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Research Methodology 5.1 Introduction

5.5. Data Collection

5.5.2. Research Instruments

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Cuando terminó la facultad, Neil volvió a casa para to- marse un tiempo para pensar. La mamá de Neil dijo: “Neil, ¿qué planes tenés para el verano?”. Abrazó a Neil. Después le hizo panqueques. A Neil le pareció que se había hecho una cirugía plástica en la cara.

“Bien por ella”, pensó Neil. A pesar de que, en realidad, lo ponía un poco triste.

Hablaron sobre enseñar inglés en Taiwan. La gente joven se estaba yendo de Estados Unidos para enseñar inglés en Asia. Eso era lo que la gente joven estaba haciendo en ese momento. Había algo en el aire.

–Enseñá inglés en Taiwan –dijo el aire. –Bueno –dijo Neil–. Es decir, tal vez.

Por las tardes la cabeza de Neil se ponía muy pesada y se tenía que acostar. Se pasaba tardes enteras mirando sus antiguos anuarios del colegio.

Una mañana Neil apiló todas sus cosas en el jardín de- lantero con la forma y el tamaño de un granero pequeño. La gente que pasaba paró y compró cosas. “Hágame una oferta”, decía. “Vendido”, decía. Le gustaba decir eso.

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Neil gastó la plata de su feria americana en cafés caros. Después de tomar café Neil se iba a su habitación y es- cribía a mano. Después de escribir un poema se sentía pre- tencioso y después le daba mucho sueño. Dormía siestas largas, embriagadoras, y se despertaba sintiéndose pesimista respecto a su futuro y desorientado, pero bien descansado y con hambre.

Empezó a tener ideas. No para poemas o cuentos sino para planes de negocios y otras cosas.

Una idea era que si los extraterrestres visitaban la tierra debían aterrizar en la cima de las montañas. De ese modo, al abandonar sus naves, la descompensación horaria y el males- tar espacial iban a ser aplacados de inmediato por el verdor y la suavidad de la montaña.

“Escribí lo que quieras leer”, pensó Neil.

–Enseñar inglés puede ser una buena experiencia para vos –dijo la mamá de Neil.

Neil se empezó a sentir confundido y se compró un ca- niche.

Tenía la idea de que si tenías un perro chiquito tenía que vivir en un lugar cerrado. Si tu perro pesaba menos de cuatro kilos y medio, entonces cuando llegaras a tu casa ya tenía que estar adentro, correteando y haciendo sonidos rasposos como los que hace un jerbo.

Neil pensó: “Se acabó. Mi vida terminó”. Le gustaba pro- vocar a su caniche. Empujarlo. Darle órdenes. Acorralarlo y hacerle caras.

Intentó usar sus ideas para escribir cuentos y poemas. Pero su cerebro le decía: “Neil, ¿qué estás haciendo?”. Una

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vez Neil estaba comiendo un durazno y su cerebro dijo: “Neil, ¿qué estás haciendo?”.

–Sos el perro del milenio –le dijo Neil a su perro. Después lo señaló. Después le saltó encima.

La mamá de Neil arregló para que Neil fuera a vivir a Taiwan con su tío Francis. Lo alentó para que saliera, para que empezara a ir al gimnasio y comiera más. Le preparó licuados con miel y leche de soja.

–No estoy seguro de querer ir a Taiwan –dijo Neil–. ¿Cómo voy a hablar con la gente?

Él fantaseaba con California, con manejar hasta ahí y ha- cer algo allá. Dar vueltas, mirar cosas. Haría cosas. Tenía una imagen de sí mismo y su caniche en Alaska, en una cabaña de troncos, luchando contra hordas de osos con una cerba- tana. Domesticando a los osos. Armando un circo de osos, o una pandilla de osos esclavos.

Neil ya había ido a Taiwan a visitar parientes. Hablaba un poquito de mandarín.

Mientras dormía la siesta, Neil apretaba la cara contra la almohada y decía: “Aaaarrrghhhh”.

Tenía dificultades para ponerle un nombre a su perro. No quería que fuera irónico ni demasiado ocurrente. Tampoco quería que el perro se llamara “Woofers” o “Woofy”. Pero no quería pensar demasiado cómo ponerle al perro, no quería que el nombre adquiriera un tono maligno, desapegado, cosa que probablemente ya tenía.

Neil puso un aviso en el diario para vender el perro. –Tu avión sale el domingo –dijo la mamá de Neil–. Te conseguí ventanilla.

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Le recomendó a Neil que hiciera flexiones en la intimi- dad de su habitación.

–Te dejé un licuado en la heladera –dijo y sonrió. Neil dijo:

–¿Por qué me sacaste el pasaje? –golpeó la puerta de su habitación. Le gritó a la puerta cerrada–. Necesito tomar mis propias decisiones por una vez en la vida.

En su habitación solo quedaba su cama, porque había vendido todas sus posesiones, y se sentó encima. Le daba vergüenza ser tan inmaduro. Pensó que tenía que escribir so- bre eso, su vergüenza.

Y lo intentó.

Pero el tono evocó inmediatamente el tono de un video de música de una banda de varones, uno de esos que buscan ser tristes.

Entonces escribió un cuento sobre un buzón de correo que podía hablar. Podía volar, también. Un día, lleno de car- tas importantes, el buzón salía disparado como un cohete al espacio exterior. “Ja, ja”, decía. “¡Boludos!”. Volaba por ahí un rato hasta que se sentía solo, y se estrellaba contra un edificio.

Un hombre llamó para preguntar por el perro de Neil. Vino a verlo.

–Primero debería ver cómo se lleva con mis otros perros –dijo. Neil se subió al auto del hombre y fueron hasta su departamento.

El hombre tenía tres perros, todos de distintos tamaños. También tenía hijos. Los hijos y los perros se movían muy des- pacio cerca de las paredes. El departamento era oscuro y estaba lleno de humo y de una habitación contigua salía una luz roja.

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–Se llevan bien, bárbaro –dijo el hombre.

Uno de los hijos era una nenita. Estaba en una esquina, al lado de la luz roja. Tenía un paquete de gomitas y se las estaba comiendo despacio.

–Vendido –dijo Neil. La nena era ágil, Neil se dio cuenta. Cuando llegó a casa, Neil se masturbó con una versión crecida de la nena de las gomitas.

–Comé esta ensalada –dijo la mamá de Neil. Había pre- parado una ensalada para Neil. Tenía grandes trozos de pi- mientos verdes y panceta.

–Puedo prepararme mi propia comida –dijo Neil.

–Sé que podés –dijo la mamá de Neil. Le tocó el hombro y Neil se movió para sacarla.

–De ahora en adelante, cuando quiera comer algo me lo voy a preparar yo –dijo Neil.

Se fue a su habitación. Se quedó dormido y soñó que la luna estaba muy cerca de la tierra, y él se decía a sí mismo: “La luna se ha ido poniendo más grande a lo largo de los años”. La luna se acercaba un poco más, y después otro poco, y entonces lo aplastaba.

Neil se despertó y se volvió a dormir.

Soñó que había una chica que hacía tanto contacto visual con él que Neil la amaba de inmediato. Estaban en una libre- ría. Después estaban en una habitación con mucha onda, un poco extraterrestre. “¿Está borracha?”, pensaba Neil. “Espero que no esté borracha”.

Cuando Neil se despertó era casi de noche y estaba su- dando. Se masturbó pensando en la chica de su sueño. Era la chica de las gomitas. ¿Era la chica de las gomitas? Neil fue al

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baño y se lavó las manos y la cara. En el espejo su cara se veía fea. Sus huesos estaban hundidos y eran macizos. “Somos tus huesos y no nos importa”, decían los huesos de Neil. Neil se duchó, después se secó despacio. El resto del día se volvió muy pequeño. Se metió en los huesos de Neil y se quedó ahí, y a Neil eso lo cansó mucho.

–Neil –dijo la mamá de Neil–, compré pasta de dientes y shampoo para tu viaje. También había jabón y maquinitas de afeitar descartables. Estaban sobre la mesada. Había varias cosas, estaban encima de una toalla azul bien doblada.

–¿Por qué tenés que hacer todo por mí? –dijo Neil. Se fue a su habitación. Trató de golpear la puerta, pero el aire estaba espeso. La puerta se movía con lentitud contra el aire y después dejaba de moverse. Neil empujó un poco y la cerró. Después se puso a pensar de una forma muy vaga. Sus pensamientos nadaban. Nadaban como animales que tal vez no sabían nadar. Canguros, vacas, armadillos. Luchaban un poco, se hundían y después flotaban hasta la superficie, abo- tagados y dados vuelta. “Errffe eerfff ffff ”, decían los cangu- ros debajo del agua.

Cuando Neil salía de su habitación su mamá le daba fo- lletos de karate dojo.

Neil sospechaba que la forma en que sentía la cara debía ser la forma en que los zombis se sentían acerca de sus pro- pias caras. Alquiló una película de zombis. Los zombis de la película tenían la piel irregular y personalidades delictivas. Hacían ruidos como “Rrraagghaaaggh” y decían cosas como “Quiero comerme tu hígado”.

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Tal vez hiciera su propia película de zombis.

Los zombis de Neil llevarían vidas tranquilas y solitarias. Tendrían títulos universitarios. Se cepillarían los dientes dos veces al día con pasta de dientes blanqueadora y come- rían ensaladas con pimienta roja. Serían considerados con los demás. Sería una película muda.

–Neil –dijo la mamá de Neil.

Escribió un cuento sobre un hombre al que le pasaban cosas muy buenas. “El hombre era increíble. Era el hombre más feliz de la historia, y el mejor. El hombre era feliz. El hombre vivía para siempre y se iba poniendo más y más contento”.

Neil se sentó en el asiento de atrás para ir al aeropuerto. Estaba enojado. Su mamá le había agregado cosas en la vali- ja después de que él había terminado de empacar.

–No vuelvas a hacer nada por mí –dijo Neil–. Si volvés a hacer una sola cosa más por mí, no te hablo nunca más.

Su mamá estaba callada en el asiento de adelante. Neil dijo:

–Si no me malcriaras tanto tal vez sería capaz de hacer cosas por mí mismo.

Dijo:

–Terminé una carrera universitaria y mirame. Todavía estoy gritándote a vos por toda esta estúpida basura. ¿No te parece raro? ¿No te gustaría que fuera más maduro?

Dijo:

–¿Cómo puedo vivir y madurar si hacés todo por mí? Dijo:

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La mamá de Neil se dio vuelta y miró a Neil y dijo: –Te quiero.

Neil golpeó la puerta del auto y se bajó en el aeropuerto sin la mochila. Sentía que estaba pegajoso, y acalorado en el pecho y la cabeza. El aeropuerto estaba lleno de gente. “Cada hombre, mujer o niño en este aeropuerto anda dando vueltas de una forma depravada”, pensó Neil.

Su tío Francis fue a buscar a Neil al aeropuerto.

–Neil –dijo el tío Francis. Su inglés era limitado y vulgar, así que no dijo más nada.

–Hola –dijo Neil.

El tío Fracis tenía una hija, Lisa, que tenía la edad de Neil. Lisa había aprendido inglés en el colegio.

–Hola, Neil –dijo Lisa–. ¿Qué tal el viaje en avión? –Bien –dijo Neil.

–Es un viaje largo –dijo Lisa–. Espero que hayas estado cómodo.

Después hubo silencio. Cuando Neil volvió a hablar, Lisa también habló en el mismo momento. Los dos se detuvieron. Después los dos volvieron a hablar en el mismo momento. La cara de Neil se puso roja. Miró directo al piso. Desde ese momento se quedó en su habitación. El tío Francis había comprado sábanas y almohadas nuevas para la habitación de Neil. La mamá de Neil no llamó.

El tío Francis deslizó folletos sobre enseñar inglés por debajo de la puerta de Neil. Los folletos estaban en chino.

Neil sabía que no iba a enseñar inglés. No sabía interactuar con otras personas ¿Cómo se suponía que les diera clase?

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estaría satisfecho con su vida, en su habitación. O se abando- naría y sentiría pena.

Se abandonaría y sentiría pena.

Deseó que su mamá se hubiera quedado en Taiwan. Que lo hubiera criado ahí, como a un nativo. Deseó que su mamá hubiera muerto joven, dejándolo hacer cosas por sí mismo. Neil deseó que su bondad, tolerancia, habilidades sociales, confianza en sí mismo y belleza aumentaran en un diez por ciento, y después se sintió un diez por ciento engañado por la vida.

Llegó un paquete de parte de la mamá de Neil. Adentro estaba la mochila de Neil y otra bolsa con cepillos de dientes, shampoo e hilo dental. En su mente, Neil se dijo:

“Lo sabía. Sabía que iba a hacer esto”.

El cerebro de Neil dijo: “Ahora te vas a enojar ¿no es cier- to, Neil, pedazo de mierda?”.

Miró la CNN china en la tele de su habitación. Miró novelas taiwanesas. Se acostó en la alfombra y se quedó mi- rando el techo. Trató de ver, a través del techo, el piso de arriba. Visión rayos X. Tal vez Neil era un súper héroe y no lo sabía. Cerró la puerta con llave. Hizo medialunas y dio vueltas carnero. Apagó la luz, se quedó parado en un rincón y se rió. Tuvo miedo.

No habría epifanía, nunca, supo, nada. Habría una serie sin fin de momentos vergonzosos. Eso habría.

Se masturbó repetidas veces pensando en la nena de las gomitas. Se masturbó con calma, con una expresión neutral en la cara.

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hacía el dormido o se metía rápido en el baño y abría la ducha. Pero la mayor parte del tiempo, Neil simplemente dormía. El tránsito de la calle a veces lo despertaba. El tránsito taiwanés. El departamento estaba en Taipei, la ciudad capital.

“Estoy en la capital del universo”, pensó Neil.

Después apretó la cara contra su almohada y dijo: “Arr- rrrngggg”.

La mamá de Neil llamó.

–Neil, ¿cómo estás? –dijo la mamá de Neil.

Hablaba con suavidad. Tartamudeó un poquito entre “Neil” y “cómo”.

–¿Ya te explicó el tío Francis cómo empezar? –dijo la mamá de Neil.

Neil intentó sentirse feliz y no estar para nada enojado. No dijo nada, por el momento.

–¿Cómo estás? ¿Neil? –dijo la mamá de Neil–. Te ex- traño.

–¿Por qué me mandaste la mochila? –dijo Neil–. ¿Por qué me mandaste shampoo e hilo dental? ¿Crees que me habría muerto por salir a comprar shampoo e hilo dental?

Dijo:

–¿Por qué hiciste eso? Dijo:

–Nunca me puedo escapar de vos. No tenés idea lo que se siente. No puedo ni cometer mis propios errores. No puedo aprender. Hacés todo por mí.

Dijo:

–No puedo vivir. No puedo estar vivo. Neil se dijo a sí mismo:

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–Te pusiste empalagoso, hijo de puta. ¿De qué mierda hablás? Sos un tremendo pedazo de mierda.

La mamá de Neil dijo:

–Ahora sos un adulto y necesitás hacer cosas por vos mismo. Ya lo sé.

Neil dijo:

–Siempre decís lo mismo pero nunca cambiás. Dijo:

–¿No te dije que no te iba a hablar nunca más si volvías a hacer algo por mí?

Algo descompuesto y gris se golpeaba adentro de la ca- beza de Neil, como si fuera una paloma.

“Mierda”, se dijo Neil a sí mismo.

Se arrepintió de todo lo que había pasado y de todo lo que pasaría. Vio a su madre al otro lado del teléfono con cara de preocupada y después cortó el teléfono.

Escribiría sobre esto. Sería miserable. Había una ventada y Neil pensó en tirar el teléfono, en el vidrio rompiéndose. Pensó en tirarse él mismo.

“Ridículo”, pensó.

Puso de vuelta el auricular sobre la base, que estaba arri- ba de la cama. Trató de no ser melodramático al respecto, pero lo deliberado de su proceder lo volvía enormemente melodramático.

Se sentó sobre la cama. Sabía que pasaría un largo tiem- po antes de que volviera a hablar con su madre. Pensó que desde ese momento sería una persona más agradable. Ha- blaría con el tío Francis y con Lisa y se esforzaría lo más que pudiera por ser una persona normal y amistosa.

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“Sí, eso”, pensó. Se paró y caminó un poco por la habi- tación con los brazos rígidos delante. Fue hasta el baño y se miró al espejo.

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En el contestador automático un hombre dice que una rama de mi árbol cayó en su jardín. Vive en la casa que está atrás de la mía y quiere que saque la rama de su jardín.

Le toco timbre, no hay nadie. Paso a su jardín. Sí, hay una rama, del tamaño de un auto, en su jardín, debajo de un pino que es suyo. Puedo ver dónde la rama partió su árbol y cayó en su jardín.

Al día siguiente hay otro mensaje. El hombre dice que se equivocó. Escucho el mensaje dos veces y siento que no hay ningún error, que es una jugarreta para que yo termine haciendo el trabajo.

Mi esposa Janet entra con nuestros dos hijos, Thomas y Ryan.

Yo estoy parado acá sin hacer nada.

Vuelvo a apretar el botón del contestador automático. Thomas empieza a hablar de ballenas azules. Thomas tiene siete años. Estoy reproduciendo el mensaje y Thomas habla.

–Callate un minuto –dice Janet. Le pone una mano a Thomas sobre la cabeza.

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Ryan empieza a hablar de algo, no sé de qué. Se está que- jando de algo. Ryan tiene trece y es skater. Tiene cara de eno- jado. Me acuerdo de haberlo visto riéndose con los amigos más temprano.

–Ryan –digo–. Estamos tratando de escuchar el contesta- dor automático. ¿Por qué te quejás de tu vida mientras trata- mos de escuchar un mensaje?

Ryan se va a su habitación.

Ryan es lindo y fuerte. Thomas es frágil y más feo y tiene dientes de conejo.

El mensaje termina.

Janet está parada junto a la pileta de la cocina. –¿Cómo estuvo? –digo.

–¿Cómo estuvo qué? –dice ella.

–No sé. Lo que sea que hayas hecho hoy.

Janet se acerca y aprieta el botón para reproducir los men- sajes. El mensaje vuelve a empezar. Pienso en Ryan y me enojo con él.

–Estacioné en la calle –dice Janet–. Hay una rama en la entrada de nuestro garaje. ¿La viste?

–Sí –digo–. La vi. –¿Por qué no la sacaste?

–No la vi –digo–. No mentí. Quería decir que creo que la vi. Estaba distraído. La iba a sacar.

Janet empieza a caminar hacía la puerta de entrada. –Yo la saco –digo. Camino rápido y la paso–. Estaba por ir sacarla pero justo llegaste.

En la entrada del garage hay una rama enorme. El auto de Janet está estacionado en la calle. Veo que también mi auto

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está estacionado en la calle. No recuerdo esta rama, que es idéntica a la rama que había en el jardín del vecino.

Subo a mi auto y doy una vuelta por el barrio. Quiero golpear buzones pero me controlo, lo que me lleva a pensar en disciplina y estadísticas, lo que me lleva a pensar en vi- deojuegos. Zelda, Dragon Warrior. Tal vez compre una Nin- tendo. Vuelvo a casa y estaciono en la calle. Pienso en mirar tele antes de mover la rama.

Janet está lavando los platos. Le doy un beso en la me- jilla y sonrío. Ella no me mira, tiene cara de enojada. Abro