A
l principio nadie se movió. Los habitantes de la capital — y de otras capitales de provincia— festejaron en las calles el fin del bombar deo y del terror, adornaron las fachadas de sus casas y leyeron en la prensa las razones de su propio júbilo por la caída de Madero. A conti nuación, se Cubrieron las formas. En respeto del artículo 81 de la cons titución, el secretario de Relaciones Exteriores, Pablo Lascuráin, gestor oficioso del embajador Wilson contra Madero, asumió la presidencia de la República.Recuerda Michael Meyer:
El nuevo presidente protestó su cargo a las 10:24 pm. Su prim er acto o ficia l fu e nombrar secretario de G obernación al general V icto ria n o Huerta. Su segundo y últim o acto de gobierno fue presentar su propia renuncia. Previam ente acordada por Huerta, D íaz y el propio L ascuráin, la renuncia le fue aceptada por e l C ongreso a las 11:20 pm. Lascuráin había sido presidente de la R epública por cincuenta y seis m inutos. En ausencia de vicepresidente y de secretario d e R elacion es E xteriores, la presidencia mexicana pasó constitucionalm ente al secretario de Goberna ción. Huerta observaba la sesión desde uno de lo s vestíb u los de la C á mara de Diputados. P oco antes de la m edianoche, se en vió una d e le g a ción a convocarlo y acompañarlo a la plataform a, en el p ro scen io , con el propósito de rendir protesta. A taviado con un traje de cerem on ia n e gro, el general de cincuenta y ocho años repitió el juramento de tom a de p osesión del cargo... L a cerem onia de h ech o d io m arco a las honras fúnebres de la dem ocracia al e stilo d e M adero. A su térm ino, M é x ic o tenía su tercer presidente del día.
El poder judicial felicitó al nuevo gobernante por vía del presidente de la Suprema Corte, Francisco S. Carbajal, y se dieron garantías a las cámaras para su funcionamiento habitual.
Fue un cuidado por las formas tan efímero como la presidencia de Lascuráin. Antes de que terminara el año, Huerta había cerrado el Con greso, metido en la cárcel a varios legisladores y asesinado al diputado chiapaneco Belisario Domínguez por haber circulado un impreso exi giendo el desconocimiento del gobierno golpista, había asumido facul tades extraordinarias en los ramos de Guerra, Hacienda y Gobernación y había pospuesto indefinidamente las elecciones de presidente y vice presidente prometidas para octubre de 1913. Había roto también los pactos con sus compañeros de ruta en el golpe, a los que había despla zado de sus cargos iniciales, y ejercía un desnudo régimen de fuerza que llegó a acumular en los siguientes meses varios asesinatos célebres y más de cien casos probados de aplicación de la ley fuga.
Pero la muerte de Madero sacudió a la República. El país que lo se pultó como gobernante volvió a necesitarlo y a construirlo como sím bolo de su frustración y sus esperanzas. En 1910 las más distintas fuer zas habían acudido al paso de su llamado democrátizador. La noticia de su muerte en 1913 clausuró la esperanza de un cambio, convocó los fi lones insurreccionales pendientes y apartó del gobierno huertista toda apariencia de legitimidad. Huerta se encontró pronto sin otro instrumen to que el ejército, ni otra alianza de fondo que las fuerzas de la restaura ción: terratenientes y empresarios, intereses extranjeros, la burocracia porfiriana, la aristocracia y el beneplácito de la embajada norteamerica na, cuyo gobierno sin embargo había cambiado en Washington al empe zar el año y veía desvanecerse en el dédalo de la intriga huertista sus esperanzas iniciales de poner a Félix Díaz, un "pronorteamericano seguro", en la silla sucesoria de Madero.
Las fuerzas de la contrarrevolución habían sido suficientes para dar un golpe de Estado, pero no lo eran para restablecer duraderamente un pacto nacional.
E l hilo de la historia
De por sí, el pacto seguía roto en el sur. Muerto Madero, los zapatistas continuaron su guerra, emitieron una proclama llamando a luchas contra Huerta y a no deponer las armas mientras no pudiera ejercerse lo previs to en el Plan de Ayala. Pero el cántaro de la concordia empezó a rom perse también en el norte. Antes de que terminara el mes de marzo, habían roto con el centro los gobiernos de Coahuila y Sonora. El asesi nato del gobernador maderista Abraham González en Chihuahua había dejado el campo abierto para una formidable insurrección plebeya cuya
intensidad legendaria resume el nombre de Francisco Villa. Volvieron a poblarse de bandas rebeldes las sierras norteñas de Durango y Sinaloa, Zacatecas y San Luis Potosí. Y hubo la cosecha armada de cientos de insurrecciones en pequeñas ciudades, pueblos y rancherías que darían a la guerra contra Huerta la facha multitudinaria que el alzamiento made rista sólo alcanzó a tener en algunas regiones norteñas.
Para el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, viejo terrate niente y exsenador porfirista, el ascenso de Huerta al poder significó simplemente el quebrantamiento del orden constitucional que regía a la República. En tanto autoridad legítimamente constituida, Carranza encontró el delgado hilo de la historia en la decisión de romper con Huerta para erigirse, por ese sencillo acto, en depositario de la constitu- cionalidad asaltada, lo que le permitió convocar a la nación a derribar al "gobierno usurpador" de la ciudad de México. El delgado hilo de la historia: la certeza histórica de ser el único representante legítimo que quedaba en el país mientras fuera el único en haber desconocido a las autoridades golpistas de la federación. Y la certeza práctica de no tener tampoco otro camino, porque la consolidación del poder huertista sig nificaría para gobernadores maderistas como Carranza, la segura demo lición política e incluso la muerte.
Carranza obtuvo en préstamo los fondos que había en los bancos de su estado, dio seguridades a los jefes militares y al gobierno central de que respaldaría el golpe, reagrupó las pocas fuerzas leales que le queda ban — contingentes exmaderistas no licenciados al mando de su herma no Jesús Carranza y Pablo González— y orquestó finalmente la resolu ción del congreso local de desconocer al gebiemo del centro. Dejó Saltillo, su capital gubernativa, el I o de marzo de 1913, seis días des pués se trabó en una escaramuza en Anhelo; catorce días después trató sin éxito de tomar Saltillo y terminó refugiándose a fines de marzo con sus 700 soldados en la hacienda de Guadalupe.
Ahí, el gobernador errante, sin fondos ni aparato administrativo, ni ejército regular, elaboró, discutió y firmó con sus oficiales el llamado Plan de Guadalupe que desconocía a los poderes de la federación y tam bién a los gobiernos estatales que treinta días después de expedido el plan no hubieran desconocido el mandato huertista. El documento reco nocía al propio gobernador Carranza, que no había podido someter a una guarnición de mil hombres en Saltillo días atrás, como Primer Jefe de la Revolución Constitucionalista. A falta de artículos que hablaran de reformas sociales —lo que provocó inconformidad en oficiales fir mantes como Francisco J. Múgica y Lucio Blanco— el plan de la ha cienda de Guadalupe preveía ya la victoria de la causa y la organización de un gobierno. Era el 26 de marzo de 1913.
L a s razones de Sonora
En las ciudades fronterizas y las oficinas gubernamentales del vecino es tado norteño de Sonora se cocinaban para esas fechas las condiciones del triunfo que Carranza y sus hombres anticipaban en Coahuila. A fines de febrero, el gobernador maderista del estado, José María May- torena, gemelo político y social de Madero, heredero de una familia patriarcal de hacendados desplazados, había optado por retirarse de la escena víctima de un desgarramiento político peculiar del maderismo: no podía cerrar los ojos a la atrocidad del golpe de la ciudad de México y el asesinato de Madero, pero tampoco podía ponerse al frente de una rebe lión incierta que exigiría medidas confiscatorias y, de triunfar, sepultaría en su remolino intereses a los que familiar, social y políticamente el go bernador Maytorena estaba indisolublemente vinculado.
Aduciendo motivos de salud, pidió una licencia y partió al exilio de jando el estado en manos de la nueva generación de políticos y jefes mi litares que el maderismo había sacado de su sorda incubación porfiriana.
Las historias prerrevolucionarias de esos líderes sonorenses entregan una colección de hombres atados a una supervivencia cuya índole no era la desesperación material, el hambre o el desempleo, sino la restricción por los privilegios acumulados de las oligarquías locales, la falta de acceso a las decisiones y los puestos políticos, así como los grandes ne gocios. Manuel M. Diéguez era el ayudante de contaduría de la superin tendencia de las minas de Cananea porque sabía inglés y un poco de ad ministración. Esteban Baca Calderón era un maestro de escuela, ilus trado en las consignas jacobinas y liberales, que llegó a Cananea en busca de un ambiente propicio para trabajo político magonista y que, según sus propias palabras, había forjado su carácter en "el yunque del trabajo intelectual, en la lucha tenaz por disipar las tinieblas de la igno rancia y el fanatismo". Benjamín Hill era síndico del emergente munici pio de Navojoa, dueño de dos propiedades que sumaban en total 2,500 hectáreas no irrigadas, de un molino harinero y de un apellido cuya his toria local estaba cargada de prestigio y leyenda; Adolfo de la Huerta era el manager de "uno de los más importantes negocios de Guaymas" (la hacienda y tenería de don Francisco Fourcade) y también un soltero re querido por su voz de tenor en las fiestas de la alta sociedad porteña cuyas familias más almidonadas seguían viéndolo, sin embargo, como un "zapetudo" (un arribista). Francisco Serrano era un pequeño propie tario de Huatabampo, había hecho sus pininos como periodista de oposi ción en la campaña independiente de Ferrel contra el dominio cañedista en Sinaloa, y algún amigo de entonces le había franqueado el paso hasta la secretaría particular del gobernador Maytorena en 1911. Alvaro
Obregón era un pequeño agricultor que sembraba garbanzo para expor tación en Huatabampo, un hombre que a los veinte años era experto en maquinaria agrícola, y para 1911 había inventado una cosechadora cuyo molde de hierro había sido encargado ya a una fundición de Culiacán; era pariente pobre pero socorrido de los hacendados Salido, los más modernos de la región del Mayo. Plutarco Elias Calles había sido m aes tro y funcionario de la tesorería de Guaymas, pero sobre todo gerente de un molino harinero en el norte del estado (300 pesos de sueldo men sual), administrador de las haciendas de su padre, Plutarco Elias Lucero y, como él mismo se definió en una carta a las autoridades de 1909, "gente de propiedad y trabajo, amigo incondicional del gobierno". Sal vador Alvarado era un pequeño comerciante que se había probado como boticario en Guaymas y como pueblerino asfixiado por la corrupción municipal en su pueblo Pótam, Río Yaqui. A los padres de Juan Cabral no les habían faltado recursos para sostener al hijo como interno en el Colegio Sonora —el mejor del estado— , ni a su hijo ilustración oposi cionista para erguirse a los 19 años como orador contra el caciquismo mexicano, durante unas vacaciones en La Colorada, importante centro minero del distrito de Hermosillo.
De no haber venido la revolución, ninguno de estos hombres habría dejado de triunfar a medias como administradores, comerciantes y agri cultores, pero ninguno tampoco habría tenido la vía libre para alcanzar —más allá de la preponderancia política— el estatus social y económico de la oligarquía porfiriana, a cuyo desplazamiento y emulación se en tregaron desde los puestos y las facilidades que la revolución les entre gó. Con el tiempo, tanto en sus despojos como en sus empresas, el único proyecto social consistente de estos sectores medios habría de ser la expulsión de la vieja oligarquía de hacendados y empresarios.
De por sí, en el contexto de la rebelión sonorense, estos pequeños agricultores libres, administradores medianos, comerciantes, maestros y rancheros modestos, alcanzaron la supremacía política y militar p o r el desplazamiento de un liderato maderista de hacendados. Particular mente, por la enconada lucha contra el equipo de gobierno y las inicia tivas clasistas de José María Maytorena, un heredero patriarcal que se incorporó al maderismo a través de la causa reyista como representante de las grandes familias preporfirianas arrinconadas en sus "feudos" por las inversiones estadunidenses, la agricultura capitalista, los negocios de colonización y el férreo control político de un añoso triunvirato (Ra fael Izábal, Luis Torres, Ramón Corral).
Esa camada de recién llegados había consolidado prestigios y posi ciones durante la campaña exitosa del año anterior contra las huestes orozquistas que inundaron el oriente del estado y había construido un
pequeño ejército estatal que rebasaba los tres mil soldados, con una ofi cialidad propia y una organización cuya línea de lealtades empezaba en el desprecio y el recelo por el ejército federal. Retirado Maytorena a fines de febrero, el 5 de marzo de 1913, invocando la poderosa razón sonorense de la soberanía estatal amenazada por las presiones del cen tro, la legislatura local desconoció a Huerta y el gobernador interino, Ig nacio Pesqueira, dio la voz general de la insurrección. Desde la cúpula de ese gobierno constituido, los jefes sonorenses enfilaron sus ejércitos contra las fuerzas federales, como si éstas fueran los contingentes de un ejército de ocupación.
Un héroe reciente de las batallas contra el orozquismo, Alvaro Obre- gón, fue puesto al frente de los ejércitos locales, que avanzaron primero al norte sobre las guarniciones de las grandes mipas y la estratégica fron tera de la que habrían de venir armas, municiones, uniformes y hasta un aeroplano. El gobierno de Hermosillo se dedicó, por su parte, a estimu lar los hábitos recientes de autodefensa — se había combatido así durante
1912 la rebelión orozquista en el estado— movilizando presidentes mu nicipales, prefectos, comisarios y vecinos para formar pequeñas parti das de voluntarios que iban concentrándose después en cuerpos mayores. Para fines de marzo, los rebeldes tenían en su poder lo suficiente para garantizar una insurrección administrada desde el palacio de go bierno de Hermosillo: dos puertos fronterizos — Nogales y Agua Prie ta— , la ciudad minera más importante del estado, Cananea, y tratos con las principales firmas mineras, comerciales y ganaderas que pagaban impuestos a las autoridades rebeldes. Antes de que terminara el mes de marzo, los tres mil efectivos militares iniciales se habían duplicado y toda Sonora, salvo el puerto de Guaymas y las guarniciones del sur, es taba dominada por la insurrección.
L o s m otivos de Villa
Lo que en Sonora fue un solo proceso profesional de agrupamiento de milicias y jefes exmaderistas desplazados por el licénciamiento hacia cuerpos rurales y batallones auxiliares en su conjunto —estos cuerpos recibían el nombre de "irregulares"— , en el país fue una granizada de alzamientos fragmentarios guiados también por el hilo férreo del pasa do: jefes y tropas exmaderistas reanudaron en febrero de 1913 la guerra artificialmente detenida en 1911 y acudieron puntualmente a desahogar su duelo con el ejército federal, que la conciliación maderista había deja do pendiente.
A las puertas de la ciudad de México se sublevó, y la emprendió ha cia el norte, Jesús Agustín Castro, con el 21° Cuerpo Rural bajo sus órdenes. Eralas cercanías de Mazatlán, Juan Carrasco y sus tropas irre gulares tentaron con éxito la gana insurreccionalmente un conocido estibador del puerto, Angel Flores, y emprendieron el 6 de marzo su propia sublevación para "tumbar a Huerta". En Tepic emprendió su aventura Rafael Buelna, un escolar que apenas remontaba la adolescen cia y habría de ser el héroe joven por excelencia de la revolución. Los coroneles maderistas duranguenses Calixto Contreras y Orestes Perey- ra, desgajaron una fracción del 22° Cuerpo Rural para iniciar sus c o rrerías de pueblo en pueblo y construir en los siguientes cinco meses un ejército de 2,500 hombres. Con los efectivos de los cuerpos rurales 48° y 21°, Gertrudis Sánchez se rebeló en Michoacán autograduándose ge neral de seiscientos hombres, con cuyo coronel, Joaquín Amaro, tam bién de grado silvestre, tomaron Tacámbaro el 14 de abril. Un cabo de los batallones irregulares de Zacatecas, Fortunato Maycotte, jaló a los doscientos hombres de sus fuerzas a la aventura antihuertista. José Baños en Pochutla, Pablo Pineda en Juchitán y Rómulo Figueroa, de veterana familia antirreeleccionista, en Guerrero, regresaron también a la guerra que Madero había interrumpido con su triunfo y reanudaba con su muerte.
Ninguno de estos regresos guerrilleros tuvo sin embargo la intensi dad plebeya y el arrastre multitudinario del que acaudilló en las sierras occidentales de Chihuahua y Durango el antiguo forajido Doroteo Aran- go, Francisco Villa. Combatiente maderista, reciente prófugo de la p ri sión militar de Santiago Tlatelolco donde estaba recluido por insubor dinación en la campaña orozquista del año anterior, Villa había sido rescatado por Madero del paredón que Victoriano Huerta le había orde nado en aquella campaña. Ahora, muerto Madero, volvía de su exilio buscando venganza, sin saber que iniciaba así la construcción de uno de los más eficaces ejércitos populares de los tiempos modernos.
En Chihuahua Huerta había logrado atraer la voluntad agraviada de Pascual Orozco hacia la causa golpista junto con los abundantes acree dores del mismo agravio que habían quedado incrustados en la buro cracia, el congreso y la oligarquía chihuahuense. La primera víctima de ese ajuste de cuentas fue el gobernador del estado, Abraham González, quien a principios de marzo fue secuestrado y victimado por una veta más de la rabia antimaderista. Fue suprimido así el eslabón político moderado que hubiera podido conducir en Chihuahua, como en Sonora y en'Coahuila, a una rebelión organizada desde arriba o matizada por lo menos en la desnudez popular de sus procedimientos y demandas. Por la rendija de ese liderato abolido, entró a escena en Chihuahua el tumul
to de la insurrección villista, su carga incontenible, tributaria del exceso violento más que de la ponderación legitimista de Carranza o el ánimo antioligárquico de los jefes en ascenso de Sonora.
Francisco Villa era la actualización relampagueante de una utopía agrícola y guerrera que en el norte de México tomó la forma de las co lonias militares. Mediero de una hacienda, forajido educado en la sabi duría vaquera de la sierra, la travesía y el merodeo, Villa era un vástago natural de la vida comunitaria, anmada y a la intemperie, que los apaches y el abigeato habían impuesto como norma de vida en los pueblos aisla dos y los territorios de frontera de la Chihuahua decimonónica. Era el hijo natural de esos pueblos, siempre dispuestos a defender por su pro pia mano tierras, hogar y familia frente a la hostilidad extema, pueblos sin excedentes económicos para distingos señoriales, criados en el tra bajo duro, el caballo y la carabina, la disciplina guerrera y el igualitaris mo de una sociedad sin jerarquías.
A esa sociedad quería volver Doroteo Arango, al mundo llano, rudo y estimulante, con su horizonte de amagos y correrías, del que había sido expulsado para volverse bandolero, era el mundo que aspiraba a fundar y a recrear en la república de colonias militares habitadas por ve teranos de la revolución, cuyas características generales describió a