentable» (turpissimus rusticus), como le califica su coetáneo el corepíscopo Thegan, aunque también era «el apóstol del norte» (Dawson), no había acompañado a Lotario a Ita- lia sino que se escondió en París. Y allí lo apresaron en la primavera del
834 sus colegas el obispo local Erquenrado y el obispo Rothad de Sois-sons y lo llevaron preso a Fulda. Y ahora, desde luego no por su propia voluntad, inmediatamente después de la reposición eclesiástica oficial del monarca, sube al pulpito de la basílica de san Esteban de Metz, condena «sinceramente delante de todo el pueblo» la deposición de Luis, realizada contra todo derecho, «en oposición a la ley y a todos los mandamientos de la justicia», y celebra su reposición conforme a la justicia y a sus títulos.
En los primeros momentos cierto que los obispos no se atrevieron a enviar a Ebón al desierto, pues temían «que pudiera convertirse en delator contra ellos». Pero más tarde, y a propuesta del emperador, los 44 prelados asistentes lo depusieron por unanimidad al igual que a algunos de los prelados que habían escapado a Italia. La misma emperatriz parece que intervino con toda energía aunque inútilmente ante los obispos en favor de Ebón. Uno tras otro fueron pronunciando la fórmula. «¡Después de tu confesión renuncia a tu cargo!»
Constituye un placer singular comprobar cómo Ebón, después de que los «laicos» fueran excluidos a causa de la protesta episcopal, se defendió con toda razón contra el hecho de que sólo a él se le pidieran cuentas, mientras que no se molestaba a los demás obispos que habían participado en los acontecimientos del 833. Éstos se disculparon por la «situación forzosa» en la que se encontraban, sin que «en su corazón hubieran asentido en modo alguno» al acto doloroso. Pero externamente lo habían apoyado de forma resuelta e incluso, como también entonces, mediante un doble protocolo: con la declaración de cada obispo firmada de su puño y letra y con un documento común firmado asimismo por todos.
Ahora estaban ciertamente contentos de tener un chivo expiatorio, alguien en tiempos delegado por ellos mismos, pero con cuya múltiple condena podían ofrecer un ejemplo y cohonestar su miserable papel, ¡un papel que sólo pocos años después iban a seguir representando! Un papel en el que un sinnúmero de ellos brillaron y brillan a través de los tiempos. El infame no encontró ni un solo defensor entre todos los infames in
Christo.
Pero siete arzobispos cantaron a voz en cuello durante la misa...70 La «Causa Ebonis» fue retomada durante muchos años y cohonestada en los procesos sinodales de los francos de Occidente por los denominados clérigos de Ebón, entre los que también figuraban obispos. Ebón volvió a la prisión de Fulda, después estuvo bajo la vigilancia más estrecha del obispo Frechulfo de Lisieux y finalmente fue entregado al abad Bosón de Fleury. Más tarde también perdió el favor de su protector Lotario I, que a las pocas semanas de la muerte de Luis lo había repuesto como arzobispo de Reims; pero gracias a Luis el Germánico en 845
pescó la diócesis vacante de Hildesheim, para lo cual intentó justificar el paso anticanónico a otro obispado mediante un escrito falsificado del papa Gregorio IV. De hecho en la batalla por su reposición «había reali- zado o mandado llevar a cabo numerosas falsificaciones».71
El acto solemne de la coronación en Metz no puso fin ni a la enemis- tad entre los parientes carolingios ni a la codicia del alto clero, siempre ambicioso de mayor poder.
En un sínodo de Aquisgrán, celebrado en febrero del 836, el episco- pado refrendó una vez más, tras hacer suyos algunos proyectos refor- mistas anteriores, la preeminencia de la potestad sacerdotal sobre la po- testad regia. Ya el prefacio recurre a la famosa doctrina de las dos potestades de Gelasio I (492-496), que hace del Estado el policía de los papas. Los sínodos carolingios la recogen por vez primera en el 829, en el canon 3 del celebrado en París. Por lo demás, los obispos en Aquis- grán —donde se exhortan a sí mismos a la «simplicidad» evitando la «codicia» y donde ven cómo los monasterios de monjas «en parte han degenerado en burdeles» y en lugares «en los que florece el crimen»— proclamaron naturalmente su lealtad al emperador. Y aunque a todas luces son ellos precisamente los que «han errado mucho y muchas ve- ces», por descontado son «principalmente» los demás los únicos culpa- bles, recordando en particular «la ignominiosa defección» de los hijos del emperador así como «la perversión y deslealtad de algunos gran- des». Y desde luego que todo ello sólo podrá terminar bien si «se resta- blece por completo el honor de la santa Iglesia de Dios y los obispos vuelven a ser capaces de administrar bien el ministerio que Cristo les ha confiado».72
La lucha del emperador en favor de Carlos (el Calvo)
y contra los nietos, o en favor del «orden» y contra la «peste»
Cierto que con todo ello la confianza de Luis en los dirigentes ecle- siásticos pudo resquebrajarse un tanto. En cualquier caso permaneció sordo a reclamaciones y ruegos, aparte de que Pipino tuvo de todos modos que devolver los bienes eclesiásticos sustraídos. Incluso la refor- ma monacal, impulsada antes con tanta intensidad con la colaboración de Benito de Aniane, apenas si preocupó ya al soberano. Más bien tole- ró ahora la vida regalada que cada vez se extendía más en la orden, como por ejemplo en Saint-Germain-des-Prés o en Saint-Denis. Abad y monjes se repartían allí los ingresos; más aún, los monjes sustraían sus dotaciones a la intervención del abad, que ni podía reducirlas ni exigir prestaciones por las mismas ni agrandar el convento sin aumentar tam- bién los correspondientes ingresos. Y todo ello garantizado formalmen-
te mediante documentos imperiales. (A finales del siglo XIII y comienzos del XIV, de los ingresos anuales de 33.000 libras de París la abadía de Saint-Denis no daba para ayuda de los pobres una cuarta parte, como la Iglesia exigió durante un milenio, hasta el siglo XVII, sino menos de 1.000 libras, equivalentes a un tres por ciento del presupuesto. Por lo demás eso bastaba a los ascetas para que los días festivos y en tiempo de ayuno «montasen espectaculares repartos»: Geremek.)
Únicamente la joven esposa y la dotación del hijo común parecían interesar realmente al monarca ya entrado en años.73
La nueva división del imperio, decidida en la dieta imperial de Aquisgrán (837) en favor de Carlos el Calvo —a quien el emperador Luis, movido «por los ruegos apremiantes de la emperatriz» (Astrono-mus), otorgó un territorio considerable y además la parte mejor del imperio, como eran todas las tierras entre Frisia y el Mosa hasta bien dentro de Borgoña, tierras que aún se ampliarían alrededor de Aquitania— acabó provocando un nuevo conflicto y condujo a la sublevación de Luis el Germánico. No sin razón se sintió éste perjudicado, pues en la dieta imperial de Nimega, celebrada en el verano del 838, su padre volvió a quitarle todas las regiones de fuera de Baviera, que le habían correspondido tras el aprisionamiento del emperador en el «Campo de las mentiras» y la división del imperio y que, en agradecimiento del soberano por su liberación, se le habían dejado hasta entonces: Alamania, Al-sacia, Franconia oriental, Sajonia y Turingia.
Algunos enemigos personales de Baviera habían irritado al monarca; entre ellos se encontraba probablemente el arzobispo de Maguncia Otgar, que había sido carcelero del emperador y que de nuevo supo ganarse el favor supremo. Aquellas tierras se consideraban ahora como «confiscadas». «Hubo entre ambos una disputa bastante acalorada y Luis tuvo que devolverlo todo a su padre» (Annales Bertiniani), por cuanto se decía que el rey de Baviera quería de nuevo «apropiarse toda la mitad del imperio más allá del Rin» (Nithardi historiarum).
En la dieta imperial de Quierzy (septiembre de 838) el emperador impuso una corona a Carlos, que acababa de cumplir 15 años, alcanzando así la mayoría de edad. Fue un gesto muy infrecuente, que no se había dado con ninguno de sus hermanastros al empezar a gobernar. Y Pipino de Aquitania, desde hacía años partidario leal de su padre, se puso también entonces del lado de Carlos como «aliado». Carlos obtuvo otras asignaciones territoriales, por lo que sus posesiones crecieron y crecieron. Se celebró un desfile del rey bávaro en Maguncia —«aquí el piadoso padre, allí el hijo malcriado»—. Pero cuando los francos orientales, los turingios y los alamanes, a los que de primeras se había ganado Luis el Germánico, se apartaron de él, todas las tribus francas orientales menos las bávaras lo abandonaron y él huyó de nuevo a Baviera.
Entretanto había muerto a finales del otoño del 838 Pipino I, rey de Aquitania. En sus documentos se había llamado «rex Aquitanorum», ya en 814 su padre le había nombrado virrey, fue depuesto en 832, pero tras una reconciliación se le confirió de nuevo el gobierno aquitano, aunque sin muchas esperanzas de que pudiera ejercerlo. A su muerte Luis el Piadoso, evidentemente presionado por su mujer que sólo pensaba en aumentar el poder de su hijo, desestimó el derecho sucesorio de sus dos nietos Pipino y Carlos, hijos de Pipino, el mayor de los cuales, Pipino II, acababa de alcanzar la mayoría de edad. Y así, en 839 entregó Aquitania a su propio hijo Carlos, quien por lo demás tuvo dificultades al comienzo para hacer pie allí.
El territorio al sur del Loira conservaba una fuerte impronta de cultura romana y, según el escritor eclesiástico Salviano, en el siglo v era la región más rica de las Galias. Bastante autónoma hasta entonces, Aquitania había desarrollado bajo la afluencia de los vascos paganos y de otros pueblos muchas formas de particularismo. Y así, los «romanos» fueron a menudo objeto de burlas y difamaciones por parte de los francos. Durante las numerosas campañas militares contra los duques aqui-tanos, contra su duque Hunaldo encerrado en el monasterio así como contra su hijo Waifar acosado peor que cualquier animal y asesinado alevosamente, los francos «devastaron sistemáticamente Aquitania, para quebrantar su resistencia dañando su economía» (Claude). Tras ocho guerras asesinas Pipino III aplastó el territorio; pero ni él ni Carlo-magno consiguieron someterlo por completo.
En el otoño del 839 envió Luis un cuerpo de ejército contra el propio nieto. Fue aquel un ataque especialmente vergonzoso, porque Pipino I, padre del muchacho, a lo largo de sus últimos años siempre había man- tenido una lealtad inconmovible al emperador y al imperio. Pero apenas desaparecido Pipino. Luis abandonó con la mayor sangre fría a sus propios nietos y empezó a «establecer el orden en Aquitania». Pipino II, sin embargo, acompañado de sus partidarios, «practicó el robo y la tiranía... recorriendo el país, como suelen hacer tales gentes», según comenta el prelado Ebroín de Poitiers, jefe de los imperiales. Por ello el «noble obispo» rogó al soberano que «no dejase que se extendiera a su alrededor aquella enfermedad, sino que oportunamente llevase la curación con su presencia antes de que aquella peste contagiase a la mayoría» (Astronomus).
Así que el piadoso Luis respondió del «orden» y la «curación» luchando contra la «enfermedad» y la «peste» —durante dos milenios éstas han sido también las consignas clericales contra todo lo que no encaja con el egoísmo sacerdotal— y esperando «con la ayuda de Dios regresar vencedor de Aquitania». Había roto lazos fuertes y en una guerra fatigosa también consiguió éxitos parciales. Pero sus tropas fueron
diezmadas por «graves calamidades» y por una enervante guerra de guerrillas, especialmente en los nidos rocosos de Auvergne, con todo tipo de correrías y pillajes, una paralizante ola de calor y una epidemia, «mientras que los demás regresaban entre las mayores dificultades».
También en los territorios del norte las sublevaciones sacudieron la supremacía de Luis.
Así, en el otoño del 839, mientras su majestad se entregaba perso- nalmente «a los placeres de la caza en las Ardenas», un ejército franco oriental-turingio marchó a las órdenes de los condes Adalgar y Egilo contra los sorbios, en tanto que otro ejército sajón lo hacía contra obo- dritos y linones. Fueron conquistadas once plazas fuertes de los sorbios, su rey Czismislaw murió en combate y su sucesor hubo de mandar rehe- nes y abandonar el país.
El emperador se retiró a su cuartel de invierno en Poitiers, por en- tonces la ciudad más rica de Aquitania; allí celebró las fiestas del Naci- miento, de la Epifanía del Señor y de la Purificación de la bienaventura- da y purísima Virgen María al tiempo que se esforzaba por el sometimiento de Aquitania. Entonces recibió otra mala noticia: su hijo Luis reivindicaba «en su ya inveterada petulancia el dominio del impe- rio hasta el Rin» (Annales Bertinianí).
El padre, en efecto, tras una discusión muy penosa se había reconci- liado el año anterior en el palacio de Worms con Lotario, el «hijo pródi- go» (Nithard), sin duda el más desleal de sus hijos y el que más disgustos le ocasionó. Y esto —supuestamente con el aplauso de todos— a costa del desheredado Luis (arrebatándole hasta territorios de Baviera entre el Lech y el Danubio junto con las tierras orientales de los Alpes). El monarca pretendía proteger así al joven Carlos, por causa del cual preci- samente también había despojado de su legítima herencia a sus nietos, los hijos de su hijo Pipino. Ahora expulsaba a Luis persiguiéndolo a través de Turingia «hasta la frontera de los bárbaros», de modo que éste hubo de comprarse el regreso a través del territorio eslavo y sólo «con gran trabajo» (Annales Fuldenses) pudo volver a Baviera.74
Pero inmediatamente después desaparecía el soberano del escenario de su agitada vida sobre la tierra.