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Part 3 Studies on

3.1 RFID adoption and implications

silogismo:

Si la imagen de Guadalupe, señal de sus Apariciones, es sobrenatural en su origen y en su conservación, la verdad de la Aparición en el Tepeyac es absolutamente indudable: porque no puede ser falso lo que es confirmado como un milagro. Es así que dicha imagen es sobrenatural en su origen y en su conservación, entonces la verdad de la Aparición de la Virgen en el Tepeyac es absolutamente indudable. Además, el autor añade que cuando unos hombres conocen el hecho y como lo conocen lo manifiestan, ese testimonio no puede desecharse, a menos de renegar de toda la fe humana: porque constando la ciencia y veracidad de los testigos, lo que les movió a testificar no puede ser más que la evidencia del hecho. Así pues, los peritos del arte de pintura afirmaron bajo juramento que la imagen de Guadalupe es sobrenatural en su origen y en su conservación, y así consta por la declaración recibida ante Luis Perea en 1666.

Caballero (op. cit.: 43) en el capítulo “Lo indio en la Imagen” señala algunas características

fundamentales para aseverar que desde el punto de vista pictográfico y simbólico, la imagen de la Virgen de Guadalupe es una representación exacta de la teología totonaca. Según el autor, está expresado en un mensaje cifrado, que da razón del por qué durante siglos no ha podido ser correctamente interpretado. A continuación se presentan algunas de esas características:

Figura 3.1 Imagen de la Virgen de Guadalupe, estudiada por el Abad Schulemburg

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La figura y su resplandor están enmarcados en un cerco de nubes, como simulando un hueco en el cielo; la imagen está en la “quinta dirección” totonaca. Para los totonacas, como para todos nosotros, hay cuatro direcciones horizontales: norte, sur, este y oeste. Sólo que para ellos existe una quinta dirección que parte del cruce de las horizontales y de allí, al cielo, en donde mora “Natsi´tni”, la responsable de la vida humana y la máxima expresión mesoamericana de la maternidad.

“Natsi´tni”, como madre del Sol, lleva a su divino hijo de la misma manera con que llevan a los suyos las madres indígenas: en la espalda. Su divino hijo, el Sol, proyecta sus rayos en las nubes y en ellas vemos los colores del ocaso, la “sangre flor” de los totonacas, la sangre del Sol que da a diario su vida para que nosotros vivamos, y representada en el ocaso, que es también la región sagrada de los muertos, elemento básico en las teologías mesoamericanas, cuyo recuerdo celebran los indígenas en la fiesta más importante del año.

En el caso del manto se representa un cielo verde azul con estrellas; los colores verde-azul son importantes en los códices mesoamericanos; era el color que representaba el agua, otra bendición del cielo para los totonacas, y las estrellas, adorno celestial, auxiliaban al Sol y por la noche cuidaban de los hombres. En cambio, la Luna “traicionero” (era masculino para ellos) opacaba a las estrellas para eliminar su protección a los hombres buenos y así ayudaba a los hombres malos en sus perversidades.

El interior del manto es azul claro, el color del aire. Las deidades del viento y de los huracanes no podían estar ausentes en una cultura muy consciente de la Naturaleza como un todo, que no dio a “la Madre Tierra” una dimensión unilateral. Sin embargo, se identifica a la tierra desnuda por su color y se ve representada en su túnica, o vestido, con su ingenioso mensaje cifrado: con las sinuosidades de la tierra (montañas) presentes en los pliegues, pero con la vegetación (como otro valor fundamental) en donde las plantas y las flores no siguen los contornos de la tela estampada. Esas plantas y esas flores (que flotan sobre la tierra) han sido un dolor de cabeza para muchos investigadores, pues están disfrazadas semejando arabescos (como los de la Alhambra de Granada) y señalan en la dirección del islam para ocultar mejor los valores indígenas.

La luna negra a los pies de la imagen (que también ha sido interpretado como referencia al islam) es parte integral de todo el conjunto inferior, que incluye una sospechosa y exagerada

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punta derecha del manto. Otro tanto sucede con un enigmático pliegue en la base de la túnica, calificado como “pliegue azteca”, y, parte principal de este conjunto, con el arcángel San Miguel o con el arcángel San Gabriel, y para algunos es la representación de millones de ángeles. Pero la luna negra tiene un fuerte significado totonaco, la luna, es de naturaleza masculina y está íntimamente asociada a la lascivia humana; el negro es, como en muchas culturas, símbolo del mal. La exagerada punta del manto (si se olvida el borde dorado y de la estrella que lo disfrazan) es una hoja de maíz. El maíz no podía faltar como referencia a lo sagrado en ninguno de los grupos mesoamericanos, y menos en los totonacas, cuya tercera persona más importante, después de Natsi´tni y de Chichini , el Sol, era Sha Yishku kiliwatkan (el señor de nuestra comida), el Señor del Maíz, el domesticador del maíz, pues se identificaba al maíz como un producto de la actividad inteligente del ser humano. Los mayas (Popol Vuh) señalaron que el maíz les llegó de Paxil y Cayalá, situados en la región totonaca de Mizantla.

El pliegue azteca ha sido interpretado hasta hoy, junto con la punta el manto (hoja de maíz), sin significación alguna, sólo como elementos sin importancia propia y para que el “ángel”, al abrir los brazos tuviera de donde sujetarse. Entonces si se considera que al pie de las vírgenes católicas se colocaban tradicionalmente los símbolos del mal (el dragón infernal, Lucifer o la traidora serpiente del paraíso terrenal) no queda sino captar la intención obvia de asociar íntimamente a ese ángel, con cara de español adulto y único símbolo cristiano, con todo el conjunto integral de la parte inferior de la imagen. Se identifica así la maldad conquistadora, no sólo por sus asociación con la luna negra, sino por estar también aferrado al pillaje de lo que la superficie de la tierra producía (simbolizado en el maíz) y hasta el saqueo de las entrañas de la tierra (minería) que parece estar simbolizada en el pliegue azteca.

El autor concluye los siguiente “… Ya podemos detectar, precisar y comprender el éxito espectacular

de “La Estrella de la Evangelización”, y descubrir que no se trataba de una Virgen cristiana, ni de una diosa indígena, sino de una síntesis teológico-histórica sumamente vigorosa, toda una innovación en el campo religioso. ¿Para qué tener ya una estatua de Huitzilopoxtli, o de Chichini, si el Sol estaba allí? Y allí estaba también Tláloc, Dios del agua y de la lluvia, representado en el manto verde-azul; y allí estaban también los dioses del viento, las diosas de la tierra y el firmamento entero. Una teología completa para el indígena; la misma que él había desarrollado a través de los siglos…”

En el libro La Estrella del Norte, en la introducción hecha por Jerónimo Valladolid, quien fuera capellán de Guadalupe, escribe lo siguiente:

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"...La Virgen como está retratada no necesita escritura, porque Ella misma es un mensaje en trozo de tela..."

Explica que la Virgen se apareció de este modo porque quería ser como una escritura jeroglífica; un catecismo especial, para que sus recién adoptados hijos, fácilmente le entendieran.

En el conjunto de la imagen del Tepeyac resaltan, como elementos principales, la maternidad y la Naturaleza, los elementos responsables de la vida de cada ser humano, que los ambiciosos aventureros que llegaron en el siglo XVI confundieron con demonios. Así se llega a descubrir, admirar y comprender todo el tesoro escondido en El lado oculto de la Guadalupana…”.

James Meehan (citado en Feans, op. cit.: 65) asegura que la imagen es más que una imaginación piadosa:

Una fotografía muy ampliada del rostro de la original imagen, nos revela en el ojo de la Virgen, la silueta reflejada de una persona, que posteriormente ha sido identificada como Juan Diego, el azteca elegido por la Virgen para que llevara su mensaje al obispo de México. Este retrato, es tan claro, que los guías de turistas llevan a los visitantes, al Centro de Información Inglesa de la Basílica, donde se les señalan la cabeza de Juan Diego, en el ojo de la Virgen.

Hay una cantidad de detalles que no pueden ser explicados, ni por la ciencia, ni por el arte. La tela está tejida con fibras de maguey, que se desintegran en unos 20 años. Sin embargo, este retrato pintado sin pinceles permanece con sus colores tan vivos, como cuando apareció; a pesar de los 116 años que pasó sin protección alguna, sin vidrio y entre el humo de las velas y tocada por las manos de millones de fieles, que hubieran ennegrecido la pintura hasta el punto de volverla irreconocible.

Es importante destacar, que un grupo de científicos de la NASA se ha propuesto hacer un estudio electromagnético a la tilma, y otro de su estructura molecular, tanto para determinar el proceso de impresión de la imagen, que más que pintura parece ser de estampado, como para tratar de entender a la luz de la química, cómo se ha conservado durante siglos una tela que , en condiciones normales, no podía haber durado ni siquiera 30 años.

Por su parte, el Doctor Tonsmann, especialista en ingeniería de sistemas, utilizó un proceso de digitalización de imágenes, mediante el cual, la computadora efectúa el análisis de las mismas. La primera imagen fotográfica que el investigador tuvo en las manos, para hacer una prueba de lo que pensó que podría ser de interés, fue una foto comercial de las que circulan por millones. Luego, poco a poco fue obteniendo fotografías más precisas y fidedignas, hasta que al fin, obtuvo una colección de

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