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The Revised Bivariate Mixture Model

2.2 The Structural Bivariate Mixture Model: Theoretical and Empiri-

2.2.4 The Revised Bivariate Mixture Model

Svadisthana está vinculado al gusto, puesto que desde él saboreamos la vida: saboreamos la comida, pues mientras que en Muladdhara la comida era considerada sólo alimentación y energía, en Svadhistana la vivimos como placer, la degustamos. Saborear nos conecta a las otras funciones del segundo chakra: la sensualidad, la emoción, la creatividad, la sexualidad… Un ejemplo vivo de este centro energético es la novela Como agua para chocolate, de la mexicana Laura Esquivel, una historia apasionada de amor hilada a través de recetas de cocina y cuyo escenario es una cocina, con sus olores y sabores. El libro es un auténtico canto al segundo chakra.

Desde este centro nos abrimos al placer, nos alegramos de estar vivos, ya que después de aprender a sobrevivir somos capaces de amar la vida. Svadisthana nos enseña a agradecer y a ponerle una sonrisa a cuanto nos acontece en la vida, sea maravilloso o nos haya provocado dolor, porque todo lo que nos ocurre desde el punto de vista de este chakra nos acerca más al camino hacia nuestro plan divino.

Una práctica muy apropiada para trabajar con este chakra es lo que los taoístas llaman «sonrisa interior». Se trata de hacer que todo el cuerpo sonría cada mañana, aunque llueva, estemos cansados, tristes o enfadados. Nuestra boca, nuestros ojos y todos los órganos y células de nuestro cuerpo sonríen; podemos imaginar pequeños smilings que circulan por todo nuestro organismo llenándonos de alegría. Esto, que puede parecer una práctica absurda, es de gran ayuda para revitalizarnos y rejuvenecernos cada día, activando y armonizando el chakra sacral.

CONCEPTOS RELACIONADOS

Sexualidad y espiritualidad

Svadisthana es el chakra de la creación en todos los sentidos, la gestación de ideas, proyectos, sueños y, por supuesto, vida. Este centro es la fuente de la que mana la energía sexual, y ésta es la que genera la vida en el más amplio sentido de la palabra. Carl Gustav Jung definía la líbido como «la mayor fuente de creatividad humana». Por tanto, creatividad y sexualidad van de la mano. Así, por ejemplo, la sabiduría mitológica ha asociado estos dos conceptos en la figura de Afrodita o Venus, diosa del amor, la belleza, la sexualidad y las artes. Tanto las personas que sienten la herida de Cupido como aquellas que viven inmersas en un proceso creativo experimentan a Afrodita en sus vidas.

Por otro lado, sexualidad y creatividad son una puerta a la espiritualidad, a pesar de que durante siglos algunas de las grandes religiones monoteístas se hayan empeñado en separarlas, condenando la sexualidad. En la Antigüedad, las viejas sociedades matriarcales se regían por la unión de estos conceptos, ya que se hablaba de sexualidad sagrada. La unión sexual entre el hombre y la mujer suponía la reconexión interna con lo divino. Incluso existía la figura de la prostituta sagrada, que era una institución entre los pueblos antiguos.

La prostitución sagrada era un ritual de iniciación en la sexualidad y el amor que se hacía ante y para la Diosa, en sus templos. La prostituta sagrada era, por tanto, una sacerdotisa de la Diosa del Amor y se la consideraba el conducto hacia lo divino, aquella a través de cuyo cuerpo el hombre era reconectado con Dios. Los soldados acudían a los templos de distintas diosas para, después de haber sido mancillados en las guerras de los hombres, restaurarse moral y espiritualmente.

Era una práctica habitual que todas las mujeres, antes de contraer matrimonio, antes de formar un hogar, ejercieran una vez la prostitución sagrada como representantes de la Diosa. Este ritual consistía en una ceremonia sensual tras los muros del templo, en la que estas mujeres, engalanadas con sus mejores ropas, joyas y perfumes, danzaban ante el extranjero, el cual debía escoger a una sola para hacer el amor con ella ante la Diosa. El extranjero era un iniciado, un hombre procedente de tierras lejanas que acudía al templo a instruirse en los misterios de la Diosa. Tras este ritual sacro, ellas regresaban a sus hogares, dispuestas a afrontar su nueva vida. Sin pasar por este ritual, no podían contraer matrimonio. El extranjero, a su vez, al elegir a una de ellas, pagaba una cantidad simbólica a la Diosa, dinero que se destinaba al templo.

Nancy Qualls Corbett afirma que en este marco «la pasión erótica se consideraba inherente a la naturaleza humana. El deseo y la respuesta sexual se experimentaban como un poder regenerador y se reconocían como un regalo o bendición de la divinidad».3 La naturaleza sexual del hombre y de la mujer

eran inseparables de su actitud religiosa. En sus plegarias de agradecimiento y en sus súplicas, ofrecían el acto sexual a la Diosa del Amor. La práctica de la prostitución sagrada en este contexto del sistema matriarcal hacía desaparecer la división entre sexualidad y espiritualidad.

Las tradiciones orientales, sin embargo, sí consideran la sexualidad como inseparable de la espiritualidad. En el tantra hindú y en el taoísmo chino la energía sexual se eleva de los genitales al chakra corona, haciéndola circular por todos los chakras para que el orgasmo se experimente en todas las partes del cuerpo y sea el conducto hacia el espíritu.

Si en el primer chakra aprendimos a sobrevivir obedeciendo a una autoridad tribal, en el segundo aprendemos a relacionarnos con los otros y a explorar nuestro poder de elección. Las relaciones con los demás se aprenden en la infancia. Una vez superada la primera fase, la de la supervivencia, el niño que ya sabe andar, hablar y expresar lo que necesita empieza a adquirir progresivamente más independencia de sus padres y de su entorno familiar. Aproximadamente a los siete años el colegio y los amigos comienzan a cobrar cada vez más importancia.

El niño empieza a descubrir su individualidad y la vida se convierte en un acontecimiento fascinante para él. Los padres y educadores afrontan entonces un importante reto; deben ser firmes y flexibles al mismo tiempo, para garantizar que la criatura crezca segura y a la vez siga amando la vida, el cambio y la aventura. La superprotección, la rigidez o, por el contrario, la excesiva anarquía incapacitan al niño para sentirse seguro y feliz en este mundo. El entorno acomodado y apacible, que era tan importante para garantizar el buen funcionamiento del chakra raíz, debe continuar, permitiendo que el niño se sitúe en el ámbito del descubrimiento y la relación con los otros.

En estas edades tiene lugar asimismo el encuentro con la sexualidad, algo que el entorno familiar debe tratar con naturalidad para que se establezca de forma saludable en el niño. Aparte de responder con normalidad a sus preguntas (sin tabúes, pero teniendo en cuenta que tampoco piden informes sexológicos, ya que son niños y hay ciertos detalles que aún están de más), los padres no deberán caer bajo ninguna circunstancia en la ridiculización de sus hijos. Hacia los cinco años, es frecuente que las criaturas se

enamoren de otro niño del sexo opuesto. Es muy importante que padres y educadores conozcan la

profundidad de tales sentimientos y los traten con sumo respeto. La ridiculización y la burla les hará reprimir sus emociones y encontrar de mayores serios problemas en la expresión de éstas.

Además, hay que tener en cuenta que el segundo chakra está relacionado con el quinto, el de la garganta, aunque su conexión se realice con el sexto. Si el niño crece en un ambiente demasiado rígido, conformista o en el que es ridiculizado constantemente, la sana conexión entre la creatividad y la expresión de ésta se truncará. Ruth White afirma que «si el flujo de energía entre estos dos centros es insuficiente, resulta difícil encontrar un papel satisfactorio en la vida».4 Para que podamos relacionarnos con el mundo y sentirlo como una aventura apasionante, es necesaria la combinación de rutinas y límites, así como flexibilidad y creatividad en la educación, de lo contrario el niño crece atemorizado y opta por el conformismo frente a la iniciativa y la aventura. En el otro polo estarían las personas que necesitan la presencia de la aventura de una manera constante en sus vidas. Sería el arquetipo patológico del vagabundo, quien no soporta las normas y vive en una constante huida. Las buenas o malas relaciones con los demás tienen su origen en este periodo de la evolución humana. Así, quienes en estas edades carecen de relaciones con otros niños llegan a la edad adulta con dificultades en sus relaciones personales y suelen verse afectados por problemas en el chakra sacral. Hombres y mujeres que en la infancia han tenido por compañera forzada la soledad se convierten en adultos profundamente inseguros a la hora de relacionarse con otras personas. Esto puede deberse a su condición de hermanos pequeños en su familia, o de hijos únicos, lo cual los alejó de las relaciones con otros niños, o también a haber vivido de niños la competitividad con sus hermanos por el amor de sus padres. Es frecuente encontrar adultos que oscilan entre el miedo al abandono y el terror a unirse a personas que anulen su personalidad. La patología es la misma, aunque parece la opuesta: la excesiva independencia, por miedo a la asfixia, y la dependencia obsesiva, por miedo a la soledad. El miedo a la asfixia lleva a muchas personas a renunciar a la sexualidad y a relaciones de pareja estables, o incluso a la amistad. El miedo a la soledad conduce a conformarse con cualquier relación con tal de no sufrir de nuevo el abandono. Este

problema se solventa aprendiendo a poner fronteras, a establecer límites.

Cocreación

Cuando somos capaces de relacionarnos con los demás respetándonos a nosotros mismos, somos capaces también de cocrear. Las buenas relaciones interpersonales exigen reconocer que formamos parte de todo cuanto sucede y cuanto existe en el universo; dejar de considerarnos víctimas de nuestras circunstancias y de ver al otro como culpable, convirtiéndonos en héroes y percibiendo a los demás como actores en la película de nuestra existencia, con los que cocreamos. Para cocrear es fundamental mirar al otro como alguien capaz, es decir, saber ver su divinidad, el ser que es; comulgar con su esencia, entendiendo que aquello que no nos gusta de él es un reflejo de lo que nosotros no admitimos en nosotros mismos, es decir lo que C. G. Jung llamó la sombra. Por ello es muy importante asumir que todos somos capaces, porque todos somos Dios, no únicamente unos cuantos elegidos, como nos han hecho creer siempre en la cultura en la que estamos inmersos.

La cocreación, que está estrechamente unida al segundo chakra, pues es la base de las relaciones interpersonales, es el pilar en el que se fundamenta el cambio de conciencia en la era Acuario entrante. De ahí fenómenos sociológicos como los círculos de mujeres, hombres y mixtos, en los que grupos de personas se reúnen con objeto de compartir experiencias y meditar o llevar a cabo rituales para elevar la vibración del planeta. En ellos no hay jerarquías, todos son imprescindibles. Expertos de distintos ámbitos, como la psiquiatra junguiana Jean Shinoda Bolen o el canalizador de Kryon, Lee Carrol, afirman que el cambio planetario al que nos dirigimos sobrevendrá a través de la cocreación de los grupos.

La elección

Todas las relaciones nos ayudan a conocernos, nos revelan detalles sobre nosotros mismos; son una especie de espejo en el que se reflejan nuestros puntos fuertes y débiles. Cada relación contribuye a hacernos crecer como personas. Caroline Myss afirma que «la energía del segundo chakra entraña una dualidad. La energía unificada del primer chakra, representada por la mente tribal, se divide en polaridades en el segundo chakra. A esta división de fuerzas se le ha dado muchos nombres: yin/yang, femenino/masculino, ánima/ ánimus, luna/sol».5 Desde esta dualidad nos relacionamos con el otro, atrayendo aquellas relaciones que contribuirán a que nos conozcamos a nosotros mismos. El desafío al que nos invita este segundo centro energético es aprender a relacionarnos conscientemente con los demás, formando uniones con aquellas personas que contribuyen a nuestro crecimiento y sintiéndonos libres para romper con aquellas otras que lo impiden o lo obstaculizan. Desde el chakra sacral no sólo nos relacionamos con los demás, sino que también creamos esas relaciones. Nuestro sistema de creencias nos lleva a pensar que las personas con las que entablamos relación a lo largo de nuestra vida han llegado a ella por pura casualidad; no nos damos cuenta de que nosotros las elegimos a todas. Pero esta elección no es consciente; no las escogemos por ser guapas o simpáticas, intervienen muchos más factores que los puramente conscientes. Algunos hablan de karma, otros de destino, de pactos anteriores al nacimiento, de atracción energética, etc.

El psiquiatra norteamericano experto en terapia familiar y de pareja Harville Hendrix afirma que elegimos a las personas con las que establecemos relaciones importantes (sobre todo de pareja) basándonos en lo que él llama «cerebro antiguo,» que sería la suma de la parte emocional (el límbico) y la parte

instintiva (el reptiliano), buscando inconscientemente en la otra persona los rasgos que más se parecen a los de sus padres o cuidadores. Hendrix afirma que elegimos a las personas que amamos (parejas o no) según lo que él llama imago, imagen inconsciente de los rasgos que más se parecen a los de nuestros padres, cuidadores y otras personas cercanas. La afinidad y el enamoramiento proceden de esta imago.

Para el chakra sacral hay dos formas de elegir, según esté en su camino alfa u omega: una a partir de la fe y otra a partir del miedo. Cuando elegimos a partir de la fe, lo estamos haciendo desde nuestro Ser, desde nuestra divinidad interna y, por tanto, con la conspiración del universo a nuestro favor; por eso se dice que la fe mueve montañas. Sin embargo, cuando elegimos a partir del miedo, es nuestro ego quien está tomando tal decisión, y no cuenta, por tanto, con el apoyo del universo. El segundo chakra en cuestiones de elección nos enseña, como dice Caroline Myss, «la naturaleza paradójica de las decisiones que tomamos».6 Lo que parece correcto acaba no siéndolo, y al revés. El segundo chakra nos transmite una

lección fundamental: lo importante no es lo que elijamos, sino desde qué perspectiva lo hacemos: ¿desde el miedo o desde la fe? ¿desde lo que somos realmente o desde lo que nos creemos que somos?

El mito de la pareja en nuestra cultura

Nos relacionamos con el otro desde el segundo chakra. Todas las relaciones con los demás están englobadas en esta rueda de energía. Pero si hay una relación que caracteriza este centro energético es la de pareja, que sin duda está más idealizada.

En la cultura occidental, el amor romántico ha sido divinizado a la altura del Santo Grial. Todos, lo admitamos o no, somos heroicos buscadores de ese cáliz sagrado que encierra la promesa de curar todos los males. Para algunas personas (sobre todo mujeres) ese Santo Grial es un príncipe azul que las rescatará de su vida gris y las hará felices para siempre casándose con ellas. Para otras, el amor romántico obedece a la necesidad imperiosa de la maternidad o la paternidad. Otras, sin embargo, buscan en el amor romántico formar un equipo intelectual y creativo, orientándose a unos ideales vitales, espirituales o profesionales. Y otras buscan la pasión, la excitación y la emoción constante. También las hay que anhelan la formación de una institución próspera con un alto poder adquisitivo y brillo social. Pero lo que sí parece claro es que el amor romántico es un mito al que nos enganchamos, un arquetipo universal que forma parte de nuestra vida diaria (alimenta la industria cinematográfica de todos los tiempos, la literatura, los cuentos de hadas, el arte, los viejos mitos, la música, la televisión…), porque nos habla de una promesa a la que todos aspiramos: la realización, es decir, el alcance de la totalidad. Parece que el viejo mito de Platón de los andróginos que fueron cortados por la mitad y desde entonces buscan desesperadamente a su otra parte para ser completos ha calado hondo en nuestra cultura y en nuestra psique. El ser humano busca desesperadamente esa media naranja que le haga sentirse completo. Sin embargo, esta búsqueda es casi siempre ardua y dolorosa.

Es dolorosa para quienes parecen encontrar a esa media naranja pero finalmente resulta no serlo, porque fracasa; para los que ésta parece no llegar nunca y sienten su mutilación psíquica y su frustración, y se culpan a sí mismos por no ser merecedores del amor de otro, y también lo es para quienes renuncian a ella, cerrando su corazón, pues el dolor del fracaso hace que la felicidad que puedan alcanzar no merezca la pena. Y para los que la encuentran y la mantienen la situación es también tremenda, porque la relación puede fluctuar entre la magia y el acercamiento y las riñas, entre las crisis y los reproches mutuos, entre la emoción y la decepción profunda; entre el deseo y el sentimiento de abandono.

Hay que tener en cuenta que las parejas basadas en el enamoramiento y el amor son muy recientes en la historia de la humanidad. El matrimonio era una institución, un negocio de intercambio. Las mujeres eran vendidas y la mayoría de las familias se formaban por intereses puramente económicos. La historia de la antropología familiar está llena de ejemplos que hoy día nos ponen los pelos de punta. Jung relata el caso de un campesino joven que deseaba casarse, y como él y su madre poseían una buena propiedad, la madre le dijo un día: «¿Para qué casarse? Solamente habrá más bocas que alimentar; debería irme y me tendrías que mantener; si quieres una mujer, tómame a mí».7 Pero con el paso del tiempo el matrimonio ha ido perdiendo ese carácter de transacción económica y se ha visto condicionado por el amor romántico: «En cuanto los tiempos se vuelven un poco más sofisticados, el individuo se convierte en un ser mimado. Se poseen más deseos y exigencias. Se psicologiza y se desea comprender. […] el elemento personal es el logro de una época cultivada».8

En esta época cultivada, el cuento de hadas con final feliz es la máxima aspiración humana. Pero la causa ha de buscarse en el interior de nuestra psique y no únicamente en el exterior.

El inconsciente colectivo establece que para llegar a la totalidad del Ser deben alumbrarse y unirse en matrimonio sagrado las polaridades masculinas y femeninas, lo que se traduce en respeto, complicidad y amor. Lo masculino honrará a lo femenino y lo defenderá, y lo femenino apoyará a lo masculino y lo nutrirá.

Mitos, cuentos, leyendas y figuras arquetípicas de todas las culturas hablan de la pareja como complemento; el ejemplo más claro son los arcángeles y los elohims, creadores cósmicos arquetípicos que generan vida en pareja. Todas estas muestras simbólicas nos remiten a la pareja interior. Por tanto, la anhelada alma gemela es interna, es un maridaje sagrado de ánima y ánimus, como primer paso para que se materialice en el exterior.

Ánima y ánimus

Así, en el segundo chakra podríamos ubicar el principio femenino y el masculino del mundo, de los que mostramos unas pinceladas en la Introducción al hablar del camino del héroe. El ánima es la feminidad

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