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CHAPTER 7 RECOMMENDATIONS

7.4 Research Conclusions

antagonismos entre un agro productivo y competitivo a nivel internacional, contrastan con las prevalecientes economías de subsistencia campesina, estas últimas han quedado en una situación de vulnerabilidad económica y social, orillándolas entre otras causas a su conversión en comunidades peri-urbanas, ante la creciente embestida de un tipo de mercado voraz, y un gobierno cada vez más alejado del desarrollo la sociedad y de cada persona y sistema familiar que la conforma; de ahí la necesidad de retomar los principios de desarrollo desde el ser humano individual, y en sus relaciones más cercanas, es decir, en la pareja y la familia, con la finalidad de proyectar los beneficios del desarrollo cuando éste se logre hacia la comunidad local y nacional.

4.3.2. PNUD, MUJERES EN EL DESARROLLO Y GÉNERO EN EL DESARROLLO

El desarrollo humano es el proceso de ampliación de las opciones de las personas mediante el fortalecimiento de sus capacidades. Este proceso implica asumir que cada persona debe ser considerada un fin en sí misma y que, por tanto, ha de ser el centro de todos los esfuerzos de desarrollo y que éstas deben considerarse, no sólo como beneficiarias sino como verdaderas protagonistas sociales. El desarrollo humano es el desarrollo de la gente, por la gente y para la gente. (PNUD, GENERA, consulta en internet 07-Nov-09).

Al establecer la expansión de las libertades y el bienestar humano como objetivo central del desarrollo, el paradigma de desarrollo humano abre muchas posibilidades para la transformación de las relaciones de género y la mejora de la condición de las mujeres, posibilidades que una visión más economicista del desarrollo no permite.

Sin embargo, si hablamos de capacidades de las personas, es preciso señalar que éstas enfrentan obstáculos de diverso tipo para desplegar su potencial, desde la falta de alimento o educación, hasta barreras religiosas o exigencias basadas en una cultura patriarcal que inhiben a una persona a decidir por sí misma. Este énfasis en las capacidades permite

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analizar la situación y posición de mujeres y hombres en cuestiones como la nutrición, la esperanza de vida, pero también la participación política o los ingresos económicos. Permite sacar a la luz todas esas normas y valores sociales de género que diferenciados a mujeres y hombres y que son la raíz de la discriminación y subordinación de las mujeres, tanto en el plano individual como en el colectivo. Todo ello explica que en ningún país latinoamericano –y en realidad en ningún país del mundo- las mujeres hayan alcanzado el mismo nivel de desarrollo humano que los hombres (Índice de Desarrollo Humano, PNUD, 1995).

El desarrollo humano hace hincapié en la participación y el empoderamiento de las personas. En ese sentido, se habla de la agencia humana, que supone reconocer que las personas no somos seres pasivos en el desarrollo sino agentes del mismo y además que cada cual puede aspirar a una serie de metas y valores que puede que tengan que ver con su bienestar o no, y que incluso pueden estar reñidos con él. Este planteamiento de agencia tiene muchos elementos comunes con el concepto de empoderamiento desarrollado por los movimientos feministas del Sur en los ochenta. (PNUD- GENERA, consulta en internet 07- Nov-09).

En ese sentido, es preciso señalar que al mismo tiempo que se gestaba el paradigma del desarrollo humano se evolucionaba claramente también en la manera de enfocar la ausencia, el papel secundario o instrumental que se otorgaba a las mujeres en el desarrollo. De los enfoques orientados a señalar la importancia de su participación y de tomarla en cuenta (enfoque Mujeres en el Desarrollo) con marcos teóricos diversos (enfoque del bienestar, anti-pobreza, eficiencia y equidad) y herramientas prácticas para interpretar y solventar su exclusión, se pasó al enfoque conocido como Género en el Desarrollo (GED). Este enfoque pone el acento en el contexto relacional donde se reproducen y refuerzan las desigualdades entre hombres y mujeres y visibiliza la cuestión de poder que subyace en las relaciones de género.

Este nuevo enfoque GED encuentra en el paradigma del desarrollo humano un espacio idóneo para su desarrollo. En 1995, el Informe sobre Desarrollo Humano, dedicado a la condición de la mujer, señalaba que ―sólo es posible hablar de verdadero desarrollo cuando

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todos los seres humanos, mujeres y hombres, tienen la posibilidad de disfrutar de los mismos derechos y opciones‖ (Índice de Desarrollo Humano- PNUD, 1995), refiriéndose a la desigualdad de género en términos de capacidades –educación, salud y nutrición- y de oportunidades –toma de decisión económica y política-. A partir de los informes de desarrollo humano, el PNUD plantea el enfoque Género y Desarrollo Humano (GDH), como aproximación específica al enfoque GED. El GDH sitúa su análisis de las relaciones de género dentro del marco del paradigma del desarrollo humano y enfatiza el impacto diferencial de las políticas en hombres y mujeres, así como el efecto negativo de la desigualdad de género en el desarrollo humano. Este enfoque señala que hay que partir del hecho de que existen grandes disparidades entre las personas (clase, etnia, edad, etc.), pero que la más generalizada y universal es la que existe entre hombres y mujeres y esa gran disparidad limita las oportunidades de desarrollo humano de unas y otras. No tomar en cuenta esta situación supone fracasar en cualquier estrategia de desarrollo. (PNUD- GENERA, consulta en internet 07-Nov-09).

Sin embargo, pese a que el desarrollo humano es un escenario mucho más favorable para visibilizar aspectos de la desigualdad entre hombres y mujeres antes ocultos, la incorporación de la dimensión de género en el desarrollo humano, sobre todo en la práctica cotidiana del desarrollo, continúa siendo un desafío. Un desafío que enfrenta muchos obstáculos en las instituciones sociales y culturales que sostienen los mecanismos de subordinación y discriminación. Para lograr un verdadero desarrollo humano, un desarrollo real para hombres y mujeres, resulta imprescindible transformar estas instituciones y pautas sociales, culturales y familiares. Más allá de la discusión de si la igualdad de género es un medio o un fin para el desarrollo humano, lo inevitable es que debe ser una prioridad. El PNUD señala la importancia de ver la pobreza más allá de la falta de ingresos y plantea el concepto de pobreza humana, que enfatiza la equidad, la inclusión social, el empoderamiento de las mujeres y la importancia del respeto a los derechos humanos para poder reducir la pobreza. La discriminación basada en el sexo, la religión, la raza, la etnia, la clase y la edad está entre las causas de la exclusión social, la inequidad y la pobreza. La existencia de pobreza es moralmente inaceptable y su erradicación debe convertirse en prioridad para las políticas públicas. (PNUD- GENERA, consulta en internet 07-Nov-09).

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La dimensión más visible de la pobreza es la desigualdad. América Latina y el Caribe es la región más desigual del planeta. Según datos de la CEPAL, el ingreso per cápita del 20% más rico de la población es 19 veces mayor que el ingreso del 20% más pobre. (CEPAL, 2004).

La mirada de género a la pobreza cobra relevancia a partir de los noventa. Esta mirada evidencia que las causas y la situación de la pobreza de hombres y mujeres son diferentes, que las carencias que enfrentan unos y otras son de distinta naturaleza y que las personas enfrentan obstáculos diversos para salir de ella. También nos permite evidenciar que mujeres y hombres no son grupos homogéneos sino diversos y señala la importancia de cruzar género con otras variables como clase, edad, etnia y raza para poder comprender realmente este fenómeno y sus implicaciones.

La ceguera de género en la medición de la pobreza

La incorporación de la perspectiva de género al análisis de la pobreza ha permitido ver otros tipos de pobreza más allá de la carencia de ingresos: pobreza de tiempo, pobreza de oportunidades y de trabajo, la pobreza al interior de los hogares, la falta de vínculos sociales, la limitación de libertades políticas, etcétera, que deben ser tomadas en cuenta en las estrategias de lucha contra la pobreza.

Sin embargo, en muchas ocasiones, tanto la medición como el análisis de la pobreza siguen siendo ciegos al género. En cuanto a la medición, una de las fuertes críticas que se realizan desde la perspectiva de género es que se tome únicamente como unidad de análisis el hogar, sin reconocer las brechas a nivel de género y de edad y las relaciones de poder asimétricas que existen en su interior. La división sexual de trabajo (la asignación social de determinadas tareas o responsabilidades a mujeres y hombres) y las desigualdades de género en el hogar condicionan el acceso y el control de los recursos materiales y sociales y la participación en la toma de decisiones tanto dentro del hogar como fuera. Tal pareciera que en los hogares pobres todo el mundo fuera igualmente pobre, y los datos encontrados desagregados por género para la realización de la presente investigación muestran que esto no sucede así.

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Los quehaceres domésticos y las labores de cuidado siguen siendo en nuestra región responsabilidad casi exclusiva de las mujeres. Eso tiene claras implicaciones para las mujeres y limitaciones al desarrollo de sus capacidades y oportunidades para no caer o superar la pobreza. Por un lado, eso dificulta la inserción de las mujeres en el mercado laboral o les supone una sobrecarga de trabajo en detrimento de su bienestar y calidad de vida. Por el otro, la falta de reconocimiento y de remuneración de este tipo de tareas, sume a las mujeres que sólo desempeñan este tipo de trabajo en una posición de dependencia económica con respecto a otros, situación sobre la cual se profundizará en los siguientes apartados de la investigación.

Por eso, numerosas voces señalan la relevancia que tiene analizar la pobreza al interior del hogar para entender verdaderamente este fenómeno. En esa línea, la CEPAL muestra en varias de sus investigaciones (CEPAL, 1997, 2003 a, 2004) cómo las diferencias entre mujeres y hombres, si se toma como unidad de análisis el hogar son imperceptibles, de aquí la idoneidad de medir el nivel de ingreso individual de hombres y mujeres: A nivel individual cerca del 46% de las mujeres mayores de 15 años no tienen ingresos, mientras que un 21% de los hombres enfrenta la misma situación.

Un tema que surge siempre cuando se habla de pobreza es el de jefas de hogar. Los hogares monoparentales en general y los encabezados por mujeres en especial, tanto nucleares como compuestos y extendidos, han ido aumentado y son mucho más comunes en los países del Caribe, donde representan entre un 30 % y un 40% del total aproximadamente (CEPAL, 2004). Una mirada de género permite cuestionar esta tendencia a asociar los hogares encabezados por mujeres con la pobreza en un sentido negativo, tomando únicamente la menor disponibilidad de ingresos respecto a los hogares con jefatura masculina, en lugar de ver otros aspectos más positivos que pueden existir en ese tipo de hogares como la mayor libertad para tomar decisiones, más autonomía de la mujer, un patrón de gasto más equitativo al interior del hogar, etc., aspectos que forman parte de una visión más integral de la pobreza. Los estudios demuestran que los hogares con jefatura femenina tienen menos ingresos que los encabezados por hombres. Sin embargo, no se suele denotar que en los encabezados por hombres suele haber una cónyuge aportando también a la economía familiar con ingresos y/o trabajo no remunerado.

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Estamos pues ante un círculo vicioso. Si nos limitamos a una visión reduccionista de la pobreza, sin tomar en cuenta y conceptualizar todas sus dimensiones que la mirada de género nos permite ampliar, no podrá ser medida adecuadamente y seguiremos invisibilizando otros tipos de pobreza. Lo que no se mide es como si no existiera y lo que no existe no figura en las políticas y programas que se llevan a cabo por ejemplo para superar la pobreza.

Durante años, también se ha visto la erradicación de la pobreza (entendida como percepción de ingresos económicos) como la vía para eliminar las desigualdades de género. Como señala la CEPAL (1997), el logro de la equidad de género en una sociedad no es una consecuencia automática de la erradicación de la pobreza. Datos provenientes de diferentes países demuestran que, si bien la desigualdad de género está estrechamente relacionada con la pobreza, no siempre se asocia con la falta de ingresos y, como ha quedado en evidencia en distintos casos, una sociedad puede ser pobre pero distribuir sus recursos con equidad. Además de la importancia de tener información desagregada y de hacer análisis de la pobreza desde la perspectiva de género, tomando en cuenta todas las dimensiones de la pobreza (económica, social, cultural, política), y de incorporarlo en las políticas y programas de erradicación de la pobreza, me gustaría señalar dos cuestiones clave para tener una imagen más completa de la pobreza y otros fenómenos vinculados a ella:

En primer lugar, la importancia de reconocer, más allá del discurso, el aporte del trabajo no remunerado que principalmente las mujeres hacen al desarrollo de los países, de medirlo y visibilizarlo. En segundo lugar, mostrar a través de investigaciones, y actuar en consecuencia a través de políticas y programas, el ―abuso‖ que se hace del tiempo y del bienestar de las mujeres impulsando acciones sociales, políticas y culturales para revertir el actual reparto de tareas y uno de los problemas más frecuentes en nuestra región, la paternidad irresponsable. (PNUD- GENERA, consulta en internet 07-Nov-09).

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