Cuando decidimos escribir una argumentación no debemos olvidar que ella presupone un desacuerdo – real o hipotético- con un oponente. La argumentación debe convencer a nuestros lectores, para ello debe remover sus dudas, anticipar sus críticas y responderlas adecuadamente.
El escrito debe ser comprensible para aquellos a quienes va dirigido. Por eso es importante anticipar las características de sus lectores potenciales: sus conocimientos, su receptividad a la tesis central que piensa defender, sus prejuicios. También hay que tener presente las formalidades impuestas por el medio de comunicación elegido: no es lo mismo un escrito judicial que una nota para un periódico, por ejemplo. Independientemente de estas peculiaridades, todo escrito debe ser coherente, claro y conciso.
En la parte precedente dimos guías para elaborar los argumentos y estructurarlos en una argumentación. En ese momento hicimos un llamamiento a explicitar todos los aspectos implícitos a los efectos de someterlos a un cuidadoso escrutinio. En el momento de escribir, en cambio, no se deben explicitar todas las premisas que forman nuestros argumentos. Si así lo hiciéramos correríamos el riesgo de parecer pedantes y casi con seguridad seríamos sumamente irritantes para nuestros lectores. Se debe encontrar un equilibrio entre lo implícito y lo explícito que no comprometa la comprensibilidad del texto.
Incluso la tesis central o la cuestión no necesitan ser etiquetas como tales para que el lector pueda identificarlas. Pero debemos estar seguros que el texto no deja lugar a dudas sobre cuáles son, que nuestra redacción no genera confusiones al respecto. En el siguiente ejemplo podemos apreciar como una redacción inadecuada puede dar lugar a una incertidumbre legítima respecto de cuál es la tesis que se pretende defender en el texto y cuál la premisa que le apoya:
Tony es un tipo especial. Siempre tiene una palabra afectuosa para decirte.
Este texto se puede interpretar de dos maneras diferentes:
[I]
(Premisa) Tony es un tipo especial.
(Concl.) Por lo tanto, siempre tiene una palabra afectuosa para decirte.
[II]
(Premisa) Tony siempre tiene una palabra afectuosa para decirte. (Concl.) Por lo tanto, Tony es un tipo especial.
El consejo general es que cuando se redacta el primer borrador del texto argumentativo seamos lo más explícitos que podamos. En el momento de revisar el documento se pueden introducir los elementos implícitos e indirectos siempre
que no lleven a confusiones como la ilustrada anteriormente. La tesis central que defendemos y las razones en las que se apoyan deben quedar muy claras para el lector –sea que las explicitemos en el texto o que las dejemos sugeridas.
Al redactar el texto argumentativo no debemos utilizar siempre lenguaje descriptivo. Podemos apelar a otras formas retóricas para hacer más atractivo el escrito. Pero nuevamente debemos cerciorarnos de que la presentación escogida no vuelve confusos nuestra argumentación o lo que es peor, la hace perder solidez. Veamos el siguiente ejemplo, en el que se presenta en primer lugar el argumento que se ha pensado desarrollar y luego se contraponen dos formas retóricamente diferentes de presentarlo sin variar ninguno de sus aspectos fundamentales.
Argumento
(P) El personaje del padre muere a los diez minutos de película.
(C) Que el director contrate a un actor famoso para interpretar al padre es un derroche de dinero y de talento.
Presentación lineal conclusión-premisas
“Es un derroche de dinero y de talento que el director contrate a un actor famoso para interpretar el papel del padre, porque el personaje muere a los diez minutos de película”.
Presentación más retóricamente más atractiva
“¿Qué director podría elegir a un actor famoso para el papel del padre? A los diez minutos de película el padre muere. ¡Qué derroche de dinero y talento!
Tener clara cuál será la estructura de nuestra argumentación es importante incluso antes de emprender la redacción del primer borrador, aunque también podemos reconstruirla a partir del mismo para proceder a su evaluación. Se puede argumentar (1) respondiendo a los argumentos formulados efectivamente por otros sujetos (disputas y debates), o bien (2) presentando la tesis sin tener en cuenta lo que otros han dicho sobre ella o lo que piensan quienes leerán el texto.
En el primer caso se pueden adoptar dos posiciones: (1.1) adoptar una tesis contraria a la defendida por nuestro oponente y dejar que las diferencias emerjan por su cuenta, o (1.2) tomar la posición del rival y señalar las flaquezas de su argumentación – sin intentar apoyar la tesis contraria. En el segundo caso no significa que no especulemos sobre posibles objeciones a nuestra posición o sobre hipotéticos argumentos para apoyar la tesis contraria, pero esto no altera la estructura general de la argumentación, que en todos los casos se dirige a apoyar la verdad de la tesis central seleccionada.
Ser capaz de diagramar la estructura de una argumentación –propia o ajena- es una habilidad muy útil para evaluar la solidez, anticipando críticas para responderlas en el texto o generándolas, según el caso. Para ello conviene representar cada enunciado con un círculo, estableciendo mediante una flecha la relación inferencial entre ellos.
En líneas generales, toda argumentación escrita tiene una introducción, un núcleo argumentativo y una conclusión. En la introducción debemos presentar el tema, la cuestión, resaltar su interés y anticipar nuestra tesis central. Si el escrito es muy largo –un libro por ejemplo- puede ser útil adelantar los pasos que seguiremos en la argumentación. El núcleo debe contener los argumentos con los que apoyamos nuestra tesis, la respuesta a las posibles objeciones y las críticas a los argumentos rivales –reales o hipotéticos. No hay un orden preestablecido para ordenar estos elementos, pero hay que ser claro, conciso y evitar las confusiones en el lector. Por último, en la conclusión, se suele recordar al lector cuál es la idea que queremos que les quede en su mente al terminar la lectura. No se agregan nuevos datos ni argumentos, solo se recapitula y se da fin al escrito.
T – Tome un texto en el que se formule un argumento. Trate de presentar el mismo argumento –sin perder claridad ni solidez- pero mediante un escrito diferente. Repita la operación dos veces más.