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En el capítulo tercero del Génesis se narra el primer pecado de los hombres y se explica que por él se introdujeron en el mundo el dolor y la muerte; realidades que Dios no había querido para el género humano: «La muerte es el pago del pecado», declara san Pablo (Rom 6, 23).

Desde entonces, el sufrimiento es compañero ine​vitable en la vida, y esta acaba con la muerte. Pero estas realidades tristes han sido transformadas en la Cruz de Cristo. Pues Cristo —que no tenía pecado— quiso probar el dolor y la muerte, y los convirtió en el medio de la redención. De este modo, el sufrimiento ya no es solo la pena del pecado: es también su remedio.

Unidos al sacrificio de Cristo en la Cruz, los dolores y penas —y nuestra muerte— adquieren un sentido purificador: los podemos ofrecer, a ejemplo de san Pablo, por nuestros propios pecados y por los de todos los hombres: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24). Es un modo profundo y misterioso de identificarse con Cristo, siendo «coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos con Él para ser con Él glorificados» (Rom 8, 17).

En esta vida, no podremos evitar el sufrimiento. Por una parte, porque desde que nuestro cuerpo se forma, va sorteando el dolor y tropieza muchas veces con él (enfermedades, heridas, lesiones, angustias, etc.). Por otra, porque si amamos mucho, tendremos muchos motivos de dolor. El egoísta no sufre más que por sí mismo, por su mala salud, sus humillaciones, incomprensiones, malentendidos, por sus reveses de fortuna y sus fracasos. Quien quiere servir a Dios y a los demás tiene, en cambio, más motivos de disgusto, porque ama muchas cosas más que a sí mismo. Aumentan los sufrimientos que se derivan de los seres queridos y de los trabajos que se han emprendido por amor de Dios. Los dolores y sufrimientos de los demás pasan a ser nuestros y sufrimos con ellos. Cuanto más se ama, más motivos hay para sufrir y más intensamente y con mayor frecuencia se sufre. La vida gana en profundidad tanto en la alegría como en el sufrimiento.

Estos sufrimientos se presentan muchas veces de improviso, crudamente, pero hemos de tener una reacción cristiana: «A veces la Cruz aparece sin buscarla; es Cristo que pregunta por nosotros» (Vía Crucis, V). Después de hacer lo posible por evitar o remediar lo que nos duele, hemos de aprovechar esa oportunidad de aceptar la voluntad de Dios y de unirnos a Cristo en la Cruz. San Pablo nos sirve de ejemplo: «Atribulados, pero no angustiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados

derribados, pero no aniquilados, llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Cor 4, 8-10).

No debemos exagerar; la mayor parte de nuestras penas son normales y llevaderas; semejantes a las que debe soportar cualquier ser humano sobre la tierra. No hemos de darles demasiada importancia, y aunque fueran grandes, no han de llevarnos a pensar demasiado en ellas, a compadecernos de nosotros mismos; también en los momentos de sufrimiento, el olvido de sí es la mejor recomendación: «Esta es una característica del hombre justo —dice san Gregorio Magno (s. VII)— que, aun en medio de sus dolores y

tribulaciones, no deja de preocuparse por los demás» (Moralia, 3, 9). Y si el sufrimiento fuera muy grande, nos uniremos con mayor fuerza a la Cruz de Cristo: «Me has dicho: Padre, lo estoy pasando muy mal —escribe san Josemaría— y te he respondido al oído: toma sobre tus hombros una partecica de esa Cruz, sólo una parte pequeña. Y si ni siquiera así puedes con ella... déjala toda entera sobre los hombros de Cristo. Y ya desde ahora, repite conmigo: Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado, lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno. Y quédate tranquilo» (Vía Crucis, VIII, 3).

En nuestra vida habrá dolores y hay que estar dispuestos a considerarlos como algo normal, sin que nos roben la alegría; pues el motivo de nuestra alegría no son los bienes de la tierra, que antes o más tarde faltarán, sino el amor de Dios, que es eterno: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo —dice san Pablo—, que nos conforta en todas nuestras tribulaciones para que también nosotros seamos capaces de consolar a los que se encuentran en cualquier tribulación» (2 Cor 1, 3-5).

Aunque preferimos la alegría y el gozo —porque Dios no nos quiere tristes—, aprenderemos a no temer los sufrimientos; y los aceptaremos con naturalidad, sin miedo, amando la voluntad de Dios y uniéndonos al sacrificio redentor de su Hijo.

El dolor es un signo más de que estamos de paso en esta tierra, de que «no tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos en busca de la venidera» (Hebr 13, 14). Y un día, cuando Dios quiera, nos encontraremos con la muerte.

No es tampoco una realidad extraordinaria. Muchos hombres han muerto antes, y muchos morirán después que nosotros. Pero es una realidad difícil, porque repugna a nuestra naturaleza. Cuesta aceptarla. Es una señal de sabiduría recordar con frecuencia que hemos de morir, pero no hemos de angustiarnos antes de tiempo; soportaremos los rigores de la muerte como los han soportado tantos hombres. La Iglesia tiene el sacramento de la Unción de los Enfermos para ayudarnos en el trance de las enfermedades graves y de la preparación para la muerte. Es otro modo de aumentar, mediante la gracia, nuestra identificación con la pasión y muerte de Cristo.

Conviene aceptar desde ahora la muerte, tenerla presente, ofrecerla a Dios, y ponerse en sus manos para que, cuando quiera y en el modo en que quiera, nos lleve a Él: «Cuando venga la muerte, que vendrá inexorablemente, la esperaremos con júbilo como he visto que han sabido esperarla tantas personas santas, en medio de su existencia ordinaria. Con alegría: porque, si hemos imitado a Cristo en hacer el bien —en obedecer

y en llevar la Cruz, a pesar de nuestras miserias—, resucitaremos con Cristo» (Es Cristo

que pasa, 21). Nos servirán las palabras de san Ignacio, Obispo de Antioquía, que muy

anciano ya, al ser llevado en el año 107 hacia Roma, donde había de ser echado a los leones, escribía: «Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de lo terreno: únicamente siento en mi interior la voz de un agua viva que me habla y me dice “ven al Padre”» (Carta a los Romanos, 4, 1-2).

«Sabemos —dice san Pablo con palabras que ha tomado la liturgia de difuntos— que, si la tienda de nuestra mansión terrena se deshace, tenemos un edificio que es de Dios, una casa no hecha por mano de hombre, sino eterna en los cielos» (2 Cor 5, 1). Por eso, «los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8, 18). Y así, «aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando de día en día. Porque la leve tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son pasajeras, pero las invisibles eternas» (2 Cor 4, 16-18).

Con todos los sufrimientos que la vida nos traiga y con la muerte, tendremos oportunidad de identificarnos con Cristo Redentor. Pero hay más. El Señor no solo espera que recibamos con alegría y sentido cristiano esos dolores, espera también que busquemos voluntariamente la Cruz: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niegúese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Mí la encontrará» (Mt 16, 24-25). ¿A qué se refiere el Señor con esa Cruz? Nos responde san Agustín: «Esa cruz que el Señor nos invita a llevar para seguirle más deprisa ¿qué significa sino la mortificación? (Ep 243, 11).

Mortificación significa hacer morir; es decir, perder la propia vida, negarse a sí mismo. El término se inspira en la predicación de san Pablo: «Mortificad lo que hay de terreno en vuestros miembros: la fornicación, la impureza, las pasiones, la concupiscencia mala y la avaricia...» (Col 3, 6). Se trata, de quitar de nosotros lo que pertenece al hombre viejo (cfr. Ef 4, 22; Col 3, 4). Y como el hombre viejo es algo de nosotros mismos, hemos de morir en parte a nosotros; hemos de perder la propia vida, en lo que la vida tiene de nuestra y no de Dios: «Porque la carne tiene deseos contrarios al espíritu» (Gal 5, 17).

Morir al hombre viejo es mortificar las pasiones o malas inclinaciones que tenemos como consecuencia del pecado original y de los propios pecados: «Los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias» (Gal 5, 24). Esto era el motivo de la lucha ascética; pero, desde la perspectiva del amor de Dios manifestado en el sacrificio de la Cruz, esa lucha tiene nuevas dimensiones.

Hemos visto que el amor de Dios nos lleva a ver en nuestras debilidades no solo errores, sino verdaderos pecados que ocasionan la muerte de Cristo. Por eso, sentimos deseos de reparar de algún modo; es decir, de hacer penitencia, que no es otra cosa que ofrecer a Dios sacrificios por los propios pecados. Esta era la predicación de Juan el Bautista y del mismo Señor: «haced penitencia porque está al llegar el Reino de los

Cielos» (Mt 3, 2; 4, 17). Además, con la mortificación podemos reparar no solo nuestros pecados, sino los de todos los hombres.

Por último, la mortificación —el sacrificio voluntario— es un inequívoco signo de amor de Dios. Con nuestros sacrificios mostramos a Dios —y a nosotros mismos— que le preferimos a nuestros gustos. No hay nada que haga crecer más el amor, y que mejor lo demuestre, que el sacrificio.

«La mortificación —resume san Agustín— purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la carne propia al espíritu, hace el corazón contrito y humillado, disipa las tinieblas de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones, y enciende la verdadera luz de la castidad» (Sermón 73). No pensemos que este esfuerzo de someter las pasiones, reparar por los pecados y brindar a Dios pequeños homenajes de amor es algo extraordinario: debe ser normal en la vida cristiana. Muchas personas viven una auténtica mortificación por otros motivos: «Fijaos a cuántos sacrificios se someten de buena o de mala gana, ellos y ellas, para cuidar el cuerpo, por defender la salud, por conseguir la estimación ajena... ¿No seremos nosotros capaces de removernos ante ese inmenso amor de Dios tan mal correspondido por la humanidad, mortificando lo que haya de ser mortificado, para que nuestra mente y nuestro corazón vivan más pendientes del Señor?» (Amigos de Dios, 153).

¿Qué campos de mortificación escogeremos? La mortificación cubre todos los campos de la ascética que hemos visto. Sin embargo, la mortificación más grata a Dios es la que nos lleva a cumplir, por encima de nuestros gustos, nuestras obligaciones hacia Dios, hacia los demás y hacia la sociedad. Encontraremos un gran campo de sacrificios en cumplir con perfección nuestros deberes; en exigirnos para vivir un horario; en ser puntuales; controlar la imaginación para estar en lo que se hace; deshacer las excusas de la pereza que llevan a aplazar lo molesto; acabar bien los trabajos, hasta los últimos detalles; trabajar o estudiar con intensidad las horas oportunas, etc. Entre los deberes para con los demás, también encontraremos campo de mortificación: ayudando a las personas con las que convivimos en sus trabajos o en las tareas de la casa; estando sonrientes, aunque nos sintamos cansados; prefiriendo seguir sus gustos a los nuestros en los momentos de ocio (al elegir la programación de la televisión o el plan de descanso); visitando a los familiares y amigos enfermos y a los que están más solos; escuchando a quienes tienen deseos de hablar, etc.

Un campo de mortificaciones muy importante es el que se refiere a la soberbia. Como se trata de la pasión más tenaz y más difícil de someter, muchas de nuestras mortificaciones pueden orientarse en ese sentido: evitar pensar en sí mismo; cortando la imaginación cuando vuelve sobre lo que hemos hecho, o la fantasía, cuando nos sitúa en el centro de un ensueño; tomar la determinación de no hablar de nosotros mismos si no nos preguntan; no disculparse si no es necesario; escuchar a los demás y evitar imponerles nuestra opinión; no tomarse demasiado en serio y no recibir como ofensas las pequeñas bromas de la vida familiar o social; no mirarse en el espejo más que para arreglarse, etc.

no tienen importancia. Esto lo podemos vivir en muchos campos: en el estudio, para centrarnos en lo que debemos aprender; en la conversación, para no llenarse de chismes y murmuraciones sobre otros; al escoger nuestras lecturas, para no leer literatura demasiado fácil o sin ningún interés cultural y humano; en la información diaria, para no interesarse por noticias escandalosas y frivolas, de las que no se saca nada en claro.

Otro aspecto de la mortificación es el que se refiere a las preferencias en el trato. Evidentemente, hay personas que queremos más y tratamos mejor por motivos familiares, de amistad, de compañerismo o de gratitud. Pero fuera de estos, no hemos de admitir otros motivos de preferencia, sobre todo cuando vivimos o tratamos a muchas personas: compañeros de curso o de trabajo, colectivos, etc. Es normal que unos nos resulten más simpáticos que otros, pero no debe dar lugar a un tratamiento especial. A veces, por circunstancias muy superficiales —el aspecto, por ejemplo— tendemos a tratar mejor a unos que a otros (...). Este modo de proceder es injusto y, a veces, ofensivo. Una buena pauta de conducta es la de tratar a los que peor nos caen con la amabilidad con la que nos sentimos inclinados a tratar a los que nos caen mejor.

Encontraremos oportunidades de mortificarnos, en el terreno del desprendimiento. A veces, se puede —incluso se debe— reprimir el deseo de adquirir algo o retrasar una compra porque no es necesaria. Otras, podemos prescindir del uso de algún bien por unos días o en alguna circunstancia; por ejemplo, del coche, y usar el transporte público; de la televisión, y leer o conversar en familia. También es buena mortificación regalar los pequeños objetos a los que nos encariñamos; plumas, mecheros, estatuillas, recuerdos, símbolos, etc.; porque no es bueno permitir que nuestro corazón se quede pegado a pequeños pedazos de materia, que le quitan grandeza y libertad.

Y un campo necesario es el de la sobriedad: «El día que te levantes de la mesa sin haber hecho una pequeña mortificación, has comido como un pagano» (Camino, 681). No se trata de no comer, sino de ofrecer a Dios algo en las comidas. Puede ser comer o beber un poco menos (un vaso de vino, en lugar de dos); no quejarse de la comida; comer también lo que no nos gusta; no repetir del primer o segundo plato, o del postre; retrasar un poco el beber; no pizcar el pan; no untar las salsas; no comer hasta que todos se hayan servido (que además es una norma de urbanidad); no tomar nada entre comidas; no tomar licores o tal tipo de licor; etc. Evidentemente, no hay que hacer siempre todas estas mortificaciones: ni siempre las mismas: nuestro ingenio y nuestro amor de Dios nos llevarán a escoger algunas por una temporada y luego cambiarlas.

Las mortificaciones en las comidas nos introducen en el campo de lo que son las mortificaciones corporales; los sacrificios que ofrecemos a Dios mortificando alguna de las tendencias de nuestro cuerpo. En este campo como en todos, hay que vivir la moderación, pues no se trata de causar un daño a la salud: «Por la abstinencia, hay que extinguir los vicios de la carne, no la carne», advierte san Gregorio Magno (s. VII)

(Moralia, 20, 41, 78). Tampoco debemos caer en el extremo contrario y estar siempre pendientes de nuestra salud, de nuestro estado de fuerzas o de ánimo. La experiencia demuestra que el cuidarse demasiado hace más débiles a los hombres y, en cambio, un poco de exigencia y de austeridad es una de las mejores garantías de longevidad.

Hay que usar de cierta dureza con el propio cuerpo. Los deportistas tienen experiencia de que sin un poco —a veces, mucho— de esfuerzo, de fatiga, de dolor, no mejoran sus marcas; y ese esfuerzo y fatiga y dolor no solo no les daña la salud —si es con medida—, sino que la mejora. También san Pablo utiliza este ejemplo: «Todo el que toma parte en una competición atlética se abstiene de todo; y ellos para alcanzar una corona corruptible; nosotros, en cambio, una incorruptible. Así, yo corro, no como a la ventura, lucho no como quien corre al aire, sino que castigo mi cuerpo y lo someto a servidumbre, no sea que, habiendo predicado a otros, yo sea reprobado» (1 Cor 9, 25- 27).

Dentro de la mortificación del cuerpo está, por ejemplo, la de la postura. Podemos ofrecer el no estar tumbados o medio echados en las butacas; preferir asientos más duros o incómodos; sentarse procurando estar rectos; a veces, no cruzar las rodillas (todo eso, además de suponer un sacrificio, suele ser beneficioso para la columna vertebral). Otra mortificación es la del sueño. Es un aspecto necesario de nuestra vida, que hay que cuidar: en general, no es bueno dormir menos de siete horas y es preferible tender a dormir ocho, aunque hay casos particulares —una minoría— que necesitan más o les basta con menos. Hay que dormir, pero es una excelente mortificación levantarse con puntualidad, cuando nos llaman o suene el despertador, sin concederse unos minutos más en la cama, que siempre dan lugar a desórdenes (llegar tarde, arreglarse mal, etc.). Otra mortificación correlativa es la de acostarse puntualmente, sin entretenerse haciendo cosas sin importancia. También puede ser la de preferir un lecho duro (esta ha sido una mortificación sana y muy habitual en la vida de los santos); no usar, a veces, almohada, etc; sin embargo, no debemos hacerlo de tal modo que no podamos descansar bien, pues Dios espera mucho de nuestro trabajo durante el día.

Otra buena mortificación es la de ducharse con agua fría, o, por lo menos, no siempre con la temperatura que resulta más grata. Como se ve, se trata siempre de prácticas que no perjudican la salud, pero que nos cuestan un poco; sirven para hacernos más duros, para someter el cuerpo a la disciplina del espíritu y para ofrecer un sacrificio a Dios. San Bernardo exclamaba: «Que se avergüence el miembro flojo de estar bajo una cabeza coronada de espinas», refiriéndose a que, siendo nosotros miembros de Cristo, que ha muerto en la Cruz, no podemos ser blandos (Sermón 5, en la fiesta de Todos los

Santos, 9). Y se puede leer en Camino: «No me seas flojo, blando. Ya es hora de que

rechaces esa extraña compasión que sientes de ti mismo» (193).

En la historia de la Iglesia tiene mucha tradición el ayuno. A partir del siglo III, hasta

bien entrada la Edad Media, se ayunaba dos veces por semana, comiendo una sola vez, a la caída del sol. Tiempos especiales de ayuno eran las vísperas de las fiestas (esta práctica ha durado hasta este siglo), y los «tiempos fuertes»: Adviento y, sobre todo, la Cuaresma. Restos de esa práctica tan popular entre los antiguos cristianos son los ayunos que la Iglesia prescribe para los días de Miércoles de Cenizas y Viernes Santo, en que se

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