A todas las madres que tienen algún hijo problemático.
Querida amiga mía:
Ciertamente, desde el momento mismo que percibí y descubrí en mi vientre de madre a mi hijo Agustín, él había estado recibiendo desde mí, su madre, directa y misteriosamente, una profunda impresión de mi fe. Ahora, ya en mi brazos, ya sobre mi pecho, no sólo había de recibir el flujo maternal de mis senos, sino que también recibiría, junto con mis caricias, mis besos, mis miradas, el flujo permanente de mi fe en Dios, mi amor a Jesucristo, mi comunión con la Santa Iglesia. Y con todo ello, él mismo habría de ir percibiendo los graciosos dones que el Señor había puesto en mi persona: dulzura, delicadeza, amor, respeto, silencio, perdón.
Lo que significaron para él aquellos primeros días de su existencia, mi hijo Agustín lo ha dejado escrito, como lo ha hecho siempre, muy bellamente, en su «Confesiones», el Libro I, Capítulo VI.
Dice así mi hijo:
«Pero ¿qué es lo que yo intento decirte, Dios y Señor mío, sino que ignoro de dónde haya venido a esta vida, que no sé si la llame vida mortal o muerte vital? Aquí estaban ya para recibirme los consuelos y favores de vuestra misericordia, según oí de los padres que me engendraron y de quien hicisteis que yo naciera, porque a mí no me ha quedado especie alguna de lo que entonces pasó.
Me recibieron, pues, los consuelos y favores que me previno tu misericordia, proveyéndome y surtiéndome de la leche que había de mamar y necesitaba para mi sustento.
También era don tuyo el que yo no quisiese más que aquello que me dabas; y que las amas que me criaban quisiesen también darme lo que para mí les dabas: como efectivamente lo hacían, dándome con mucho afecto y amor bien ordenado lo que habían recibido de Ti con abundancia. Porque era bueno y conveniente para ellas darme aquel mismo bien que de ellas recibía; aunque, a la verdad, no de ellas sino de Ti me venía aquel por ministerio de ellas: porque todos los bienes, sean corporales o espirituales, vienen siempre de Ti, Dios y Señor mío, de quien depende toda la salud y felicidad de mi cuerpo y alma: como lo advertí después, reflexionando la multitud de beneficios que, interior y exteriormente, me has hecho, que son tantas voces que me has dado para que los reconozca.
Mas por entonces lo que yo sabía era mamar, y entretenerme con las cosas que me eran agradables; y llorar y disgustarme con las que me eran incómodas y molestas: esto era lo que sabía, y nada más. Después también comencé a reír: primeramente mientas estaba dormido, y después también reía estando despierto. Así me lo han contado, y yo lo he creído, porque lo mismo vemos en los otros niños; pues yo no me acuerdo de estas cosas.
Poco a poco iba también conociendo dónde estaba, y procuraba manifestar mi voluntad y deseos a los que podían cumplírmelos; pero no podía manifestárselos bien, porque mis deseos estaban dentro de mí, y
aquellas personas estaban fuera; y porque ninguno de sus sentidos podían recibir ni penetrar el interior de mi alma. Por eso, me agitaba, daba voces, y hacía aquellas pocas señas y ademanes que podía para significar mis deseos interiores; a los cuales no se parecían ni eran bastante semejantes mis ademanes y acciones.
Y cuando no me daban los gustos que pedía, o por no haberme entendido, o porque no me hiciese daño, me indignaba con mis mayores porque no me obedecían, y con las personas libres porque no se me sujetaban y servían, y me vengaba de todos con llorar. Lo mismo he visto que hacen todos los niños que yo he podido observar; y que yo fui también como ellos, mejor me lo han dado a entender los mismos niños que lo ignoran, que los que me criaron, que lo saben.
Pues he aquí que mi infancia murió hace ya mucho tiempo, y, no obstante, yo todavía estoy vivo; pero Tú, Señor, eres el único que siempre vive y en quien nada muere, porque vuestro ser es antes del principio de los siglos, y antes de todo cuanto se puede decir antes. Tú eres el Dios y Señor de todo lo que creaste; en Ti están permanentes e inmutables las causas y principios de todas las cosas mudables y transitorias; en Ti viven inalterables y eternas las ideas y razones de todas las criaturas temporales y destituidas de razón.
Yo te confieso y alabo, soberano Señor del cielo y de la tierra, por aquellos primeros años de mi vida y de mi infancia: buscaba indicios y señas con que darme a entender a otros, y hacerles conocer mis pensamientos y deseos. ¿Quién sino Tú, Dios mío, había de ser el autor de una tal criatura?».
Para mí lo primero y más urgente era formar la conciencia de Agustín, pues muy pronto iba a resonar la hora y el momento en que desde la vigilancia delicada y la educación esmerada que yo le estaba dando, había de pasar a ver los ejemplos lamentables de su padre. Y con ello había de dirigir y poner sus pasos y caer en una sociedad hondamente corrompida y hábilmente corruptora. Le habría de ser muy difícil atravesar sano y salvo aquella barahúnda de perdición, y por tanto, habría de tener muy pocas posibilidades de que su alma y su virtud, educadas tiernamente en su infancia, fueran golpeadas, zarandeadas y arrastradas por los ímpetus paganizantes que le podrían sobrevenir en las vivencias propias de juventud.
En demostración de todo esto que te estoy contando, sucedió un hecho que me afectó mucho. Dejaré que también lo cuente mi hijo Agustín:
«Era niño todavía, cuando cierto día fue repentinamente acometido de un dolor de estómago tal, que se me creyó próximo a la muerte. Yo me ahogaba, y se desesperaba de mi vida; pero en este estado Tú sabes, Dios mío, Tú, que eras ya mi guardián, con qué energía y con qué fe ardiente pedía que se me administrase el bautismo de Jesucristo, tu Hijo, mi Señor y mi Dios».
Le pedía a mi madre, le pedía a la Iglesia, que también es mi madre, e instaba para que se apresurase el acto. Mi madre quedó desconcertada y conmovida hasta el fondo de sus entrañas. ¿Y por qué? ¿Acaso por el temor de ver morir a su hijo? Sin duda, pues era mi madre, pero Tú sabes, Dios mío, que el anhelo y deseo que tuvo de llevarme al cielo fueron mucho mayores que la satisfacción que recibió al darme a luz y venir yo al mundo. Su casto corazón tenía prisa por comunicarme segunda vida, procurándome la eterna por medio del bautismo. No encontraba sosiego en ningún lado, corría inquieta de una parte a otra, pidiendo a grandes gritos el bautismo para mí, a fin de que fuese purificado e hiciese profesión de creer en Ti, oh Jesús, que eres mi Salvador».
bautismo. Mi hijo no menciona a su padre, pero su mano estaba allí presente. Mientras nuestro hijo estuvo en peligro, su padre apenas se ocupó de nada, ni tampoco mientras yo sufría en mi alma y lloraba.
Aunque sí se mostró conmigo mínimamente honrado, a pesar de su gran indiferencia religiosa, pues no quiso contrariar mis deseos, ni las peticiones de Agustín, ni herir más mi corazón. Habría sido un gran dolor para mí que se hubiera muerto Agustín sin recibir el bautismo cristiano. Tan luego como cesó el peligro, apareció el espíritu pagano e indiferente de mi esposo, para significar que su voluntad era que se aplazase el bautismo de nuestro hijo.
Con cariño, tu amiga