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nero de 1917 comenzó con duras advertencias para la monar- quía rusa. Informes de la Ojrana (el servicio oficial de espio- naje) advertían a los gobernantes que el costo del carbón se había quintuplicado desde el comienzo de la guerra y el de los alimentos se había multiplicado por siete. Pero esos aumen- tos palidecen ante la inflación que azota a Rusia al empezar de 1917; la mayoría de los trabajadores no pueden comprar huevos, carne, azúcar, le- che o frutas. El pan se convierte en la comida principal y casi única. "Los niños se mueren de hambre en el sentido más literal de la palabra", ad- vierte un agente de la Ojrana. "Si hay una revolución, será una revuelta del hambre", advertía.

A mediados de enero comenzó a faltar el pan; a mediados de febrero, Petrogrado recibía apenas la mitad de lo recibido en diciembre. "Un abis- mo se abre entre las masas y el gobierno", advertía otro agente de la Ojra- na. "La revolución estaba lista aunque los revolucionarios no estaban to- davía preparados para la acción", recordaría más tarde el funcionario mo- nárquico Shulgin.

En enero, el frío y el hambre empujaron a los trabajadores a la huelga. El 9 de enero, aniversario del "Domingo Sangriento" de 1905 (el comienzo de la primera revolución), 150.000 trabajadores fueron a la huelga en Petrogrado; varios cientos de miles los acompañaron en toda Rusia. Uno de cada tres huelguistas levantaba reivindicaciones políticas: "¡Abajo la guerra!", "¡Abajo la autocracia!".

Una nueva serie de huelgas comenzó el 14 de febrero. Más reivindicacio- nes políticas: "¡Viva la segunda revolución!". El gobierno envió a los cosacos contra los huelguistas pero un observador agente de la Ojrana informaba que "daba la impresión de que los cosacos estaban del lado de los huelguistas". En la semana siguiente, 200.000 trabajadores fueron a la huelga. Las con- signas contra la guerra y contra el zar se hicieron comunes.

El jueves 23 de febrero amaneció frío y soleado. La intelectualidad y la burguesía de Petrogrado no hablaba de otra cosa que del estreno de la obra teatral Mascarada, dirigida por el vanguardista Meierhold. Las masas obre- ras tenían otros problemas. Los rumores de que faltaría (todavía más) el pan llevaron a decenas de miles de mujeres a formar colas en las panaderías des- de antes de la madrugada. El embajador de Francia, de regreso del teatro, re- cuerda la "expresión siniestra" con que lo miraban esas mujeres proletarias.

(en coincidencia con el 8 de marzo en Europa; bajo el zarismo, Rusia mante- nía el calendario juliano, que difería en trece días del occidental). Los revolu- cionarios esperaban que ese día no hubiera manifestaciones ni huelgas; pre- tendían reforzar su organización en las fábricas antes de lanzar una nueva oleada huelguística.

Pero las mujeres obreras, que trabajaban largas jornadas por salarios mu- cho más miserables que los de los hombres, salieron a la huelga. Una sola consigna: "¡Pan!". A las diez de la mañana, se habían reunido veinte mil; po- co después ya eran cincuenta mil. Al llamado de las mujeres, los obreros de algunas fábricas se unieron a la manifestación. Aparecieron banderas que reclamaban el fin de la guerra y la caída del zar. Al anochecer, mujeres y ado- lescentes saquearon panaderías y almacenes de alimentos.

Pocos revolucionarios esperaban que la lucha continuara al día siguien- te; lo mismo pensaban las autoridades. Confirmando los pronósticos, Pe- trogrado amaneció en calma. Pero durante toda la noche, activistas obre- ros se habían lanzado a organizar la huelga, aunque muchos de sus diri- gentes todavía se oponían a continuar las manifestaciones. A media maña- na, miles de obreros comenzaron a marchar hacia el centro; a su paso, se sumaban nuevos contingentes. Los cosacos les impedían el paso. Nueva- mente las mujeres se pusieron a la cabeza, reclamando a los cosacos que no dispararan contra el pueblo hambriento. Los cosacos no atacaron. Los obreros cruzaron los puentes y entraron en la ciudad, donde enfrentaron a la policía. La noticia de los enfrentamientos hizo estallar huelgas en to- dos los distritos. Los manifestantes llegaron al centro de la ciudad, algo que no ocurría desde 1905. Nuevamente, los cosacos no reprimieron. Las au- toridades temían ordenarles que reprimieran porque podían insubordinar- se y unirse al pueblo. Al fin del día, en el que se duplicó el número de huel- guistas, las autoridades planificaron la represión para el día siguiente. El ministro de Interior Protopopov no asistió al cónclave porque, según otro ministro, estuvo intentando toda la noche comunicarse con el espíritu de Rasputin para pedirle consejo...

Nadie creía que las manifestaciones se convertirían, al día siguiente, en una huelga general. Los trabajadores realizaban esfuerzos para evitar cho- car con ellos. La policía era otra cosa. Para enfrentarla, los trabajadores se prepararon de la manera más consciente. Muchos llevaban protección deba- jo de sus ropas para evitar ser heridos con sables o con los pesados látigos que usaba la policía; otros llevaban piedras, barras de metal, cuchillos. Unos pocos cargaban revólveres.

Después de tres días, los trabajadores de la gran fábrica Putilov se suma- ron a la lucha. Desde todos los distritos obreros, las columnas convergían en la capital. Cuando la policía las atacaba, los trabajadores respondían o, más frecuentemente, reclamaban el apoyo de soldados y cosacos. En más de una oportunidad, los soldados liberaron a los obreros de la policía; a media ma- ñana, un grupo de soldados se pasó con sus armas del lado de los manifes- tantes. Así se produjo la primera deserción de la guarnición.

Febrero y el Doble Poder

El zar Nicolás, el sanguinario, había ordenado que se disparara a los ma- nifestantes con fusiles, ametralladoras y cañones si fuera necesario. Los je- fes policiales de la ciudad prepararon la masacre, organizando destacamen- tos constituidos por oficiales y cadetes, que dispararon con ametralladoras contra el pueblo. Los trabajadores se retiraron, dejando muertos y heridos. Algunos consideraban que la batalla estaba perdida. Pero había una mayo- ría resuelta: "¡Compañeros, es ahora o nunca!".

Los trabajadores se retiraron dispuestos a continuar la lucha, para la que necesitaban fusiles y armas. Destacamentos obreros comenzaron a requisar- las en los arsenales, armerías y fábricas de material bélico. Otros destaca- mentos fueron a los cuarteles, a hablar con los soldados. Por la tarde, la agi- tación revolucionaria sobre los cuarteles comenzaba a dar resultados. Casi al caer la noche, se rebeló el regimiento Pavlovsky.

Todos – los revolucionarios y el gobierno– sabían que al día siguiente se decidiría con quién estaban los soldados y, con ello, el destino de la in- surrección.

En las primeras horas de la mañana del 27, los oficiales del regimiento Volynski intentaron movilizar sus tropas contra los trabajadores. Los solda- dos se negaron a marchar. Frente a las amenazas de los oficiales, un sargen- to disparó contra un comandante; siguió un tiroteo donde fueron muertos varios oficiales. Con esos disparos, los soldados del Volynski cruzaron el Ru- bicón de la revolución: sólo su victoria podría salvarlos de la horca. Los si- guieron otros regimientos. Los trabajadores habían conseguido armas en los arsenales, en las prisiones (donde habían sido liberados los presos) y en las estaciones de policía.

El levantamiento envolvía ya a un cuarto de millón de habitantes de Pe- trogrado. Uno de cada diez, era un soldado; tres obreros de cada diez esta- ban armados. Al llegar la noche, la revolución tenía tropas, armas y hasta co- ches armados. Al día siguiente, la totalidad de la guarnición de Petrogrado se pasó a la insurrección. De allí se extendió a las guarniciones de Kronstadt, Luga y Moscú. En la noche del 27 de febrero, la revolución ya era imparable. Esa misma noche, en el Palacio de Tauride, comenzó a sesionar el Soviet de Petrogrado, el consejo de delegados obreros que había dirigido la revolución de 1905.

Ignorante de la envergadura de las fuerzas desatadas, el zar Nicolás (que se encontraba en el Estado mayor del frente, fuera de Petrogrado), designó al general Ivanov con poderes dictatoriales y decidió volver a la capital. Ivanov jamás pudo ejercer su mandato ni, siquiera, reunir las tropas que se le ha- bían asignado. En cuanto al zar, su tren fue desviado una y otra vez por los obreros ferroviarios, que lo tuvieron vagando por dos días.

Mientras la revolución crecía, los miembros de la Duma (parlamento) cons- piraron con el zar para que designara un "gabinete responsable" ante la Du- ma. Cuando Nicolás lo aceptó, ya era tarde. Las masas reclamaban su caí- da. Nuevamente, los miembros de la Duma conspiraron con el zar para sal- var a la monarquía, abdicando en beneficio de su hijo y, luego, de su herma-

no, el gran duque Miguel. Pero nuevamente los conspiradores llegaron tar- de. La victoria de la insurrección en Petrogrado y Moscú y el pasaje de las guarniciones de Vyborg, Helsinforgs, Reval, Pksov, Divnsk y Riga al campo de la revolución hicieron inevitable la caída de la monarquía. Los antiguos monárquicos enquistados en la Duma repentinamente se volvieron republi- canos. Uno de ellos explicaba entonces que "si no tomamos el poder, enton- ces lo harán otros, que ya han elegido a ciertos delincuentes en las fábricas como delegados al Soviet".

El 9 de marzo, Nicolás II y su familia fueron detenidos. La Revolución de Febrero había triunfado.

Elaborado a partir de: Bruce Lincoln, Passage Through Armageddon: The Russians in War and Revolution, 1914-1918, New York, Simon & Schuster. 1986

Febrero y el Doble Poder

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