SECTION D – Multi-authored work
CHAPTER 3 RESEARCH PAPER
En la primavera de 1559, una vez firmada la paz de Cateau-Cambrésis, Felipe II se dispone a poner en ejecución uno de sus proyectos más queridos: regresar a Castilla, volver a la meseta, dejar tras de sí las brumas del Norte y los países en los que hasta el idioma —y, por supuesto, las costumbres— era una barrera infranqueable para él. Y también podríamos verlo de otro modo: Felipe II ha renunciado ya a dos antiguas ambiciones, la de ser emperador de la Cristiandad y la de volver a ser rey consorte de Inglaterra. En compensación, está decidido a gobernar lo que de hecho constituía su propio Imperio. Gobernar su propio Imperio, desde España, y hablando español, teniendo acaso en cuenta aquella consigna de Nebrija: que la lengua era compañera del Imperio. Ahora bien, ese regreso a España iba a realizarlo por mar y juntando una imponente escuadra, pues estaba claro que el poderoso Rey de las Españas no podía verse a merced de un ataque, en su viaje, de los corsarios franceses o ingleses. Una gran escuadra, por tanto, que, saliendo de las costas de los Países Bajos en dirección a España, pasase muy cerca de las inglesas, de aquel reino de Inglaterra donde ya no reinaba la católica María Tudor, sino su hermanastra de dudosa fe, la hija de Ana Bolena, de nombre Isabel; aquella Isabel que había rechazado su propuesta de matrimonio y que apuntaba ya como un riesgo para los intereses de Felipe II en aquella área de Europa. Por otra parte, Isabel estaba
entonces mal armada y su monarquía parecía a merced de un ataque por sorpresa del rey de Francia, Francisco II, que, al estar casado con María Estuardo, podía alegar mejores derechos al trono inglés, conforme la ley de Roma. Por lo tanto, una tentación, una enorme tentación: la invasión de
Inglaterra. Aprovechar aquella gran escuadra para asaltar, por sorpresa, el reino inglés, destronar a aquella reina tan incómoda y reafirmar el catolicismo inglés de los antiguos partidarios de María Tudor. Ya lo hemos visto: un proyecto que existió, un plan de ataque a Inglaterra que se discutió en la corte de Felipe II. Sabemos —hace más de medio siglo que publiqué los documentos sobre ello— que Felipe II pidió su parecer al mejor soldado de su Monarquía: el duque de Alba. Y,
sorprendentemente, el Duque fue de opinión contraria. Parecía evidente que la invasión era factible, porque en 1559 Isabel carecía aún de armada, y también que los tercios viejos podían hacer estragos en suelo inglés. Pero ¿por cuánto tiempo? En otras palabras, el problema no radicaba en la invasión, sino en la consolidación. ¿Cómo iba a mantenerse tal dominio frente a la hostilidad de la población? Aquello era un puro disparate. Y Felipe II hizo caso al soldado. Por otra parte, su tendencia era hacia la paz, no hacia la guerra. ¡Cateau-Cambrésis acababa de firmarse y era una esperanza! Por lo tanto, lo mejor era olvidarse de la aventura inglesa y disfrutar de aquella paz que se abría para él, para España y para Europa. Cateau-Cambrésis marca también las directrices del Rey en política exterior: que esa paz con Francia garantizase el predominio de España en Italia. Era la pax
hispánica. Un predominio español asegurado por la presencia en Milán, en Nápoles, en Sicilia y en
Cerdeña, y afianzado por la posesión del marquesado de Finale, que aseguraba el acceso a Génova —la gran aliada de la Monarquía en Italia—, y de los presidios toscanos —Orbetello, Porto Ercole, Porto Longone, Piombino—, que garantizaban el control de la ruta marítima entre Génova y Nápoles. Y eso había sido realizado en 1557, por consiguiente, en el segundo año del reinado de Felipe II. Otra clarísima norma del nuevo reinado fue comprender que la fase de la expansión había terminado en líneas generales, y que había llegado el momento de la consolidación; algo que es
patente en Italia, y más todavía en el imperio español de Ultramar. La época de los conquistadores cede ante los colonizadores. Por supuesto que aún seguirán apareciendo algunas personalidades, en la estela de los Cortés y los Pizarro. Había una frontera abierta, tanto al norte del río Grande como al sur de Santiago de Chile o de Buenos Aires; pero, en líneas generales, el Imperio tendía a la consolidación, tanto en el gobierno de los territorios como de sus rutas. Sería la época colonial, sustituyendo a la conquista. Todo ello regulado desde un centro fijo, una capital: un logro
consciente de Felipe II. Por eso 1561 es un año tan importante en la historia de España, y acaso ese hecho sea la mejor herencia del Rey Prudente, tanto o más que el monasterio de El Escorial: el año en el que Madrid se convierte en capital de la Monarquía. Y no es extraño que Cabrera de Córdoba, el cronista del Rey, lo destaque de forma tan notable: Era razón que tan gran Monarquía tuviere ciudad que pudiese hacer el oficio de corazón...481 Con esos planes inmediatos, el 22 de agosto de
1559 Felipe II dejaba definitivamente Flandes, donde quedaba su hermanastra Margarita de Parma como gobernadora, para regresar a España en un afortunado viaje que le pondría en pocos días de navegación en Laredo. Fue un viaje discutido por un sector de la corte que veía los inconvenientes que traería para la presencia de España en el norte de Europa. Uno de los que más lo sentían era el conde de Feria, el antiguo embajador en Inglaterra: No hay que hablar en la ida de España — comentaba al obispo Quadra, que le había sucedido en la embajada de Londres— porque si el mundo se hundiese no habrá mudanza en ella482. Indudablemente, la presencia de Felipe II en
Flandes ponía un mayor freno a los reformadores ingleses, y todo hacía temer que, ausente el Rey de Flandes e inmerso en la lejana Castilla, otro sería su proceder. De esa opinión era Quadra: Ido V.M. a España —advertía al Rey— piensan proceder contra muchos en Inglaterra483. Pero si para la
presencia de España en el Norte era conveniente la estancia de Felipe II en Flandes, para el resto de los negocios de la Monarquía cada vez urgía más y más el regreso del Rey a Castilla. La misma convocatoria de las Cortes castellanas en 1558 —las primeras del reinado de Felipe II— lo pondría de manifiesto, siendo uno de los más apretados ruegos de aquellos procuradores. La existencia además de dos centros de poder, en Valladolid y en Bruselas, con la circunstancia propia de aquella Monarquía autoritaria de que no se tomase ninguna decisión sin el visto bueno del Rey, obligaba a un continuo ir y venir de los papeles, incluso para el caso mínimo de las mercedes que se habrían de dar, según era la secular tradición, a los procuradores de las primeras Cortes de cada reinado; los cuales mandaban sus memoriales al gobierno de Valladolid, donde se informaban, pasándolos a Bruselas, para que el Rey decidiese, devolviéndolo todo de nuevo a Valladolid. En la relación de los memoriales, que custodia Simancas, se anotan al margen las decisiones regias, y en su caso el fiat, que daba luz verde a la merced pedida, siendo devuelto el documento a Valladolid, donde se
anotaba la fecha, que cerraba la cuestión. Como comentaba yo en 1989: El fiat es la orden verbal de Felipe II, que apunta Eraso, y el fecha, la anotación de la burocracia de Valladolid para dejar
constancia de que el mandato se había cumplido. Véase, por tanto, el ir y venir de los papeles entre Flandes y Castilla, resultado de la existencia de las dos Cortes. Y así se comprende que si la
presencia de Felipe II en Flandes era tan necesaria para mantener aquellos dominios, a su vez, la urgencia de que regresase a Castilla era cada vez mayor484. ¿Con qué se encontró Felipe II en
España? Resuelta la paz con Francia y, por tanto, lograda la supremacía en Italia, la única preocupación venía del norte de África. En 1551 se había perdido Trípoli, si bien, cedida ya por Carlos V a la Orden de San Juan, el traspié no recaía directamente sobre la Monarquía católica; más grave fue la pérdida de Bujía en 1555, y tanto que su desafortunado defensor, Peralta, fue procesado y ejecutado. Por entonces se temió la caída de la misma plaza de Orán, cuando Carlos V se hallaba en Yuste, lo que le alarmó de tal modo que instó a su hija Juana, gobernadora entonces del reino por la ausencia de Felipe II, para que se pusiera remedio, pues si Orán se perdía: ... no querría hallarme en España, ni en las Indias, sino donde no lo oyese, por la grande afrenta que el Rey recibirá en ella y el daño destos Reinos485. Pero Orán resistió, defendiéndola bien su alcaide, el conde de Alcaudete.
Peor aspecto tenía la cuestión religiosa, con el descubrimiento por la Inquisición de focos luteranos en Castilla, ya en los últimos días de Carlos V en Yuste. Esa había sido una de las razones más poderosas que movieron a Felipe II a su regreso a España. Aquí topamos con lo religioso, cuya exacerbación sería una de las notas más acusadas del Quinientos español. Parece evidente que en
España, por el hecho de ser frontera con el Islam durante tantos siglos, la nota religiosa era como un signo de identidad de los reinos cristianos, y de ahí que se acentuara de modo tan recio. Ahora bien, la existencia de los llamados cristianos nuevos, judíos o moriscos, daba también a la España del siglo XVI unas características que favorecían la aparición de «novedades», por emplear el amenazador término inquisitorial. La misma creación de la nueva Inquisición controlada por la Corona venía a indicar la existencia de esa alarmante situación, que tanto preocupaba a los políticos de aquella época, para los cuales un desvío religioso era temido también como un foco de
perturbaciones sociales y políticas. En todo caso, lo que resulta evidente es que en la España del XVI aparecen algunos movimientos religiosos que contrastan con la rígida postura de los cristianos viejos: alumbrados de principios de siglo, erasmistas de los años veinte y treinta y, finalmente, luteranos de mitad de siglo. Como en buena parte de la Europa occidental, también en España empezaron a sonar voces que reclamaban una religiosidad más íntima, que rechazaban el monacato y que criticaban los abusos de Roma. De esos fueron los alumbrados de principios de siglo, con figuras de la personalidad de Pedro Ruiz de Alcaraz, o como una serie de mujeres de la talla de Francisca Hernández, de Isabel de la Cruz o de María Cazalla, de signo claramente heterodoxo, como podían serlo fuera de España otros españoles, como el conquense Juan de Valdés o como el valenciano Miguel Servet. Si los alumbrados fueron perseguidos sañudamente, de forma que incluso figuras como Juan de Ávila o Ignacio de Loyola llegaron a ser mirados como sospechosos, los erasmistas tuvieron su auge en los años veinte, con una corte que los miraba con benevolencia, con un Alonso Manrique en la cumbre del aparato inquisitorial y con un arzobispo de Toledo, como Fonseca, que tenía por secretario al canónigo Vergara. Pero otra cosa iba a ocurrir a mediados del siglo, y no como consecuencia de un relevo en la cumbre del paso de Carlos V a Felipe II. Fue un cambio sensible en toda Europa, y bien interpretado por Marcel Bataillon en su gran obra Erasmo y
España. Los tiempos de Erasmo habían pasado y la Europa occidental estaba ya inmersa en los
duros enfrentamientos ideológicos radicalizados por figuras como Calvino y san Ignacio de Loyola. Sin embargo, hoy tenemos dudas de que los brotes luteranos surgidos en la Corona de Castilla a mediados de siglo no fuesen «magnificados» por el entonces inquisidor general Fernando de Valdés. En 1557, aquel disoluto arzobispo de Sevilla había caído en desgracia en la corte, por negarse a prestar 150.000 ducados a la Corona, en un momento particularmente difícil, cuando Felipe II carecía de recursos con los que afrontar la campaña de aquel año en la guerra contra Enrique II de Francia. De forma que cuando la Inquisición cree haber descubierto algunos grupos de reformados en Castilla la Vieja y Andalucía, el Inquisidor general aprovecha la oportunidad para reparar su precaria situación y convertirse en un personaje imprescindible. Eso sólo lo podía conseguir dando la impresión de que una tremenda conmoción estaba amenazando a la Iglesia española. De ahí el rigor con que serían tratados los encausados, pese a su alto rango, como el que había sido
predicador de la corte Agustín Cazalla, o el mismo arzobispo de Toledo Bartolomé Carranza. Todo caía dentro del grado de endurecimiento de la intolerancia religiosa, reflejado en medidas como los Estatutos de limpieza de sangre, exigidos en la catedral de Toledo a partir de 1547, y reconocidos por Felipe II en 1556, el índice de libros prohibidos de 1554, la vigilancia en las fronteras para impedir la entrada de libros sospechosos, la prohibición de salida de estudiantes a las universidades extranjeras e incluso el estricto control de los estudios, a través de estatutos como los impuestos a la Universidad de Salamanca en 1561 (los conocidos como Estatutos de Covarrubias); aspectos todos ya indicados en la primera parte de esta obra. Aquella alarma sobre los brotes luteranos se hizo llegar a Yuste, provocando la más fuerte de las reacciones en el ánimo de Carlos V, que al punto pediría a su hija Juana, gobernadora de Castilla por la ausencia de Felipe II, el mayor de los rigores: ... creed, hija, que este negocio me ha puesto y tiene en tan gran cuidado y dado tanta pena... Pues parecía toda una ironía de los tiempos: que después de luchar con tanto denuedo contra el
luteranismo en Alemania, y cuando se retiraba a bien morir en España, como la tierra libre de tales alteraciones religiosas, se encontrara con que hasta esa apartada España llegaban sus nocivos influjos. Y como consideraba que por no haber cortado a tiempo la Reforma en Alemania había tomado tanto vuelo, reclamaba una pronta y dura acción en España contra los culpables, por muy altos que fuesen: ... que, ciertamente, si no fuese por la certidumbre que tengo de que vos y los de
los Consejos, que ahí están, remediarán muy a raíz de esta desventura (pues no es sino un principio, sin fundamento y fuerza), castigando a los culpables muy de veras, para atajar que no pase adelante, no sé si toviera sufrimiento para no salir de aquí a remediarlo...486 Así se expresaba el Emperador el
25 de mayo de 1558. Más nos importa, en el orden de lo que pudo afectar a Felipe II, lo que Carlos V insta a su hijo en su carta también de 25 de mayo, en la que se expresaba en parecidos términos y en la que añadía de su propia mano: Hijo: Este negro negocio que aquí se ha levantado me tiene tan escandalizado quanto lo podéis pensar y juzgar. Vos veréis lo que escribo sobre ello a vuestra hermana... Y añadía: Es menester... que lo proveáis muy de raíz y con mucho rigor y recio castigo... Todavía más impresión le debió producir a Felipe II los términos tan insistentes con los que Carlos V volvió a referirse en el codicilo a su testamento, hecho en Yuste el 9 de septiembre de aquel año, doce días antes de su muerte: ... le ruego y encargo con toda instancia y vehemencia que puedo y debo, y mando como padre que tanto le quiere y ama, por la obediencia que me debe, tenga desto grandísimo y especial cuidado, como de cosa más principal y en que tanto le va, para que los herejes sean pugnidos y castigados con toda demostración y rigor, conforme a sus culpas... Y no eran recomendaciones formularias, hechas rutinariamente por el que tenía tantos años de
experiencia en el poder. Carlos V tenía ya noticias de que se hablaba de principalísimos personajes de la corte, de la alta nobleza y del alto clero. Por lo tanto, el riesgo era mayor, y el castigo a ordenar tenía que ser no sólo con la severidad que ya había indicado, sino también sin que nadie se escapara de aquel rigor, por muy alto que fuese. Así el Emperador lo encarga con toda precisión: ... que los herejes sean pugnidos y castigados con toda demostración y rigor, conforme a sus culpas, y esto sin excepción de persona alguna, ni admitir ruego, ni tener respecto a nadie... ¿Y cuál era el procedimiento más seguro? Dar todo el apoyo al instrumento del Estado heredado de los Reyes Católicos, creado precisamente para tales fines487. Era el triunfo de Fernando de Valdés, el éxito del
inquisidor general, perdonándosele por fuerza tantos agravios como había hecho a la Corona. Pronto se vería que Felipe II, fiel al mandato paterno (aquel recordarle «por la obediencia que me debe»), dejaría hacer al terrible inquisidor, incluso contra su propio protegido, nada menos que el arzobispo de Toledo y, como tal, primado de la Iglesia española, Bartolomé de Carranza. Quizá el dejar bien claro para todos cuán caro podía pagarlo aquel que desobedeciera sus mandatos, por muy encumbrado que estuviese, alentó aún más al Rey para proceder de aquel modo. Lo hemos de ver. Porque lo que alarmaba al poder, tanto a Carlos V como después a Felipe II, era el saber que en aquellas «novedades» religiosas aparecían implicados miembros de la alta nobleza y del alto clero: predicadores de la corte, como el doctor Agustín Cazalla, y el que había sido capellán de Carlos, doctor Egidio; caballeros, como don Luis de Rojas y don Juan de Ulloa (éste, comendador de la Orden de San Juan); monjes, como los del convento de San Isidro de Sevilla (y entre ellos uno que, logrando su fuga, se haría después famoso, como traductor de la primera Biblia al romance, de nombre Cipriano de Valera), e incluso damas del más alto linaje, como doña Ana Enríquez, hija de los marqueses de Alcañices. De los procesos iniciados por la Inquisición, destacan dos: los incoados a Agustín Cazalla, el antiguo predicador de la corte, y a Bartolomé de Carranza, el arzobispo de Toledo. Sobre la suerte de Cazalla tenemos un testimonio revelador: el del familiar de la Inquisición fray Antonio de la Carrera. La víspera de su ejecución, y cuando Cazalla no podía ni remotamente sospechar lo que se le venía encima, fray Antonio le visita en su celda con la misión de sus
superiores de arrancarle delaciones de otros posibles luteranos y, en último término, conseguir de él una declaración pública en la que ensalzase a la Inquisición. A cambio, un «favor» inquisitorial no pequeño: el recibir el garrote. No escaparía, por tanto, de la pena de muerte, pero sí de ser quemado vivo. Las llamas de la hoguera se encenderían, pero para quemar a un cuerpo muerto. Nada de esto lo podía creer Cazalla. Él estaba en la confianza de que, dado su rango, sería tratado con cierta benevolencia, como lo había sido el canónigo Vergara en los años treinta. No caía en la cuenta de