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Si admitimos, pues, la existencia de un caldo de cultivo suficiente para la aparición de traducciones de obras científicas, literarias y humanísticas de la tradición oriental, entonces nos tendremos que preguntar por qué muchas de esas traducciones no han llegado hasta nosotros. Una respuesta a esa pregunta podría estar en la deficiente empresa editorial de la España de los siglos de Oro. Nuestro país no había estado nunca ni mucho menos en la vanguardia del movimiento tipográfico; aun así, el auge de las corrientes humanistas había influido favorablemente en el desarrollo de la imprenta española. Como señala Gil Fernández, dicho desarrollo se fue estancando desde finales del XVI y a lo largo del XVII, debido principalmente a la difícil coyuntura económica y política por la que atravesaba el país - en virtud de la cual muy pocos empresarios se atrevían a arriesgar su capital sin garantía de éxito -, así como a los efectos de una legislación coactiva que agravaba la situación de unas artes gráficas ya de por sí deficitarias. A esto debemos unir la carencia material de tipos de imprenta en

árabe202. En 1568, fray Francisco de Royos, al dar a la imprenta la relación de

demostraciones festivas con que celebró la universidad salmantina el nacimiento del príncipe Carlos, se lamentaba de esta manera:

[…] para otras lenguas todas duran menesterosas de caracteres, y en la caýda que han dado estos estudios en nuestra España, más extraño que aun conserve Salamanca quien las sepa enseñar, que el que falte quien las sepa imprimir. Lo Hebreo, Caldeo, Syro y Arabigo se imposibilitó por este achaque de salir a la luz, lo griego casi todo (…)203.

Esta situación de auténtica carencia de los tipos de imprenta árabes se vivía por igual en todos los países europeos a lo largo del XVI. Salvo ilustres excepciones, como es el caso del humanista francés Guillaume Postel - que había utilizado algunos tipos árabes en la impresión de su Linguarum XII characterum

differentium alphabetum (1538) y en su Grammatica Arabica204, y de un libro de horas que fue impreso en Fano205 - o del célebre tipógrafo y diseñador parisino Robert Granjon - quien diseñó diversos tipos que incluían el romano, itálico, greco, hebreo y siriaco206 ,- habrá que esperar hasta finales del XVI para que una

imprenta europea se decida a imprimir libros con caracteres árabes. Se trataba de la famosa Tipografía Medicea, fundada en Roma por el cardenal Fernando de

202 «Entre los alfabetos no latinos o exóticos sólo merece particular mención el griego. Era habitual que los talleres dispusieran de una fundición o poliza de tipos griegos. Sin embargo, la posesión y empleo de tipos hebreos y árabes eran exclusivos de talleres de imprenta especializados», Martín Abad, J., Los libros impresos antiguos, Valladolid, Universidad de Valladolid, 2004, p.50.

203 Fray Francisco de Royos, Relacion de las demostraciones festivas de religión y lealtad que

celebro la insigne Universidad de Salamanca en el deseado y dichoso nacimiento del Principe nuestro Señor…, Salamanca, Sebastián Pérez, 1658, pp.271-272, LIG, nº87, apud Gil Fernández,

L., Panorama social, p.593. [La negrita es mía] 204 Vid. Dannenfeldt, ibíd., p.116.

205 Se trataba de una traducción del Kitāb ṣalāt al-sawā‟ ī, también conocido como Septem horae

canonicae, Horologion, Precatio horarii, Preces horariae, etc. El libro fue al parecer comisionado y

financiado por el Papa Julio II (1503-1513) para su distribución entre los cristianos mediorientales. Vid. Krev, M., «The enigma of the first Arabic book printed from movable type», Journal of Near

Eastern Studies, vol. 38, julio 1979, nº3, pp.203-212.

206 A propósito de la interesante figura de Granjon y de su papel en la naciente tipografía francesa y europea, véase Vervliet, Hendrik D. L., The Palaeotypography of the French Renaissance: Selected

Papers on Sixteenth-century Typefaces. Library of the Written Word. 4, The handpress world.

Medici con la ayuda del humanista italiano Giovanni Batista Raimondi207. En 1591,

fueron impresos los cuatro evangelios en árabe; en 1592, un tratado de gramática; en 1593, el Canon de Avicena y en 1594, los Elementos de Euclides. Sin embargo, parece que los eruditos europeos no se sintieron del todo satisfechos con el trabajo de esta imprenta, que privilegiaba el importante mercado de los cristianos de Oriente, descuidando de esta forma las necesidades de los estudiosos europeos. En 1595, el humanista holandés Raphelengio, yerno del célebre impresor Plantino, se quejaba de este modo ante los fundadores de la Tipografía Medicea por lo que él consideraba un excesivo carácter comercial de sus publicaciones:

It is possible to conclude that they had nothing else in mind other than to serve the Arabs, especially the Christian Arabs, with their efforts, and were induced by the hope of gaining maximum profit from the books they printed208.

A pesar de ello, existen claras evidencias de la intención de los miembros de la Tipografía Medicea de servir además los intereses de los lectores de Occidente. Así, por ejemplo, a algunos de los textos se les añadió en ocasiones una página con el título en caracteres latinos, en otras se superpuso un título en latín al original árabe. Por otro lado, las ediciones bilingües de los evangelios podrían haber servido como herramientas didácticas para arabistas incipientes209.

A la muerte de Raimondi en 1614, la imprenta dejó de funcionar y su lugar en Roma fue ocupado por una nueva imprenta oriental, obra del embajador francés ante la curia papal, François Savary de Brèves. En 1615, dicha imprenta fue trasladada a Paris210.

207 Sobre la imprenta Medicea, vid. Dannenfeld, ibíd., p.116; Jones, R., «The Medici Oriental Press (Rome 1584-1614) and the impact of its arabic publications on northern Europe», en Russell, G.A., (ed.), The „Arabick‟ interest of the natural philosophers in seventeenth-century England, E.J. Brill, Leiden, 1994, pp.88-108; Tinto, A. La Tipografia medicea orientale, Lucca, 1987.

208 Ibíd., p.90. 209 Ibíd., p.98. 210

El mismo Raphelengio se interesó por la lengua del Corán e hizo fundir en la imprenta de su suegro un juego de caracteres árabes, lo que permitió un aumento considerable de las publicaciones en árabe. Los últimos años de su vida los dedicó a la elaboración de un diccionario árabe-latín, que habría de ser el primero de tales características impreso en Europa. A su muerte en 1597, fueron sus hijos quienes recogieron el testigo del padre y publicaron la obra en 1613. Dicho vocabulario se basaba en gran medida en el Vocabulista aravigo en letra

castellana de Pedro de Alcalá211.

Mientras en el resto de Europa, como vemos, comenzaba a despuntar el interés por el árabe, ya fuera por motivos religiosos, filológicos o estrictamente comerciales, en España las cosas no parecían ir por el mismo camino. Baste recordar que el eminente erudito y biblista Arias Montano hubo de recurrir a la imprenta de Plantino para la edición de la Biblia Políglota ante la carencia de tipos árabes y hebreos en suelo español212. Además, la Inquisición examinaba con lupa todos aquellos libros sospechosos de contener doctrinas heréticas, y a buen seguro los editores no querrían correr riesgo alguno invirtiendo su dinero en obras que tenían buenas probabilidades de llegar a figurar en los índices expurgatorios. Debido a esta situación tan poco favorable, es probable que muchas de las traducciones árabes que circulaban en copias manuscritas en los ambientes humanistas de la época, permanecieran inéditas, ya fuera por falta de apoyo editorial o imposibilidad material de ser impresas por carencia de tipos árabes.

Todo lo expuesto anteriormente nos lleva a concluir que, a pesar de las innegables lagunas y carencias que presentan los estudios de árabe durante el Siglo de Oro, no podemos hablar de un estancamiento o paralización de esta disciplina, sino más bien de unas circunstancias políticas, sociales y económicas adversas que no favorecían en lo más mínimo la labor de aquellos autores interesados en la traducción y estudio de obras árabes, quienes de manera

211 Hamilton, A., Arab culture and Ottoman magnificence in Antwep‟s Golden Age, The Arcadian Library & Oxford University Press, New York, 2001, pp.83-87.

212 Gil Fernández, L., Panorama social del humanismo español, (1500-1800), Madrid, Tecnos, 1997, 574-600.

autónoma y más allá de la escasez de medios materiales, continuaron con su tarea traductográfica y filológica para intentar preservar del olvido una parte fundamental de la historia de la cultura universal.

En el prólogo de la Doctrina, Gurmendi se dirige al lector en los siguientes términos:

Con gusto me ocupé en la traduzión destas sentencias, poniéndolas en estilo y lenguaje que gozassen dellas nuestros cortesanos y ciudadanos estudiosos, para que se advierta y note qué tesoros están escondidos debaxo de aquel idioma Árabe, y para satisfazer a los que ponen en qüestión si ay libros y filósofos entre aquelltos infieles, porque saquen de aquí el dolerse dellos, y pedir a Dios, que es la verdadera sabiduría, los trayga en conocimiento de la verdad.213

No solamente advierte Gurmendi de los extraordinarios tesoros que se ocultan en las páginas escritas en árabe, sino que además acalla las posibles suspicacias que su declaración pudiese levantar, insistiendo en el error en que incurren los seguidores del Islam y en la necesidad de pedir a Dios que los conduzca al camino recto de la salvación en Cristo. Esta declaración de intenciones nos permite circunscribir al guipuzcoano en la órbita de la corriente humanista cristiana, que ponía el acento en un afán por recuperar para el cristianismo los valores inmortales de la civilización antigua en su vertiente humana y humanística, o lo que es lo mismo, sin abandonar en ningún momento la ortodoxia cristiana, los humanistas cristianos vuelven los ojos al mundo antiguo en un intento de «volver al principio», al terreno del hombre y del mundo humano. El retorno a los antiguos significa no sólo la recuperación de su obra, sino fundamentalmente el retorno al principio, a los orígenes de la vida humana, cultural, del ser humano. Pero, más allá de las formas paganas, no se pueden olvidar los elementos cristianos del Renacimiento, solamente que en lugar de buscar respuestas a los problemas de la religión o de la vida humana en las fuentes de la revelación, se buscan en los clásicos paganos, en una suerte de

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filosofía moral. A pesar de estar trufada de referencias a figuras emblemáticas del Islam – como el propio ‗Ali ibn Abi Talib o algunos exégetas coránicos - la obra de Gurmendi nunca fue sospechosa de heterodoxia y superó fácilmente los controles que el Santo Oficio realizaba a todos los libros antes de su publicación, puesto que en ningún momento se adentraba en honduras teológicas ni cuestionaba los postulados de la religión oficial. Sus fuentes paganas persas, árabes y grecolatinas sustentaban un edificio político-moral que sólo podía redundar en un beneficio para el buen gobierno de la monarquía española, algo que sin duda sería visto con buenos ojos por las élites en el poder. Los numerosos ejemplos extraídos de las vidas de hombres virtuosos de la antigüedad habrían de servir como modelo para las generaciones venideras. Es por ello que la Doctrina, como también el Libro de las calidades del rey, se inscriben en una corriente de revalorización de la Historia como modelo de comportamiento para el hombre del XVII, en modo particular para sus gobernantes.

Ha quedado suficientemente probado, pues, el interés de Gurmendi por la materia oriental, así como sus conocimientos de árabe y persa, que le permitieron acceder a ese «caudal de sabiduría» - como él mismo lo califica -, que constituye las fuentes de la Doctrina y del Libro de las calidades del rey. De esta cuestión central para el análisis de la obra me ocuparé más adelante, pero antes he de referirme a un episodio de la vida de Gurmendi, ligado a su conocimiento del árabe y a su posición como intérprete real, que jugó un papel muy relevante en su vida y en la de personas cercanas a él, como el propio Pedro de Valencia. Se trata de la traducción de las láminas sacromontanas, a las que me he referido con anterioridad y que voy a analizar seguidamente con mayor detenimiento.