LA «PRETENSION» DE JESUS: UNA ESCALA DE VALORES,
NUEVA E INCOMODA
Las palabras que encabezan el enunciado de nuestro tema son to- das ellas problemáticas. Comenzando por el término «pretensión». Ya en la vida ordinaria nos es sumamente difícil comprender lo que personas, incluso muy cercanas a nosotros, últimamente «pre- tenden». La antropología moderna define al hombre como un ser esencialmente abierto, capaz de comunicación. Pero esta misma apertura fundamental de la persona, este ser «animal no fijado», como decía F. Nietzsche, hace que el hombre se convierta en pre- gunta y misterio para sí mismo. San Agustín sabía algo de todo esto cuando escribía: factus sum quaestio mihi ipsi.
No sólo las pretensiones de los demás nos son enigma e incóg- nita; tampoco de nuestras pretensiones personales, de nuestro pro- pio proyecto vital, poseemos una idea clara.
Es claro que estas dificultades se agigantan cuando intentamos rastrear en la pretensión de Jesús. Comprender lo que él quiso, lo que fue su proyecto de vida, a dos mil años de distancia y en un mundo tan diferente del suyo, no puede ser tarea sencilla. La teo- logía actual es muy consciente de ello. De ahí que intente, desgra- ciadamente con un cierto retraso, ser «modesta» en sus conclusio- nes y tímida a la hora de «repartir seguridades» al pueblo de Dios. Todo parece indicar que, en los próximos años, la teología conti- nuará haciéndose consciente de su docta ignorantia y rastreando en las profundidades que encierra la frase de san Juan: «A Dios nadie lo ha visto nunca». Esto la llevará a ser más «problemática» que «dogmática», actitud que la capacitará para hablar más respon- sablemente de ese Dios al que K. Rahner llama «el Misterio abso- luto».
¿Por qué no es tarea fácil hablar sobre la pretensión de Jesús? Ll horizonte en el que nació, vivió y murió Jesús de Nazaret era muy diferente del horizonte en el que vivimos y reflexionamos los cristianos de hoy. La reflexión cristológica de los últimos ciento cincuenta años ha profundizado en los problemas que este hecho plantea, intentando fusionar el horizonte de Jesús con el nuestro o, al menos, descubrir los rasgos comunes a ambos.
Pioneros destacados de este esfuerzo abandonaron la tarea em- prendida al constatar su dificultad. Con resignación y desencanto señaló A. Schweitzer, en su Historia de la investigación sobre la vida de Jesús, cómo éste se vuelve siempre a su época cuando más cerca creemos tenerlo de la n u e s t r a A . Schweitzer sacó sus con- secuencias personales de este desengaño: abandonó su prometedora carrera teológica, estudió medicina y se marchó con los leprosos. Una tentación muy cristiana.
Al cristiano le interesa Jesús de Nazaret. No podríamos hacer nuestra la famosa frase de R. Bultmann: «No sé qué pasaba en el corazón de Jesús, ni me interesa saberlo»2. Los discípulos de Bult-
mann no han compartido su escepticismo histórico ni su concepción de la fe, según la cual el poner el acento en los hechos históricos equivale a buscar «garantías» y, por tanto, a desvirtuar la fe. La rebelión de los discípulos, encabezada por E. Käsemann3, tuvo
lugar a partir de 1953, proclamando la necesidad de volver al Jesús histórico para no hacer de él un mito atemporal. Esta vuelta al Jesús de la historia se caracterizó desde sus comienzos por una gran modestia: lo que podemos saber de Jesús de Nazaret, de su pre- tensión, de su vida y muerte es poco, pero suficiente para poder apostar por él.
Guiados por esta misma modestia, vamos a trazar algunos ras- gos de lo que la dogmática tradicional llama «la pretensión de poder de Jesús». Pero, como el término «poder» se presta a mal- entendidos y posee connotaciones poco edificantes, hablaremos simplemente de la «pretensión de Jesús».
I . ¿QUIEN ERA JESUS?
UN SIGNO DE CONTRADICCION, ANTES Y AHORA E. Käsemann 4 cuenta la siguiente anécdota: durante las inunda-
ciones que, en 1952, asolaron Holanda, se le presentó a una comu- nidad cristiana un problema muy concreto: ¿le era lícito reforzar un dique de contención en domingo? La situación era crítica, dado 1 Cf. J. I. González Faus, La humanidad nueva. Ensayo de cristología
I, 22.
2 Cf. op. cit., p. 40.
3 E. Käsemann, Das Problem des historischen Jesus: 2TK 51 (1954)
125-153.
¿Quién era Jesús? 139 que el viento y las olas arreciaban. El párroco convoca al consejo parroquial para que decida. Resultado de la deliberación: no es lícito romper el descanso dominical. Dios, Señor de los vientos y de las olas, proveerá.
El párroco no se da por satisfecho. Tímidamente sugiere que Jesús quebrantó a veces el sábado, llegando incluso a afirmar que el hombre era señor del sábado y no al contrario. En esto pide la palabra un venerable anciano: «Señor párroco, siempre me ha preocupado algo que hasta ahora no me he atrevido a expresar abiertamente; pero ahora tengo que decirlo: he tenido siempre la impresión de que nuestro Señor fue un poco liberal».
A la pregunta por la identidad y pretensión de Jesús se han dado y se siguen dando las más variadas respuestas. Los evangelios acentúan que Jesús se convirtió en signo de contradicción ante el que se dividían los espíritus. Para unos es el Mesías, el Profeta, el Maestro, el Señor. Para otros es más bien un rebelde, un blas- femo. Herodes se burla de él y lo desprecia como a un retrasado mental (Le 23,6-12). Incluso sus mismos parientes dudan de que esté en sus cabales (Me 3,21). Entre el pueblo sencillo corren los más diversos rumores: unos lo tienen por Juan el Bautista, otros por Elias, otros por Jeremías o uno de los profetas (Mt 16,14). Para unos era poderoso en obras y en palabras y pasó haciendo el bien. Otros piensan que tiene un espíritu inmundo.
También en nuestro tiempo hay opiniones para todos los gus- tos. Hay quien ve en él la encarnación del supremo ideal moral, la expresión máxima de un nuevo humanismo; otros lo ven como signo de compromiso, como reformador social, como liberal, como revolucionario. El cine ve en él a Jesucristo Superstar; la teología habla de «Jesús, hombre libre» 5. ¿Quién era Jesús, qué pretendió?
Jesús rompe todos los esquemas y desconcierta a su tiempo. Su vida está marcada de tensiones y contrastes que lo van condu- ciendo al Viernes Santo. La provocación que significaron su vida y pretensión para las autoridades religiosas de su tiempo le con- dujo a la muerte. Su «pero yo os digo», su «amén», sus comidas con los pecadores, la llamada al seguimiento, el atribuirse poder para perdonar los pecados, el colocar su autoridad por encima de la de Moisés, su nueva y escandalosa interpretación de la ley, del culto, de las purificaciones rituales, le fueron conduciendo al con- flicto final, que terminó con la muerte.
En este contexto no es extraño que los relatos de la pasión de- jen en una misteriosa oscuridad la causa de su condena. En reali- dad, los cuatro evangelios, al describir la vida y pretensión de
Jesús, han iluminado el motivo de la condena.
Veamos más en detalle algunos de los rasgos con los que se expresa su pretensión en los evangelios. En general, la teología, al intentar precisarla, ha recorrido un doble camino. Corrientes de signo más dogmático descubren esta pretensión en los títulos cris- tológicos. Por medio de ellos, Jesús nos habría revelado su verda- dera identidad. Es la así llamada cristología explícita.
Otra dirección teológica, convencida de la ambivalencia de los títulos cristológicos y de la enorme dificultad de saber si Jesús se los apropió durante su vida, se inclina por una cristología implícita, es decir, intenta leer su pretensión en su actuación, en su predica- ción, en su llamada al seguimiento. Para esta segunda corriente valdría como lema la frase profunda de Emil Brunner: «Jesús vino a ser el Cristo y no a predicarlo» 6. Que Jesús no se predicó a sí
mismo, sino el reino de Dios, es una constante del Nuevo Testa- mento. De ahí que Bultmann se pregunte cómo fue posible que el predicador Jesús de Nazaret pasara a ser objeto de predicación de la primera comunidad. Veremos que no es posible separar am- bas cristologías: la reflexión teológica de la comunidad no inter- pretó arbitrariamente, sino que escribió su cristología leyendo en la vida de Jesús.