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“Creo que el daño más grave del mundo digital es la propia dependencia de los padres a los medios digitales, porque esto se convertirá en dependencia para sus hijos”.

PASTOR ANÓNIMO DE ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS

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ussell, padre de tres hijos, trabaja como contratista independiente y siempre está usando su teléfono celular. Debe supervisar trabajos y asegurar futuras contrataciones. Russell también es voluntario en su iglesia para dirigir el ministerio de hombres. Él planea las parrilladas del fin de semana, los días de servicio y las reuniones con desayuno. Hace una excelente labor informando a los hombres acerca de los eventos por medio de llamadas y mensajes de texto, pero para sus hijos parece que Russell siempre está ocupado con su teléfono.

A Nancy, la esposa de Russell, le pasa algo similar. Sus hijos y los amigos de Russell la llaman “la reina de Twitter”, y no como un halago. Nancy revisa constantemente sus tweets y publica varios a lo largo del día. Cuando cenan juntos, se sienta con Russell con teléfono en mano para responder tweets y publicar nuevos acerca de lo que selecciona del menú. Su conexión permanente a las redes sociales está enloqueciendo a Russell, pero él no quiere molestar.

Nancy también participa en el ministerio de mujeres. Su dependencia de las redes sociales empezó de una manera bastante ingenua. Ella notaba cuando alguien tenía alguna necesidad y enviaba un mensaje de aliento durante la semana. La mujer que recibía el tweet se sentía tan reconfortada que Nancy empezó a enviar mensajes a más mujeres de la iglesia para animarlas. Antes de darse cuenta, estaba continuamente comunicándose con amigas por medio de redes sociales. Estar conectada digitalmente se convirtió en parte de su vida, y no sabía cómo parar.

Russell y Nancy no son los únicos padres a quienes les cuesta equilibrar su tiempo frente a la pantalla y su tiempo familiar. Los padres están pegados a sus teléfonos mientras acompañan a sus hijos del estacionamiento a la escuela. En casa, están constantemente frente a sus pantallas, ya sea una computadora, una tableta, un televisor o un teléfono. Estamos ocupados leyendo correos electrónicos, actualizando redes sociales, evaluando precios, revisando las noticias del día y enviando mensajes de texto. Los titulares llaman nuestra atención mientras que ignoramos a nuestros hijos.

Ningún niño quiere competir con las pantallas para lograr la atención de sus padres, y tampoco esto le corresponde. Sin embargo, los adultos se han vuelto cada vez más dependientes de sus aparatos, en detrimento de la comunicación con sus hijos. Los hijos no requieren la atención permanente de sus padres, pero sí necesitan la seguridad de que son más importante que el ruido del mundo de las pantallas.

Tu hijo te imita

Desde el principio, los niños aprenden imitando a sus padres. Los profesores Andrew Meltzoff y Patricia Kuhl de la Universidad de Washington, muestran vídeos de bebés que a los cuarenta y dos minutos de recién nacidos ya imitan a sus padres. Cuando los adultos sacan la lengua, el bebé hace lo mismo. Sin siquiera una hora de nacidos, los bebés imitaban el comportamiento de los adultos.[1] Cuando te conviertes en padre o madre, te das cuenta rápidamente de que ese bebé cuenta con tu protección y guía. Ahora que tu bebé ha crecido para convertirse en un niño, tú necesitas ser sabio en el manejo del mundo digital, porque lo más probable es que él crezca e imite tu ejemplo.

Los niños pequeños observan lo que concentra la atención de sus padres y siguen la mirada de su madre. Cuando los padres muestran fascinación con los teléfonos, las tabletas o las computadoras, los niños naturalmente sentirán curiosidad por lo mismo. Si el teléfono es el centro de atención de los padres, un niño pequeño va a pensar: “¡Yo necesito jugar con eso!”. No es tanto que el pequeño se sienta fascinado por el teléfono, sino por el objeto que a su madre le parece fascinante.

El ejemplo que damos del uso de los medios es más importante que lo que decimos acerca del tiempo frente a la pantalla. Si como padres estamos obsesionados cada momento del día con aparatos electrónicos, el mensaje que comunicamos es: “De esto se trata la vida. Esta es la norma”. Con demasiada frecuencia, los padres dan el mensaje correcto de la manera incorrecta. Mandamos a nuestros hijos usar menos las pantallas pero pasamos horas en línea después del trabajo. Decimos que las redes sociales son malas pero tenemos siempre abierta la página de Facebook. Decimos que los videojuegos son un desperdicio de tiempo y luego pasamos dos horas después del trabajo relajándonos con un juego. Como dijo un niño: “Mis padres dicen que yo desperdicio mucho tiempo con mi iPad, pero yo los veo hacer exactamente lo mismo”.

Al niño le parece injusto que se le exija algo que sus padres no son capaces de hacer. Como lo expresó tan bien Howard Hendricks: “No puedes impartir lo que no posees”.[2]

La enseñanza más eficaz de los padres consiste en demostrar a un hijo cómo manejar el mundo digital sabiamente según su propia experiencia con la tecnología. Si tu ejemplo no está a la altura para que tus hijos lo imiten, puede que sea el momento de hacer una pausa y aprender de primera mano que es posible desconectarse en un mundo excesivamente conectado.

Aléjate del teléfono

Poco importa que seas un ama de casa o un ejecutivo de la publicidad. La tentación de usar constantemente las pantallas está por doquier. Los teléfonos inteligentes y las tabletas son portátiles y están a tu alcance a lo largo del día. El mundo de las pantallas es atractivo, y promete algo nuevo con cada interacción. Bip. Alguien te ha enviado un mensaje. Obviamente revisas de inmediato tu teléfono porque quieres saber si es urgente o importante. No es ni lo uno ni lo otro, pero te has acostumbrado a responder a cualquier aviso.

A menudo, las pantallas nos comunican algo agradable como un correo electrónico de buenas noticias o una foto graciosa. Se libera una dosis de dopamina y esta recompensa intermitente te mantiene a la expectativa de más. No importa si es un texto para decir gracias o una oferta de zapatos, la gratificación que produce el clic es real. Si te descuidas, puede ser adictivo este afán de responder al mínimo aviso luminoso o sonoro de los aparatos.

Según el doctor David Greenfield,[3] terapeuta de adicciones a la tecnología, un porcentaje muy bajo de personas en los Estados Unidos, menos del 10 por ciento, son diagnosticados clínicamente como adictos a la tecnología. No obstante, alrededor del 65 por ciento la usa en exceso. “El teléfono nunca está apagado, de modo que nunca descansamos —dijo—. Las personas duermen con el teléfono celular junto a su almohada. Pero nosotros no estamos hechos para vivir en alerta constante las veinticuatro horas los siete días de la semana”.[4]

El mundo digital se ha trasladado del lugar de trabajo a la sala familiar. Ya no tenemos que dejar nuestro trabajo detrás de un escritorio de oficina, porque llevamos un sinfín de correos electrónicos y problemas a casa en nuestros aparatos. Los empleadores aprovechan esta conectividad para exigir a sus empleados responder inmediatamente correos y textos, incluso en horas fuera de la oficina. O tal vez tras haber desperdiciado nuestro tiempo de trabajo navegando en Internet y revisando correos electrónicos, necesitamos ponernos al día al llegar a casa.

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