CHAPTER 1 INTRODUCTION
1.1 Research Objectives
En los siguientes meses, empezará a descubrir la vida de los camboyanos en la frontera. A comprender sus problemas y a ir poniendo nombre a eso que puede ser necesario en otras vidas. Si a muchos nos preguntasen, tal vez simplificaríamos demasiado pronto e imaginaríamos que la vida de un campo de refugiados es vivir en tiendas de campaña, en una intemperie y una espera vacía, aguardando la ración de comida diaria y sin nada que hacer. Tal vez esto ocurra en algún contexto y en alguna situación de emergencia. Pero identificar los campos de refugiados solo con esa pasividad es no comprender el espíritu humano.
La vida en el campo es parecida a la vida en una ciudad, al menos en algunos aspectos. Hay que tener en cuenta que «Site 2» llegará a albergar hasta 180.000 personas. Quizás lo que permite darse cuenta de estar en un lugar especial es el tono monocolor de todo lo que ve: una enorme extensión de color bambú y tierra. Hay gente que muere y, sobre todo, gente que nace. La mayoría de los habitantes son mujeres y niños menores de quince años, y viven hacinados. Hay muchos críos. Los hay por todas partes, en familias cada vez más numerosas. Los niños van a la escuela; hay hospital, centro cultural, cines, oficinas donde se gestionan papeles y permisos; hay dispensarios de medicina y de comida. Hay puntos de información donde se exponen las listas de los recién llegados y adonde las personas van a ver si encuentran noticias de familiares o seres queridos de los que no saben nada desde hace tiempo.
Las casas son sencillas. Cabañas alineadas en hileras regulares, de diferentes tamaños en función del número de miembros de las familias. A medida que pasan los años y la estancia en el campo se va haciendo más estable, hay mejoras en los edificios. También en los transportes. Si los primeros años solo se veían bicicletas circulando por los caminos de tierra, se empezarán a ver algunas motos tirando de carros. Hay tiendas en las que los mismos habitantes del campo compran y venden cacharros, comida, bebida, ropa, calzado, madera y, a medida que pasa el tiempo, también televisores o radios.
El dinero entra en los campos gracias a familiares que, desde el extranjero, envían recursos a sus parientes; también gracias a lo que los refugiados han traído en su éxodo desde Camboya y gracias a los cauces de comercio que se van estableciendo con los tailandeses. Los vendedores locales establecerán un gran mercado en uno de los círculos alrededor del campo. Pronto, los mismos refugiados empiezan a instalar sus tiendas en ese espacio, que se convierte en el centro comercial de «Site 2».
Como casi en cualquier lugar, hay diferencias en el poder adquisitivo de la gente. Hay quien es más acomodado y quien vive apenas del arroz y otros recursos que le proporcionan las Naciones Unidas a través de su programa UNBRO2. Uno de los
problemas es que este programa solo da raciones a mujeres y niños, para evitar estar apoyando a los soldados refugiados en los campamentos. La trampa es que esa falta de apoyo a los hombres jóvenes empuja hacia el conflicto a los que de verdad tratan de permanecer ajenos a la violencia.
La creatividad es enorme. Hay emisoras de radio y programas que se hacen desde el mismo campo. También hay quien vende relatos, manuscritos que pasarán de mano en mano recreando la vida en la añorada Camboya, la de antes de la guerra, un país verde y amable que los mayores evocan con nostalgia, y los pequeños, incluso los nacidos en el campo, aprenden a imaginar. Escuelas de artes, teatro y baile empiezan a surgir en los diferentes distritos.
Los problemas de relación son los de muchas comunidades que han de hacer frente a la convivencia cotidiana, pero multiplicados por el hacinamiento, el desarraigo y, en muchas ocasiones, la inactividad. No es infrecuente escuchar tremendas discusiones de algún matrimonio tras las paredes de su casa. El alcohol es un problema que afecta a muchos hombres y, de rebote, a sus familias, que han de pagar los malos humores y la pérdida de control que acompañan a la borrachera de cada noche. Además, en este contexto, donde hay escasez de varones adultos, abundan los casos de hombres con más de una mujer y una familia, y esto también puede ser motivo de bastantes tensiones en algunos casos.
Multitud de organizaciones no gubernamentales desempeñan su labor humanitaria en los campos. Cada una de ellas pone unos acentos. Están las que se centran en la sanidad, en la educación, en la asistencia psicológica, en la provisión de alimentos o ropas... A ellas pertenece un buen grupo de europeos que, como Kike, llaman la atención por el tono pálido de su piel. Para los niños, todos son barang, que quiere decir «francés». Los críos se divierten siguiendo a estos extranjeros y jugando con ellos, que les prestan más atención de la que están acostumbrados a recibir.
Hay mucha actividad política en «Site 2». En 1985, Camboya está controlada por los vietnamitas, y la oposición se divide entre los monárquicos, los Jemeres Rojos y los republicanos. «Site 2» pertenece a este último sector, y desde aquí se organizan acciones de resistencia. A menudo, el campo se convierte en lugar de refugio de soldados que, tras atravesar la frontera, se ocultan en la seguridad de los campamentos. Es una ambigüedad con la que tienen que lidiar a diario los cooperantes internacionales. Es frecuente que a algunos de los niños –especialmente los que no están protegidos por sus familias y se encuentran en orfanatos– se los lleven los soldados para incorporarlos al ejército, y muchas veces la labor de los cooperantes es esconderlos para tratar de protegerlos de ese reclutamiento forzoso.
Un día, Kike llega a visitar a madame Long Lieng y la ve inusualmente agitada. Esta mujer, una de las primeras interlocutoras de Kike en los campos, acoge a chavales
huérfanos. Ella, que tiene diez hijos propios en otros campamentos más seguros en el interior de Tailandia, sin embargo, ha elegido quedarse en la frontera, como forma de compromiso con la situación de los más vulnerables. Ese día se dirige con apremio a Kike y le pregunta: «¿Qué vas a hacer el domingo?». En la pregunta hay un ruego, y cuando le sonsacan un poco, la mujer dice estar aterrada. Lleva tiempo amenazada de muerte y, aunque eso no la amedrenta, alguien le ha advertido de que ese próximo domingo una de las facciones militares que controlan los campos va a llevarse a sus muchachos para engrosar las filas del ejército. No sabe qué hacer. El domingo, a primera hora de la mañana, Kike y Jub, otro trabajador del JRS, llegan con dos enormes furgonetas. Madame Long Lieng tiene ya todo empaquetado. Se van sin mirar atrás. El JRS ha conseguido que en otro sector del campo, en las oficinas de COERR, la organización católica más activa de la frontera, habiliten un espacio para todo el grupo. Al ser en otra zona, no controlada por los militares, consiguen neutralizar la amenaza. Cuando se ve segura, la mujer se abraza a Kike y Jub y durante minutos los colma de besos sin dejar de parlotear, algo extrañamente efusivo en medio de la discreción habitual de los camboyanos. Pero no puede evitar sentirse eufórica, aliviada y agradecida.