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La extraordinaria importancia concedida en la época al tema del Juicio final y a los cataclismos que debían precederle (o permitir el paso al millenium) se explica por una teología del Dios terrible que reforzaron las desgracias en cadena abatidas sobre Occidente a partir de la Peste Negra. La idea de que la divinidad castiga a los hombres culpables es, indudablemente, tan vieja como la civilización. Pero está particularmente presente en los discursos religiosos del Antiguo Testamento. Los hombres de Iglesia, aguijoneados por unos acontecimientos trágicos, se sintieron más inclinados que nunca a aislar aquella idea en los textos sagrados y a presentarla a las muchedumbres inquietas como la explicación última que no se puede poner en duda. De tal suerte que la relación -crimen-castigo divino ya desde aquí abajo- se convirtió más que nunca en una evidencia para la mentalidad occidental. Apenas si hay tratado sobre la peste o relaciones de epidemias (por ejemplo, todavía con ocasión de la peste de Marsella de 1720) que no la pongan de relieve. El arzobispo de Toledo, Carranza, y el cirujano A. Paré la utilizan de igual modo para dar cuenta de la aparición de la sífilis:

Hay dos causas de la sífilis, escribe el cirujano francés; la primera procede de una cualidad específica y oculta que no está sometida a ninguna demostración; no obstante, podemos atribuirla a la ira de Dios, el cual ha permitido que esta enfermedad cayese sobre el género humano para refrenar su lascivia y desbordada concupiscencia. La segunda es por haber compañía de hombre o de mujer teniendo la citada enfermedad.

Junto a la peste, las carestías, las guerras, incluso la irrupción de los lobos, siempre eran interpretadas por la Iglesia, y más generalmente por los guías de la opinión, como castigos divinos;

flechas aceradas enviadas del Cielo sobre una humanidad pecadora. Así es cómo Savonarola presentó a los florentinos los primeros episodios de las guerras de Italia. Algunos textos, solemnemente oficiales, de tratados de paz hablan el mismo lenguaje.

En el preámbulo del tratado de Cateau-Cambrésis (1559) se lee: "... sea notorio que, después de tantas y tan duras guerras, con que ha placido a Dios... visitar a y castigar a los pueblos, reinos y súbditos (de Enrique II y de Felipe II)... finalmente su divina bondad se ha dignado volver su vista apiadada sobre las pobres criaturas..." 695 Igualmente, el texto de la paz de Ambroise de 1563, que

puso término en Francia a la primera guerra de Religión, declara en su preámbulo: "... La malicia de los tiempos ha querido, y Nuestro Señor en virtud de su juicio desconocido (provocado, según hemos de creer, por nuestras faltas y pecados) ha dejado rienda suelta a los tumultos..." 696

En la época de la gran represión de la brujería (siglo XVI y principios del XVII), teólogos y juristas enseñaron que Dios utiliza demonios y brujos como ejecutores de su justicia.

Igual que Dios, escribe Juan Bodino, envía las pestes, las guerras y carestías por el ministerio de los malos espíritus, ejecutores de su justicia, también hace a los brujos, y principalmente cuando el nombre de Dios es blasfemado, como lo es ahora por todas partes, y con tal impunidad y licencia que hasta los niños lo profesan 697.

Es por tanto propio de la naturaleza de Dios, dado que es justo, vengarse. El martillo de brujas, apoyándose en un texto temible de san Agustín, explica que Dios autoriza el pecado porque él conserva el poder de castigar a los hombres "para vengarse del mal y para la belleza del universo... a fin de que nunca la vergüenza de la falta carezca de la belleza de la venganza" . En toda la tragedia francesa, desde Jodelle a Corneille (pero también se podrían extraer ejemplos de otras literaturas de la época) reaparece insistentemente el tema de la venganza y, sobre todo, de la venganza divina. En la época de las matanzas de las guerras de Religión, ¿cómo no imaginar a Dios sobre el modelo del hombre encolerizado? Ha podido escribirse que "en gran parte, la noción de venganza celestial domina la tragedia didáctica -y yo añadiría que la poesía- del reinado de Enrique IV" 698. Para Agrippa d’Aubigné, el Justo Juez proporciona y ajusta desde este mundo el

castigo del crimen (Las Trágicas, VI, versos 1075-1079): El que se encoleriza contra Dios es herido por la cólera; Los sublevados por orgullo se ven comidos de piojos; Dios hiere con espanto al perdonavidas temerario, Con fuego al incendiario, con sangre al sanguinario.

Una opinión de este tipo prevalecía ampliamente en aquella época, como lo demuestran todavía -entre muchos testimonios que podrían unirse a este informe- las Historias prodigiosas de Pierre Boaistuau (1560). Este erudito se esfuerza, sin embargo, por mantener su espíritu crítico y se niega a creer que toda desgracia proceda del pecado. Pero, tratándose de criaturas que son verdaderamente monstruosas, no deja de afirmar:

Es completamente cierto que Ja mayoría de las veces estas criaturas monstruosas proceden del juicio, justicia, castigo, y maldición de Dios, el cual permite que los padres y madres produzcan tales abominaciones en el horror de su pecado, porque se precipitan indiferentemente como bestias brutas a donde su apetito los guía sin observación de tiempo, lugar u otras leyes ordenadas por la naturaleza 699.

No obstante, reina también la idea de que Dios ha dado pruebas, durante mucho tiempo, de paciencia. Era el cordero dispuesto al perdón. No pensaba más que en "ayudar" a su Iglesia, "y no en la venganza" -así se expresa todavía el poeta de las Trágicas700. Pero este período está ahora

lejos y, mientras se anuncian "los últimos tiempos y días más rudos / Camina a la venganza y no ya a la ayuda" 701. Ése era ya el sentimiento de Eustache Deschamps, contemporáneo entristecido

del Gran Cisma, de la guerra de los Cien Años y de la locura de Carlos VI: no veía a su alrededor más que lujuria, orgullo, codicia, ausencia de justicia y de temor de Dios. Una situación tan escandalosa no podía durar más:

... Llega el tiempo en que el Dios de la naturaleza, Que no puede soportar más cosas tales,

Ha de enviar sobre toda criatura

No espero ya que el Sumo Juez perdone, Sino que destruirá toda cosa mortal Y a cada uno que comete injuria dará Lágrimas de sangre y venganza cruel.

Si Dios no se vengara, ¿sería digno todavía de su augusto nombre? ¿No sería un "pelele"? Ésa es la cuestión que propone Lutero en su Exhortación a la plegaria contra el turco, redactada en 1541 en el momento en que la amenaza otomana sobre la Europa central se agravaba particularmente. Para el Reformador, que razona como Eustache Deschamps, el mundo cristiano ha acumulado tantos pecados (en el pensamiento de Lutero, se trata, sobre todo, de las supersticiones y de las idolatrías), ha despreciado hasta tal punto la divina palabra, que el Todopoderoso no podrá permanecer en adelante, durante mucho tiempo, de brazos cruzados ante tanta insolencia. Le va en ello su reputación. Por tanto se puede conjeturar legítimamente la próxima destrucción de un mundo endurecido en el pecado:

¿Cómo (Dios) podría soportar esto a la larga? Es preciso que, en definitiva, él salve y proteja la verdad y la justicia, que castigue el mal y a los malvados, a los blasfemadores venenosos y a los tiranos. En caso contrario, perdería su divinidad y, para terminar, no sería ya considerado un Dios por nadie si cada cual hiciera sin tregua aquello de que siente ganas y despreciara sin vergüenza y tan descaradamente a Dios, su Palabra y sus mandamientos, como si fuera un loco o un pelele que no diera ninguna seriedad a sus amenazas y a sus órdenes... Y en semejante estado de cosas, no tengo yo más tranquilidad ni más esperanza, salvo que es inminente el último día. Porque las cosas han llegado a tal extremo que Dios no podrá soportarlo más.

De este modo, sin sospecharlo, Lutero recoge una concepción del honor (divino) emparentada con la concepción que, en el plano humano, había motivado los innumerables duelos del Renacimiento. Hay ofensas que Dios no puede dejar pasar sin perder la cara. Este documento vuelve a introducirnos de forma inesperada -como podrían hacerlo de otra forma las Novelas de Bandello y las piezas de Shakespeare- en el interior de un universo de la venganza muy poco cristianizado, en el que el Dios de amor se encuentra cogido en una trampa.

Porque se trata de una trampa, efectivamente. Los que difunden los miedos apocalípticos creen de buena fe que es el Todopoderoso quien finalmente va a hacer justicia. Pero no se dan cuenta de que, en realidad, aspiran a una venganza de la que sólo Dios sería el ejecutor. Este proceso psicológico se percibe nítidamente, gracias a un estudio de W. Frijhoff sobre las Provincias Unidas de los siglos XVII y XVIII. En esta república, mucho menos tolerante en el aspecto religioso de lo que frecuentemente se dice, católicos y protestantes viven, en ese momento, codo a codo, en una atmósfera de tensión y de sospecha recíprocas. Tal clima favorece la circulación de toda suerte de folletos, panfletos y periódicos satíricos llenos de las predicciones más diversas. W. Frijhoff ha enumerado 161 para el período comprendido entre 1540 y 1660, 563 para el conjunto del siglo XVII, 89 para el XVIII. Una categorización más sutil permite aislar las profecías apocalípticas en el interior de cada período: 4 de 1540 a 1600, 119 de 1661 a 1700, 13 de 1701 a 1800. Adviértase de paso, su proliferación en el siglo XVII: período de tensión máxima, en las Provincias Unidas, entre las dos confesiones rivales. Así aparece con toda claridad una relación entre predicciones -especialmente escatológicas- y presencia frente a una comunidad de otra comunidad hostil. Los cataclismos que se esperan sorprenderán al grupo adverso y desembocarán en la victoria de aquel al que se pertenece. Llegado el caso, los que acechan -esperándola- la venida del Gran Día son los católicos. Porque en este Estado protestante sólo pueden practicar su culto de forma semiclandestina; están oprimidos de diferentes formas, excluidos de muchos cargos públicos y de los beneficios de la asistencia pública. Aspiran, pues, a la venganza: o bien la que realizará el cataclismo final, o bien, más simplemente, aquella de la que tal o cual soberano, el rey de Francia o el emperador -pero siempre un deus ex machina situado fuera de las fronteras- habrá de convertirse en el instrumento providencial. Ahora bien, hay ciertas fechas singulares del calendario que, debido a su singularidad misma, parece que son las que han de aportar esos desenlaces sensacionales: por ejemplo, la coincidencia entre el día del Corpus y el día de san Juan Bautista que se produjo en 1666 -año de la bestia del Apocalipsis- y en 1734. Almanaques procedentes de Amsterdam profetizaban

grandes desgracias para ese momento, teniendo en cuenta determinadas conjunciones planetarias. Los inmigrantes estacionales westphalianos anunciaban también acontecimientos inauditos. De ahí el enloquecimiento de los protestantes de Goes. En los días que precedieron a la noche de san Juan, el magistrado ordena buscar armas en las casas de los católicos. En la noche del 22 al 23 de junio, la alarma crece y las autoridades deciden que las puertas de la ciudad estén cerradas durante dos días. Ahora bien, el 23 es día de mercado. Los campesinos de los alrededores llegados con sus productos no pueden entrar y vuelven a sus casas difundiendo por los campos de los alrededores rumores alarmistas: un ejército católico llega de Flandes, van a asesinar a los regidores de Goes, el templo de la ciudad será destruido por una explosión (pólvora y "relojería" están ya presentes); se asegura ya que los católicos han destruido testamentos de protestantes. Por eso, en el campo, cierto número de casas pertenecientes a católicos se ven atacadas por reformados alarmados. Pero, finalmente, el 24 de julio pasa sin que se produzca la restauración católica anunciada y la calma vuelve, hasta la próxima alerta. Profecía y pánico están, por tanto, vinculados al miedo a los otros y a la esperanza de venganza de un grupo oprimido.

Con algunas variantes, podemos generalizar este modelo explicativo. Tanto los que aspiran al millenium y quieren acelerar el advenimiento como los que predicen el fin del mundo tienen como mira la destrucción de uno o de varios enemigos. La cosa resulta evidente cuando se trata de los taboritas, de Müntzer o de Juan de Leyde. Pero también es verdad en el caso de san Vicente Ferrer, de Savonarola o de Lutero -y, tras los pasos del Reformador, de todos los profetas protestantes-. Esperan, anuncian y desean la destrucción de un mundo pecador y endurecido contra el que han salido en son de guerra y sobre el cual reina el Anticristo -que para Savonarola y Lutero no es otro que el papa-. Así, en las profecías cataclísmicas, los hombres expresan su esperanza de venganza utilizando a Dios de coartada.

Ligada a una segunda intención inconsciente de revancha, la profecía es, por otra parte, inseparable, al menos en la época en que nos situamos, de una determinada forma de representarse el tiempo. Esta reflexión es compleja y supone elementos en ciertos aspectos heterogéneos en su relación de unos con otros, interfiriéndose la noción de ciclo con la de un vector dirigido hacia la consumación de los siglos. El ciclo anual hace reaparecer a fecha fija condiciones que no se repiten más que una vez al ag0 por eso es preciso que el fuego de la noche de san Juan no falte si se quieren aprovechar las protecciones que aporta. Ciertas coincidencias sólo tienen lugar una vez por siglo. Así, la fiesta del Corpus el 24 de junio. Un encuentro tan excepcional no puede dejar de producir, en virtud de la ley mágica de analogía, acontecimientos también excepcionales y que se anuncian de antemano. No obstante, estas predicciones tienen algo de reiterativo, porque se repiten bajo una forma o bajo otra cada vez que se acerca la coincidencia entre las dos fiestas: cosa que se verificó en las provincias Unidas en 1666 y en 1734. Se esperaban, igualmente hechos inhabituales para Pascua, cuando su celebración caía bien en la primera, bien en la última fecha posible (que llevaba consigo, en este último caso, la coincidencia de san Juan-Corpus Cristi), momentos verdaderamente críticos del ciclo anual702.

Pero a esta concepción circular se superpone, sobre todo en los niveles más cultivados de la sociedad, una noción pesimista del tiempo. Para los europeos del inicio de los Tiempos modernos, éste apenas si tiene algo que ver con alegrías terrenas. No incita a proyectos. No dirige hacia un progreso material (o espiritual) en este mundo. Es, por el contrario, el viejo amenazador de los Trionfi de Petrarca. El Renacimiento lo asimiló progresivamente al siniestro Saturno, el destructor a la vez terrible y decrépito que se apoya sobre unas muletas pero que va armado con la hoz, devora un niño y pone el pie sobre un reloj de arena. Este demonio temible no es más que otra imagen de la muerte. Desde luego, "alimenta", pero también "reduce a la nada todo lo que existe". En el plano moral, es el revelador de la verdad, pero ello es debido a que desenmascara los valores ilusorios. Se subraya, por tanto, su poder destructor, sobre el cual el Renacimiento insistió incansablemente, transmitiendo incluso esta trasposición a la edad barroca. Pero si el tiempo es representado constantemente como un viejo, es porque esta imagen es producto de una humanidad que se sabe y se siente vieja. A los cristianos de los siglos XIV-XVII les parece

evidente, con independencia incluso de los signos anunciadores del fin del mundo que presentan los acontecimientos contemporáneos, que lo esencial de la historia humana ya ha pasado. El tiempo se acerca a su término. Ahora bien, los años no han aportado la sabiduría a la humanidad. Gerson la compara con un viejo delirante presa de toda clase de fantasías, de sueños y de ilusiones y la juzga cercana a su fin. Además, sale disminuida físicamente de la prueba de los siglos.

Pierre Viret, en la obra ya citada, El mundo imperial... afirma: "Cuanto más envejece el mundo, tanto más disminuye la estatura y la edad de los hombres, y se debilita su fuerza corporal". No se trata de un texto aislado. Al contrario, recoge una visión, bastante ampliamente difundida, de la cronología, que situaba en alguna parte, en el pasado, una especie de edad de oro y concebía la sucesión de los siglos como una progresiva degeneración moral -pero también física- del universo. Para Nicolás de Clamanges, que escribía a principios del siglo XV, cuando los sacerdotes cumplían con su trabajo pastoral todo iba bien en la tierra, materialmente hablando:

Las ciudades y aldeas estaban tan pobladas o más; los establos estaban llenos de animales que se encontraban en plena fuerza. Los árboles se inclinaban con la abundancia de los frutos, los campos estaban cubiertos de trigos... Los hombres vivían largamente.

En la apologética protestante francesa del siglo XVII reaparece el tema del ahogo de la naturaleza y de la degradación corporal de la humanidad. Du Moulin asegura que ésta se achica 703

y Pacard explica:

También podemos observar que las partes del año no cumplen ya con su deber, como solían, que la tierra se cansa, que las montañas no dan ya la misma abundancia de metales, que la edad del hombre disminuye día a día, y no sólo retroceden la virtud y fuerza de la naturaleza, sino también la piedad y la honradez: hasta el punto que podemos decir que el mundo está en su declive y que su fin se halla cercano704.

Otros apologistas reformados de la época -Pollot y Cappel sobre todo- repiten esta lamentación. Ahora bien, no es sorprendente que piedad y honestidad decrezcan al mismo tiempo que la fuerza física. Envejecer es vincularse cada vez más a las cosas de la tierra y, por tanto, perder de vista las del cielo. Viret establece esta relación lógica:

El mundo está a punto de concluir. Y, sin embargo, (=y por tanto) es ya como un hombre que sortea a la muerte cuanto puede. Por esta causa su entendimiento y su corazón están completamente distraídos y entregados a las cosas muertas, es decir, a las cosas terrenas, que son como cosas muertas en comparación con las cosas celestes... Cuanto más se acercan los hombres a su sepulcro, tanto más codiciosos son de los bienes terrenos que no son más que tierra como ellos. Y por eso cuanto menos necesidad tienen de ellos, tanto más los desean 705.

De este modo, a medida que la humanidad se aleja de la juventud y de la edad madura, "todas las virtudes envejecen" al mismo tiempo que ella y todos los vicios adquieren un vigor mayor, como si fuera la ley ineludible de la decrepitud. No nos extrañemos entonces de que el siglo "esté sumido en tinieblas" ni de que "los que lo habitan estén sin luz". Finalmente, en los últimos tiempos, debemos esperar las mayores desgracias, puesto que la raza humana, debilitada de cuerpo y alma, se verá impotente ante ellos:

... Otras peores calamidades vendrán que las que has visto venir. Porque a medida que el siglo se vuelva más débil por vejez, mayores serán los males multiplicados sobre aquellos que lo habitan. Porque cada vez se aleja más la verdad, y cada vez se acerca más la mentira706.

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