«Oh Señor, haz que, olvidándome de lo que dejé atrás y lanzándome a lo que está por delante, corra hacia la meta» (FI 3, 13-14).
1.— «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, lo vuelve a esconder; y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel» (Mt 13, 44). El creyente que a la luz de la fe descubre finalmente que «el reino de los cielos» —Dios, su amor, su amistad— es el mayor de loa tesoros, encuentra muy natural dejar lo demás y «venderlo todo» —bienes, satisfacciones, ale- grías terrenas— para llegar a poseerlo. Y este gesto es tanto más espontá- neo y resuelto cuanto más intuye el hombre, por la fe y el amor, la bondad suma y el amor infinito de Dios. Hecho este descubrimiento, cualquier renuncia necesaria para obtener ese tesoro divino, resulta posible. No parece entonces hiperbólica la palabra de Jesús: «si tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti» (Mt 5, 29), y se comprende que la cosa más querida, si es obstáculo para el conseguimiento de Dios, debe ser abandonada. Vale la pena sacrificarlo todo —un todo terreno y por tanto frágil y caduco— para ganar el Todo eterno. «Perdí todas las cosas y las tengo por basura —dice S. Pablo— para ganar a Cristo y ser hallado en él» (FI 3, 8-9).
Con este espíritu enseña S. Juan de la Cruz a recorre el camino breve y seguro de la desnudez total. No se trata de renunciar a esto o aquello, sino a todo lo que ata, con mayor o menor fuerza, a los bienes terrenos, encadenan- do a ellos el corazón y la voluntad del hombre e impidiéndole así lanzarse a Dios y amarlo con todas las fuerzas. La raíz de estos apegos y afectos desor- denados —que el Santo llama apetitos— no está en las criaturas, sino en el hombre mismo, que, al no estar purificado y no tener dominadas sus pasiones, busca las criaturas y se detiene en ellas para satisfacer su egoísmo. La norma será, pues: «para venir el alma a unirse con Dios perfectamente por amor y voluntad, ha de carecer primero de todo apetito de voluntad, por mínimo que sea» (S I, 11, 3). Y esto sin excepción. Un pequeño asimiento, una pequeña satisfacción egoísta buscada voluntariamente «en que nunca acaban de vencer» (ib 4) es un obstáculo para llegar al tesoro de la unión con Dios. Repetimos: hay que venderlo todo, porque «para tener a Dios en todo, conviene no tener en todo nada» (J. C., Carta 33).
2. — Desasirse de las criaturas no quiere decir despreciarlas, pues son buenas, ya que buenas salieron de las manos de Dios (Gn 1, 31); quiere decir más bien aprender a usarlas y amarlas con libertad interior, sin dejarse fascinar por su presencia y posesión y sin dejarse turbar por su ausencia o privación. Sólo «usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra (el hombre) de veras en la posesión del mundo» (GS 37). El desasimiento, hecho de abnegación y de renuncia, es precisamente el medio para realizar la libertad de espíritu.
Desasirse de las criaturas no quiere decir ni siquiera separarse y alejarse efectivamente de ellas; eso no es siempre posible y no lo es nunca de un modo absoluto. Por otra parte, es diferente la medida de desasimiento efectiva exigida al religioso, el cual debe dejarlo todo para darse al servicio exclusivo de Dios, que la requerida en el seglar, el cual tiene que santificarse en la vida familiar y social. Sin embargo, el desasimiento interior o de corazón se exige a todos y es indispensable para la unión con Dios. Es claro que en la práctica será imposible realizar ese desasimiento afectivo de sí y de las criaturas, si no se practica también, al menos en cierta medida, el desasimiento efectivo y material. El que no sabe renunciar a cosas superfluas, de pura comodidad y satisfacción, no actuará nunca el desasimiento interior. Y el que se ha consagrado a Dios, y ha dejado ya personas y cosas queridas, tiene que continuar velando para mantenerse interiormente libre de todo apego. En suma, en todo estado de vida es preciso tender siempre a la sustancia del desasimiento, o sea a la desnudez de corazón y de espíritu. Tal es la enseñanza de S. Pablo: «los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen...; los que compran, como si no poseyesen; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen; porque la apariencia de este mundo pasa» (1 Cr 7, 29-31).
¡Oh alma mía, déjalo todo, y lo hallarás todo! Deja por Cristo todas las cosas, porque teniéndole a él, lo tendrás todo, y siendo por su amor pobre, estarás muy más contenta que si fueras rica.
¡Oh Cristo!, dejando todas las cosas temporales, y a mí mismo con ellas, dejo de ser mío y comienzo a ser todo tuyo, gustando de pensar en ti, y hablar de ti y hacerte placer en todas las cosas. ¡Oh Dios de amor! arroja sobre mí este exceso de amor. ¡Oh amor omnipotente! arrebata mi corazón y traspásale donde tú estás, para que yo esté siempre contigo unido en amor y tú vivas en mí rigiéndome con amor. (L. DE LA PUENTE,Meditaciones, V, 31, 1; 32, 2).
Buen Jesús, tierno Pastor, mi dulce Maestro, Rey de la gloria eterna, ¿cuándo compareceré sin mancha y humilde de veras delante de ti? ¿Cuándo por amor tuyo, despreciaré profundamente todas las cosas de aquí abajo? ¿Cuándo estaré del todo desasido de mí mismo y de las cosas? Porque si yo estuviese realmente libre de todo apego, no tendría ya ningún querer mío; no gemiría bajo el yugo de las pasiones y de los afectos desarreglados, ni me buscaría ya en nada. La falta de este absoluto y total desasimiento es el único y verdadero obstáculo entre ti y mí, que me impide lanzarme libremente hacia ti. ¿Cuándo, pues, estaré desasido de todo? ¿Cuándo me abandonaré sin reserva alguna a tu divina voluntad? ¿Cuándo te amaré con espíritu puro, humilde, tranquilo y sereno? ¿Cuándo te amaré perfectamente? ¿Cuándo mi alma, recibiéndote en mi seno, se unirá deleitosamente a su amado? ¿Cuándo me lanzaré hacia ti con tierno y ardiente deseo?
¿Cuándo mi tibieza y mis imperfecciones serán absorbidas en la inmensidad de tu amor? (B. LUIS DE BLOIS,Guía espiritual, 4).