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In document 360 Elmos. Annual Report 2012 (Page 34-37)

«De repente, yo soy lo que Cristo es, porque Él fue lo que yo soy, y Este fulano, hazmerreír, pobre pedazo de teja, pelele, brizna de leña, diamante inmortal,

Es diamante inmortal».

– (GERARD MANLEY HOPKINS,

«Que la naturaleza es un fuego heraclitano y del consuelo de la Resurrección», en Soledades y sonetos terribles).

Para Merton, la «soledad» contenía básicamente tres significados próximos, pero diferenciados. En primer lugar, indicaba las condiciones de soledad física convenientes y, al menos en un grado mínimo, necesarias para apartarse de ciertos consensos sociales, establecidos y asumidos sin perspectiva ni reflexión, acerca del significado final de la realidad humana; esas condiciones físicas se pueden encontrar en una comunidad monástica o incluso en un clima de soledad más extremo, en el desierto eremita; aunque Merton, que se sabía también leído por un público seglar o no católico, a veces recomienda sencillamente el recogimiento en un «monasterio del corazón».

En segundo lugar, la auténtica soledad únicamente podía significar soledad interior. No siempre se encuentran unidas, pero, sobre todo, detrás de una soledad exterior sin soledad interior se puede esconder sencillamente una huida de las responsabilidades humanas o una actitud de menosprecio hacia los semejantes. Por otro lado, quizá se pueda, e incluso resulte conveniente, hallar verdadera soledad interior sin necesidad de apartarse completamente del entorno cotidiano.

En tercer lugar, y como objetivo de la segunda, en su acepción más radical, la soledad es realmente un encuentro con Dios y con la humanidad; desde esa consideración, la soledad es verdadero centro, eje y corazón de la persona y de su sociedad. En otras palabras, toda filiación humana que ponga a Dios como centro vinculante es una comunidad. En ese doble encuentro, a su vez, la soledad puede adoptar tres aspectos: desde el punto de vista ontológico, puede entenderse como el terreno esencial del ser; desde el punto de vista psicológico, se trata de un clima interno que propicia y es el umbral de una paz «más allá de toda comprensión», o de un nivel de conciencia de una profundidad inconmensurable; desde el punto de vista religioso, y con la perspectiva de la conversión, se trata ahora no tanto de un logro estático, o de un

lugar alcanzado, cuanto del propio camino espiritual, de un adentramiento en lo inefable, en un proceso de continuo autovaciamiento de sí para llenarse de la plenitud de Dios.

Para Merton, un ser humano que no cuestiona desde sus entrañas las convenciones de la socialización responde mecánicamente a dictados ajenos sobre los que no tiene conciencia y ante los que carece de libertad; es, en suma, un individuo tan adiestrado como «alienado»; se conforma socialmente de forma plana, pero no se forma humanamente de manera plena.

Cinco son, al menos, los frutos de la auténtica soledad que pueden reconocerse en el viaje monástico de Merton: el primero, unidad, que se proyecta en todas las esferas del quehacer humano; el segundo, libertad, en una doble acepción: libertad positiva, al reconocernos hechos a imagen y semejanza de Dios, nuestra libertad primera y última, esto es, libertad para crear, con Él, en la vida del mundo y en el mundo de la vida; y negativa, por quedar liberados de las fabricaciones ilusorias de una individual y colectiva egolatría o, lo que es igual, liberación de los obstáculos para obrar desde el Espíritu y con Él; el tercero, pureza de corazón; el cuarto, compasión, que, antes que un mero sentimiento de empatía, es la personificación misma de la caridad cristiana en acciones de responsabilidad y compromiso; y el quinto, perspectiva, una nueva forma de ver las cosas, desprendida, por vía de unificación con ellas, al descubrir la trascendencia no solo de las mismas, sino en su mismísima constitución.

El propio Thomas Merton expone las claves más significativas de su pensamiento en torno a la soledad en ese singular ensayo, tocado por el fuego de la profecía, que lleva por título «Notas para una filosofía de la soledad», del libro Cuestiones discutidas. En esas páginas impresionantes, escritas en 1960, Merton sustituye deliberadamente la palabra «monje» por «solitario» o monachós, escribiendo, por tanto, su reflexión para una audiencia no exclusivamente monástica. Comienza por diferenciar el auténtico sentido de la sociedad, que permite a la persona trascenderse en servicio a los demás, de su comprensión distorsionada y asumida de forma masiva, como fuente de dispersión y distracción continua. Merton advierte a las personas con vocación solitaria que el primer peligro, pero ineludiblemente también el primer paso en ella, consiste en hacer frente al propio absurdo y aceptarlo, asumiendo que la racionalidad de la vida ordinaria oculta con frecuencia un abismo de desorden y confusión. El solitario, continúa, se adentra en una oscuridad sin explicación, en un misterio sin formulación posible y en una «agonía» igualmente incomprensible. Solo cabe aceptar la «celda», no necesariamente física y ni tan siquiera monástica, y seguir el consejo de los padres del desierto: «Vuestra celda os enseñará todas las cosas». Sin embargo, la soledad interior no es un mero apartamiento de la sociedad, no es reclusión, evasión ni, mucho menos, regresión patológica, sino una forma de trascender inercias y automatismos, renunciando a sus múltiples ofertas de diversión y escapatoria. La unión del solitario, mantiene Merton, es la unificación que hace a todos los hombres Uno, y solo en la medida en que cada persona sea unificada (no fragmentada, no «distraída») volverá la humanidad a su condición original de Una. Para eso, el solitario está llamado a vaciarse

de sí y a ser indiviso, puesto que de otra manera podría muy fácilmente convertirse en un individualista. Soledad, en su opinión, no equivale a narcisismo. Soledad es la vocación de estar totalmente despierto en medio de una muchedumbre adormecida. La persona solitaria –reitera– no renuncia a las relaciones humanas, pero sí a los disfraces que con frecuencia adoptan so pretexto de que la «imagen social» y el prestigio colectivo contribuyen a mejorarlas. Hombres y mujeres solitarios están llamados al vacío, y en el vacío encuentran que no hay diferencia entre sí mismos y los otros. En su soledad, de ese modo, reconocen la soledad ajena y saben así que su soledad no les afecta tan solo como individuos aislados. Y por saberse solos con Dios, su fidelidad a la soledad («solo Dios basta») es su sostén.

La función del solitario es casi siempre oculta, aunque exteriormente «sirva» siquiera para contradecir nuestra natural obsesión por las formas y apariencias de la convivencia, incluso las apariencias de la misma vida cristiana; y todavía más, sirve para poner en tela de juicio la noción misma de «utilidad». La vocación de silencio, pobreza y vacío, añade Merton, es una forma de amor y no de desprecio a los hombres. En el desierto, el solitario se retira a curar las heridas del mundo. Ese desierto puede ser en medio de los hombres o lejos de ellos: ese desierto es aquel lugar de silencio donde Dios pronuncia una sola palabra en la que todas las cosas están comprendidas. El solitario goza de la condición de extranjero sobre la faz de la tierra. A los ojos de la sociedad, puede ser un fracaso: alguien inútil y carente de posición, incluso menos «productivo» en la vida de oración que otros hombres o mujeres religiosos, pues además de su vida, su oración es, también ella, seca y pobre. Hasta tal punto es así que no se da cuenta siquiera de Dios, pues tan absorto está en Él que le parece no verlo. Es prisionero de su soledad y, sin embargo, es libre en su prisión. El solitario es un signo de contradicción.

El mensaje central de Merton en torno a la soledad es que el paraíso se encuentra en el centro del desierto solo con que aceptemos el desierto plenamente. Y el desierto de la soledad puede encontrarse en medio de la multitud, en los suburbios, en el sufrimiento, en el aislamiento, en la desgracia y en medio del vocerío urbano. El desierto se encuentra en todas partes.

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In document 360 Elmos. Annual Report 2012 (Page 34-37)