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5. Return of Space Objects

Apenas hubo salido Ben-Hur, Simónides pareció despertar de un sueño. Su rostro se coloreó, la luz mortecina de sus ojos adquirió brillo, y dijo animadamente:

—¡Pronto, Esther! ¡Llama!

La joven se acercó a la mesa y agitó la campanilla para la servidumbre.

Uno de los paneles del muro giró, dejando a la vista una entrada por la que penetró un hombre que dio un rodeo hasta encontrarse delante del mercader, al cual saludó con una ligera reverencia.

—Malluch, aquí, más cerca, junto al sillón —dijo el dueño, en tono imperioso—. Debo encargarte una misión que no puede fracasar, aunque el sol dejara de seguir su curso. ¡Escucha! En estos momentos baja al almacén un joven alto, gallardo, vistiendo el traje de Israel. Síguele, que su propia sombra no sea más tenaz y fiel. Y todas las noches envíame una relación de dónde está, qué hace, con quién se acompaña. Y si, sin ser descubierto, escuchas su conversación, repítemela palabra por palabra, junto con todo lo que sirva para poner al descubierto su personalidad, sus hábitos, sus móviles, su vida. ¿Comprendes? ¡Ve pronto! Un momento, Malluch: si sale de la ciudad, ve tras él. Y, fíjate bien, Malluch: pórtate como un amigo. Si te dirige la palabra, dile lo que quieras y mejor cuadre con la ocasión, excepto que estás a mi servicio; de eso, ni una palabra. ¡Pronto, date prisa!

El hombre saludó como antes y se fue.

Simónides se frotó las fláccidas manos y se puso a reír.

—¿Qué día es, hija? —preguntó en medio de sus carcajadas—. ¿Qué día es? Deseo recordarlo, porque ha llegado la felicidad. Míralo, búscalo riendo y, riendo, dímelo, Esther. El regocijo le pareció antinatural a la hija, la cual, como para alejar a su padre de semejante estado de ánimo, contestó pesarosa:

—¡Ay de mi padre, ojalá olvidase yo este día!

Las manos de Simónides cayeron al instante, y su barbilla, descendiendo hasta el pecho, desapareció, disimulada entre los pliegues que formaban la parte inferior de su rostro.

— ¡Cierto, muy cierto, hija mía! —respondió sin levantar los ojos—. Hoy es el vigésimo día del mes cuarto. Hoy hace cinco años que Raquel, tu madre, se desplomó y murió. A mí me trajeron a casa destrozado como me ves, y a ella la encontraron muerta de dolor. ¡ Ah, ella era para mí como un bosquecillo de alcanfores en las viñas de En-Gedi! Yo he amasado mi mirra con mis especias. Con mi panal he comido miel. La enterramos en un lugar solitario. En una tumba abierta en la montaña, sin nadie en sus cercanías. No obstante, en medio de la oscuridad me dejó una lucecita, a la que los años han dado la luminosidad de la mañana —el mercader levantó la mano y la posó sobre la cabeza de su hija—. ¡Dios de amor, te doy las gracias porque la Raquel que perdí vive ahora de nuevo en mi Esther!

Un instante después, levantó la cabeza y dijo, como animado por un pensamiento repentino:

—¿No es pleno día fuera? —Lo era cuando entró el joven.

—Pues haz que venga Abimelech y me lleve al jardín, donde pueda ver el río y los barcos, y te contaré, querida Esther, por qué hace un momento nada más la brisa abría mis labios y llenaba mi lengua de canciones, y mi espíritu se parecía a un corzo o a un ciervo joven brincando por las montañas de las especias.

Obedeciendo a la llamada de la campanilla, entró un criado, y a una orden de la muchacha, empujó la silla, provista de unas ruedecitas para tal fin, sacándola del aposento y llevándola a la azotea de la casa inferior, llamada por Simónides su jardín. Por entre los rosales y los parterres de otras flores menores, fruto y triunfo de un amoroso cuidado, pero que en ese momento no atraían la atención de su dueño, fue situado en un lugar desde el que podía ver las cimas de los palacios de la isla levantándose frente a él, el puente empequeñeciéndose en la perspectiva hasta la lejana orilla y, debajo del puente, el río poblado de naves, todas nadando en medio de los esplendores del sol matinal sobre las rizadas aguas. Allí le dejó el criado en compañía de Esther.

Los continuos gritos de los trabajadores, sus golpes y martillazos no le molestaban más ni menos que las pisadas de los transeúntes sobre el piso del puente, casi encima mismo de su cabeza, siendo tan familiares para sus oídos como la perspectiva que tenía delante para sus ojos. Por lo cual le pasaban desapercibidos, excepto en lo que tenían de heraldos y promesas de futuras ganancias.

Esther estaba sentada en el brazo del sillón, acariciando su mano y aguardando sus palabras, que vinieron al fin cuando la poderosa voluntad de su padre le hubo hecho volver a ser el mismo de siempre, con su hablar sosegado característico.

—Mientras el joven estaba hablando, yo te observaba a ti, Esther, y pensaba que te dejabas vencer por él.

La joven bajó los ojos, al contestar: —Para decirte la verdad, padre, le creí.

—¿A tus ojos es, pues, el perdido hijo del príncipe de Hur? —Si no lo es... —la joven vaciló.

—¿Qué, si no lo es, Esther?

—He sido tu doncella, padre, desde que mi madre acudió a la llamada de Dios. Siempre a tu vera, te he visto y oído negociar sabiamente con toda clase de hombres, píos e impíos, buscando provechos. Y ahora te digo ciertamente que si el joven no es el príncipe que pretende ser, entonces jamás la falsedad ha representado tan bien delante de mí el papel de la verdad más estricta.

—Por la gloria de Salomón, hija, has hablado con gran convicción. ¿Crees tú que tu padre fue el siervo del suyo?

—He entendido que te lo preguntaba como una cosa que sólo sabía de oídas.

La mirada de Simónides se entretuvo un rato entre sus nadadores barcos, si bien la imagen de los mismos no se grababa en su mente.

—Ea, Esther, eres una buena hija, con una perspicacia genuinamente judía y con años y energías suficientes para escuchar un penoso relato. Préstame, pues, atención, y te hablaré de mí, de tu madre y de muchas cosas del pasado que tú no sabes, ni has imaginado siquiera en sueños. Cosas que escondí a los romanos perseguidores por no malbaratar una

esperanza, y a ti también para que tu espíritu creciera en dirección a Dios tan erguido como crece la caña hacia el sol. Yo nací en una tumba en el valle de Hinnom, en la parte sur de Sión. Mis padres eran servidores hebreos, al cuidado de los olivos y las higueras que, junto con muchas cepas, crecían en el Jardín del Rey, muy cerca de Siloam, y en mi niñez yo les ayudaba. Pertenecían a la clase de los que están sujetos a la servidumbre a perpetuidad. A mí me vendieron al príncipe Hur, que, después de Herodes, era entonces el hombre más rico de Jerusalén. El príncipe me sacó del jardín y me transfirió a su almacén de Alejandría, en Egipto, donde me hice mayor. Le serví seis años, y en el séptimo, según la ley de Moisés, quedé libre.

Esther palmoteo alegremente.

—¡Ah, entonces no eres ya siervo de su padre! —No, hija, escucha. En aquellos tiempos había en los claustros del templo abogados que disputaban con vehemencia, sosteniendo que los hijos de los que estaban sujetos a servidumbre por toda la vida heredaban la condición de sus padres. Pero el príncipe Hur era un hombre justo en todas las cosas, e interpretaba la ley según las normas de la secta más estricta, por lo cual no hacía caso alguno de las pretensiones de los abogados. Decía que yo era un siervo comprado, en el verdadero sentido de la palabra del gran legislador, y, mediante escritos sellados, que todavía conservo, me concedió la libertad.

—¿Y mi madre? —preguntó Esther.

—Todo lo sabrás, hija mía, ten paciencia. Antes de que haya terminado, verás que primero me habría olvidado de mí mismo que de tu madre. Al cumplirse el término de mi servidumbre, subí por la Pascua a Jerusalén. Mi dueño me obsequió. Yo, que le tenía mucho afecto, le pedí que me dejase continuar a su servicio. Él lo admitió, y le serví todavía otros siete años, pero ahora como un hijo de Israel contratado. En representación suya hube de afrontar los riesgos de los barcos en el mar, y los peligros de la tierra mandando caravanas a Susa, a Persépolis y a los países de la seda, que se encuentran todavía más allá. En verdad que eran empresas arriesgadas, hija mía, pero el Señor bendijo todo lo que emprendí. Traje a casa grandes ganancias para el príncipe, enriqueciendo al mismo tiempo mis conocimientos con datos y noticias sin los cuales no habría podido desempeñar con éxito los cargos que luego han caído sobre mí. Un día era huésped suyo en su casa de Jerusalén. Una sirvienta entró trayendo unas rebanadas de pan en una bandeja, y vino primero hacia mí. Entonces fue cuando vi a tu madre, me enamoré de ella, y me la llevé en el secreto de mi corazón. Al cabo de un tiempo fui a ver al príncipe para hacerla mi esposa. El me dijo que estaba sujeta a servidumbre a perpetuidad, pero que si ella lo deseaba la declararía libre, a fin de que yo quedara satisfecho. Ella correspondió a mi amor con el suyo, pero vivía feliz donde estaba y rechazó la libertad. Yo rogué y supliqué, yendo repetidas veces a verla después de largos períodos de ausencia. Ella decía siempre que estaba dispuesta a ser mi esposa con tal que yo me convirtiera en su compañero de servidumbre. Nuestro padre Jacob sirvió otros siete años por su Raquel. ¿No podía hacer yo otro por la mía? Pero tu madre dijo que tenía que sujetarme como ella a ser siervo para siempre. Yo me marché, pero volví. Mira, Esther, mira aquí.

Simónides le presentó el lóbulo de la oreja. —¿No ves la huella de la lezna?

—¡Amarla, Esther! Ella era para mí más que la Sulamita para el rey cantor: más bella, más inmaculada, una fuente de los jardines, un manantial de agua viva, mil arroyos del Líbano. El dueño, cediendo a mis súplicas, me llevó ante los jueces y me clavó la oreja con la lezna a la puerta de su casa. Así pasé a ser su siervo para toda la vida. De este modo conquisté a mi Raquel. ¿Y hubo alguna vez un amor como el mío?

Esther se inclinó para besarle. Ambos permanecieron un rato callados, pensando en la muerta.

—Mi amo murió ahogado en el mar. Fue la primera pena que me hirió —prosiguió el mercader—. Hubo muchos días de luto en su casa, y también en la mía, aquí en Antioquía, que era donde vivía entonces. ¡Y ahora, fíjate bien, Esther! Cuando desapareció el príncipe, yo era su mayordomo principal. Todo lo que poseía estaba bajo mi dirección y gobierno. ¡Juzga tú hasta qué punto me apreciaba y cuánta confianza me tenía! Yo corrí a Jerusalén a rendir cuentas a la viuda, la cual me confirmó en mi cargo. Entonces me apliqué a cumplir la misión que tenía encomendada con mayor diligencia. El negocio crecía y prosperaba un año tras otro. Diez años transcurrieron, y luego se descargó el terrible golpe que has oído contar al joven visitante: el accidente, según lo ha llamado él, que le ocurrió al procurador Graco. El romano lo tomó como un intento de asesinarle y bajo este pretexto, con la venia de Roma, confiscó y se apropió la inmensa fortuna de la viuda y los hijos. Y no se contentó con eso. A fin de que no pudiera revocarse la sentencia, trasladó a todas las partes interesadas. Desde aquel aciago día hasta el de hoy, nada se ha sabido de la familia de Hur. El hijo, al cual había visto yo de niño, fue condenado a galeras. Se supone que a la viuda y a su hija las encerraron en uno de los muchos presidios de Judea, los cuales, en cuanto se han cerrado sobre los sentenciados, son lo mismo que sepulcros sellados. Su recuerdo se borró de la mente de los hombres por completo, tanto como si el mar los hubiera tragado lejos de las miradas de la gente. No pudimos saber cómo murieron. No, ni siquiera supimos si habían muerto.

Esther tenía los ojos húmedos de lágrimas.

—Tienes buen corazón, Esther. Bueno como el de tu madre. Y yo ruego a Dios que no corra la suerte de la mayoría de los corazones buenos: la de ser pisoteado por los ciegos y los despiadados. Pero, escucha todavía. Yo fui a Jerusalén con objeto de ayudar a mi dueña, y en la puerta de la ciudad me cogieron y me llevaron a las celdas subterráneas de la Torre Antonia. El motivo no lo supe hasta que Graco en persona vino a verme y me reclamó el dinero de la casa de Hur, sabiendo que, según las normas de cambio que regían entre nosotros los judíos, yo podía retirar fondos en diferentes mercados del mundo. Al requerirme para que firmara la orden, me negué. Él tenía las casas, los terrenos, los géneros, los barcos y todos los bienes muebles de las personas a las cuales yo servía, pero no tenía el dinero. Y comprendí que, si conservaba la gracia de los ojos del Señor, podría reconstruir su destrozada fortuna. Me negué repetidamente a las demandas del tirano. El me sometió a tormento. Mi voluntad no flaqueó, y Graco tuvo que dejarme libre sin haber conseguido nada. Y me vine a casa y empecé de nuevo, comerciando en nombre de Simónides de Antioquía, en lugar de hacerlo en el del príncipe Hur de Jerusalén. Tú sabes, Esther, de qué modo he prosperado, cómo han aumentado maravillosamente en mis manos los millones del príncipe. Sabes también que al cabo de tres años, cuando me dirigía a Cesárea, Graco me cogió y por segunda vez me dio tormento para obligarme a

confesar que mis géneros y dinero estaban sujetos a la orden de confiscación, y sabes que fracasó lo mismo que antes. Con el cuerpo destrozado regresé a casa y encontré a mi Raquel muerta de tanto temer y sufrir por mí. El Señor, nuestro Dios, reinaba y yo vivía. Del mismo emperador conseguí permiso e inmunidad para comerciar por todo el mundo. Hoy en día (¡bendito sea Aquel que tiene las nubes por carroza y camina sobre los vientos!), hoy en día, Esther, lo que quedó bajo mi administración y custodia se ha multiplicado en un número de talentos suficientes para enriquecer a un César.

Simónides levantó la cabeza., orgulloso. Los ojos de padre e hija se encontraron, y cada uno leyó el pensamiento del otro.

—¿Qué debo hacer con el tesoro, Esther? —preguntó el primero, sin bajar la vista.

—Padre mío —respondió la joven, en voz queda—, ¿no te lo ha pedido hace sólo un momento su legítimo dueño?

Simónides siguió sin bajar la mirada.

—¿Y a ti, hija mía? ¿Te dejaré en la indigencia?

—No, padre. Siendo tu hija, ¿no soy también su sierva de por vida? ¿Y de quién escribieron: “La energía y el honor son sus vestiduras, y su alma se alborozará en tiempos venideros”?

Un destello de amor inefable iluminó la faz del mercader, al contestar:

—El Señor ha sido bueno conmigo de muchas maneras. Pero tú, Esther, eres el más excelente y soberano de todos los favores que me ha concedido.

Y la estrechó contra su pecho y la llenó de besos.

—Escucha ahora —dijo entonces con voz más clara—; escucha por qué reía esta mañana. En aquel joven he creído ver la aparición de su padre en lo mejor de su juventud. Mi espíritu se levantaba para saludarle. Sentía que mis días de pruebas y trabajos habían terminado. Me ha costado un esfuerzo enorme no ponerme a gritar en voz alta. Me moría de ganas de cogerle de la mano, enseñarle el saldo de lo que he ganado y decirle: “¡Mira, todo esto es tuyo! Y yo soy tu siervo, presto ahora a ser relevado”. Y así lo habría hecho. Esther, así lo habría hecho, si no hubiesen venido en ese momento tres pensamientos a detenerme. Quiero estar seguro de que es el hijo de mi amo. Tal ha sido el primer pensamiento. Si lo es, quiero saber algo de su natural. Piensa, Esther, cuántos hay entre los que han nacido en la opulencia para los cuales las riquezas no son sino maldiciones que los desencaminan.

El anciano hizo una pausa. Sus manos se cerraron, y luego en su voz vibró la nota de la pasión al continuar su relato:

—Considera, Esther, los dolores que he sufrido en manos de los romanos, no únicamente en las de Graco, no. Los desalmados miserables que cumplían sus órdenes la primera vez y la última eran romanos, y todos por igual se reían al oír mis alaridos. Considera mi destrozado cuerpo y los años que hace que no tengo la estatura que tenía. Piensa en tu madre enterrada en aquella solitaria tumba, su alma destrozada como lo está mi cuerpo. Considera los sufrimientos de los miembros de la familia de mi amo, si todavía viven, y la crueldad que significa haberlos borrado del mundo de los vivos, si han muerto. Considéralo todo, e iluminada por el amor del cielo, dime, hija, ¿no ha de caer ni un caballo, no ha de correr una roja gota en expiación? No me digas, como a veces suelen los predicadores, no me digas que la venganza le pertenece al Señor. ¿Acaso en el castigo

como en el amor no cumple su voluntad por medio de instrumentos suyos? ¿No tiene hombres de guerra en mayor número que profetas? ¿No ha dictado Él la ley: ojo por ojo, mano por mano, diente por diente? ¡Ah! ¿No he soñado todos estos años con la venganza, rogando y preparándome para el día de descargarla? ¿No me ha dado paciencia ver cómo crecía mi caudal, pensando y prometiéndome, tan cierto como que el Señor vive, que un día había de servirme para castigar a los malhechores? Y cuando, hablando de su entrenamiento en el manejo de las armas, el joven ha dicho que se adiestraba para un fin que no quería declarar, yo he dicho cuál era mientras él seguía todavía en el uso de la palabra: ¡la venganza! Éste ha sido, Esther, éste ha sido el tercer pensamiento que me ha hecho permanecer impasible y duro todo el rato que él ha estado suplicando, y ha llenado mis labios de risas cuando se ha marchado. Esther acarició las marchitas manos y, como si su espíritu se uniese al de su padre adelantándose en el futuro para inquirir lo que traería, dijo:

—El joven se ha marchado. ¿Volverá otra vez?

—Sí. Malluch, el fiel Malluch, va con él y le traerá de nuevo cuando yo esté preparado.