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tiempo de pensar el cristianismo no desde el punto de vista del dogma y de la fe (“creer” en él o no); ni tampoco con respecto a la historia de las religiones o de las sociedades (como forma del monoteísmo o bien, por ejemplo, en la relación que mantuvo con lo político); ni tampoco sólo según la historia de las ideas así como la influencia que ejerció en Europa sobre el desarrollo de la filosofía (es sabido, por ejemplo, que el inicio del mismo cogito está en Agustín). Distingamos también de la tradicional

filosofía cristiana lo que sería esta filosofía del cristianismo. La que haría considerar el cristianismo desde un punto de vista que ya no sea propiamente interno (dogmático) ni

tampoco externo (cultural y social), sino preguntándonos lo que promovió como recurso y posibilidad dentro de lo humano: en qué medida nos ha “formado”, como decía Nietzsche, ya independientemente de toda creencia, es decir, en qué transformó e hizo mutar nuestra experiencia. Y creo que podemos recapitular al menos tres aspectos en los cuales el cristianismo promovió lo íntimo. En primer lugar, porque aportó la idea de un acontecimiento que cambia todo y de tal modo que puede hacer tambalear la existencia; luego, porque hizo levantar la barrera, por medio del acontecimiento del encuentro, entre el Otro y uno mismo; y finalmente, porque produjo un lugar propio de lo íntimo al desplegar una subjetividad infinita. Otras tantas condiciones de posibilidad que hay que evaluar hasta qué punto son inventivas.

Porque le debemos al cristianismo – “debemos” significa que lo obtenemos de él – la conciencia (confianza) de que una decisión puede irrumpir en nuestras vidas y llevarse todo con su acontecimiento. Pero, ¿qué significa ese “todo”? Que una alteración – un vuelco – puede efectuarse en la relación con el Otro, que se elige asumir, es decir, arriesgar; que se deje así invadir todo el resto, que ya no es más que el “resto”, hasta el punto en que uno sea desapoderado de “sí” para poder encontrarse más. Hasta el punto en que se espera todo, cuando nada más queda aparte. Hasta el punto en que aquello que yo no pensaba – no imaginaba – efectivamente se realiza. Una posibilidad que no imaginaba se abre de pronto ante mí. Pero eso no es posible, según enseña el

cristianismo, sino con y por Otro. Sin embargo, nada parece haber cambiado para los demás, la alteración es tanto mayor en la medida en que todo parece seguir su curso habitual y que nada necesita exhibirse. Inversión de arriba abajo, como suele decirse, pero en lo más interior – que buscará ese fondo y lo da vuelta (Pablo en el camino a Damasco): de pronto ya nada será como antes, aun si eso no se muestra.

Ahora bien, esa historia excepcional, ¿no puede ser también la más ordinaria? Tan inaudita como lo es, ¿no está acaso siempre a nuestro alcance, como lo afirma el cristianismo? Hasta entonces estaban entre ellos en una relación en suma bastante banal, hecha de inclinación, hasta de seducción, aunque también de reserva, que incluía

también lo aparente y el interés. Cada cual conservaba la mesura, su “actitud reservada”, y se preservaba – se pertenecía. Luego, de pronto un día, aunque ese día es por supuesto un resultado, hacen caer la barrera, tal es el acontecimiento de lo íntimo, o más bien la barrera se cayó entre ellos, y ellos aceptaron progresivamente que hubiera caído: se emplazó un puente, se perforó un túnel, de un sitio al otro – “sitio” como quien dice fortaleza. Ya sea que se llama soledad o autarquía a ese aparato de defensa de todos y

cada uno (que forma a “cada uno”), en su caso, se encuentra abolido; es desmantelado piedra por piedra; no solamente se cruza el pantano de lo social, la frontera del

“prójimo”, sino que también se sobrepasa el límite de lo que uno se debe a sí mismo, de lo que conformaba la propiedad de un “sí mismo”. Como por encanto, aunque les cueste creerlo y titubeen por la novedad – frente al “mundo”, al “otro” –, se encuentran del mismo lado.

De hecho, no es tanto que ocurra algo importante (que una noche ella se haya “entregado”), sino que sean llevados más o menos temprano a asumirlo: que sea generado un “tú” totalmente distinto; que ellos lleguen a extraer las consecuencias de esa penetración abriendo un interior compartido. Si el desencadenante pudo ser que se encontraran cuerpo a cuerpo, lo importante es que lo conviertan en el acontecimiento que cambia todo, que dejen (o acepten) que sus vidas resulten alteradas. Y el

cristianismo aportó la dimensión del acontecimiento “loco”, reconociéndose como loco (la “locura” de la Cruz, moria), o de lo que llamaría lo “demoledor”; implantó pues la posibilidad de un milagro proveniente del Otro y que procede de una decisión-

aceptación semejante. Se podrá evaluar con tiempo, a posteriori, todo lo que condujo a ese resultado mediante una transformación silenciosa y por transición, hasta el punto de no ver más que un afloramiento sonoro, madurado largo tiempo, que de pronto hace tambalear todo, aunque sin dejar de afirmar que lo inaudito – lo increíble – puede pasar; y que por irrupción-mediación del Otro puede comenzar un curso diferente de las cosas dentro de mi vida: lo que se llama “encuentro”.

6. Por otra parte, que en la experiencia de lo íntimo el otro pueda revelar así que

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