"SABÍAMOS DE CRISTO"
os testimonios de Nefi, Jacob e Isaías se nos presentan como los tres primeros y grandes testigos que están en la puerta de entrada al Libro de Mormón, testificando de Cristo. Sin embargo, la venida de Cristo y la
elleza de Su mensaje fueron enseñados ampliamente a lo largo de todo el Libro de Mormón'. En efecto, Nefi, Jacob e Isaías vieron reafirmados sus propios testimonios por la declaración de otros profetas antes que ellos. Obviamente, los profetas posteriores vieron sus afirmaciones fortalecidas por estos tres, y de esta forma las declaraciones proféticas y de refuerzo sobre Cristo se despliegan por todo el Libro de Mormón.
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De hecho, el tema "Jesús es el Cristo", que predomina en todo el libro, sugiere que una forma de leer y recordar este registro sagrado es el de avanzar, en efecto, de una enseñanza sobre el Salvador a la siguiente. Estos discursos surgen con cierta regularidad, como una especie de vistas panorámicas para el necesitado viajero, y conducen de forma elevada al lector a lo largo de todo el Libro de Mormón, de principio a fin. Tras haber introducido esta idea con las enseñanzas de cuatro grandes profetas, parece útil combinar aquí, en una especie de resumen, las enseñanzas y los sermones restantes, grandes o pequeños, que hablan del Salvador hasta la época de Su aparición en el Nuevo Mundo, haciendo hincapié en lo extendida que estaba "la doctrina de Cristo" entre los antiguos profetas y cuán ampliamente la enseñaban. El título de este capítulo amalgamador - "Sabíamos de Cristo" - procede del testimonio de esos testigos mismos, con los sermones o subdivisiones identificados por los sacerdotes y maestros que nos los hicieron llegar: los profetas de las planchas menores; el rey Benjamín; Abinadí; Alma, padre; Alma, hijo; Amulek; los hijos de Mosíah; el capitán Moroni; los posteriores Nefi y Lehi; y Samuel el lamanita.
LOS PROFETAS DE LAS PLANCHAS MENORES
Como ya se apuntó en gran detalle en el capítulo tres de este libro, los escritos de Nefi documentan el propósito compartido y la práctica común de los profetas del Libro de Mormón que dieron testimonio de Cristo y de Su ministerio. Él registró el ministerio del Salvador, incluyendo los dolorosos detalles de la crucifixión, con el propósito expreso de que su pueblo pudiera conocer más plenamente a Cristo y aceptar Sus enseñanzas: "Yo, Nefi, he escrito estas cosas a los de mi pueblo, para que tal vez los persuada a que se acuerden del Señor su Redentor...
"Pues he aquí, siento estremecimientos en el espíritu, que me agobian al grado de que se debilitan todas mis coyunturas, por los que se hallan en Jerusalén; porque si el Señor en
su misericordia no me hubiera manifestado lo concerniente a ellos, así como lo había hecho a los antiguos profetas, yo también habría perecido.
"Y ciertamente él mostró a los antiguos profetas todas las cosas concernientes a ellos. Jacob y Nefi, en este orden, mencionaron el nombre que tendría el Mesías, pero Nefi se apresuró a reconocer que otros antiguos profetas también lo conocían: "Según las palabras de los profetas, el Mesías viene seiscientos años a partir de la ocasión en que mi padre salió de Jerusalén; y según las palabras de los profetas y también las palabras del ángel de Dios, su nombre será Jesucristo, el Hijo de Dios.
Jacob, el hermano de Nefi, cuyas enseñanzas del Salvador hemos revisado a fondo en el capítulo cuatro, acompañó ese reconocimiento con un testimonio de la amplia revelación y lo extendido del conocimiento de Cristo que habían recibido esos antiguos profetas, y escribió: "Porque hemos escrito estas cosas para este fin, que sepan que nosotros sabíamos de Cristo y teníamos la esperanza de su gloria muchos siglos antes de su venida; y no solamente teníamos nosotros una esperanza de su gloria, sino también todos los santos profetas que vivieron antes que nosotros.
"He aquí, ellos creyeron en Cristo y adoraron al Padre en su nombre; y también nosotros adoramos al Padre en su nombre. Y con este fin guardamos la ley de Moisés, dado que orienta nuestras almas hacia él...
"Por tanto, escudriñamos los profetas, y tenemos muchas revelaciones y el espíritu de profecía; y teniendo todos estos testimonios, logramos una esperanza, y nuestra fe se vuelve inquebrantable, al grado de que verdaderamente podemos mandar en el nombre de Jesús, y los árboles mismos nos obedecen, o los montes, o las olas del mar".
Con ese sentimiento audaz y persuasivo, Jacob suplicó a sus hermanos: "He aquí, ¿rechazaréis estas palabras? ¿Rechazaréis las palabras de los profetas; y rechazaréis todas las palabras que se han hablado en cuanto a Cristo, después que tantos han hablado acerca de él? ¿y negaréis la buena palabra de Cristo y el poder de Dios y el don del Espíritu Santo, y apagaréis el Santo Espíritu, y haréis irrisión del gran plan de redención que se ha dispuesto para vosotros?.
Pero poco después llegó uno haciendo exactamente esas cosas. Sherem, el primero de los anticristos mencionados en el Libro de Mormón, vino declarando "que no habría ningún Cristo" e intentó por todos los medios posibles "derribar la doctrina de Cristo. Sabiendo que Jacob "tenía fe en Cristo, que habría de venir", Sherem hizo un esfuerzo particularmente perverso por enfrentarse a él y desafiar la práctica de lo que Sherem llamó "el evangelio o la doctrina de Cristo" con "un conocimiento perfecto de la lengua del pueblo", incluyendo gran habilidad para hablar halagadora y poderosamente, y basó su argumento en el tediosamente previsible razonamiento de todos los anticristos del Libro de Mormón: "Nadie sabe en cuanto a tales cosas; porque nadie puede declarar lo que está por venir".
Recogiendo el guante del reto, Jacob le preguntó: "¿Crees tú en las Escrituras?" Sherem respondió: "Sí".
"Entonces no las entiendes", contestó Jacob, "porque en verdad testifican de Cristo. He aquí, te digo que ninguno de los profetas ha escrito ni profetizado sin que haya hablado concerniente a este Cristo".
En cierto modo es un tributo a Jacob el que finalmente Sherem reconociera su fatal fraudulencia, y en su lecho de muerte "negó las cosas que les había enseñado, y confesó al Cristo y el poder del Espíritu Santo y la ministración de ángeles...
"Y dijo: Temo que haya cometido el pecado imperdonable, pues he mentido a Dios; porque negué al Cristo, y dije que creía en las Escrituras, y éstas en verdad testifican de él".
Poco después, Enós, hijo de Jacob, tuvo una experiencia espiritual memorable debido a su fe en Cristo, un ser de quien la voz celestial le dijo: "A quien nunca jamás has oído ni visto". Del mismo modo, Jarom, hijo de Enós, señaló que los profetas (en plural) del Señor trabajaron "persuadiéndolos a mirar adelante hacia el Mesías y a creer en su venida como si ya se hubiese verificado". Amalekí, descendiente de Jarom, entregó los anales al rey Benjamín, "exhortando a todos los hombres a que vengan a... Cristo, el cual es el Santo de Israel, y [participen] de su salvación y del poder de su redención. Sí, venid a él y ofrecedle vuestras almas enteras como ofrenda"".
Estos pasajes marcan la conclusión de las planchas menores de Nefi, completadas unos 130 años antes del nacimiento de Cristo. Dado que la transición se hace al compendio que Mormón realizó de las planchas mayores de Nefi, el hincapié en Cristo, Sus doctrinas, Sus enseñanzas y la certeza de Su ministerio mortal continúa sin disminuir, aunque en un contexto más temporal y con un formato mucho más editado.
EL REY BENJAMÍN
En el primero de los sermones registrados por Mormón (en el Libro de Mormón tal y como ahora lo tenemos), el rey Benjamín pronunció un magnífico sermón sobre el sufrimiento y la Expiación de Cristo, el papel de la justicia y la misericordia, y la necesidad de tomar sobre nosotros el nombre de Cristo en una relación establecida mediante convenio - verdades que le habían sido reveladas "por un ángel de Dios". También él volvió a hacer hincapié en que todos los santos profetas han enseñado esto y que ellos, al igual que Jarom, enseñaron el "presente eterno" de la vida del Salvador. Considere las siguientes verdades tomadas del singular sermón del rey Benjamín:
. Cristo, que reina "de eternidad de eternidad, [descendería] del cielo entre los hijos de los hombres; y [moraría] en un tabernáculo de barro".
. Cristo efectuaría "grandes milagros" incluyendo el sanar enfermos, resucitar a los muertos, hacer que los cojos anden, que los ciegos reciban la vista y que los sordos oigan; y curar todo tipo de enfermedades y echar fuera los demonios, o los malos espíritus "que moran en el corazón de los hijos de los hombres"",.
. El Salvador sufriría tentaciones, hambre, sed, fatiga y "dolor en el cuerpo", más de lo que el hombre puede sufrir "sin morir"".
. En Sus padecimientos durante la Expiación, la sangre le saldría por cada poro, tan grande sería Su angustia por los pecados y el sufrimiento de la humanidad.
. Se llamaría Jesucristo, .el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el creador de todas las cosas desde el principio..
. Su madre se llamaría María.
. Su propio pueblo lo rechazaría, considerándolo tan sólo como un hombre. Le acusarían de tener un mal espíritu, un diablo; lo azotarían y lo crucificarían.
. Al tercer día se levantaría de los muertos.
. Se presentaría para juzgar al mundo con un justo juicio, por lo cual "todas estas cosas se hacen".
. La sangre de Cristo expiaría por todos aquellos que pecan y son ignorantes de "la voluntad de Dios concerniente a ellos".
. Para todos los demás que pecan a sabiendas y se rebelan "contra Dios", se hace necesario el arrepentimiento.
. Se mostrarían muchas "señales, y maravillas, y símbolos, y figuras" a la casa de Israel, incluyendo la ley de Moisés, la cual indicaba a la gente la venida de Cristo. No obstante, endurecieron el corazón y la cerviz y no entendieron que la ley de Moisés "nada logra salvo que sea por la expiación de [la] sangre [de Cristo]".
. No se daría "otro nombre, ni otra senda ni medio" por el cual viniera la salvación, sino únicamente en "el nombre de Cristo, el Señor Omnipotente" y por medio de Él.
No obstante lo reveladoras y detalladas que son estas enseñanzas, el rey Benjamín relacionó su aplicación doctrinal más sólida de la enseñanza de Cristo con el estado y circunstancias de los niños pequeños, los cuales sirven como elementos ideales y representativos del amor de Cristo y son ejemplos puros de Su humildad.
Los niños pequeños no son capaces de pecar, enseñó el rey Benjamín, pero sufren los efectos de la caída de Adán junto con el resto de la familia mortal. A pesar de esto, Cristo expía por toda esa caída y vence la muerte en beneficio de ellos: "El niño que muere en su infancia no perece", dijo el rey Benjamín. De hecho, los adultos serán castigados a menos que se humillen y lleguen a ser como niños pequeños, creyendo que "la salvación fue, y es, y ha de venir en la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente"".
El rey Benjamín declaró en un pasaje memorable en cuanto a la inocente humildad y la confianza necesarias que se requieren de todo discípulo de Cristo: "El hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, se despoje del hombre natural, y se
haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre.
"Y además, te digo que vendrá el día en que el conocimiento de un Salvador se esparcirá por toda nación, tribu, lengua y pueblo.
"Y he aquí, cuando llegue ese día, nadie, salvo los niños pequeños, será hallado sin culpa ante Dios, sino por el arrepentimiento y la fe en el nombre del Señor Dios Omnipotente".
El rey Benjamín recordó a los que le escuchaban que éstas no eran verdades nuevas, aun en el siglo II a. de C. "El Señor ha enviado a sus santos profetas entre todos los hijos de los hombres", dijo el profeta, "para declarar estas cosas a toda familia, nación y lengua, para que así, quienes creyesen que Cristo habría de venir, esos mismos recibiesen la remisión de sus pecados y se regocijasen con un gozo sumamente grande, aun como si él ya hubiese venido entre ellos".
No debe extrañar a nadie que aquellos que escuchaban el cándido mensaje del rey cayeran al suelo y clamaran: "¡Oh, ten misericordia y aplica la sangre expiatoria de Cristo para que recibamos el perdón de nuestros pecados, y sean purificados nuestros corazones; porque creemos en Jesucristo, el hijo de Dios, que creó el cielo y la tierra y todas las cosas; el cual bajará entre los hijos de los hombres!". Su ferviente oración fue oída y ellos fueron llenos de gozo, recibieron una remisión de sus pecados y hallaron paz de conciencia "a causa de la gran fe que tenían en Jesucristo que habría de venir". Como ocurre siempre con los íntegros de corazón, un testimonio tan poderoso de Cristo evocó en ellos una respuesta sincera, y estos creyentes buscaron el establecimiento de un convenio con su Salvador. Tras expresar que se había producido un "potente cambio" en sus corazones, no tenían "más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente". Estaban dispuestos, según declararon, "a concertar un convenio con nuestro Dios de hacer su voluntad y ser obedientes a sus mandamientos en todas las cosas que él nos mande, todo el resto de nuestros días".
El rey Benjamín quedó admirado con esta respuesta de la congregación y les informó que en el proceso de concertar este convenio, se habían convertido en "progenie de Cristo, hijos e hijas de él". "Porque he aquí", les dijo, "hoy él os ha engendrado espiritualmente; pues decís que vuestros corazones han cambiado por medio de la .fe en su nombre; por tanto, habéis nacido de él y habéis llegado a ser sus hijos y sus hijas". Más adelante hablaremos sobre el papel de Cristo como "Padre", pues ésta es una forma apropiada de emplear este título en Aquél a quien por costumbre nos referimos como el "Hijo". Él es el Padre de la vida espiritual redimida y restaurada, es decir, la vida eterna. Los fieles nacen de nuevo - de Cristo, por Cristo y mediante Cristo - cuando este cambio poderoso se lleva a cabo en sus corazones. De la misma forma que es apropiado en el momento de un nuevo nacimiento, se les concede un nombre, y el nombre que los redimidos toman sobre sí es "el nombre de Cristo", evidencia de que los tales han concertado un convenio con Dios de que serían obedientes al Evangelio hasta el fin de sus días.
El rey Benjamín dijo de esta nueva vida e identidad: "Quisiera que os acordaseis de conservar siempre escrito este nombre en vuestros corazones para que... oigáis y conozcáis la voz por la cual seréis llamados". Este nombre tendría un poder vinculante en la eternidad gracias a los convenios concertados en la mortalidad, algo que se observa claramente en esta declaración final del encomiable rey:
"Por tanto, quisiera que fueseis firmes e inmutables, abundando siempre en buenas obras para que Cristo, el Señor Dios omnipotente, pueda sellaros como suyos, a fin de que seáis llevados al cielo, y tengáis salvación sin fin, y vida eterna mediante la sabiduría, y poder, y justicia, y misericordia de aquel que creó todas las cosas en el cielo y en la tierra, el cual es Dios sobre todo".
Es innegable que este sermón contenía un poder espiritual que transponía la claridad de la palabra escrita, pues tras culminar el discurso y desear registrar "los nombres de todos los que habían hecho convenio", este poderoso siervo de Dios se percató de que "no hubo ni un alma, salvo los niños pequeños, que no hubiese hecho convenio y tomado sobre sí el nombre de Cristo". Oh, si nosotros pudiéramos tener sermones semejantes y, aún más importante, que todos los que los oyeran pudieran concertar, en consecuencia, convenios buenos y vinculantes.
ABINADÍ
Abinadí, ese símbolo profético de Cristo cuyo sermón será tratado en detalle más adelante, recalcó el hecho de que en su ministerio no estaba haciendo sino lo que habían hecho sus predecesores y contemporáneos:
"Pues he aquí, ¿no les profetizó Moisés concerniente a la venida del Mesías, y que Dios redimiría a su pueblo? Sí, y aun todos los profetas que han profetizado desde el principio del mundo, ¿no han hablado ellos más o menos acerca de estas cosas?
"¿No han dicho ellos que Dios mismo bajaría entre los hijos de los hombres, y tomaría sobre sí la forma de hombre, e iría con gran poder sobre la faz de la tierra?
"Sí, y ¿no han dicho también que llevaría a efecto la resurrección de los muertos, y que él mismo sería oprimido y afligido?.
En otro de esos consumados sermones sobre el Salvador que se hallan a lo largo y ancho del Libro de Mormón, Abinadí hizo las siguientes declaraciones sobre el Hijo de Dios:
. "Dios mismo" expiaría los pecados y las iniquidades de Su pueblo". . Cristo representaría los papeles mortales de Padre e Hijo.
. La ley de Moisés era un símbolo de Cristo, quien habría de venir". . Cristo moraría en la carne y sufriría tentaciones, mas no cedería a ellas".
. El Salvador permitiría que Su propio pueblo se mofara de Él, lo azotara, lo expulsara y lo repudiara.
. Obraría "muchos grandes milagros" sólo para ser llevado sin resistencia a la crucifixión.
. Su "intercesión por los hijos de los hombres" sería un reflejo de la misericordia y la compasión que le permitirían interceder entre el pueblo y las demandas de la justicia. . En el proceso de la Expiación quebrantaría las ataduras de la muerte, tomaría sobre Sí las transgresiones de todos, satisfaría las demandas de la justicia y redimiría a Su pueblo".
. La "progenie" de Cristo (los "hijos de Cristo" mencionados por el rey Benjamín) serían aquellos que creyesen en los profetas y acudiesen a Cristo en busca de una redención de sus pecados. Por éstos tomaría Cristo los pecados y para ellos sería plenamente eficaz Su muerte.
. De no ser por esta redención y resurrección, toda la humanidad tendría que perecer. . Cristo llevaría a cabo una "primera resurrección" que incluiría a los fieles que vivieran y murieran antes de Su muerte, entre los que se incluyen los niños pequeños y aquellos que habrían muerto en su madurez sin un conocimiento del Evangelio.
. No habría resurrección de los rebeldes en la época de la resurrección de Cristo (o "la primera resurrección" ).
Estas verdades, testificó, han constituido "las palabras de los profetas, sí, todos los santos profetas que han profetizado concerniente a la venida del Señor". Entonces Abinadí procedió a concluir su magistral sermón con esta declaración: "Si Cristo no hubiese venido al mundo, hablando de cosas futuras como si ya hubiesen acontecido, no habría habido redención.
"Y si Cristo no hubiese resucitado de los muertos, o si no hubiese roto las ligaduras de