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Tales recetarios sostuvieron la arquitectura ideológica sobre la que se apoyó la intervención desreguladora y privatizadora del Estado Nacional durante los 90, particularmente en el campo de las telecomunicaciones y de los medios audiovisuales. En 1997 la Secretaría a cargo de Kammerath adjudicó a la empresa francesa Thompson un contrato por 500 millones de dólares para la privatización del control del espacio radioeléctrico. Di- cha concesión fue anulada en el año 2004, por gravísimas irregularidades en su tramitación y con una investigación por corrupción abierta en la justicia.

33 Primera Conferencia Mundial de Desarrollo de las Telecomunicaciones (CMDT-

94). Declaración de Buenos Aires sobre el Desarrollo Mundial de las Telecomuni- caciones de cara al Siglo XXI. Del 21 al 29 de marzo de 1994.

En la superficie de aquellos negocios, el funcionario interrogaba en sus intervenciones públicas: “¿Por qué no proporcionar computadoras y acceso a Internet a los chicos que viven en naciones donde la comida, la vestimenta y la medicina son inadecuadas?”34.

El nuevo orden se postula entonces como un camino eficaz para lograr la justicia social, la paz o el progreso. El nuevo Big Bang civiliza- torio puede, incluso, detener el tiempo. El politólogo norteamericano Francis Fukuyama adelantó, en ese contexto, el “fin de la historia”, convocando a un imaginario en que el ocio y el confort dominarían las preocupaciones humanas y edificando un paradigma de pax global sobre la base del progreso científico-tecnológico.

En el trasfondo de estos relatos voluntaristas y funcionales a las nuevas ecuaciones de poder global subyacen la fragmentación de las sociedades salariales y las gigantescas migraciones humanas en busca de nuevos horizontes de trabajo, cuando no de puro escape al hambre y la pobreza extrema.

“La disputa por cómo se integran y cómo compiten económica- mente América Latina, Europa y Estados Unidos es también una dispu- ta por cómo se narran las convergencias y los conflictos”, dice Néstor García Canclini, y se pregunta:

“¿Pueden los viejos relatos que organizaron las expectativas de los migrantes y los acuerdos que en otra etapa de la división inter- nacional del trabajo rigieron los intercambios incluir ahora nuevos procesos: los exilios políticos y las migraciones de la globalización, el imaginario de los turistas, las recientes formas de discriminación, la recomposición de las tradiciones locales y regionales, de lo latino y lo anglo, bajo las estrategias mediáticas transnacionales? No solo ha cambiado lo que hay que narrar sino quiénes lo hacen. Aunque la escuela, los museos y los libros siguen conformando la mirada sobre los otros, los actores de la cultura letrada son desplazados por la comunicación audiovisual y electrónica, los organismos públicos de cada nación por empresas transnacionales”35.

34 Kammerath, op. cit., UIT, 1997. 35 García Canclini, Néstor, op. cit., p. 77.

La Argentina, que amputó en la década perdida de los 90 sus posibi- lidades tecnológicas –en energía atómica, cohetería inteligente, investi- gación científica e informática– desmantelando el Estado y el complejo industrial preexistente y endeudándose, llegó a poner, además, las tres cuartas partes de su dispositivo de telecomunicaciones, distribución y producción audiovisual en manos extranjeras durante la euforia neoli- beral. Destruyó sus posibilidades de soberanía científica y tecnológica en nombre del ingreso al supuesto mundo de la ciudadanía digital.

Carente de autonomía nacional y de proyecto propio, la Argentina terminó el siglo desbarrancándose por la ladera de una crisis que puso en peligro su existencia. Llegó hasta allí empujada no solo por las tesis de subordinación demandadas por los organismos financieros interna- cionales, sino también por la claudicación cultural de haber resignado un proyecto propio. El falso paradigma de la “solución tecnológica” para todos los males –inclusive los de la desigualdad social– también fue parte de aquellas complicidades.

La escandalosa privatización del control del espacio radioeléctrico en 1997 –que terminó con Kammerath procesado por una presunta estafa millonaria– permitió a la empresa Thales Spectrum (continuidad de la francesa Thomson, tercer exportador mundial de armas) una gigantesca facturación por el monitoreo del espectro asignado a radio- difusión y telefonía celular.

En el epílogo del descalabro y cuando intentaba postularse para un tercer mandato, el ex presidente Menem insistía en que su política para las telecomunicaciones podía resolver la pobreza espantosa que había generado al cabo de diez años de gestión, empeorados luego por la efímera experiencia de la Alianza. Decía –al finalizar 2002– que la infraestructura del sector permitiría “la inserción internacional de la Argentina, su economía y su cultura” y también que “nos ayudarán a solucionar las emergencias del hambre y la inseguridad”36.

El paradigma de la globalización, entendida como promesa de aldea universal, también fue funcional al rediseño del poder internacional. El trabajo realizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desa- rrollo (PNUD) sobre la democracia en América Latina subrayaba que la

36 El proyecto tecnológico de Carlos Menem (PJ) “Combatiremos el hambre con

globalización no cambió las riendas de lugar: “el mundo está en todas partes, pero el poder del mundo no”.

“Los poderes exteriores han dejado de ser exteriores, son tan inte- riores como los locales. Condicionan o determinan las decisiones del Estado y su campo no se limita a las finanzas o el comercio. Abarcan crecientemente las cuestiones políticas, de seguridad y or- ganización interior, de los sistemas de seguridad sociales, educati- vos y de salud. Es necesario, en consecuencia, ampliar el debate sobre la globalización en dos áreas: por un lado, para dimensionar el impacto real en términos de la soberanía interior de los Estados; en segundo lugar, cómo concebir las estrategias posibles para au- mentar las capacidades nacionales y regionales, para que el poder nacional no se extinga en nombre de un incontrolable poder global. La globalización ha hecho que el mundo exterior esté en el interior de nuestras sociedades. El mundo está en todas partes. Pero el po- der del mundo no”37.

El despliegue de las tecnologías digitales coincidió con –y aprovechó simbólicamente– las circunstancias del cambio de siglo y de milenio para presentarse como el advenimiento del futuro. La reestructuración instó a países como Argentina a transferir al mercado global la capaci- dad de decisión en materia audiovisual.

“En los mismos años en que se produjo esta reestructuración y ex- pansión mundializada de las industrias culturales, con apoyos protec- cionistas para su propia producción en Estados Unidos y los países europeos, los gobiernos latinoamericanos privatizaron canales de te- levisión, redujeron sus créditos para filmar, y en general las inversio- nes estatales en los campos audiovisual y editorial. Mientras la radio y la televisión se convirtieron en los principales medios de difusión de informaciones y diversión, transmisión de alta cultura, escenario de la vida pública y estímulo al consumo, los gobiernos decidieron que no tenían nada que hacer ni decir en ellos. Nuestra dependen- cia se acentúa al no desarrollar con orientación endógena esta rama productiva que (…) genera más empleos modernos, con alto com-

ponente de valor agregado, altos salarios, y posibilidades de ascenso ocupacional”38.

En la práctica, Argentina adoptó un conjunto de políticas y accio- nes hacia la nueva matriz. No solo mediante las privatizaciones y la desregulación (o re-regulación a favor de los poderosos, como opinan algunos expertos), sino a través de documentos públicos internaciona- les como el ya mencionado Tratado con Estados Unidos que liberó el área de las comunicaciones a los capitales norteamericanos sin ningu- na cláusula de reciprocidad efectiva39.

Trabajadores de radio y televisión, de prensa y publicidad, actores, locutores y operadores constituyeron –al comenzar la década neolibe- ral– una organización que denunció ese y otros tratados, reclamando su propia inclusión en la denominada Sociedad de la Información:

“El fin de siglo, de la mano de la post modernidad y el neoliberalismo (que aunque no actúen de consuno si influyen simultáneamente) nos ofrecen un panorama internacional preñado de ‘triunfalismo tecno- lógico’ irreflexivo que tiende a negar al hombre y su identidad cultural como centro de las preocupaciones del desarrollo”40.

Los gremios de la comunicación nucleados en COSITMECOS advirtie- ron, además, que en ese contexto de apertura y privatizaciones se profun- dizan la desocupación y la exclusión de trabajadores y ciudadanos.

Grupos financieros como el Citigroup Equity Investiments (CEI)41, y

diversos fondos de inversión como HMTF (Hicks, Muse, Tate & Furst) con sede en Dallas, Texas, pasaron a ocupar posiciones controlado- ras en telefonía (Telefónica de Argentina y sus satélites) y en medios de comunicación mediante la transferencia irregular de canales abier- tos, sistemas de cable y empresas editoriales. El acuerdo con EE.UU.

38 García Canclini, Néstor, op. cit., p. 156.

39 Lazzaro, Luis, “La reinvención del mundo”, La Maga, 1999.

40 “El espacio audiovisual y la democracia”. Confederación Sindical de Trabajado-

res de los Medios de Comunicación Audiovisual (COSITMECOS), 30/11/1995, Néstor Cantariño, Secretario General.

se extendió luego a la televisión satelital directa mediante convenios que Menem firmó en Washington y que entusiastamente saludaron los socios de Galaxy Latin America (General Motors, Hughes, Cisneros, Multivisión y editorial Abril) junto con su representante local, Galaxy Entertainment Argentina (GEA), a cargo del grupo Clarín (AT&T, TCI, US WEST).

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