5. Analyses
5.1 Within-Case Analysis 1: Danske Bank
5.1.1 Research Question 1: How does Electronic Customer Relationship Management
«Os confesaría, escribe Morellet en junio de 1789, que he encon
trado a nuestro Tercer Estado, cuyo defensor he sido y siempre soy,
un poco exagerado en sus puntos de vista y sus prindpios». Antes de
1789, el Tercer Estado y la Nobleza misma tenían en política puntos
de vista y prindpios. Si no eran revoludonarios, sí eran, en parte,
filósofos.
CONCLUSION
Si se puede creer que en el siglo XVIII hay un final, y que la con moción de la Revolución es realmente algo nuevo, sin embargo no hay comienzo. El espíritu filosófico ya aparece en el siglo XVII; y entre un Saint-Évremond o un Fontenclle y un Duelos o un Chamfort hay ver daderas semejanzas. No obstante, también hay entre 1670 y 1770 una transformación profunda del pensamiento francés. En su conjunto los contemporáneos de Boileau, de Racine y de Bossuct serían como ex tranjeros para los de Bcrnardin Saint-Picrre, de Raynal y de Marmon- tel. Incluso los que defienden la misma causa, los que se oponen a la fi losofía y detestan las herejías de Rousseau, piensan con frecuencia mucho más como Rousseau y hasta como Voltairc que como Pascal o como Bossuct. Hemos visto que sobre la razón, sobre la observación, sobre la experiencia, un abbé Pluche, un abbé Nollet, un abbé Froma- geot hablan como un Buffon o un Didcrot. Uno de los más célebres li bros de la apologética católica, a finales del siglo XVIII, es una obra del abbé GcrarcT, Le Comtt de Valmont ou les égarements de la raison, reedi tado diez veces. Algunos de sus grabados y de sus capítulos, «La ley na tural o el imperio de la razón, —El amor del orden y del bien común—, La contemplación de la naturaleza», podrían ser insertos, sin cambiar un solo detalle en un libro de Delisle de Sales, de J.-J. Rousseau, y hasta de Voltairc o de Diderot.
En todos los casos estos hombres de finales del siglo XVIII están infinitamente más cerca de los de las postrimerías del siglo XIX que de los de últimos del siglo XVII. Puede decirse que han conocido to das las formas de nuestro pensamiento contemporáneo e incluso, que han medido sus consecuencias y percibido sus contradicciones. Han desarrollado el espíritu analítico y ejercido los derechos de la crítica ra cional, hasta sus más audaces límites. Si ni tuvieron una idea tan clara y tan metódica de la crítica histórica y de la reconstrucción del pasado, como los historiadores y cxegetas del siglo XIX, al menos compren dieron sus exigencias esenciales y delinearon el método. Intuyeron con una claridad máxima, que la verdad lógica y abstracta, la concordancia del espíritu consigo mismo, la razón geométrica y matemática, eran una construcción humana y que no eran necesariamente toda la ver dad, ni quizá la verdad. Comprendieron tan nítidamente como nues tros sabios modernos lo que es la verdad experimental, las leyes que se deducen de los hechos y la experiencia y no las que se deducen del ra zonamiento. Sistemas abstractos, hipótesis, leyes experimentales, to dos estos esfuerzos de explicación entendieron cómo se completaban y se contradecían. Al mismo tiempo comprendieron que la razón y la ciencia jamás encerrarían todo el universo. El desarrollo de las verda des racionales y de las verdades experimentales nos conduce, hasta el infinito, por un camino sin límites, que cada vez se aleja más de las ver dades necesarias para la vida. Por precisas y numerosas que sean las ra zones de la razón y las leyes de nuestras ciencias, no pueden darnos la explicación de nuestro destino, nuestras razones para obrar ni el se creto de la felicidad. No podemos percibir estas razones y este secreto más que por otra luz, la del «sentimiento», la del «corazón», que hoy llamamos intuición. Es el sentimiento el que nos revela a Dios, la ora ción, la moral, la bondad, la humanidad. Y cuando la razón o la expe riencia científica no están de acuerdo con el corazón, los equivocados son la razón y la experiencia.
Razón lógica, verdad experimental, intuición del corazón, he ahí las tres fuerzas que solicitan a nuestro pensamiento moderno y que nosotros constantemente estamos intentando ordenar o poner de acuerdo.
La historia del pensamiento francés en el siglo XVIII es, pues, una historia compleja, que con mucha frecuencia se ha cometido un error de simplificar. Es compleja incluso en lo profundo del alma. Un buen número de espíritus, medianos o mediocres mezclaron confusamente
Conclusión
sin discernimiento, a menudo sin desear discernir, tendencias diver gentes o contradictorias. Lo más frecuente es que no fueran ni «todo Voltaire» ni «todo Rousseau». Los Songa philosophiques o el Bonnet de nuit de S.-L. Mercier son unas veces cuentos volterianos y otras efusiones y meditaciones de la «sensibilidad». Un Dubois-Fontenelle es perseguido por una Ericit ou la Vestale que es una obra teatral contra «el infame»; y escribe en un estilo por otra parte volteriano unas Aventures philosophi-
quts que son una burla de Voltaire, Helvctius, d’Holbach, Montcs-
quieu. Todavía es más grande la complejidad si se estudia no a los indi viduos, sino las corrientes de opinión. Cierto que hay una evolución en la historia del pensamiento francés en el siglo XVIII. Hasta 1740 aproximadamente es preferentemente racionalista. De 1740 a 1760 culminan su triunfo las ciencias experimentales. A partir de 1762 las almas sensibles se enternecen y se exaltan. Pero el espíritu experimen tal comienza desde finales del siglo XVII y desde 1740 ya hay «sensibi lidad». Hasta finales de siglo conservan su prestigio la razón racioci nante, la verdad abstracta, los sistemas generales. El ardor de las almas sensibles jamás impone silencio a las ironías de la crítica volteriana. Si hay setenta y dos ediciones de La Nouvelle Héloíse entre 1762 y 1800, también hay más de cincuenta del Candide desde 1738 hasta la Revolu ción. El Pensamiento francés, en la segunda mitad del siglo XVIII, no es ni racional o filosófico, ni científico o experimental, ni sensible o místico. Es todo esto a la vez, según los ambientes o las personas, y a veces dentro de los mismos ambientes y en las mismas personas.
Esto ocurre no con algunos, ni, indudablemente con todos, pero sí con muchos. La inteligencia no ha conquistado solamente sus derechos sociales y el respeto de casi todos contra el desdén de los bien nacidos y los situados. Se ha convertido en un bien común. No es, si se quiere, que haya habido más gente instruida en 1770 que en 1760; no se ha hecho una prueba rigurosa y es difícil que se haga. Pero las personas instruidas hacia 1670 son, la mayoría de las veces, eternos alumnos; piensan durante su vida ral como se les enseñó a pensar hasta los veinte años. Hada 1770 hay tantos modos de pensar, tan nuevos, tan diver sos, tan tentadores, que ya no se puede imponer nada; hay que dejar elegir. Y no sólo en los ambientes literarios o mundanos, sino en todos los ambientes; no sólo en París, sino en toda Francia están abiertos to dos los caminos del pensamiento moderno y para todos.