Chapter 4 RESEARCH APPROACH AND DESIGN
4.3 Research design
Mientras política y poder sean sinónimos, mientras el poder sea un fin en sí y mientras siga siendo un territorio marcado y administrado por hombres abonados a los mandatos tradicio nales y tóxicos de la masculinidad, esos hombres, hoy mayori tarios para desgracia de la Humanidad en su conjunto, segui rán dirimiendo en la política sus viejas cuestiones "testosteróni cas". Ellas incluyen quién es más fuerte, más competidor, más poderoso, más duro. Vimos de qué manera la ausencia de valo res como empatía, compasión, solidaridad, receptividad, ternu ra, paciencia, aceptación y espiritualidad generan dolor, sufri miento emocional, desencuentro y enfermedad en el plano fa miliar (particularmente en la velación padre-hijo), en el univer so laboral (al convertir a las lersonas en herramientas, al vaciar al trabajo de sentido trascendente y al provocar enfermedad y contaminación), y en el mundo de los negocios (donde renta bilidad, facturación y ganancias son palabras que justifican
cualquier acc10n, independientemente de las consecuencias que ésta tenga en la sociedad, en las personas o en el medio ambiente). Del mismo modo, la negación de aquellos valores en la política ejercida como actividad masculina provoca sufri miento social, desesperanza, extrañamiento, pone a las perso nas frente a frente, rompe las tramas solidarias (las reemplaza por tejidos de complicidad), alimenta la discriminación (de ra za, de sexo, de nacionalidad, de partido), empeora la vida de los individuos, aun la de aquellos que hacen de la política una profesión lucrativa y sin ética, porque aunque engrosen sus fortunas personales, muestran un raquítico perfil humanitario. "Quien busca la salvación de su alma y la de los demás, que no la busque por el camino de la política ( . . . ), el genio o demo nio de la política vive en tensión interna con el dios del amor", insistía Máx Weber en la citada conferencia de Munich.
El paradigma masculino tóxico que guía actualmente a la política lleva a ideas como la del filósofo francés Julián Freund, para quien "la verdadera razón de la perpetuidad de las guerras se deriva de la esencia de lo político. Desde el momento en que existe la política, existen los enemigos, y el riesgo de enem_istad no puede ser vencido; por lo que es más que probable que la humanidad continuará conociendo las guerras". Siempre habrá un enemigo. Eso piensan los hombres cuando hacen política. Siempre habrá alguien a quien imponerse. Siempre habrá un competidor. Siempre habrá que demostrar quién puede más. Siempre habrá alguien a quien someter. Ese mismo prisma va deformando la concepción de la política hasta convertirla en una triste y peligrosa emanación del paradigma machista.
Política deviene del griego
politiké
(relativo a la ciudad).La ciudad era, para los griegos, el centro de la vida, el lugar en donde todo ocurría, donde se dibujaba el paisaje humano, aunque es necesario reconocer que en ese espacio la mujer es taba excluidá como ciudadana. Aún así, lo que me importa
señalar es que, en el pensamiento de Platón, la ciudad había nacido corno una forma trascendente de resolver la incapaci dad esencial de cada persona de bastarse a sí misma. Es decir, era un punto· de convergencia de lo diferente, un espacio de cornplernentación y supervivencia creativa. Desde ahí puede entenderse a la política corno una actividad que nació con epi centro en el bien común. El modo masculino de ejercerla la ha llevado a las antípodas de ello.
Corno en otros campos, tampoco en éste alguna evidencia seria demuestra que los varones estén "naturalmente" dotados para la política y destinados a ella por encima de las mujeres, aunque el filósofo vitalista suizo Juan Jacobo Rousseau (de quien tanto se citan
El contrato social
yEmilio o la educación)
haya llegado a decir que, por cuestiones fisiológicas y anatómi cas, sólo el hombre puede ir a la guerra y, en consecuencia, ser ciudadano. Uno de sus contemporáneos, el francés Fran�ois Poulain de la Barre, un referente en la lucha contra el prejuicio, defendió la igualdad al afirmar que "la mente no tiene sexo". De hecho, para desmentir a Rousseau y a sus émulos de hoy, al iniciarse el segundo lustro del siglo veintiuno siete mujeres pre sidían sus respectivos países (Chile, Irlanda, Letonia, Finlandia, Filipinas, Liberia y Sri Lanka). En otros cuatro había primeras (Alemania, Nueva Zelanda, Bangladesh y Mozarnbi que). Al revisar los perfiles de esas mujeres, la ensayista españo la Elena Arnedo* señala que "sus proyectos y formas de hacer política están más cercanas a las preocupaciones reales de las ciudadanas y ciudadanos más solidarios, más cornprornetidps con los derechos sociales y con la paz en el mundo". En esa misma línea reflexiona el periodista John Carlin al testimoniar los sorprendentes procesos de reconstrucción y reconciliación
que pudo observar en países trágicamc;;nte dañados por luchas internas, como Ruanda y Liberia. Ruanda, que en los años no venta vio morir alrededor de un millón de personas en una brutal guerra civil entre las etnias Hutu y Tutsi, conserva hoy, dice Carlin, "estabilidad y paz y, de hecho, es uno de los luga res más seguros de África. Si se ha producido este milagro es, en parte, debido a la amplia presencia de mujeres en la clase dirigente del país. Es difícil no relacionar la demencia, la bón dad y la compasión ( . . . ) con el hecho de que se trata de un Gobierno con enorme proporción de mujeres"*.
Es así. Donde un hombre que se hace cargo del gobierno de be demostrar que tiene "agallas" para el cargo a través de ven ganzas de todo tipo hacia sus adversarios, una mujer, que no se siente obligada a mostrar atributos "viriles", puede manejarse con otros valores. Por supuesto, corre riesgos. A los tres meses de gobernar su país, la médica chilena Michelle Bachelet debió enfrentar una revuelta estudiantil multitudinaria. Lo hizo con paciencia, con firmeza y con comprensión. Supo reconocer las razones de los estudiantes rebeldes, atendió algunas demandas, se negó con entereza y argumentos a otras. Tuvo paciencia y escucha. El resentimiento masculino de sus detractores rápida mente se convirtió en críticas a su modo de manejar la situa ción. Donde ellos hubieran puesto intransigencia y represión veían en Bachelet un estilo de "mamá", "debilidad femenina", "falta de firmeza''. El analista chileno Manuel Délano observa que la estrategia de Bachelet ante las situaciones serias consis tió, durante sus primeros cien días de gobierno, en "atender las quejas y rectificar el rumbo". Se parece más, claro, a la actitud materna que a la rigidez, ausencia de escucha e imposición que el paradigma masculino manda a la paternidad y traslada lue-
go a la política. De hecho es curioso el modo como, en la polí tica masculinizada, se tuerce el sentido de la palabra
mandatario.
Quien revise el diccionario verá que se trata de alguien que acep ta representar a otro u otros y a seguir sus mandaros. Para los hombres que hacen política (y las mujeres que adoptan su esti lo) significa exactamente lo contrario. Actúan como mandantes, imponen a una sociedad entera las consecuencias de sus decisio nes, no la consultan, se enriquecen a costa del patrimonio co mún, no rinden cuentas ni creen que deban hacerlo. Se sienten machos cabríos al frente de una manada.
Algo similar a lo de Bachelet le ocurrió a la socialista fran cesa Segoléne Royal cuando, a mediados de 2006, asomó co mo candidata para las elecciones presidenciales de 2007. Ro yal mostraba preocupación por temas sociales, educativos, de igualdad, invocaba "deseos de futuro" y lo hacía con un len guaje diferente del de los viejos líderes masculinos de su parti do (el mismo del ex presidente Frans:ois Mitterand). Los hom bres de esa organización y de la principal agrupación adversa ria (la populista UPM, Unión para la Mayoría Presidencial), reaccionaron pronto y en llamativa coincidencia. Dijeron de ella que no tenía idea de los "grandes temas políticos" y que su actitud era propia de una madre de familia. Laurent Fabius, un pope de su propio partido, llegó a preguntarse: "Si ella gana, ¿quién cuidará a sus niños?".
Hechos como éste dan pie a reflexiones tan lúcidas y escép ticas como la de Leticia Battaglia (fotógrafa italiana premiada internacionalmente, fundadora y participante de una coalición antimafiosa que gobernó Palermo entre 1 985 y 1991), quien fue una de las 59 mujeres que cuentan sus vidas y abren sus mentes y sus corazones en el conmovedor libro
El don de arder*,
de la periodista española Ima Sanchís. "¿Puede haber un mun do armonioso en el que gobierne sólo la mitad de la humani dad?", se pregunta Battaglia. "Si nuestro poder equivaliera al 50 por ciento, seguramente en el mundo habría menos violen cia. La razón es sencilla ( . . . ) Una mujer no destruye lo que crea. ¿Entiendes por qué no tengo confianza en los hombres? Sin el complemento del pensamiento femenino no puede ha ber justicia, porque los hijos que ellos envían a la muerte son hijos de una mujer que jamás habría decidido eso. Las muje res no envían a sus hijos a morir". Por supuesto, allí está una mujer, Condoleeza Rice (una mujer a la que sus pares mascu linos llaman Con di y aceptan como "uno más"), secretaria de Estado de Estados Unidos, para cuestionar con su conducta belicista, con sus palabras de intolerancia, con su responsabili dad en genocidios, con su impiedad implacable, para cuestio narla. "Las mujeres no gobiernan," reflexiona Battaglia, "y cuan do lo hacen, lo hacen como los hombres porque son pocas."