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Research Design: An Interpretive Qualitative Case Study

El problema de la violencia en la pareja puede remontarse a los inicios de este tipo de relaciones, aunque su definición como problema no va a llegar a nuestro país y al resto del mundo hasta el movimiento de liberación de la mujer, y más específicamente, lo que se ha denominado como movimiento de las mujeres

maltratadas. Es el movimiento feminista el que logra el reconocimiento en nuestros

días de esta problemática de alcance mundial, que en los años 60, 70 y 80 concebía la violencia contra la mujer como el fundamento mismo del patriarcado y a su vez causa y consecuencia de las desigualdades por razón de género.

En 1949, Simone de Beauvoir publica El segundo sexo que supone un gran avance en el sentido libre de ser mujer y con ello se genera una nueva política de liberación entendida como la transformación de las relaciones históricas que no se han podido erradicar.

La violencia de género es una forma de comportamiento alentado por los grupos sociales que comparten la ideología patriarcal de la masculinidad como ejercicio ilegítimo de poder que está asociada a una concepción que infravalora a las mujeres, ideas o creencias erróneas sobre las mujeres y su sexualidad y una socialización sexista (Barragán et al., 2001, p.22).

Hablar hoy en día de violencia de género significa traer a colación uno de los problemas sociales más acuciantes y de mayor importancia dentro de la

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prevención e intervención psicológica en los ámbitos familiar, comunitario e individual, pero también, por supuesto, dentro del ámbito educativo. En la actualidad, son bastantes los aspectos que se conocen de esta problemática en la edad adulta, sin embargo, esta línea de investigación es todavía muy incipiente en la adolescencia (Fernández-Fuertes, Fuertes y Pulido, 2006).

La violencia de género no tiene por qué comenzar después del matrimonio, de hecho, generalmente y cada vez más, ésta se da en el noviazgo o al comienzo de la convivencia (Gorrotxategi y De Haro, 1999). Encontramos que diversas formas de control exagerado, que han sido pormenorizadamente enumeradas (Ferreira, 1992), comienzan a aparecer de forma temprana y, poco a poco, este tipo de conductas abusivas se van haciendo cada vez más frecuentes y extremas.

La violencia durante el noviazgo o también llamada dating violence es definida como todo ataque intencional de tipo sexual, físico o psíquico, de un miembro de la pareja contra el otro en una relación de noviazgo (Health Canada, 1995). Del mismo modo, Close (2005) la define como “aquella situación en donde ocurren actos que lastiman a la otra persona, en el contexto de una relación en la que existe atracción y en la que los dos miembros de la pareja se citan para salir juntos”. El término dating ha supuesto un reto conceptual y metodológico para los países no anglófonos, ya que no tiene una traducción clara al menos en castellano (Sánchez, Ortega, Ortega y Viejo, 2008).

Esta violencia que se ejerce en las relaciones de noviazgo, relaciones que comienzan por otra parte, cada vez a una edad más temprana (Price y Byers, 1999), no es excepcional y se ha encontrado que ésta, en las relaciones de pareja de adolescentes, al igual que la violencia de género en adultos, se extiende en un continuo que va desde el abuso verbal y emocional hasta la agresión sexual y el asesinato.

En 1998, la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que el 30% de las estudiantes universitarias habían revelado algún tipo de violencia en

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sus relaciones de pareja, y con el tiempo, las agresiones verbales se convertían en agresiones físicas. Esta investigación coincide a grandes rasgos con el Servicio de Violencia Familiar de Bilbao que muestra que en el 22% de los casos registrados, los problemas de violencia empiezan durante el noviazgo (Echeburúa y De Corral, 1998). Datos extraídos de otros países revelan que en el 72% de los casos atendidos en los últimos años, se detecta que la violencia se inicia también en este periodo de tiempo (Trujano y Mata, 2002).

La revisión de las investigaciones realizadas en los diversos países sobre la violencia en las relaciones de pareja de jóvenes, aporta datos que muestran que la violencia es significativa, e incluso su magnitud es superior a la de las parejas adultas (Jackson, Cram y Seymour, 2000). Específicamente, en el estudio de Kury, Obergfell-Fuchs y Woessner (2004) las jóvenes determinan que son objeto de más ataques violentos que las mujeres de mayor edad, en concreto entre un 12,5% y un 28%. Del mismo modo, en un estudio con estudiantes universitarios de 17 naciones (6 europeos, 2 del Norte de América, 2 latinoamericanos, 5 asiáticos, 1 australiano y 2 de Nueva Zelanda), los resultados determinan un intervalo entre 15% a 45% de jóvenes que agreden a sus parejas en el noviazgo (Straus y Savage, 2005). De forma similar, en una muestra representativa de 863 mujeres universitarias, entre los 18 a los 25 años, el 48% refirió sufrir violencia y, de éste el 39% informó de más de una forma de dicha violencia (Frederick y Susan, 2005).

Es por ello que gran parte del panorama investigador, constata que la violencia en el noviazgo es un grave problema que afecta de forma considerable la salud física y mental de los adolescentes y adultos jóvenes de hoy, produciéndose con independencia de la edad, raza, orientación sexual, estatus socioeconómico o lugar de residencia (Krug, Dahlberg, Mercy, Zwi y Lozano, 2002; Hernando, 2007; Tjaden y Thoennes, 2000; Makepeace, 1981).

Con respecto a la situación existente en España, una de las investigaciones más reciente es la llevada a cabo por Muñoz-Rivas, Graña, O’leary y González en 2009 y 2007. Estos investigadores encontraron una

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prevalencia de 95,3% y de 92,8% de mujeres y de varones, respectivamente, que habían ejercido conductas verbales agresivas, así como una prevalencia de 2% y 4,6% de mujeres y de varones, respectivamente, que habían llevado a cabo actos de agresión física. Estos datos confirman que las agresiones verbales son las más comunes y señalan que este tipo de agresiones son realizadas más frecuentemente por las mujeres.

Otra investigación llevada a cabo por González y Santana (2001) arroja que el 7,5% de los chicos y el 7,1% de las chicas reconocen que en una o más ocasiones han pegado o empujado a su pareja. Además, según los resultados de otra reciente investigación, un buen número de jóvenes parecen admitir la existencia de agresiones sexuales en sus relaciones de pareja (Fernández y Fuertes, 2005). Del mismo modo, existe evidencia que señala que las agresiones de tipo psicológico se presentan antes que las de tipo físico y son más frecuentes que éstas últimas, las físicas (62% frente al 46%) (Cáceres, 2004; Muñoz-Rivas et al., 2007).

Estos datos demuestran que el uso de la violencia no suele surgir de forma espontánea durante el matrimonio o en la vida de pareja; con frecuencia se inicia durante el noviazgo en jóvenes y adolescentes (Serran y Firestone, 2004).

En un estudio con adolescentes sobre relaciones sentimentales, Sánchez et al. (2008) resaltan que tanto las chicas como los chicos se confiesan agresores ocasionales de sus compañeros sentimentales, sobre todo en agresiones verbales y relacionales, diferencias que se difuminan desde el punto de vista de la victimización.

Los resultados obtenidos en una investigación realizada con universitarios (Hernando, García-Rojas y Montilla, 2012) confirman la elevada valoración que el alumnado realiza de la formación en torno a la prevención de la violencia de género, centrándose en los grupos de discusión, plataformas virtuales, role-

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su formación. Valoran de manera muy positiva la posibilidad de formarse en la temática y las ventajas que puede traerles su realización a través de los formatos antes mencionados.

Erradicar la pandemia de la violencia de género es un reto del siglo XXI, mucho más que cualquier otro avance científico, cultural o tecnológico. Si la humanidad aprendiera a detectar, parar y prevenir esta enfermedad histórica, se produciría un punto de inflexión en la evolución del ser humano (Blázquez y Moreno, 2008).