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XIV. RESEARCH RECOMMENDATIONS

El autorreforzamiento y su fracaso

Durante las décadas posteriores a la de la Restauración de los Qing, influyentes personalidades, tanto manchúes como chinas, trabajaron en la adaptación de artefactos e instituciones occidentales. Este movimiento, analizado por Albert Feuerwerker, Kwang-Ching Liu y otros, postulaba la atractiva pero equívoca doctrina de “el saber chino como estructura fundamental, y el saber occidental para los usos prácticos”, como si las armas occidentales, los buques a vapor, la ciencia y la tecnología pudiesen de alguna manera ser utilizados para preservar los valores confucianos. Con la perspectiva de hoy podemos ver que las cañoneras y las fábricas de acero portaban su propia filosofía. Sin embargo, la generación de 1860 a 1900 se mantuvo fiel a la consigna de que China podía dar un salto y caer en medio de los tiempos modernos, que es como dar un salto y caer en medio de la crecida de un río.

Basándose en la divisa clásica -y por tanto no foránea- del “autorreforzamiento”, los líderes chinos comenzaron a adoptar armas y máquinas occidentales, sólo para descubrir que se hallaban sumidos en un proceso inexorable donde una apropiación llevaba a otra: de la maquinaria a la tecnología, de la ciencia a la enseñanza en general, de la aceptación de nuevas ideas al cambio de las instituciones y, finalmente, de una reforma constitucional a una revolución republicana. La falacia de una occidentalización a medias -en los instrumentos, pero no en los valores- fue reconocida por muchos eruditos conservadores, quienes optaron entonces por oponerse a todo lo occidental.

Los líderes del autorreforzamiento fueron los que habían aplastado a los Taiping, eruditos funcionarios como Zeng Guofan y su ayudante más joven, Li Hongzhang (1823-1901), quien construyó un arsenal en Shanghai para fabricar cañones y cañoneras. Ya en 1864 Li explicaba a Pekín que la dominación de China por los extranjeros se basaba en la superioridad de sus armas, que era inútil intentar expulsarlos y que, por lo tanto, la sociedad china enfrentaba la mayor crisis desde su unificación bajo el Primer Emperador en el año 221 a. C. Li concluía que China debía aprender a utilizar la maquinaria occidental con el fin de hacerse más fuerte, lo que también implicaba el entrenamiento de personal chino. Esta simple línea de razonamiento se convirtió de inmediato en una obviedad para los hombres de guerra japoneses después de la llegada de Perry en 1853. Pero en China el movimiento por la occidentalización chocó contra la ignorancia y los prejuicios de los letrados confucianos en cada una de sus etapas. Esta falta de sensibilidad histórica china, durante las décadas en que Japón rápidamente se modernizaba, constituye uno de los grandes contrastes de la historia.

Las dificultades de China fueron continuamente ilustradas. Para hacer accesible la enseñanza occidental, por ejemplo, unos ochenta misioneros jesuítas tradujeron durante los siglos XVII y XVIII más de cuatrocientas obras occidentales al chino, de las cuales más de la mitad versaban sobre cristianismo y casi un tercio eran obras científicas. Los misioneros protestantes de comienzos del siglo XIX publicaron alrededor de ochocientas obras, pero en casi todos los casos se trató de libros religiosos o traducciones de las Escrituras en un lenguaje simple, dirigidos principalmente al hombre común, no a los letrados chinos. Durante el último tercio del siglo, en el arsenal de Shanghai, un talentoso inglés -John Fryer-colaboró con los eruditos chinos en la traducción de más de cien obras sobre ciencia y tecnología, desarrollando la terminología necesaria en chino a medida que avanzaban. Pero la distribución de todas estas obras era limitada; pocos eruditos chinos parecen haberlas leído. Su producción, sin supervisión alguna desde el trono, dependía de la iniciativa de los extranjeros o de los escasos funcionarios que se ocupaban de los asuntos internacionales.

En 1862 se estableció en la capital una escuela de intérpretes con rango de institución gubernamental, con el objeto de preparar a los jóvenes para las negociaciones diplomáticas. Encabezada por un misionero norteamericano, y contando con nueve profesores extranjeros más el apoyo de Robert Hart y su servicio de funcionarios de aduanas, pronto esta nueva escuela contó con más de cien estudiantes manchúes y chinos de idiomas extranjeros. Sin embargo, los letrados xenófobos se opusieron a la enseñanza de disciplinas occidentales. El argumento -falso- para contrarrestar sus aprensiones fue que “las ciencias occidentales habían tomado prestadas sus raíces de las antiguas matemáticas chinas... China había inventado el método, los occidentales sólo lo adoptaron”.

El recelo de una clase erudita cuya riqueza se hallaba ligada al sistema chino de enseñanza quedó firmemente demostrado en el caso de un estudiante chino, Yung Wing, a quien unos misioneros llevaron a Estados Unidos en 1847 y que se graduó de Yale en 1854. A su regreso a China, tras ocho años en el extranjero, tuvo que esperar casi diez años más para que Zeng Guofan lo contratara como agente para comprar maquinaria y como intérprete y traductor. El propósito de Yung Wing de enviar estudiantes chinos al extranjero no se concretó sino hasta quince años después de su regreso. En 1872 encabezó una misión educacional integrada por cerca de 120 estudiantes chinos, quienes arribaron a Hartford, Connecticut, vistiendo largas togas y acompañados por profesores chinos de la vieja escuela, quienes debían preparar a estos eventuales occidentalizadores de China para los exámenes clásicos, preparación que seguía siendo esencial para convertirse en funcionario. Además, como colega de Yung Wing fue designado un erudito oscurantista cuya misión era asegurarse de que el contacto occidental no minara la moralidad confuciana de los estudiantes. En 1881, el proyecto fue abandonado del todo.

Actitudes similares obstaculizaron asimismo una industrialización temprana. Los conservadores temían que las minas, las vías férreas y las líneas del telégrafo perturbaran la armonía entre el hombre y la naturaleza (fengshui), creando todo tipo de problemas: el disgusto de los ancestros imperiales, la reunión de turbas indisciplinadas de mineros, el despido de boteros y carreteros, la absorción de los ingresos gubernamentales y la dependencia de máquinas y técnicos extranjeros. Aun tras haber disipado tales temores, los partidarios de la modernización se vieron todavía enfrentados a enormes dificultades prácticas, como la carencia de habilidades empresariales y la falta de capital. Los proyectos de mayor envergadura debían ser auspiciados por altos funcionarios, a menudo bajo la fórmula de “supervisión oficial y operación comercial”. En la práctica, ello significaba que las diversas iniciativas terminaban paralizadas por la burocracia. Los administradores comerciales permanecían bajo la tutela de sus patrones oficiales; ambos grupos explotaban a las nuevas compañías, apropiándose de sus utilidades en lugar de reinvertirlas. Jamás se logró entonces poner en marcha un proceso de crecimiento industrial autosostenido por medio de la reinversión.

De este modo, la industrialización de la China de fines del siglo XIX resultó un fracaso general a pesar de la temprana promesa que habían significado muchos proyectos auspiciados en forma oficial. Por ejemplo, la Compañía Mercante China de Navegación a Vapor, fundada por Li en 1872, fue subsidiada para transportar el arroz de tributo desde el delta del Yangtsé hasta la capital. Prácticamente año tras año desde 1415 grandes flotillas de juncos graneros habían trasladado estos embarques río arriba por el Gran Canal; ahora el cargamento podía transportarse rápidamente por mar desde Shanghai hasta Tianjin. Con el fin de proveer de carbón a las flotas de vapores, en 1878 comenzaron a operar las minas de carbón de Kaiping, al norte de Tianjin. Y para transportar dicho carbón se inauguró en 1881 el primer ferrocarril permanente. No obstante, hacia fines de siglo estas empresas que se apoyaban entre sí no habían hecho más que modestos progresos. La Compañía Mercante China, saqueada por sus patrones, sus administradores y sus empleados, perdió terreno ante las líneas británicas de buques a vapor. Las minas de Kaiping, fuertemente endeudadas con los extranjeros, pasaron a manos de Herbert Hoover y otros en 1900. China abandonó el tendido de vías férreas, el que comenzó a ser promovido después de 1898 por las potencias imperialistas en sus respectivas esferas de influencia.

Durante el último período de los treinta años de servicio de Li Hongzhang como general- gobernador en Tianjin, su principal rival fue Zhang Zhidong, quien sirvió durante dieciocho años en Wuhan, donde instaló una fundición de hierro que se convirtió en una fábrica siderúrgica, así como también academias militares y escuelas técnicas dedicadas a la telegrafía, la minería, los ferrocarriles y las artes industriales. El anhelo primordial de Zhang,

en todo caso, era hacer confluir toda esta tecnología dentro del clásico esquema confuciano de las cosas.

La modernización de China se convirtió así en un juego en el que sólo participaban unos pocos altos funcionarios que entendieron su urgencia e intentaron recaudar fondos, encontrar personal adecuado y realizar proyectos en un entorno por lo general letárgico, por no decir hostil. Aunque se dejaron seducir por la esperanza de obtener beneficios y poder personales, la corte de la Emperatriz Viuda, a diferencia de la del emperador Meiji en Japón, no les brindó un respaldo consistente; por el contrario, la emperatriz dejó que los ideológicamente conservadores neutralizaran a los innovadores, de modo que ella pudiese mantener el equilibrio. China del Sur, como siempre, bullía de espíritus inquietos y brillantes en busca de nuevas oportunidades, en especial en los puertos abiertos que crecían rápidamente, por lo que los últimos años del siglo XIX fueron un tiempo de pioneros, no de muchos cambios esenciales. La occidentalización fue dejada en manos de unos pocos altos funcionarios provinciales, en parte porque ello favorecía el equilibrio de poder entre el centro y las provincias -así la corte podía evitar el costo y la responsabilidad-, y en parte porque los funcionarios de los puertos abiertos en contacto con los extranjeros eran los únicos capaces de ver las oportunidades allí donde las había y obtener la ayuda extranjera para sus propósitos.

La guerra chino-japonesa de 1894-1895 liquidó la ideología del autorreforzamiento. Por su tamaño, las apuestas favorecían a China, pero Li Hongzhang pensaba distinto e intentó impedir la guerra. China había comenzado la construcción de una flota de guerra en la década de 1870. Durante la década siguiente, Li adquirió cruceros de acero y contrató instructores y consejeros británicos, pero posteriormente los Krupp hicieron una mejor oferta que Armstrong y se agregaron dos barcos alemanes de mayor tamaño. Sin embargo, a fines de la década de 1880 una conspiración oficial de alto nivel desvió escandalosamente los fondos destinados a la marina china, con el fin de construir el nuevo palacio de verano de la Emperatriz Viuda. Según los cálculos de Hart, la marina china “debería tener un saldo de 36 millones de taels (unos cincuenta millones de dólares), pero, ¡vaya sorpresa!, no tiene un centavo”. En septiembre de 1894 descubrió que “ellos no tienen proyectiles para los cañones Krupp ni tampoco pólvora para los Armstrong”. En la guerra contra Japón sólo participaron el ejército y la flota de China del Norte liderados por Li Hongzhang, no los de China Central ni Sur, y se descubrió que los pañoles de algunos de los barcos chinos estaban llenos de arena en vez de pólvora.

Los japoneses, que en 1894 entraron a Corea supuestamente para someter a los rebeldes coreanos, vencieron al ejército de Li y, en una de las primeras batallas navales modernas, frente al río Yalu, hundieron o derrotaron a los barcos de su flota; el líder de ésta era un viejo general de caballería que dispuso sus barcos en línea como para una carga de caballería, mientras los japoneses se dividían en dos columnas para rodearlos. Hoy, los turistas que visitan el barco de mármol que se encuentra en el lago del Palacio de Verano, a la salida de Pekín, debieran ser capaces de imaginar una leyenda de este tipo: “In memoriam: aquí yace lo que podría haber sido la marina de los Qing tardíos”.

Desde nuestra perspectiva actual, lo más sorprendente es que la responsabilidad de la primera guerra de la época moderna de China haya recaído sobre los hombros de un funcionario provincial, como si simplemente se hubiera tratado de que él debía defender su parte de la frontera. Por supuesto, a la dinastía manchú se le ha culpado por su ineptitud no nacionalista, pero el problema iba más allá del origen no chino de la dinastía; obviamente, la falla residía en la monarquía imperial en sí misma, en la superficialidad de su administración, en su incapacidad constitucional para convertirse en un gobierno centralizado moderno.

La dinastía Qing había logrado sobrevivir a las rebeliones del pueblo chino, pero ahora las relaciones internacionales se le escapaban de las manos. El resultado de la victoria japonesa sobre China fue una década de rivalidades imperiales en el Lejano Oriente. Para pagar las indemnizaciones de guerra, China se endeudó con tenedores de bonos europeos; en 1898, Rusia, Alemania, Gran Bretaña, Japón y Francia mantenían o reclamaban sus respectivas esferas de influencia en China, las que habitualmente consistían en un puerto principal como base naval, un ferrocarril que atravesara su zona interior, y minas para su explotación. Con el objeto de detener a Japón, China invitó a Rusia a ingresar a Manchuria; pero la guerra ruso- japonesa de 1905 dejó a Rusia confinada en el norte y a Japón triunfante en Manchuria del Sur y Corea.

En definitiva, China parecía a punto de sucumbir. ¿Podría salvarla una moderna generación con una nueva enseñanza? ¿Podría inspirar esta nueva enseñanza una regeneración nacional bajo un fuerte poder gobernante?

La lucha cristiano-confuciana

Para la mayoría de los chinos, los misioneros cristianos sólo eran el brazo ideológico de la agresión extranjera. El conflicto con ellos, que surgió en el siglo XVII y se reanudó en el XIX, se desarrolló paralelamente a nivel político, a nivel intelectual y a nivel social.

Políticamente, el cristianismo era heterodoxo. En un principio parecía sólo otra secta de tipo budista, con un sistema de creencias, un salvador, culpabilidad moral y una manera de compensarla: todos ellos elementos presentes en casi todas las religiones. Hacía ya mucho tiempo que las sectas religiosas, como la del Loto Blanco, estaban prohibidas en China, por lo que generalmente debían constituirse en organizaciones secretas. En 1724, después de que el espectacular trabajo de los jesuítas en el 1600 tropezara con la Controversia de los Ritos que lanzó al Papa de Roma en contra del emperador de China, el cristianismo fue prohibido, y dicha prohibición no fue levantada sino hasta 1846, a raíz de la insistencia francesa. En el intertanto, las comunidades católicas romanas chinas sobrevivieron, pero los sacerdotes extranjeros debían trabajar en forma clandestina.

Los misioneros protestantes eran reformistas de corazón y por vocación; enseguida sus esfuerzos entraron en conflicto con el establishment confuciano, el que sustentaba su propio tipo de reforma. Los misioneros y la élite de la nobleza china eran rivales naturales. Ambos grupos eran privilegiados, inmunes a la coerción del magistrado; ambos eran maestros de una doctrina cósmica: la rivalidad era inevitable. Paul Cohén cita como ejemplo a un antiguo misionero que, tras la cortesía y el refinamiento externos de la élite confuciana, no veía “nada que no fuese astucia, ignorancia, grosería, vulgaridad, presunción arrogante y un odio inveterado hacia todo lo extranjero”. Este punto de vista era recíproco. Para la nobleza de los eruditos, los misioneros eran subversivos extranjeros cuya enseñanza y conducta inmorales estaban respaldadas por las cañoneras. Los patriotas conservadores odiaban y temían a estos intrusos, pero los tiempos modernos trajeron consigo su derrota, por lo que gran parte de los registros históricos hasta ahora disponibles son polémicos o bien son obra de los victoriosos misioneros y los chinos cristianos. La historia, tan hábilmente resumida por Cohén (en CHOC 10), registra pocos chinos convertidos a la fe cristiana, pero sí una influencia generalizada de los enérgicos misioneros.

El período comprendido entre 1860 y 1900 fue testigo de la expansión gradual de misiones en cada provincia, según el derecho de extraterritorialidad consignado en los tratados y asimismo según el derecho de residencia nacional introducido secreta e ilegalmente en un tratado por un devoto intérprete francés. Hacia el año 1894, y apoyándose en sus antiguos cimientos, la iglesia católica romana totalizaba alrededor de 750 misioneros europeos, 400 sacerdotes nativos y más de medio millón de comulgantes. Las misiones protestantes se habían iniciado en Cantón, donde después de 1807 la Compañía Británica de las Indias Orientales dio empleo a Robert Morrison. Los primeros norteamericanos llegaron en 1830. Para 1894 el esfuerzo de la misión protestante sustentaba a más de 1.300 misioneros, principalmente británicos, norteamericanos y canadienses, y mantenía cerca de 500 misiones -cada una con su iglesia, residencias, capillas, generalmente una pequeña escuela, y en lo posible un hospital o dispensario- en aproximadamente 350 ciudades y pueblos. Sin embargo, no lograron convertir ni siquiera a sesenta mil chinos; definitivamente, China no estaba destinada a convertirse en una nación cristiana.

Después de 1860 el mayor contacto comenzó a producir continuos roces entre la nobleza y los misioneros. Un movimiento militante anticristiano organizó la defensa ideológica y fomentó la acción violenta, especialmente entre los habitantes de Hunan que se habían resistido a los “cristianos” Taiping. Como era de esperar, la nobleza esparcía rumores de inmoralidad misionera al ver a hombres y mujeres orando juntos. Una chocante literatura pornográfica, revivida del siglo XVII, describía las brutales orgías de sacerdotes, monjas y conversos. La nobleza sólo debía colgar un pasquín fijando la hora y el lugar donde debía reunirse el pueblo para provocar un alboroto. Miles de incidentes se sucedieron, y cientos de ellos fueron reportados a través de canales diplomáticos por los misioneros, que exigían compensaciones y protección oficial a su derecho al proselitismo, sancionado por tratado.

La amenaza de las cañoneras obligó a los funcionarios Qing a ponerse del lado de los extranjeros para hacer cumplir los tratados, dañando el prestigio de la dinastía. Los católicos, en especial, apoyaban a sus conversos en los litigios. Los franceses, cuyo comercio con China era escaso, eran los grandes adalides de las misiones católicas, cuyos obispos exigían y en ocasiones recibían una suerte de status oficial.

Los misioneros protestantes, por su parte, organizados bajo una docena de denominaciones, se vieron tempranamente enfrentados a una lucha por dominar el lenguaje chino y desarrollar la terminología necesaria para transmitir su mensaje. China contaba con un vocabulario completo para designar a Dios, el alma, el pecado, el arrepentimiento y la salvación. Los misioneros traductores debieron abstenerse de utilizarlo: si se servían del término ya establecido, que por lo general provenía del budismo, no podían hacer del cristianismo algo diferente; pero si utilizaban un neologismo no era tan fácil darse a entender. Donde más grave se tornó este problema fue en un aspecto esencial del cristianismo, el término para designar a Dios. Después de mucho discutir, los católicos llegaron a la denominación de Señor de los Cielos, algunos protestantes prefirieron Señor en las Alturas, y otros, Espíritu Divino. La traducción de la Biblia al chino produjo un impasse, en el cual los misioneros no pudieron

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