Como he mostrado, ser afectado por algo involucra necesariamente una forma de comprensión de lo afectante. En efecto, ser afectado significa recibir un llamado de atención en relación con lo dado perceptualmente, significa que el propio cuerpo tienda hacia la fuente del llamado atencional, significa valorar de manera primordial el entorno. En síntesis, ser afectado significa tender a dirigirse atencional y cinestésicamente en una manera motivada valorativamente. Así, la afectividad de un organismo o de un sistema cognitivo puede ser entendida no como una capacidad de recibir pasivamente información sensible, eliminando el rol cognitivo del cuerpo en cuanto unidad afectiva, sino como una manera fundamental de la actividad de hacer-emerger-sentido. El mundo del agente cognitivo, en cuanto que lo afecta, no es primordialmente un mundo frío, neutral, sino un marco de significado intrínsecamente relacionado con los propósitos vitales y la estructura corporal del organismo. El mundo es algo agradable, que literalmente llama a ser agarrado, tomado, incorporado, asimilado; o también puede ser algo desagradable, que literalmente motiva a alejarse, resguardarse, a huir. Originariamente, las interacciones cinestésicas que se tienen con el mundo son de acercamiento o de alejamiento. Para dar cuenta de esto no es necesario formular una teoría de la mente abstracta según la cual los estímulos sensibles son cognitivamente evaluados, dando lugar causalmente a una conducta coherente con la evaluación formulada. Más bien: en la medida en que somos estimulados sensiblemente, nos comportamos cinestésica y valorativamente frente al mundo. Tanto fenomenológica como empíricamente –siempre y cuando se revisen los sub-sistemas cognitivos en su desplegarse dinámico–, la estimulación sensible, o mejor, perceptual, es constituida por las habilidades motoras y auto-regulativamente valorativas que son propias de la existencia corporal del organismo estimulado.
La fenomenología de la afección ha mostrado la unidad constitutiva de este fenómeno en función de los rasgos de la fuerza afectiva, el movimiento afectivo y la valoración primordial. La evidencia de la conciencia señalada no debe ni puede ser concebida como una especie de descripción de procesos mentales abstractos, sino que son operaciones dadoras de sentido llevadas a cabo pasivamente –al margen de la atención y de la toma de posición del yo– por un sujeto corporizado. Es más, en cuanto que la afección es un fenómeno constitutivamente cinestésico, es imposible concebirlo al margen de las habilidades corporales del yo. Ese cuerpo, que en la experiencia es fundamentalmente un cuerpo vivido, un Leib, es también correlativamente un cuerpo físico, con procesos sub- personales de los cuales el yo no es consciente pero que, sin embargo, subyacen a las operaciones dadoras de sentido de la conciencia, siendo una parte necesaria de las explicaciones de la manera en que se hace emerger sentido. Así como en la dimensión fenomenológica se hace evidente el carácter cinestésico de la afección, sub-personalmente es claro que los procesos neurofisiológicos hacen emerger un sistema sensoriomotor unitario que no permite una distinción computacionalista entre input sensorial y output motor, “ensanduchando” los procesos cognitivos del cerebro o de la mente. Más bien, en la medida en que el organismo está sensoriomotormente acoplado a su entorno, hay que afirmar que lo sensorial el motor y lo motor es sensorial. No obstante, entre el sentir y el moverse hay una conexión motivacional que también es constitutiva de la afección: la manera en que el organismo valora primordialmente su entorno. En cuanto que, por definición, un sistema autopoiético tiende a mantener su autopoiesis auto-regulativamente, este debe interactuar con su entorno de manera valorativa: aquello que es positivo para la conservación de la auto- producción es positivo para el organismo, mientras que lo que es negativo para la auto- producción es negativo para el organismo. En la medida en que el propósito intrínseco del ser vivo es precisamente mantenerse con viva, conservando su autopoiesis, este se aleja de lo negativo y se acerca a lo positivo. Así, el mundo del organismo no es el entorno objetivamente neutral que observa un agente externo, sino que es un mundo cargado de valor
auto-regulativo que motiva su conducta, al menos en los casos más simples.62 Esto es
evidente en la quimiotaxis que se puede observar en las bacterias, pero también en la experiencia afectiva que tenemos en relación con la estructura metabólica del ser humano, tal como muestran los trabajos de Damasio y Lewis. Estas investigaciones empíricas dejan claro como en el nivel anatómico, no puede distinguirse con claridad los sub-sistemas emocionales (appraisal y arousal) y auto-regulativos del organismo, los cuales, a su vez y en gran medida en virtud de la amígdala, están complejamente conectados con el sistema sensoriomotor, haciendo emerger un sistema unitario que involucra lo sensorial, lo motor y lo valorativo que hace empíricamente inteligible la experiencia afectiva fenomenológicamente descrita.63
¿Cuál es, entonces, la importancia cognitiva de la afección? En la medida en que el mundo emerge primordialmente en la medida en que este nos afecta, pues si no hubiese afección no habría nada para el organismo, la importancia cognitiva de este fenómeno puede resumirse en que este hace emerger un mundo. Como ya he señalado varias veces, el punto es que ese mundo no es neutro, sino que es significativo por su carga cinestésica y valorativa. La conclusión a la que hay que llegar es que no hay cognición afectivamente neutra, sino que esta siempre está constituida por el modo de ser corporal de agente cognitivo, modo de ser auto-regulativo y, por ello, primordialmente valorativo y cinestésico.
62La constante referencia del enactivismo a la manera en que organismos como las células hacen emerger
sentido tiene la gracia de evidenciar la enacción de un mundo en casos simples. Sin duda, los seres humanos somos infinitamente más complejos y, por ello, no sería adecuado afirmar que toda nuestra conducta puede ser explicada afectivamente. Es claro que hay casos en que el ser humano lleva a cabo acciones que van en contra de su conservación, como lo es fumar. No obstante, de eso no se sigue que en el sentido más básico y fundamental no se mantenga el fenómeno afectivo tal como ha sido analizado. Cuando un vaso de agua afecta sensiblemente/perceptualmente a una persona sedienta, seguramente habrá ahí una valoración primordial con una valencia positiva que lo motivará a ir directo hacia el vaso para beber su contenido.
63Hay que señalar que aquí no se trata de una relación causal de acuerdo con la cual lo fenomenológico puede
ser reducido a lo neurofisiológico. Más bien, se trata de un solo fenómeno con dos aspectos irreductibles: uno experiencial, que corresponde al Leib, y uno físico, que corresponde al Körper.