bankrupt 30. Where an undischarged bankrupt who has been obtaining credit adjudged bankrupt under this Act obtains credit to the extent
36. With respect to the mode of proving debts, the of debts.
La Región de Murcia es una Comunidad Autónoma uniprovincial española, situada en el sudeste de la Península Ibérica, en el extremo suroeste del continente europeo. Al este y noroeste linda con la Comunidad Valenciana, al norte y noroeste con Castilla-La Mancha, al oeste y suroeste con Andalucía, y al sur y sureste con el Mar Mediterráneo. Con sus 11.317 kilómetros cuadrados ocupa el 2,24% del territorio español, y su 1.472.048 habitantes –en 2013– suponían en torno al 3% de la población española. En relación a su Producto Interior Bruto (PIB), es una de las regiones más pobres de España, ocupando el puesto nº 11 con 19.089 € per cápita, y suponiendo el total del PIB nominal unos 28.000 mill. de €.
Imagen: La Región de Murcia en España. Imagen de Wikimedia Commons.
Por sus condiciones físicas y los rasgos morfológicos y edafológicos de los suelos, es sin duda una región de contrastes, desde los amplios litorales mediterráneos hasta las
montañas del centro y norte, pasando por depresiones, llanuras y valles 297.
Prácticamente la mitad de la región se encuentra entre los 200 y los 600 metros de altitud, situándose un cuarto restante por encima de los 600 metros y otro tanto por debajo de los 200. Entre las sierras del centro y norte de la región –La Pila, Ricote, Mojantes, Carrascoy, Burete, etc., con picos de hasta 2.027 metros en el caso de Revolcadores, en Sierra Seca, o el Morrón de Sierra Espuña, con 1.580 metros– y el litoral, transcurre el corredor murciano o depresión prelitoral, enmarcado en la falla del río Guadalentín, llegando hasta el último tramo del gran río de Murcia, el Segura. Por dicho corredor –que atraviesa la región en dirección suroeste-noreste–, encontramos la huerta de Murcia, parte de Cieza, Mula, campos de Cartagena, Mar Menor, Lorca, Mazarrón, Totana, Alhama y Librilla. Al nordeste quedan los altiplanos, con entre 500 y 1.000 metros de altitud, cuyos grandes municipios son Yecla y Jumilla.
Imagen: Las comarcas de la Región de Murcia. Imagen de Wikimedia Commons.
En esta diversidad geográfica y ecológica, predominan no obstante las zonas de secano, mientras que el regadío tradicionalmente se ha visto reducido a los dos grandes ejes fluviales de los ríos Segura y Guadalentín. De hecho, es en estas dos zonas donde han surgido las redes urbanas más importantes y los núcleos más poblados, como es el caso de Murcia y Lorca –con la excepción de Cartagena, segunda ciudad de región–. Como no podía ser de otro modo, la producción agrícola en aquellas zonas de secano fue eminentemente cerealista, a pesar de que su aprovechamiento fue incrementándose desde finales del siglo XIX con la plantación de arbolado dedicado al olivo, almendro,
297 Martínez Carrión, José Miguel, Economía de la Región de Murcia, Murcia, Consejería de Educación y
algarrobos e higueras, fundamentalmente. Bien distinta ha sido la evolución del sector agrícola en los valles más fértiles y en las zonas costeras con mayores recursos hídricos. Es aquí, claro está, donde la ralentización de nuestro discurso resulta necesaria.
Si atendemos al momento desde el que partieron nuestras disquisiciones sobre la agricultura en España en el capítulo anterior –a saber, hacia mediados y finales del siglo XIX–, es preciso hacer notar que los desarrollos del sector en la región no difirieron sustancialmente de los acaecidos en la mayor parte del territorio español298. En este
sentido, la etapa estuvo caracterizada por un incremento de la superficie cultivada, lo que supuso un aumento importante de la producción, unido al auge del comercio cerealista. Asimismo, en ciertas áreas de la geografía regional comenzaron a desarrollarse cultivos intensivos de hortalizas, agrios y frutales, como las naranjas y limones de Abarán, Ricote, Blanca o Totana, los higos de Alhama, Mazarrón y Águilas, las patatas de Lorca, el pimiento para pimentón en las huertas de la capital, Molina de Segura o Alcantarilla, o –especialmente interesante para nosotros– las uvas de mesa de Aledo y Alhama. No obstante, se trataba de pequeñas huertas, organizadas como explotaciones familiares, cuya producción era comercializada en ciudades y mercados urbanos aún cercanos. Fue de hecho el almendro, unos de los cultivos estrella desde 1880, sobre todo en Lorca, el que más contribuyó a agilizar la apertura de los mercados exteriores –fundamentalmente al Reino Unido–, junto con los viñedos, especialmente importantes en el Altiplano de Jumilla y Yecla –y cuya época dorada derivó entonces, precisamente, de la fuerte demanda francesa–. En otro punto, fueron aquellos años los que vieron enmudecer hasta la práctica desaparición en Murcia el cultivo de la morera, encaminada a la producción de la seda, principalmente por dos motivos: la epidemia de la pebrina por un lado; y la agresión comercial de los mercados, espoleados por la apertura del Canal de Suez y la llegada consecuente de sedas orientales a precios más competitivos, por otro.
Con todo, fue en aquellos años cuando el sector agrícola de la región inició un imparable proceso de especialización e intensificación, esencialmente derivado de un aumento considerable de los regadíos, sustituyendo cultivos menos rentables y de subsistencia, por otros orientados a la exportación299. Así, en el primer cuarto del siglo
XX, «la mejora de la renta y del nivel de vida, los cambios en los patrones de consumo,
298 Para esta evolución del sector en Murcia, véase el libro que venimos usando de Martínez Carrión, José
Miguel, Economía de la Región de Murcia, op. cit., p. 289 y ss.
la presión urbana e industrial y sobre todo la demanda de los países occidentales, tendieron a incrementar la producción agraria. Pero a diferencia de antes, triunfaron los procedimientos de intensificación y especialización, como la sustitución de cultivos tradicionales por otros comerciales, la rotación y alternancia en los regadíos y, sobre todo, la mayor rotación de recursos por hectárea y empleo. La difusión de nuevas técnicas aumentaron la productividad y mejoraron la eficiencia de las explotaciones agrarias. A las importaciones de maquinaria y fertilizantes se sumó la oferta de estos insumos provenientes de la industria española. Aumentó así la disponibilidad de abonos químicos y aperos a precios más asequibles desde la Primera Guerra Mundial. El resultado de todo ello fue una mayor mercantilización de la producción, aumentando la capacidad exportadora de los cultivos de regadío, y una reorganización de las estructuras de propiedad y explotación agrarias, que afectó incluso a los secanos»300.
Como había sucedido en el conjunto de la agricultura española –y ya hemos comentado–, fue disminuyendo progresivamente el cultivo de los cereales, al tiempo que aumentó el de frutales. Así, por ejemplo, entre 1900 y 1930 las tierras destinas a cultivos cerealísticos encogieron casi 75.000 hectáreas (ha), mientras que aumentaron en unas 15.000 las orientadas a cultivos leñosos –sobre todo vid y olivos–, y unas 30.000 a frutales –que habían pasado de 14.277 ha en 1900 a 40.000 en 1930–. Con todo, los cereales se mantuvieron, principalmente para el abastecimiento familiar y pecuario, aumentando el cultivo de la cebada en regadío, o el de la avena, que llegó a multiplicarse casi por ciento hasta 1935, extendiendo su cultivo a Lorca y el Campo de Cartagena. El viñedo, por su parte, prosiguió su imparable mejora de rentabilidad, derivada del mantenimiento de la demanda francesa y del incremento de mercado interior de vinos, mientras que otros cultivos como el almendro o el olivo permanecieron estables, con ciertos repuntes en los años treinta.
En este contexto es interesante señalar una de las cuestiones que, con mucho, iba a marcar el desarrollo del sector agrícola en Murcia durante todo el siglo XX y hasta nuestros días: a saber, la cuestión hidráulica301. En efecto, aquel auge progresivo y
continuado de los cultivos de regadío iba a exigir –y ya desde finales del siglo XIX–, de planes de mejora de las infraestructuras hidráulicas que suministraran de recursos suficientes para una agricultura de tales características, en una de las zonas más secas y de precipitaciones más irregulares de la península. Y es que en aquel período se había
300 Ibíd., p. 377. 301 Ibíd., p. 382 y ss.
pasado de las 57.000 ha de regadío en 1916, a 68.000 en 1935. Tal crecimiento de la superficie regada exigió de la adopción de viejas y nuevas tecnologías en la captación y aprovechamiento de aguas, tanto subterráneas como superficiales, en una necesidad que aunó la iniciativa de particulares y organizaciones agrarias, con la del propio Estado.
En esta cuestión, y respecto a la iniciativa privada, se generalizó la introducción de motores de elevación de diversos tipos y potencia, lo que transformó de forma definitiva el paisaje agrícola de ciertas áreas de la geografía regional, permitiendo la introducción de cultivos hortofrutícolas en el corazón de los tradicionales secanos: fundamentalmente, en el Campo de Cartagena, el Bajo Guadalentín (Totana y Alhama principalmente), y el Altiplano de Yecla y Jumilla302. Era el inicio, de hecho, de una
tendencia continuada a lo largo de todo el siglo XX, y que va a seguir soportando hasta hoy mismo importantes zonas de agricultura intensiva en la región. Por otro lado, fue también en aquel momento cuando comenzó la intervención directa del Estado en temas hidráulicos, sobre todo desde la dictadura de Primo de Rivera, cuando se crearon las confederaciones hidrográficas303. Estas confederaciones –pensadas ya por Joaquín Costa
y el movimiento regeneracionista–, se concebían como circunscripciones geográficas, con centros de gestión especializada y con amplias competencias, encargadas de vertebrar una política hidráulica nacional. En este punto, de hecho, las confederaciones del Segura y del Ebro fueron las primeras en crearse, siendo los objetivos de la primera: «dotar de infraestructura hidráulica a la cuenca segureña, con el fin de regular y ordenar los diversos aprovechamientos –tanto agrícolas comos industriales– y de prevenir las avenidas. Asimismo, se intentaba promover el espíritu asociativo y de integración, ayudando de esta manera a superar la fuerte concurrencia existente entre los diversos usos del agua. Para ello se pretendía integrar en la misma estructura todas las actividades e intereses que confluían en la administración y el aprovechamiento del agua; es lo que se denominará en lo sucesivo aprovechamiento integral»304. Con todo,
fue el Plan Nacional de Obras Hidráulicas, aprobado en 1902, el que iba a trazar los embalses y pantanos en las cuencas murcianas –y albaceteñas– las décadas siguientes, siendo los más importantes los de La Cierva –en el río Mula, terminado en 1929–, el de
302 Pérez Picazo, Mª Teresa, “Cambio institucional y cambio agrario. La gestión del agua en los regadíos
del Segura, siglos XIX y XX”, en Áreas. Revista Internacional de Ciencias Sociales, nº 17, 1997, pp. 91- 108.
303 Ibíd., p. 103. 304 Ibíd., p. 103.
La Fuensanta –en funcionamiento desde 1933–, y el del Taibilla –aunque este para abastecimiento urbano, y que finalizaría ya en 1945–305.
Al margen de la cuestión del agua –a la que volveremos a prestar atención más adelante–, es importante señalar aquí en aquellas primeras décadas del siglo XX dos fenómenos relacionados, por un lado, con la decadencia de la industria minera murciana y, por otro, con el fuerte impulso de la producción hortofrutícola y el desarrollo asociado de la agroindustria regional306. Fue entonces cuando se produjo, en efecto, un
sintomático aumento de la población en aquellas zonas donde el desarrollo de la agroindustria –sobre todo conservas, pimentón y vinos– y los nuevos cultivos hortofrutícolas asociados, ofrecieron mayores posibilidades de trabajo. Así, mientas municipios con tradición minera como La Unión o Mazarrón perdieron gran parte de su población entre 1910 y 1930 –pasando de 30.000 habitantes a 11.700, y de 22.600 a 13.600, respectivamente–, otros núcleos urbanos, impulsados por la nueva agroindustria, brincaron de 18.700 a 26.400 habitantes entre 1900 y 1930 en el caso de Yecla, por ejemplo, o de 5.600 a 7.700 en el caso de Alcantarilla, entre 1910 y 1930. Efectivamente, había aparecido una agricultura y una industria asociada llamadas a marcar el futuro de la región y de sus zonas más prósperas: «aún más que en el caso del pimentón, la nueva especialidad va a ejercer un fuerte efecto multiplicador sobre la economía regional. Primero, porque valoriza la producción agrícola, al aumentar la demanda de frutas y hortalizas. Segundo, porque dará lugar a la creación de nuevas industrias debido a las necesidades de envasado y etiquetado. Y tercero, porque la explotación masiva del producto genera un considerable flujo de beneficios, casi siempre reinvertidos en el sector. De esta forma despega en la región una forma de industrialización diversificada y ampliamente apoyada en la producción agrícola, financiada por capitales autóctonos en casi todos los casos»307.
No obstante, y como iba a suceder con el conjunto de la agricultura española, la Guerra Civil, la larga posguerra y la propia política económica del primer franquismo iban a suponer un severo estancamiento del sector agrícola murciano308. En efecto, el
primer franquismo, «por el lado de la producción, lo único que logró fue recuperar los
305 Martínez Carrión, José Miguel, Economía de la Región de Murcia, op. cit., p. 383. 306 Ibíd., p. 366 y ss.
307 Pérez Picazo, María Teresa, “Agricultura y desarrollo regional en Murcia, 1750-1980”, en Areas.
Revista Internacional de Ciencias Sociales, nº 12, 1990 [pp. 225-236], p. 233.
308 Ibíd., p. 233 y ss. Véase también: López Ortiz, Mº Inmaculada, “Los efectos de la autarquía en la
agricultura murciana”, en Revista de Historia Económica, nº 3, 1996, pp. 591-618; y el libro que venimos comentando de Martínez Carrión, José Miguel, Economía de la Región de Murcia, op. cit., p. 446 y ss.
cultivos tradicionales, aquellos que estaban abocados al mercado interno y al abastecimiento de alimentos básicos, como los cereales. Por el contrario, el aislamiento y la autarquía impuestos por los gobernantes dejaron sin nutrientes, energía ni repuestos a la agricultura de exportación, la más dinámica de la región. Si los productos de secano encontraron apoyo en las medidas autárquicas, los de regadío se quedaron sin mercados y sin insumos para poder hacer frente a la escasa demanda que quedaba. La crisis de la agricultura especializada en frutas y hortalizas dejó importantes sectores campesinos sin recursos y ocasionó la pérdida de los mercados internacionales. Aunque la Segunda Guerra Mundial trastocó el comercio de exportación, los efectos de la autarquía fueron tremendamente dañinos para la agricultura más dinámica de la región. Los principales productos exportables –cítricos y demás frutas, bulbos y hortalizas, conservas vegetales y pimentón– fueron perdiendo mercados en beneficio de otros países competidores, y ello en un momento en el que el mercado interior no estaba en condiciones de compensar la pérdida del comercio exterior, ya que difícilmente podían colocarse en las plazas nacionales, a buen precio, productos alimenticios que eran considerados de lujo cuando la mayor parte de la población ni siquiera lograba satisfacer sus necesidades primarias»309.
Todo ello supuso, en efecto, que las cifras productivas de preguerra –en una historia tristemente tozuda y recalcitrante– no fueran alcanzadas hasta 1955-56, en unas circunstancias comerciales donde una agricultura como la murciana –fuertemente orientada a los mercados– iba a sufrir necesariamente un impacto negativo aún mayor que el de otras regiones del país310. En este contexto, como arriba citamos, productos
como los cereales ganaron terreno a las huertas, mientras que el esparto311, el cáñamo o
la seda conocieron un último momento de esplendor. Con todo, fue entonces cuando se acometió de forma definitiva la construcción de la red de embalses y canalizaciones proyectadas en la etapa anterior, circunstancia decisiva en la evolución del regadío, que aumentó de hecho un 17,6% tan sólo entre 1955 y 1960312. En este sentido, y desde un
punto de vista tecnológico, la introducción de la “gran hidráulica” permitió en efecto una ampliación constante y notable de las superficies regadas, creciendo hasta los años
309 Martínez Carrión, José Miguel, Economía de la Región de Murcia, op. cit., pp. 446-447.
310 Pérez Picazo, Mª Teresa, “Agricultura y desarrollo regional en Murcia, 1750-1980”, op. cit., p. 233. 311 Véase para el esparto en la Región de Murcia el preciso relato al que ya hicimos referencia en la
introducción firmado por Frigolé, Joan, Un hombre: género, clase y cultura en el relato de un trabajador, Barcelona, Muchnik, 1998.
90 más del doble de lo que representaban en conjunto durante los años treinta313. Era la
consolidación de una agricultura moderna, de vocación netamente exportadora, pero cuyos costes medioambientales iban a ser muy elevados, continuando y exacerbando hasta hoy los problemas derivados de la sobreexplotación de los recursos hídricos, principalmente: «aceleración de la erosión del suelo y agravamiento de las avenidas, consecuente al abandono de los sistemas tradicionales de regadío (aprovechamiento de turbias, cuidado de terrazas), contaminación creciente de las aguas del Segura y, a la vez, agotamiento y salinización de los acuíferos con la consiguiente inutilización de los suelos regados con este tipo de aguas y, por último, subida del nivel freático en algunos puntos a causa de la falta de obras de drenaje y los riegos excesivos»314.
Por otro lado, y desde un punto de vista institucional, la gestión de los regadíos sufre un fuerte proceso de centralización, transfiriéndose de las instancias locales a las estatales. Este reforzamiento de la intervención del Estado –canalizado ahora precisamente a través de la Confederación Hidrográfica del Segura–, supuso no obstante la asimilación de ciertos postulados regeneracionistas convencidos desde antaño –como ya hemos visto en otros lugares– de que el regadío es esencial para la marcha de la economía nacional, motivo por el cuál debe ser fomentado a cualquier precio315. Se
trata, en efecto, de «un modelo de desarrollo agroexportador –exportar productos hortofrutícolas para incrementar la tasa de cobertura de las importaciones de inputs industriales y tecnología– […] Ello requería el proyecto y construcción de importantes obras hidráulicas –en 1960 se construyeron los dos embalses más importantes de la cuenca, los de Camarillas y el Cenajo– de los cuales el Trasvase [Tajo-Segura, que después analizaremos] puede considerarse la culminación. Esta orientación, que tenía cierto sentido en los años 1950-1960 debido al carácter incompleto de la dotación de obras hidráulicas y al predominio de la agricultura en la vida económica regional y nacional, ha dejado una triple herencia que sigue pesando sobre la gestión del agua: a) la idea de que la agricultura de regadío constituye, hoy como ayer, un sector de utilidad general; b) la consideración de toda planificación Hidráulica como una política de obras públicas y c) la excesiva dependencia de un Estado paternalista por parte de los grupos sociales interesados en el tema del regadío»316.
313 Pérez Picazo, Mª Teresa, “Cambio institucional y cambio agrario”, op. cit., p. 104. 314 Ibíd., p. 105.
315 Ibíd., p. 105. 316 Ibíd., p. 105.
Imagen: Viejas canalizaciones de riego aún en uso en muchas zonas de Murcia.
Con todo, esta mayor dotación de recursos hídricos, unida a las nuevas circunstancias económicas y sociales derivadas de la apertura económica ordenada por el Pan de Estabilización de 1959, abrieron uno de los períodos más expansivos de la agricultura regional317. Tanto las tasas de crecimiento productivo, de inversiones y del
capital privado, como las exportaciones e incluso de empleo agrario, presentaron resultados excelentes hasta mediados de los años ochenta. Este crecimiento fue posible gracias en parte a la iniciativa privada, pero también a la promoción del Estado español, que favoreció –quizá más que a otras regiones– a la agricultura murciana, especialmente con la construcción de grandes obras hidráulicas y otras infraestructuras. En este contexto, la agricultura murciana se modernizó y transformó radicalmente hasta los años ochenta, impulsando la industria agroalimentaria de la región, pero también otras ramas de la economía regional. Así, por ejemplo, la propia expansión del regadío se apoyó en la motorización y difusión de tecnologías capaces de aprovechar más eficientemente los recursos, mientras que la electrificación del campo permitió la