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3.1.3 Other Reviews and Resources

«COMOLEGISLADORES TENEMOSQUEMANTENER LA SEGURIDADDE QUE ESPAÑA NO SE NOSVA A IRENTRE LOS DEDOS» (JOSÉ ANTONIO). — «NO COMPRENDO LA GRANDEZA DE ESPAÑASIN LA ACENTUACIÓN DE UNA REALIDAD CATALANA, QUE APORTE AL PENSAMIENTO ESPAÑOL EL ESFUERZO DE NUESTRA INDIVIDUALIDAD»

(CAMBÓ). — «PEDIMOS QUE LA AUTONOMÍAQUEDE EN SUSPENSO HASTAQUEEL

PARLAMENTO VEA DE QUÉ MODO Y PROPORCIONES PUEDE DEVOLVERLA A

CATALUÑA» (GIL ROBLES). — INTERVENCIÓN VACILANTE Y DUBITATIVA DE

LERROUX. — «CAERÁNREGÍMENES, DESAPARECERÁNPARTIDOS Y EL PROBLEMA CATALÁN SUBSISTIRÁ» (CAMBÓ). — PORTELA VALLADARES, GOBERNADOR GENERAL DE CATALUÑA. — EL MINISTRO DE HACIENDA PRESENTA LOS PRESUPUESTOS A LAS CORTES. — GIL ROBLES PIDE LA CONCESIÓN DE PLENOS PODERES PARA PONER ORDEN EN LA ECONOMÍA. — TRAS DE VIVAS DISCUSIONES RETIRA LA PROPOSICIÓN. — LA C. E. D. A. SE SUMA AL HOMENAJE DE LAS

CORTES A LOS CAPITANES FUSILADOS EN JACA EN 1930, «MÁRTIRES DE LA REVOLUCIÓN». — LOS MONÁRQUICOS NO CREEN EN LA EFICACIA DE LA TÁCTICA CEDISTA. — ATACADO VIOLENTAMENTE POR DIPUTADOS DE LA C. E. D. A., DIMITE EL MINISTRO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA, VILLALOBOS. — AZAÑA Y LUIS

BELLOEN LIBERTAD.

Los suplicatorios para procesar a Azaña y a Luis Bello son aprobados en la Cámara (28 de noviembre) por 170 votos contra 20 el primero y por 147 contra 20 el segundo. El diputado de la Esquerra, Trabal, proclama la inocencia de Azaña: «Desde Cánovas acá, no ha habido un estadista tan grande.» Monárquicos, tradicionalistas y cedistas abandonan sus escaños para hacer patente su incompatibilidad con el orador.

¿Qué pensaba el Gobierno respecto a Cataluña? ¿Cuál iba a ser el destino del Estatuto? Una comisión de cuatro ministros, Martínez de Velasco, Aizpún, Hidalgo y Anguera de Sojo, de la cual es ponente este último, dictamina:

«Artículo primero. Quedan en suspenso las funciones que el Estatuto de Cataluña atribuye al Parlamento de la Generalidad hasta que por el régimen electoral que oportunamente se determine y dentro de un plazo que no podrá exceder de tres meses, a partir del restablecimiento de las garantías constitucionales, sea íntegramente el que se eligió en noviembre

de 1932.— Artículo segundo. En el período transitorio de que se habla en el artículo anterior asumirá todas las funciones que corresponden al presidente de la Generalidad y su Consejo ejecutivo, un gobernador ge- neral que nombrará el Gobierno, con facultad de delegar en todo o en parte las funciones atribuidas a dicho Consejo. — Artículo tercero. El Gobierno nombrará una Comisión que en el término de quince días estudie los ser- vicios traspasados y valorados y proponga los que durante este régimen provisional deban subsistir, los que deban rectificarse y los que deban revertir al Estado, señalando en cada caso las normas a que deberá suje- tarse la ejecución de los acuerdos adoptados.»

Contra este dictamen el monárquico Maura (Honorio), solicita (29 de noviembre) en un voto particular la derogación del Estatuto de Cataluña y de todas las leyes y reglamentos que de él dimanan. «El Gobierno en el momento oportuno someterá a las Cortes el debido proyecto de ley que reglamente el régimen por el que ha de regirse en su día la región catalana».

Concedido el Estatuto y amparándose en sus privilegios, afirma Maura (H.), se inició desde el primer día, pública y cínicamente una labor contra España. El Estatuto no lo quería España ni la mejor y mayor parte de Cataluña. El proyecto presentado por el Gobierno es tan inconsti- tucional como nuestro voto particular. Si el Estatuto vuelve caerá otra vez en manos de la Esquerra o de la Lliga. El Estatuto debe ser derogado. Después se le consultará al país sobre lo que procede. «Voy a leer dice— un texto de don Antonio Maura, en la discusión de la autonomía de 1907,

que tiene un mandato personal para mí. Decía: «¿Queréis la personalidad para jurisdicción, para materia propiamente local? Sin tasa se os reconoce. Vuestra boca es medida. Cuanto más, mejor. ¿Está claro? ¿Queréis personalidad para hacer jirones la inconsútil soberanía de la patria? Nunca; nada. Mientras yo aliente y pueda, jamás logrará un Gobierno sacar una ley que mutile eso. Si yo tengo la fortuna de tener a mis hijos al lado de mi lecho de muerte, yo les diré que servirán más a su patria combatiendo eso que derramando su sangre en la frontera». Y a eso he venido esta tarde: a cumplir con mi obligación.»

A pesar de todo — dice el diputado Armasa, presidente de la Comisión de Estatutos— hay que restablecer la normalidad jurídica en la región catalana. El tradicionalista Bilbao y Eguía afirma que Cataluña por la Constitución tiene derecho al Estatuto y a una autarquía para el cumplimiento de sus fines regionales, siempre que no constituya peligro para la unidad nacional.

Para el monárquico Goicoechea no cabe otra solución que la deroga- ción del Estatuto, «hijo del Pacto de San Sebastián». «Siempre se ha dicho que no era la concesión máxima de la autonomía, sino la parte mínima del separatismo.» Las Cortes conservan facultades para derogar el Estatuto, pero no para decretar una simultaneidad de vigencia de la Constitución del Estatuto y del régimen que establece el proyecto.

* * *

La discusión sobre el régimen provisional de Cataluña, mientras dure la suspensión del Estatuto, es muy viva y en ella participan representantes de todos los grupos políticos. Cataluña —expone Primo de Rivera— «es un problema dificilísimo de sentimientos». «Si nos obstinamos en negar que Cataluña y otras regiones tienen características propias, es porque tácitamente reconocemos que en esas características se justifica la nacio- nalidad.» «Soy de los que creen que España se justifica por una vocación imperial para unir lenguas, razas, pueblos y costumbres en un destino uni- versal.» «Entiendo que cuando una región solicita la autonomía, en vez de inquirir si tiene características propias más o menos marcadas, lo que de- bemos inquirir es hasta qué punto está arraigada en su espíritu la concien- cia de unidad de destino.» «Nosotros, legisladores españoles, lo que tene- mos que mantener por encima de todo es la seguridad de que España no se nos va ir entre los dedos: no podemos mantener vivo el Estatuto de Cataluña. Por eso, modestamente pienso votar el voto particular de don

Honorio Maura, que preconiza su derogación.» «El Estatuto, una vez apro- bado, formaba parte del ordenamiento jurídico nacional: no puede haber artículo del Estatuto capaz de convertirse en un ordenamiento constitu- cional diferente.» Es una equivocación —afirma Cambó— hablar de la rebelión de Cataluña. «Por fortuna para España, el día 6 de octubre hubo la rebelión del presidente y del Gobierno de la Generalidad, secundados por hombres del partido de la Esquerra de Cataluña y de otros que estaban coaligados con ellos, pero no participó en el movimiento la gran masa del pueblo catalán, pues, de ser así, no hubiese quedado resuelto el conflicto con media docena de cañonazos.» «Una subversión, por haber sido esen- cialmente criminal, síntesis de todas las deslealtades, puede echarse sobre la conciencia y la responsabilidad de sus hombres, pero no puede jamás echarse sobre un pueblo, sobre Cataluña.» «El grito de la Esquerra, más que un grito afirmativo, fue siempre un grito de muera, y este grito de muera iba asociado a mi nombre; en las listas de los que debían ser ejecu- tados al día siguiente del triunfo, figuraban principalmente mis amigos, y en Barcelona, en la lista, cuyo original conservo, que se encontró en la mesa del señor Dencás, de los veintiocho que debían ser fusilados, cuatro eran amigos del señor Goicoechea y veinte eran individuos de la Lliga, y entre ellos, naturalmente, figuraba yo.» «La inmensa mayoría del pueblo catalán mantiene su fe y su adhesión a la institución autonómica.» «Todo el problema, es saber si aceptamos que hay o no una realidad catalana, con sus características especiales y compatible, no ya con la realidad española, sino con la mayor grandeza de España. Yo os digo que no solamente es compatible, sino que es consubstancial; que yo no comprendo la grandeza de España sin la acentuación de una realidad catalana que aporte al pensa- miento general español el esfuerzo de nuestra individualidad.» «La máxima garantía de que no se produzcan jamás hechos como los del 6 de octubre es que en España, después de haber resuelto nuestros problemas interiores —los problemas del santo pan de cada día—, resolvamos los problemas del ideal, porque si no sólo de pan vive el hombre, no sólo de prosperidad material viven los pueblos. Y España ha sido el ejemplo más admirable de esta verdad. La España de las grandes proezas; la España que infundió su espíritu a los continentes; la España que dominó a Europa, que fue la primera potencia continental de Europa era una España miserable, de menos de ocho millones de habitantes, que estaban muriendo de hambre; pero aquella era gente con un ideal que superaba todas las deficiencias de la situación y lo salvaba todo. Si el país no piensa más que en sus problemas domésticos vivirá siempre en plena discordia.

Únicamente volando más allá de lo que está al alcance de las manos podemos llegar a las compensaciones fecundas que evitan el peligro de todas las actitudes extremas.»

El debate se prolonga (6 de diciembre) con la intervención del repu- blicano Izquierdo Jiménez, de Albiñana, monárquico independiente. De nuevo Goicoechea insiste que en la Lliga están los apóstoles y en la Es- querra los discípulos. Textos de nombres tan notorios como Durán y Ven- tosa y Prat de la Riba lo demuestran. En su libro La nacionalidad

catalana, Prat de la Riba decía: «España no es nuestra patria, sino una

asociación de varias patrias... El Estado es una entidad artificial que se hace y deshace por voluntad de los hombres.» Consecuente con este principio, Durán y Ventosa deducía: «A toda nacionalidad corresponde un Estado y Cataluña es una nacionalidad; ni siquiera admitimos como posible el estado federal, porque la federación es un sistema hasta ahora imaginado para unir diferentes Estados bajo una nacionalidad, pero no para unir diferentes nacionalidades bajo un solo Estado.» Lo más que llegaba a admitir era una confederación de Estados; es decir, el mismo ideal de confederación de los pueblos ibéricos expuesto por Maciá. En su trayectoria política Cambó ha sido regionalista primero, nacionalista en 1916. Si se reúne una Conferencia Internacional —declaró en una ocasión —, España enviará sus representantes y Cataluña los suyos. Palabras suyas son también estas, pronunciadas en 1930: «Trabajaré siempre por la Monarquía, y si ésta faltase por su restauración.» Con ese contraste entre una nacionalidad sojuzgada y una nacionalidad sojuzgadora, ¿qué ideales comunes queréis que se elaboren y forjen en España? Con la suposición de que el Estado, es decir, España, no es más que una entidad artificial, ¿cómo es posible inspirar hacia ella sentimientos de adhesión y cariño? No; España ha de ser, para que tenga ideales, lo primero una nacionalidad, una asociación libre de hombres que marchen a la realización de un designio, no una galera en que remen juntos unos forzados, sin otro lazo de unión que el castigo recibido en común.» «No se trata de que deje de reconocerse la indudable responsabilidad histórica de Cataluña; pero las vergüenzas, las desobediencias, las burlas de que España y la unidad nacional han sido objeto desde que el Estatuto de Cataluña se promulgó, esas no pueden volver a repetirse.»

«Yo no tengo nada que rectificar al señor Prat de la Riba —responde Cambó—; la rectificación suprema de sus ideas está en un documento que escribió pocas semanas antes de morir, el Manifiesto por la España

grande, que conocen muchos de los que me escuchan» (18). «Es cierto que

he gobernado con el Rey —prosigue—, pero siempre le dije que no tenía sentimientos monárquicos.» «Mientras una necesidad inexorable no im- pusiera un cambio de régimen, entendía yo que servirle era servir a España. No he variado de criterio, porque no hipoteco a un régimen la vida y el porvenir de España.» «En el programa del partido centrista, que fundamos en 1931, no se hacía declaración de fe monárquica, no obstante lo cual, se sumó el señor Goicoechea. En el mundo han terminado las revoluciones políticas; las revoluciones son mucho más hondas. Nadie puede decir, ni calcular siquiera, lo que significaría hoy un nuevo cambio de régimen en España.» «Es preciso que nadie pretenda acaparar el patriotismo español, y cuando venga alguien que con sus actos haya servido a España en el exterior y en el interior, como la he servido yo, entonces le permitiré que me formule una pregunta, previa presentación del certificado de los servicios que efectivamente haya prestado a España.» «El Estatuto aún puede sernos útil, aunque tenga que ser objeto de modificaciones, cosa que he sido el primero en proclamar en Cataluña.» «Naciones o regiones, si han de vivir subordinadas a un conjunto más amplio, más grande, ¿qué más da? Siempre que las relaciones fueran incondicionales, intensas, deberíamos bendecirlas y darnos por satisfechos de que existieran.»

Interviene Gil Robles: «Si todas las regiones españolas —dice— tienen una personalidad característica definida, quizás ninguna como la

18 El manifiesto de L’Espanya Gran, escrito por Enrique Prat de la Riba y

firmado por todos los parlamentarios catalanes, se publicó en La Veu de Catalunya el 18 de marzo de 1916. En él se decía: «Fundar la Constitución de España en el respeto a la igualdad de derecho de todos los pueblos que la integran es dar el primer paso hacia la España grande: el primero y el único que nos pondrá en el camino de la España grande...» «Nosotros, desde esta Cataluña que no puede tener ministros, ni generales, ni casi obispos; desde esta Cataluña sistemáticamente eliminada de toda intervención activa en el Gobierno de España, nosotros, tachados de separatistas y localistas, nos dirigimos a los demás españoles de buena fe que sienten el alma oprimida por la impotencia actual y el deseo de levantar su tierra a una mayor dignidad interior e internacional, para decir en qué consiste el obstáculo que padecemos: consiste en una lucha enervante, agotadora, inconsciente otras veces, pero muy consciente ahora, entre una nacionalidad predominante y otras que no se conforman a desaparecer». «Ha de venir la comunidad de un ideal colectivo, del sentimiento de una hermandad, de un vínculo familiar entro todos los pueblos ibéricos, de forma que, unos y otros, la gente de Portugal y la de España sintamos los males del aislamiento presente y los posibles esplendores que pueden resultar de la fusión de sentimientos y de fuerzas».

región catalana.» «Pero cuando el nacionalismo se abroga personalidad de Estado soberano, entonces tengo que establecer un valladar entre regionalismo —perfectamente admisible— y nacionalismo, para mí, desde un punto de vista español, absolutamente inaceptable.»

«El Estatuto Catalán, otorgado por las Cortes en un momento de pasión, parece concebido por los peores enemigos de la autonomía de Cataluña. Conceder una ley autonómica sin dejar a salvo las conveniencias y las necesidades del Estado nacional, como no las dejó el Estatuto, y entregar todas esas facultades de golpe y sin ensayo, en un momento de exaltación pasional, a una región que no había disfrutado del beneficio de esa autonomía, era ponerla en las manos de los más audaces, que harían de esa autonomía un elemento de destrucción de la propia Cataluña y de la patria española.» «El Estatuto de Cataluña es un acto unilateral de la soberanía del Estado.» «Cuando de esas facultades se ha hecho transitoriamente un mal uso, el Estado puede retirar esas facultades que dejó en manos de la región autónoma y ejercitarlas por sus propios órganos y fijar el día y momento en que las devolverá a la región autónoma.» «Por eso nos limitamos hoy a pedir que la autonomía quede en suspenso hasta que el Parlamento español vea de qué modo y en qué proporciones puede devolverla a Cataluña».

La discusión prosigue (7 de diciembre). Trabal, de la Esquerra, afir- ma: «El Estatuto es una ley que está en la plenitud de vigencia y en suspenso por hechos fatales, pero corresponde al Gobierno ponerlo con la máxima urgencia en ejercicio, a fin de normalizar la situación, pues en Cataluña, según el orador, hay más de siete mil detenidos, si bien el ministro de Estado reduce esa cifra a dos mil.» Insiste Royo Villanova en pedir la revisión. Lerroux expone el criterio del Gobierno (11 de diciembre) en un discurso vacilante, dubitativo, propio de quien no puede discrepar de sus aliados y que por otro lado teme disgustar a los amigos de ayer y adversarios de hoy. «Para mí —dice— no puede haber mayor satisfacción que la de coincidir con aquellos hombres que, con otra visión del problema, mantienen como yo la necesidad de la autonomía para Cata- luña.» Caben fórmulas de armonía; pero en una cosa el Gobierno no podrá ceder sus derechos; en nombrar el representante que haya de sustituir al presidente de la Generalidad y en elegir el momento en que vuelva a regir el Estatuto. «Yo mantengo la necesidad de que se cree en Cataluña un órgano supletorio del que ha desaparecido por la subversión, en los términos que el artículo 2.º del proyecto de ley establece, y que en cuanto a lo demás se reconozca potestad al Gobierno para convocar al cuerpo

electoral de Cataluña, para que elija su nuevo Parlamento. Resucitará en Cataluña el sentimiento español, y en esa esperanza de convivencia debemos huir de medidas de hostilidad.»

Todo lo que no sea derogar el Estatuto y empezar a edificarlo de nuevo, manifiesta Maura (H.), será un crimen de lesa patria. El Gobierno no da un paso efectivo en contra de la rebelión que sigue latente en toda España. La propuesta de Maura es rechazada por 134 votos contra 32.

Quiero que conste —afirma Primo de Rivera— una reprobación ter- minante de lo que acaba de hacer la Cámara. «Ni el más recalcitrante pue- de sostener que con arreglo a la Constitución no podemos derogar el Es- tatuto. La Constitución nos confiere sin límites la facultad de legislar y las leyes alcanzan su justificación de normas superiores en el orden jerárquico del derecho. Nosotros no pedimos castigo, mortificación o vejación para Cataluña, sino que reputamos elemental prudencia política no entregar un arma tan fuerte como el Estatuto a una región en que no sabemos su- ficientemente arraigado el sentido de unidad nacional. El pueblo catalán presenta una faz de melancolía de vencido, que no promete, ni mucho me- nos, una adhesión a la unidad hispana. No crea el presidente del Consejo que el pueblo catalán va a cambiar de representantes cuando de nuevo los elija. El Gobierno sigue la táctica, que ya va siendo en él habitual, de de- morar los problemas hasta que se pudren, hasta que son reemplazados por la angustia de otros problemas nuevos que se nos imponen con la realidad de su presencia. Esto no es más que una dilación; dentro de algún tiempo tendremos otra vez resucitado el Estatuto. Habéis votado contra la petición

de que el Estatuto se derogue. Os habéis retorcido el corazón una vez más;