Framework
Chapter 4 Research Methodology
“La mejor educación es aquella que amplía las libertades, forma para la autonomía, hace emerger un pensamiento crítico y hace del enseñar y del aprender un diálogo creativo, de emociones y razones, de intuiciones y argumentos, de palabras y silencios, de frustraciones y esperanzas, de resistencias y afirmaciones.”
(Castillo, A., & Osorio, J, 1997, p. 100)
A continuación, se exponen las conclusiones del proyecto investigativo “Aula- Ciudad”, de acuerdo con los objetivos planteados inicialmente y la experiencia pedagógica. Desde el primer momento en que se postuló el proyecto dentro de la línea de investigación de Prácticas pedagógicas de la formación ético-política en experiencias relacionadas con la enseñanza de los DD.HH, la democracia y la paz, comenzó un camino de formación enriquecedor, de fundamentación, de cuestionamientos y reflexiones sobre lo ético y lo político en la escuela, para luego postular un proyecto -con todo lo que ello implica- e implementarlo en una institución y así finalmente reconstruir esta experiencia que específicamente concibió el aula como un lugar
24 Algunas afirmaciones presentes sobre el proceso de un Proyecto y su evaluación fueron tomadas de documentos
del MOOC Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP), curso que ofrece la plataforma educativa virtual Scolartic en apoyo de Fundación Telefónica. Ver referencia sobre el Curso.
propicio para mejorar y contribuir al fortalecimiento de las relaciones sociales y por ende la convivencia en relación con la cooperación, solidaridad, respeto, participación y valoración de la diferencia.
Como se desarrolló a lo largo de los distintos capítulos que componen este trabajo, el manejo de la convivencia en la escuela está determinado por manuales, procedimientos administrativos, y rutas de atención establecidas por el colegio en sí mismo o limitadas por deberes o restricciones que los estudiantes deben cumplir como si ello en sí mismo significara convivencia y que definitivamente se queda corto ante las necesidades y realidades de la instituciones; es decir: se requiere de un lugar importante del estudiante como protagonista o actor en la construcción de convivencia escolar y en la solución de conflictos a través de mecanismos alternativos.
Efectivamente, el proyecto y el acercamiento con la institución José Joaquín Castro Martínez, nos permitió divisar diferentes situaciones problemáticas que afectan la convivencia escolar, a partir de los ejercicios de observación, tanto de los estudiantes como de nosotros y que fueron posibles de reflexionar a lo largo de la intervención de esta estrategia enfocada a mejorar la convivencia y la formación ciudadana. En efecto, la convivencia escolar basada en el respeto, la armonía y la paz a partir de acuerdos sociales, se veía obstaculizada por diversos problemas identificados en el aula; entre lo que siempre se destacaron estuvo el manejo inadecuado del lenguaje (irrespeto a la palabra, insultos, groserías, y comportamientos violentos de discriminación por razones de procedencia o raza, la negación de unos sobre otros y la animación al conflicto por parte de algunos estudiantes.
Además, encontramos que el conflicto ha sido concebido como un problema y no una oportunidad de formación ciudadana y ético política, por lo que la escuela ha buscado la contención de dichas situaciones con acciones de indiferencia o sancionatorias mas no formativas y pedagógicas. Igualmente, la respuesta de los estudiantes en el aula al conflicto escolar se caracterizaba por la normalización de la violencia como herramienta válida para la resolución del conflicto y que en ultimas afecta las relaciones sociales. Por otro lado, el proyecto constató la manera en que trabajar la cooperación, la democracia y la valoración de la diferencia constituyen posibilidades de formación ciudadana y de fortalecimiento de la convivencia.
En vista de lo anterior, el Proyecto Aula Ciudad resultó ser una oportunidad de ocuparse y atender a esa necesidad escolar de fomentar la convivencia desde un espacio cercano, real, afectivo, en función de las realidades escolares y construido en la acción con los mismos estudiantes. El Proyecto Aula Ciudad representó una estrategia pedagógica que, aunque en un principio no fue asumida por lo estudiantes como un espacio de interés, se fue constituyendo, a medida de su avance, en una herramienta de cambio de perspectivas con respecto a la convivencia y su relación con la ciudadanía y un espacio valorado por los participantes, tanto docentes como estudiantes.
Esta estrategia educativa, por medio de un proyecto de aula, logró fomentar el trabajo cooperativo y la formación de promotores de convivencia en el aula, fortaleciendo habilidades comunicativas y emocionales desde talleres de autorreconomiento, observación, trabajos en grupo e identificación de situaciones problema, así generar aprendizajes y propuestas colectivas para mejorar las relaciones sociales y el ambiente escolar.
En consecuencia, para el proyecto el aula se puede convertir un espacio democrático y participativo que genera sentidos de pertenencia con el entorno, esto es, preocupación y cuidado por la escuela y el par. Lo anterior a partir de la valoración de la diversidad, que implicó afianzar la autoestima, la individualidad, pero también la identidad, percibir el aula como un espacio de encuentro de diversidades étnicas, culturales, sexuales o de cualquier otra índole y así poder hablar de aulas incluyentes.
De la misma manera trabajar la participación y la cooperación para fortalecer la convivencia no sólo disminuyó la agresividad en el aula, sino que permitió que los estudiantes postularan iniciativas de transformación social de su entorno, a pesar de que, por ahora, sólo se pudieran plantear, pero consiguiendo cimentar la corresponsabilidad social entre los miembros del aula.
Evidentemente el proyecto Aula Ciudad aportó significativamente al mejoramiento de la convivencia escolar y así lo corroboran los resultados de los diferentes instrumentos de recolección de información. Sin embargo, limitaciones de tiempo no permitieron hacer énfasis en algunos elementos fundamentales para que el cambio fuese más notorio, además transformar la cultura escolar e influir en toda la comunidad educativa implicaría realizar un trabajo mucho más amplio, de mayor alcance, recursos, y apoyos para los cuales el “Aula Ciudad”, en su momento, no estaba
preparado ni diseñado. Aun así, los cambios se hicieron evidentes por los mismos estudiantes, docentes de acompañamiento y según nuestro punto de vista también coincidimos en ello.
Darle continuidad al proyecto sería una oportunidad de no sólo tener en cuenta las recomendaciones e impases vívidos para fortalecer la propuesta, sino de darle un mayor alcance que tenga en cuenta las oportunidades de mejora identificadas, donde se incluya a directivos y docentes para que el trabajo sea constante, continuo y más evidente, donde realmente la cultura escolar se vea transformada en mayor medida en la institución u otras instituciones.
Esta experiencia nos permitió ver que la formación ético-política y ciudadana concibe un vínculo de lo individual y lo social, de lo cognitivo y lo afectivo, de lo legal y lo sentimental y aunque debe ser un componente transversal de la educación se puede desarrollar mediante estrategias pedagógicas disciplinares o interdisciplinares o mediante proyectos, que a la vez tengan eco en los organismos de participación, el contexto comunitario y la vida social en general, para formar sujetos capaces de pensar en un mundo diferente y en alternativas para solucionar aquellas situaciones que en su contexto y área de acción perjudican el ejercicio pleno de derechos y deberes donde la dignidad humana sea el principio de acción fundamental (Bogoya, Santana & Hernández, 2006)
Lo cierto es que el ejercicio de la ciudadanía no solo está condicionado por una educación para la misma, sino que hay obstáculos más amplios, por ejemplo, los mecanismos de participación no son tan eficaces como debiesen y tampoco hay un verdadero control social participativo en las decisiones y acciones de las instancias normativas que tanto se insiste en defender y apropiar en los estándares de formación ciudadana establecidos por organismos como el Ministerio de Educación Nacional.
Además, contrario a lo que se postula, la escuela sigue siendo una espacio poco democrático, arbitrario y autoritario donde es muy difícil el ejercicio pleno de ciudadanías disidentes. Los estudiantes también deben reconocer las características particulares de su entorno y cómo afecta esto a su formación ciudadana, se piensa entonces en la posibilidad de una educación para la ciudadanía crítica, que haga énfasis en una ciudadanía activa, de la acción política.
La formación de un ciudadano que participe activamente en su entorno local y piense en función del bien común, es quizás la herramienta más válida y eficaz para transformar las realidades y prácticas cotidianas de violencia, exclusión escolar y social. Una formación que fortalezca la voz del ciudadano común ante las injusticias, la corrupción y la desigualdad, reconociendo la dignidad y los derechos humanos como pilares fundamentales que deben ser defendidos desde las acciones diarias para la consolidación de una nación más justa, participativa e incluyente que se mira y se auto proyecta en el respeto al otro, sus necesidades y sus derechos.
Más allá de las políticas públicas o unos lineamientos curriculares, la formación ciudadana debe ser un compromiso social que parte de la convicción de sus beneficios y su carácter necesario en la construcción de país, y la escuela debe ser abanderada de esta tarea social; que se piense el aula de clase como un lugar que puede ser más amable, más solidario, más incluyente y participativo, y del aula a otras instancias sociales, en función de dignificar la vida de quienes allí cohabitan.
Por ello, es necesario revisar, criticar y avanzar en la propuesta institucional de la formación ciudadana y ética en las instituciones educativas, que supere la idea de simplemente generar espacios académicos curricularizados e incluidos en un horario escolar para que se conviertan realmente en una apuesta colectiva y transversal a la vida escolar, ya que hace parte constante e inherente del desarrollo humano, La respuesta no puede ser sólo crear cátedras como asignaturas anexas o de responsabilidad exclusiva del Licenciado en Ciencias sociales (sin desconocer su aporte en este sentido), sino vincular a la comunidad educativa, capacitar y gestionar proyectos transcurriculares y vivenciales de acuerdo a las realidades particulares de cada institución.
El proyecto de país que se debe pensar en estos momentos tiene que darle un lugar especial al profesional de la educación, pero también a los estudiantes y a la comunidad. Tal y como lo expresa Sandoval (2014):
Una convivencia escolar sana, armónica, sin violencia, incide directamente en la calidad de vida de todos los miembros de la comunidad educativa, en los resultados de los aprendizajes, en la gestión del conocimiento y en el mejoramiento de la calidad de la educación. Relacionarse con otros en paz es el fundamento de una convivencia social democrática, la cual se constituye en un aprendizaje que debe ser intencionado desde las prácticas pedagógicas, tanto en el aula como fuera de ella,
asumiéndola como una tarea educativa/formativa que es de responsabilidad de todos los miembros
de la comunidad escolar”. (p.161)
Son múltiples las tensiones que se pueden generar en la escuela y esta experiencia en sí misma significó varios retos y desafíos en nuestra formación como licenciados ya que permitió confirmar que la realidad escolar es múltiple, diversa, multicultural, y no homogénea, lo que implica que el docente debe siempre realizar una lectura reflexiva y crítica del contexto en el que está para pensar las mejores estrategias que le permitan realizar una mejor labor.
Las prácticas pedagógicas de formación ético-política como resultado de un trabajo conjunto y transversal, pensadas, reflexionadas y cuestionadas son una posibilidad de transformación de las relaciones sociales de la escuela. Al respecto Ruiz (2009) sostiene:
Un verdadero sentido ético político de la convivencia escolar depende de la posibilidad de construir mecanismos, procedimientos, instrumentos, pero también relatos, puntos de vista y espacios de participación libres de coacción (entendida como negación del otro y como anulación de su capacidad de elección), depende igualmente del reconocimiento de todos los involucrados en el proceso formativo y del fomento del debate público sobre los asuntos que afectan los intereses vitales de los actores de la escuela. (p.4)
Se hace claro además, que las asignaturas y/o competencias planteadas por los diferentes estamentos gubernamentales de educación, incluyendo al colombiano, son limitados e insuficientes para atender a las necesidades reales y a los contextos particulares; de ahí que se haga necesario por parte del docente, revisar, rescatar y adaptar estas disposiciones a su lugar de intervención pedagógica de tal forma que se convierta en algo significativo; es oportuno reconocer el desfase entre el ideal de ciudadano y de ciudad que se fundamenta en la constitución y documentos de justificación de la formación ciudadana, “un deber ser” generalizado que a su vez se aleja de las situaciones prácticas de las diferentes instituciones educativas donde la violencia, el maltrato, la violación de derechos fundamentales, la falta de manejo de emociones, son obstáculos para una comprensión y acción de una ciudadanía eficaz que direccione la convivencia escolar.
El docente debe ceder su lugar de protagonismo para permitir al joven el ejercicio de su participación en la escuela y la sociedad. Se debe pensar en una formación ciudadana pertinente para el contexto social cambiante que le dé las herramientas necesarias al sujeto para enfrentarse a las diferentes situaciones que el mundo del siglo XXI apremia, que esta formación adquiera sentido para el niño y el joven por medio de estrategias pedagógicas que transgredan las dinámicas escolares tradicionales y en ese sentido el Proyecto Aula Ciudad fue una oportunidad y un reto de gran valor.
Si bien el Proyecto pretendió tener una incidencia real en el proceso educativo de los estudiantes, lo cierto es que también fue un proceso formativo para nosotros como docentes, ya que la realidad escolar, los conflictos del aula y las relaciones que se establecen con los estudiantes son un excelente escenario para crecer como profesionales en el campo de la educación. Este proyecto nos instó a cuestionar nuestras acciones como maestros, a repensar constantemente nuestro quehacer pedagógico, a no conformarnos sino buscar siempre mejores estrategias para formar, y más en un espectro tan complejo como lo es la formación ciudadana y ético- política.
Aula Ciudad nos permitió encontrar en la escuela un lugar de encuentros y desencuentros, un lugar que educa no sólo en el momento en que se llevan a cabo las clases que hacen parte del currículo escolar, sino en cada situación, conflicto y experiencia que allí se vive. Así mismo, revisar el papel del maestro como un político en acción con capacidad de concebir la escuela como un espacio de innovación y creación:
[…]pero más necesario aún es ayudar a la escuela a reflexionar sobre su propio funcionamiento y la manera en que éste podría limitar o erradicar los efectos de esa violencia, producida en gran parte por la desorganización económica y social. Sería grave que una sociedad creyera que la escuela no es capaz de tomar iniciativas y que está tan débil que no tiene otro recurso que la protección policial. Grave, en particular, porque una cantidad apreciable de docentes asumen un papel más ambicioso, a la vez más creativo y más peligroso. (Touraine. A, 1996, p. 293)
La licenciatura en Educación Básica con énfasis en ciencias sociales, dentro de su propuesta de formación incluye algunos espacios académicos de reflexión de la ética (ética ciudadana, ética profesional) que no son suficientes si se quiere pensar en una ética por y para la escuela. Lastimosamente, los espacios de reconocimiento, de práctica e inmersión directa en la escuela de
los docentes en formación de la licenciatura son mínimos o insuficientes y claramente las reflexiones que en la universidad se hacen no pueden estar desligadas de la realidad escolar, de la cotidianidad o las particularidades de los espacios de educación formal, no formal e informal; lo cual, se convierte en una dificultad para el licenciado ya que llevar el conocimiento adquirido al salón o al escenario es un desafío puesto que el docente también se forma en la experiencia misma. Para finalizar, el Proyecto Aula Ciudad resultó ser un ejercicio significativo en este proceso de formación profesional, una experiencia de la que aprendimos tanto de nociones de investigación en educación como de la implementación de proyectos pedagógicos, en este caso en la búsqueda de mejorar las condiciones y relaciones sociales del aula como espacio de socialización fundamental en el entorno escolar y de formación ciudadana y ético- política. Una experiencia memorable, significativa y satisfactoria después de arduos meses de trabajo. Finalmente esperamos que esta experiencia pueda ser tenida en cuenta para otras iniciativas escolares relacionadas con el fortalecimiento de la convivencia escolar y la formación en competencias ciudadanas ya que, como vimos, es una necesidad latente e importante en nuestras instituciones educativas.
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