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Research methods and sample selection

Chapter three: Research methods

3.1. Research methods and sample selection

Colombia ha asegurado nominalmente en sus instituciones la salvaguarda del monopolio de la violencia y de las armas202, como queda contemplado en el

artículo constitucional 223, el cual establece que “sólo el gobierno puede introducir y fabricar armas, municiones de guerra y explosivos. Nadie podrá poseerlos ni introducirlos sin permiso de autoridad competente”, con lo cual se sobreentiende

200 GALLEGO GARCIA, Gloria Maria. “Sobre el monopolio legítimo de la violencia”. En Nuevo foro Penal, Nº 66,

Universidad Eafit, diciembre de 2003. p. 85

201 NEGRI Tony. La política de la subversión, un manifiesto para el siglo XXI. Citado por RICHANI, Nazih. Sistemas de

guerra. La economía política del conflicto en Colombia. Bogotá, IEPRI, 2003, Pág. 1

202 Al referirnos al monopolio de la violencia y de las armas advertimos como la referencia clásica al monopolio de las armas

es inexacta, pues el Estado nunca se ha propuesto, y si se lo propuso nunca logró tal poderío. De igual manera referirse al monopolio de la fuerza resulta vacuo cuando hoy se entiende que en un sistema político el único fuerte no es el Estado, sino que mercado y sociedad tensan la mayor de las veces un franco pulso con la institucionalidad y el gobierno del Estado. Otros autores abogan por la definición del monopolio estatal de la coerción.

que la función fundamental de un gobierno no es la eliminación de la violencia y de las armas sino su institucionalización203; y queda dicho también que en este campo

el Estado no ha podido hacerse a monopolios absolutos.

Así, si bien portar armas no corresponde al estatus constitucional de los derechos ciudadanos, de múltiples formas a lo largo de su historia el Estado colombiano ha garantizado selectivamente la legalización del armamento en manos de particulares, con lo cual, en términos prácticos, termina por ocurrir que en un sistema estatal moderno ciudadanía y porte de armas no son categorías antitéticas, idea sobre la cual volveré en este capítulo.

El espíritu de nuestro tiempo204, nuestra historicidad vuelta acción política

relata que en el proceso de constitución y consolidación del Estado colombiano conflictos sucesivos provocaron cierto agrietamiento estructural205 de nuestra

nación y que las consecuentes rupturas de lo nacional como idea colectiva, como comunidad imaginada, le habrían hecho disfuncional para intentar imponer no sólo su presencia sino igualmente una idea de orden generalizada y socialmente aceptada que, por ejemplo, le permitiese detentar un poder monopólico sobre las armas y erigirse como una fuerza mayor que las fuerzas desinstitucionalizadas.

Así, a lo largo del siglo XIX el país se va amalgamando entre la sangre y las balas, teniendo como protagonistas a los grandes federacionistas, señores de la

203 Véase, BOBBIO, Norberto. El problema de la guerra y las vías de la paz. Barcelona, Gedisa, 1982. p. 199

204 STRAUSS, Leo. ¿Que es la filosofía política? Madrid, Guadarrama, p. 76. En este trabajo Strauss nos recuerda la

necesaria fusión entre la historia política y la producción de conocimiento historicista en la filosofía moderna.

205 GUZMAN, German, Fals B, Orlando y Umaña L. Eduardo. La violencia en Colombia, Tomo 1, Bogota, 9 edición, Carlos

Valencia editores, p.s. 405 – 422. Para estos autores, agrietamiento estructural es, en la óptica estructural funcionalista en la que realizan su estudio, es la admisión de disfunciones que provocaron las grietas (cleavages) en las estructuras sociales por las cuales ‘se deslizo el conflicto’.

guerra, igualados por el ejercicio bélico, y distantes de la construcción de acciones colectivas o de nación 206.

En el mismo sentido, sin trenzar necesariamente líneas continuas, las dinámicas bélicas expresadas a mediados del siglo veinte representarán intereses sectarios de corte excluyente, producto de la escisión de la nación en manos de liberales y conservadores, imponiéndose el recurso a las armas como sustento de las bodas de sangre entre política y sociedad207.

Tres décadas después las ciudades colombianas, especialmente Medellín, serán presas del pavor producido por las acciones de los narcotraficantes, los sicarios y el pulular de bandas organizadas o no, la mayor de las veces directamente relacionadas con carteles de la droga208, las cuales logran instaurar

de nuevo el imperio del miedo allí donde no pudo imperar la ley209.

Igualmente la década del ochenta, identificada por la CEPAL como la década perdida para América Latina, será para los habitantes de esta ciudad un tiempo vivido en un espacio de zozobra permanente en el que no le resultará posible a la gran mayoría de su población “el cuidar de su propia preservación y conseguir una vida más dichosa”210.

206 Véase JARAMILLO URIBE, Jaime. La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos. Bogota, El Ancora editores,

1994; URIBE De HINCAPIE, Maria Teresa. “Las guerras por la nación en Colombia durante el siglo XIX”. Estudios Políticos, Nº 18, ene – jun 2001; LOPEZ LOPERA, Liliana. “El republicanismo y la Nación un mapa retórico de las guerras civiles del siglo XIX colombiano”. Estudios Políticos, Nº 21, jul – dic 2002. Para el caso mexicano y de manera comparativa puede verse ESCALANTE GONZALBO, Fernando. Ciudadanos imaginarios. México, Colegio de México, 1993.

207 Es muy profuso el conjunto de trabajos realizados para este periodo. Para el interés de este trabajo hago referencia solamente a MEDINA, Medófilo. “Bases urbanas de la violencia en Colombia 1945-1950 , 1984-1988”. En: Historia Crítica, Universidad de los Andes, Nº 1, enero - junio, 1989

208 Véase JARAMILLO, Ana María; CEBALLOS, Ramiro; VILLA, Marta. Op.Cit., especialmente: “La crisis de los ochentas”, p.s. 46 – 51; GARCIA; Carlos. La violencia, Dimensión urbana de un proceso histórico. Foro, Nº 2, Febrero, 1987, p. 54-61. 209 No solo por su tremendismo la expresión imperio del miedo ha sido utilizada con relativa frecuencia, como la usan Guzmán y otros. La violencia en Colombia, ya citado, p. 418, y recientemente Benjamín. El imperio del miedo. Guerra, terrorismo y democracia. Barcelona, Paidós, 2004, quien hace referencia al ‘inocente’ unanimismo del gobierno Bush.

En la misma dinámica, la década del 90 traerá el dibujo de una ciudad desgarrada, cuya geografía muta en el silencio posterior a los balazos, los carros bombas, el desplazamiento intraurbano y el engrisamiento de los actores del conflicto armado.211

Estos fenómenos evidencian cómo a lo largo de nuestra historia y en particular en las últimas tres décadas el signo de la violencia ha dejado una huella aparentemente indeleble en la vida ciudadana marcando los ritmos de la vida con los compases de la muerte y de la guerra212, generando además la visión

omnipresente del estado como tímido generador de un orden precario al tiempo que autor de una violencia mayor al orden que genera.