5 Research Findings
5.3 Resource allocation and Purchasing
R. Sí, ciertamente me acuerdo de eso, ¡pero qué diferencia entre mi estado de entonces y el de hoy! Entonces la materia me estrechaba todavía con su red inflexible, quería descartarme de una manera más absoluta, y no podía. Hoy soy libre, un vasto campo, el de lo desconocido, se abre ante mí, y espero, con vuestra ayuda y la de los buenos espíritus, a los cuales me recomiendo, avanzar y penetrarme lo más rápidamente posible de los sentimientos que es preciso experimentar y de los actos que es preciso cumplir, para cruzar el sendero de la prueba y merecer el mundo de las recompensas. ¡Qué majestad! ¡Qué grandeza! Es casi un sentimiento de espanto el que domina cuando, débiles como somos, queremos fijarnos en las sublimes claridades.
P. En otra ocasión tendremos el mayor gusto en continuar esta conversación, cuando tengáis a bien venir entre nosotros.
R. He contestado sucintamente y sin orden a vuestras diversas preguntas. No pidáis demasiado incluso a vuestro fiel discípulo. No estoy enteramente libre. Hablaros siempre sería mi
mayor placer. Mi guía modera mi entusiasmo, y he podido apreciar lo bastante su bondad y su justicia para dejar de someterme enteramente a su decisión, por más que sienta que me interrumpan. Me consuelo cuando pienso que podré venir a menudo de incógnito a asistir a vuestras reuniones. Algunas veces os hablaré, os amo y quiero probároslo. Pero otros espíritus más adelantados que yo reclaman la preferencia, y debo retirarme ante ellos, que han querido permitir a mi espíritu la mayor expansión al cúmulo de ideas que tenía reunidas.
Os dejo, amigos, y os debo estar doblemente agradecido, no sólo a los espiritistas que me habéis llamado, sino también a este espíritu que ha tenido la bondad de permitir que ocupara su puesto, y que en su vida llevaba el nombre ilustre de Pascal.
El que fue y será siempre el más apasionado de vuestros adeptos.
Dr. Vignal
Víctor Lebufle
Joven práctico, perteneciente al puerto de El Havre, muerto a la edad de veinte años. Habitaba con su madre, modesta revendedora, a la cual dedicaba los cuidados más tiernos y más afectuosos, y la sostenía con el producto de su rudo trabajo. Jamás se le vio frecuentar las tabernas, ni entregarse a los excesos tan frecuentes en su profesión, porque no quería distraer la menor parte de su ganancia del piadoso uso a que la consagraba. Todo el tiempo que no estaba ocupado en su oficio, lo dedicaba a su madre para evitarle cansancio. Atacado desde largo tiempo por la enfermedad, de la cual conocía que debía morir, ocultaba sus sufrimientos por miedo de causarle inquietud y de que no quisiese encargarse ella misma de sus ocupaciones. Era preciso que este joven tuviese un gran fondo de cualidades naturales, y gran fuerza de voluntad, para resistir, en la edad de las pasiones, a las perniciosas tentaciones del centro en que vivía. Era de una piedad sincera, y su muerte ha sido edificante.
La víspera de ella exigió de su madre que fuese a descansar un poco, diciéndole que él también tenía necesidad de dormir. Aquélla tuvo entonces una visión. Se encontraba, según dice, en una gran oscuridad. Después vio un punto luminoso que se engrandecía poco a poco y la habitación se encontró iluminada por una brillante claridad, de la cual se destacó la figura de su hijo, radiante y elevándose en el espacio infinito. Comprendió que su fin estaba próximo. En efecto, al día siguiente su alma bella había dejado la tierra, mientras sus labios murmuraban una oración.
Una familia espiritista que conocía su admirable conducta y se interesaba por su madre que quedaba sola, había tenido la intención de evocarle poco tiempo después de su muerte. Pero se manifestó espontáneamente, dando la comunicación siguiente:
“Deseáis saber lo que soy ahora: muy dichoso, ¡oh! ¡Muy dichoso! No contéis para nada los sufrimientos y las angustias, porque son origen de bendiciones y de felicidad más allá de la tumba. ¡La dicha! No comprendéis lo que esta palabra significa. Las felicidades de la Tierra están tan distantes de lo que sentimos cuando volvemos hacia el Señor con una conciencia pura, con la confianza volvemos del servidor que ha cumplido bien su deber, y que espera, lleno de alegría, la aprobación de aquel que lo es todo.
“¡Oh! Amigos míos, la vida es penosa y difícil si no miráis el fin. Pero, os lo digo en verdad, cuando vengáis entre nosotros, si vuestra vida ha sido según la ley de Dios, seréis recompensados mucho más de los sufrimientos y de los méritos que creéis haber ganado para el cielo. Sed buenos, sed caritativos, con esa caridad desconocida por muchos de entre los hombres, que se llama benevolencia. Socorred a vuestros semejantes. Haced por ellos lo que se hiciese por vosotros mismos. Porque ignoráis la miseria íntima y conocéis la vuestra. Socorred a mi madre, mi pobre madre, mi único recuerdo de la Tierra. Debe sufrir otras pruebas y es necesario que llegue al cielo.
Víctor El guía del médium:
“Los sufrimientos que se tienen durante una encarnación terrestre, no siempre son un castigo. Los espíritus que por la voluntad de Dios vienen a cumplir una misión en la Tierra, como el que acaba de comunicarse a vosotros, son felices cuando sufren los males que para otros serían una expiación. Durante el sueño van a refrescar su espíritu cerca del Altísimo, y Éste les da la fuerza para soportarlo todo para su mayor gloria. La misión de este espíritu, en su última existencia, no era una misión brillante. Pero aunque haya sido oscura, no por eso ha tenido menos mérito, porque no podía ser estimulado por el orgullo. Tenía desde luego que cumplir un deber de reconocimiento hacia la que fue su madre. Debía enseguida demostrar que en los malos centros pueden encontrarse almas puras, de sentimientos nobles y elevados, y que con la voluntad se puede resistir a todas las tentaciones. Ésta es una prueba de que las cualidades tienen una causa anterior, y su ejemplo no habrá sido estéril.”
La Sra. Anais Gourdon
Joven, notable por la dulzura de su carácter y por la más eminentes cualidades morales, murió en noviembre de 1860. Pertenecía a una familia de trabajadores en las minas de carbón de las cercanías de Saint Etienne, circunstancia importante para apreciar su posición como espíritu.
Evocación.
R. Aquí estoy.
P. Vuestro esposo y vuestro padre me han pedido que os llamara. Estarían muy satisfechos si obtuviesen una comunicación vuestra.
R. Me alegro mucho de poderla dar.
P. ¿Por qué habéis sido arrebatada tan joven al afecto de vuestra familia? R. Porque terminaba mis pruebas terrestres.
P. ¿Los vais a ver algunas veces? R. ¡Oh! Estoy a menudo a su lado. P. ¿Sois feliz como espíritu?
R. Soy feliz, espero, aguardo, amo. Los cielos no me causan terror, y aguardo con confianza y amor que las blancas alas me empujen.
P. ¿Qué entendéis por blancas alas?
R. Entiendo venir a ser espíritu puro, y resplandecer como los mensajeros celestes que me deslumbran.
Las alas de los ángeles, arcángeles y serafines, que son espíritus puros, no son evidentemente sino un atributo imaginado por los hombres, para pintar la rapidez con que se transportan, porque su naturaleza etérea no necesita de ningún sostenimiento para recorrer los espacios.
Pueden, sin embargo, aparecer a los hombres con este accesorio, para responder a su pensamiento, como otros espíritus toman la apariencia que tenían en la Tierra para hacerse reconocer.
P. ¿Vuestros parientes pueden hacer algo que os sea agradable?
R. Pueden estos seres queridos no entristecerme con su pesar, pues saben que no me he perdido para ellos, que mi pensamiento les sea dulce, ligero y perfumado de su recuerdo. He pasado como una flor, y nada triste debe quedar de mi rápido pasaje.
P. ¿En qué consiste que vuestro lenguaje es tan poético y tan poco en relación con la posición que teníais en la Tierra?
Dios que espíritus inteligentes se encarnen entre los hombres más rudos para hacerles presentir las delicadezas que alcanzarán y comprenderán más tarde.
Sin esta explicación tan lógica y tan conforme con la solicitud de Dios por sus criaturas, con dificultad nos daríamos cuenta de lo que desde luego podría aparecer como una anomalía. En efecto, ¿qué circunstancia es más encantadora y poética que el lenguaje del espíritu de esta joven, educada en medio de los más rudos trabajos? El contraste se ve muchas veces. Con un fin opuesto se encarnan espíritus inferiores entre los hombres más adelantados y, para su propio adelanto, Dios les pone en contacto con un mundo ilustrado, y algunas veces, para servir de prueba a este mismo mundo. ¿Qué otra filosofía puede resolver tales problemas?
Mauricio Goutran
Era hijo único, muerto a los dieciocho años de una afección de pecho. Inteligencia rara, razón precoz, gran amor al estudio, carácter dulce, amable y simpático, poseía todas las cualidades que dan las más legítimas esperanzas de un brillante porvenir. Sus estudios habían terminado muy pronto con el mayor éxito, y trabajaba para la escuela politécnica. Su muerte fue para sus padres la causa de uno de esos dolores que dejan señales profundas y tanto más penosas cuanto que, habiendo sido siempre de una salud delicada, atribuían su fin prematuro al trabajo a que le habían dedicado y se lo vituperaban.
“¿Para qué -decían- le sirve ahora todo lo que ha aprendido? Mejor hubiera sido que se hubiese quedado siendo ignorante, porque no tenía necesidad de eso para vivir, y sin duda estaría todavía entre nosotros, y hubiera sido el consuelo de nuestra vejez.” Si hubiesen conocido el Espiritismo, sin duda razonarían de otra manera. Más tarde encontraron en él el verdadero consuelo. La comunicación siguiente la dio su hijo a uno de sus amigos, algunos meses después de su muerte.
P. Mi querido Mauricio, el tierno cariño que teníais por vuestros padres hace que no dude de vuestro deseo en consolarles, si podéis hacerlo. La pena, mejor dicho, la desesperación en que vuestra muerte les ha sumido, altera visiblemente su salud y les tiene disgustados de la vida. Algunas buenas palabras vuestras podrán, sin duda, hacer renacer su esperanza.
R. Mi antiguo amigo, aguardaba con impaciencia la ocasión que me ofrecéis de comunicarme. El dolor de mis padre me aflige, pero se calmará cuando tengan la certeza de que no me han perdido. Es preciso que os ocupéis en convencerles de esta verdad; seguramente lo conseguiréis.
Era necesario este acontecimiento para conducirles a una creencia que hará su dicha, porque les impedirá murmurar contra los secretos de la Providencia. Mi padre, ya lo sabéis, era muy escéptico en cuanto a la vida futura. Dios ha permitido que tuviera esta aflicción para sacarle de su
error.
Nos volveremos a encontrar aquí, en este mundo, donde no se conocen las penas de la vida material y a donde les he precedido. Pero decidles que la satisfacción de volverme a ver les será rehusada como castigo por su falta de confianza en la bondad de Dios. No se me permitirá tampoco el comunicarme con ellos mientras estén en la Tierra. La desesperación es una rebelión contra la voluntad del Todopoderoso, que siempre es castigada con la prolongación de la causa que ha
ocasionado esta desesperación, hasta tanto que al fin uno se somete a ella. La desesperación es un
verdadero suicidio, porque mina las fuerzas del cuerpo, y aquel que abrevia sus días con el pensamiento de escapar más pronto al dolor , se prepara las más crueles decepciones. Por el contrario, para conservar las fuerzas del cuerpo, es preciso el trabajo que ayuda a sobrellevar el peso de las pruebas.
he cesado de estar a vuestro lado más a menudo que cuando vivía en la Tierra. Consolaos, pues, porque no estoy muerto. Estoy más vivo que vosotros. Sólo murió mi cuerpo, pero mi espíritu vive siempre. Es libre, feliz y está al abrigo de las enfermedades, de los achaques y del dolor. En lugar de afligiros, regocijaos de tenerme en un lugar exento de penalidades y de lágrimas, donde el corazón está embriagado de una alegría pura.
¡Oh! Amigos míos, no compadezcáis a los que mueren prematuramente. Es una gracia que Dios les concede para ahorrarles las tribulaciones de la vida. Mi existencia no debía prolongarse mucho más tiempo esta vez en la Tierra. Adquirí en ésta aquella fuerza que debía prepararme para cumplir más tarde una misión más importante. Si hubiera vivido muchos años, ¿sabéis a qué peligros, a qué seducciones me hubiese expuesto? ¿Sabéis que no siendo todavía bastante fuerte para resistir, hubiera sucumbido? ¡Esto podía ser para mí un atraso de muchos siglos! ¿Por qué, pues, sentir lo que me es ventajoso? Un dolor inconsolable, en este caso, acusaría falta de fe, y no podría ser legitimada sino por la creencia en la nada. ¡Oh! Sí, son dignos de compasión los que tienen esa desesperada creencia, porque para ellos no hay consuelo posible. Los seres que les son queridos están perdidos sin remedio, ¡la tumba se ha llevado su última esperanza!
P. ¿Vuestra muerte ha sido dolorosa?
R. No, amigo mío, lo único que he sufrido antes de morir es la enfermedad que me aquejaba. Pero este sufrimiento disminuía a medida que el último momento se acercaba. Después me dormí sin pensar en la muerte. Soñé, ¡oh!, un sueño delicioso. Soñaba que estaba curado. No sufría, respiraba con libertad y con deleite un aire embalsamado y fortificante. Era transportado a través del espacio por una fuerza desconocida. Una luz brillante resplandecía a mi alrededor, pero sin fatigar mi vista. Vi a mi abuelo: no tenía la figura descarnada, sino un aire de frescura y de juventud. Me tendió los brazos y me apretó con efusión sobre su corazón. Una porción de personas, que sonreían, le acompañaban. Todos me acogían con bondad y benevolencia, me parecía reconocerlas, era feliz viéndolas y todos intercambiamos palabras y testimonios de amistad. Pues bien, lo que creía ser un sueño era la realidad: no debía despertarme más en la Tierra, me había despertado en el mundo de los espíritus.
P. ¿Vuestra enfermedad no tendría por causa vuestra demasiada asiduidad en el estudio? R.. ¡Oh, persuadíos de que no! El tiempo que debía vivir en la Tierra estaba determinado y nada podía retenerme en ella. Mi espíritu, en sus momentos de separación, lo sabía muy bien, y se
gozaba pensando en su próxima libertad. Pero el tiempo que he pasado ahí lo he aprovechado, y ahora me felicito por no haberlo perdido. Los estudios serios que hice han fortificado mi alma y aumentado mis conocimientos. Es otro tanto aprendido, y si no he podido aplicarlo en mi corta morada entre vosotros, lo aplicaré más tarde con más fruto.
Adiós, querido amigo, voy al lado de mis padres para prepararles a recibir esta comunicación.