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El crecimiento de las ciudades acrecienta en toda América latina las periferias, los modos de uso del espacio público y la topología de las representaciones sociales del los espacios urbanos; y los barrios son los espacios de relocalizaciones que los grupos sociales eligen, y ¿dónde se encuentra esta relación entre ciudad y barrios de esas ciudades?, Se encuentra en la “esfera pública” entendida como “la realidad de la esfera

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los que se presenta un mundo en común” (Arendt, 1989:66-67), ese espacio donde cuya

referencialidad aquí se entiende desde la trama de lo físico materializado en las calles, la esquina, en la plaza, en la canchita sino “el espacio público local” (Saraví,2004: 35), entendido como ese espacio público barrial, y donde a la vez se integran las representaciones que los medios de comunicación enuncian esos espacios locales (barriales). Ambas dimensiones pueden leerse como texturas urbanas (Salgado, 2007), dónde los barrios aparecen enunciados desde los medios de comunicación masiva. Así la ciudad, es más que su zona central, sino que se amalgama en unas representaciones sociales que se producen en esos espacios de la esfera pública. En este proceso existen marcas en la ciudad, zonas de relegación, donde se superpone la ciudad planificada, con aquella que produce “la cuestión urbana” (Castells, 1987: 129) entendiendo al espacio como parte de lo social; la introducción de la perspectiva de “espacialidad de y de

producción de espacio” (Lefebvre, 1974) quien problematiza sobre la idea de la ciudad

planificada para dotarla de la dinámica entre espacio/prácticas; espacio/historia y espacio/sociedad que se sintetiza en el concepto de trialéctica (Soja, 1997). Esta complejización de lo espacial/urbano admite una lectura que establece la relación entre historicidad, la espacialidad y sociedad dando cuenta del espacio como parte integral de la producción social.

De este modo “el espacio urbano se concibe como espacio del y para

intercambio comunicacional generalizado, entretejimiento de formas casi puras de mutua determinación” (Salgado, 2007: 49).

Los aportes realizados desde los estudios culturales en torno a las ciudades, no solo como espacios de organización de la economía, de las comunicaciones, de los modos de circular en ella han generado “formas de vivir juntos” (Barbero,2004:227), como el modo en que se construyen y producen imaginarios urbanos (Canclini, 1998; Silva, 1997) para pensar los modos de agruparse, en tanto la dimensión comunicacional adquiere un rasgo distintivo en estos registros, cuyo configuración dan lugar a pensar la ciudad como esos espacios practicados, a la “ciudad como comunicación” (De Certeau,1996) a modo de laberintos simbólicos de las zonas urbanas, pensada como texto cuyas prácticas van produciendo en el mismo proceso nuevas ciudades; así podemos advertir que las calles producen una:

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“sociabilidad difusa, escenario predilecto de conflicto, hilvanamiento de formas mínimas e inconclusas, de interconocimiento, ámbitos en que se expresan las forma al tiempo más complejas, más abiertas y más fugaces de convivencia: lo urbano, entendido como todo lo que en la ciudad no puede detenerse ni cuajar”

(Delgado, 2007).

Por tanto la centralidad que adquieren los medios de comunicación en una sociedad compleja, en unas ciudades que se producen y reproducen a la vez producen lo que se entiende como “sociedad del riesgo” entendida como aquella “donde los

sistemas de normas sociales fracasan en relación a la seguridad prometida ante peligros desatados por las tomas de decisiones” (Beck, 1996: 35) que interpelan a esos

modos de vivir juntos; o da lugar a interrogar sobre ¿cuáles son las protecciones que los ciudadanos tienen hoy?.

La emergencia de estas incertidumbres está asociada a las modificaciones de las formas de protección social para las mayorías en las espacios en que se asume el capitalismo del Siglo XXI, lugar donde se tramitan las contradicciones existentes, pero donde las condiciones de estos riesgos asumen lo que va a dar lugar a problematizar la vida en las sociedades presentes, la pregunta sobre el lazo social y sobre las protecciones sociales que podrán en jaque la pregunta sobre la igualdad social, y sobre los modos de cohesión social. De este modo la cuestión social interroga sobre estos lazos sociales:

“bajo el régimen del contrato (el proletariado) se expandió, pero, paradójicamente la condición obrera se debilita en el momento mismo de su liberación. Se descubre entonces que libertad sin protección puede llevar a la pero de las servidumbres, la servidumbre a la necesidad” (Castel, 1997: 31).

A modo de síntesis el incremento de riqueza que deriva de los procesos de industrialización a gran escala, traen del mismo modo una creciente pauperización provocando asimetrías - en muchos de los casos- insuperables.

A estos riesgos y desprotecciones sociales van acompañados de lo que se denominan “gestión de los miedos” a través de organismos gubernamentales, en referencia a la producción de los miedos:

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“el condensado miedo oficial con sede en algún punto fuertemente custodiado de los edificios gubernamentales ha sido desarmado y pulverizado, y el polvillo resultante de esa demolición ha sido diseminado sobre la vasta extensión de la vida individual. Al miedo fabricado(…) se ha llegado el turno de ser , a su vez, mediado, bajo la forma de innumerables terrores individuales incluidos dentro de los rubros inseguridad, incertidumbre y desprotección” (Bauman, 2003: 71-

72).

Estos modos de generenciamiento diseminado incluyen modos de difusión electrónica para lograr y multiplicar tales miedos. En particular, quienes han dedicado los estudios sobre la producción de miedo desde la renovación de los estudios que aluden al sentimiento de inseguridad:

“el foco de nuestro interés es un entramado de representaciones, discursos,

emociones y acciones llamados sentimiento de inseguridad. Preferimos esta denominación a la de miedo al crimen, puesto que, si bien las referencias al temor no dejan de ocupar un lugar central esta formulación incluye otras emociones suscitadas por el delito, como la ira, la indignación o la impotencia, y las vincula con acciones individuales y colectivas, las preocupaciones políticas, los relatos sobre las causas y las acciones que conforman la gestión de la inseguridad. Se trata así de algo más que de la respuesta emocional a la percepción de símbolos relacionados con el delito, que es como habitualmente se define el miedo en la sociología del crimen” (Kessler, 2009:35).

De este modo la ciudad pensada desde la cuestión urbana suscita de este modo un tipo singular de espacio social, el espacio urbano. No es la ciudad en sí sino las prácticas sociales como resultante de relaciones sociales cuya singularidad de componentes, de impostaciones, de relatos preconcebidos y de adecuaciones. A la vez es el espacio donde “los grupos e individuos estructuran sus relaciones de poder, para

someterse a él o para insubordinársele o para ignorarlo” (Delgado, 2007:15). De este

modo es posible dar cuenta de la ciudad biopolítica, “precisamente pensada como

inscripta en un campo de relaciones sociales en cuyo seno introduce un cierto número de efectos específicos” (Foucault, 1987) que configuran espacios y poderes,

reconociendo de este modo la más estrecha co-implicación en la producción del espacios; en tanto “el principio espacial, definido, significa que actúa en él un

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contenido político disimulado, y con mayor fuerza precisamente donde se dan “objetos” (calles, casa, territorio, ciudad) y se usan genitivos objetivos (historia de la ciudad)” (Cavalletti, 2010: 7), constituyen un terreno fértil desde donde recuperamos la

posición de los estudios realizados sobre las culturas juveniles para repensar el marco de los estudios culturales.

Las representaciones sociales no pueden pensarse sin este anclaje material debido a que las prácticas sociales se producen en el seno de una cultura que produce y reproduce formas y sentidos culturales. Para referirnos a que los grupos sociales desarrollan distintos patrones de vida, como forma expresiva de patrones de vida social y material.

Sobre este razonamiento es en la cultura de los grupos sociales donde se corporiza la trayectoria de vida de los grupos a través de la historia, siempre bajo condiciones y con materias primas que no pueden ser completamente de su hacer en esas prácticas. Pero esas prácticas hay que pensarlas dentro de un campo dado de posibilidades y limitaciones (Sartre, 1963).

Podemos decir que una cultura, se inscribe entonces “mapas de significados” (Hall; Jefferson; 2010) que vuelve las cosas inteligibles en la medida en que al ser producciones simbólicas son objetivadas en patrones de organización social a través de los cuales las personas individuales, a través de las relaciones sociales que establecen, producen significados „compartidos‟.

3.3. Un campo en relación: Comunicación/Representaciones Sociales