7. Procurement Process
7.2. Consistency with the Loading Order
7.3.1. RFOs and Bilateral Negotiations
Pensar los mundos juveniles desde los adultos requiere, entre otras cosas, “re- conocer” la propia juventud y adolescencia de esos adultos. Los “recuerdos de juventud” son siempre algo que se reinventa y se relee, con nostalgia o rechazo, con placer o dolor. Esos recuerdos son el telón de fondo sobre el que se leen, a su vez, los rasgos de las cultu- ras juveniles actuales. Pero no siempre hay una conciencia clara de esos juegos de fondo y figura. Hacerlos explícitos ayuda a entender cómo nuestra propia juventud incide en la comprensión o incomprensión de quienes hoy son jóvenes.
Ya en la etapa anterior trabajamos en parte esto a través del juego “Volver a los 17”, que se enfocaba principalmente sobre los recuerdos propios de los docentes (véase el capí- tulo 3). Ahora propusimos otro ejercicio que trabaja simultáneamente con las distintas ge- neraciones. Consiste en enumerar rasgos culturales de la propia –pasada- juventud y rasgos que conozcan de los jóvenes de hoy. Las categorías pueden ser variadas. Nosotros elegi- mos cinco, con esta consigna:
Mencionar elementos emblemáticos o distintivos de nuestra juventud y de los jóve- nes con los que trabajamos:
“Nosotros ” “Ellos”
(cuando éramos jóvenes) (los jóvenes con que trabajamos)
• Una canción
• Una palabra o expresión
• Un objeto (ropa, aparato, etc.)
• Un programa de radio o TV
En torno a estas listas se producen comentarios y reflexiones y se sientan bases para empezar a trabajar con los adultos sobre las culturas juveniles. Tanto en el curso taller co- mo en otros espacios experimenté varias veces con esta herramienta y pude ver cosas que se reiteraban y otras que diferían según los contextos. Señalaré algunas observaciones gene- rales y algunas específicas para las distintas categorías.
Generaciones y juventudes. Una primera constatación es la de las múltiples diferen-
cias entre los propios adultos: los elementos considerados emblemáticos o distintivos difie- ren obviamente entre adultos de distintas generaciones y entre personas de origen sociocul- tural y geográfico distintos. Así, por ejemplo, quienes vivieron su juventud bajo la dictadu- ra militar de los 70 suelen registrarlo en los rasgos culturales, pero esta marca es muy dife- rente para quienes la vivieron el interior que en la capital.
Explicitar estas diferencias entre los adultos ayuda luego a entender mejor la idea de “juventudes”, en plural. La categoría “juventud” se vuelve compleja y múltiple. Algo que ya estaba presente en generaciones anteriores pero que no siempre es advertido por los adultos.
Pero así como en los recuerdos de los adultos surge una gama amplia y variada de signos, cuando leen los de los jóvenes se limitan a pocos elementos y de poca profundidad. Los jóvenes de hoy aparecen como una masa casi indiferenciada y poco nítida. A partir de esta constatación estimulamos el deseo de conocer lo común y también lo diferente, y co- nocerlo con mayor profundidad.
Música: ¿continuidades o rupturas? Entre los adultos, igual que entre los jóvenes,
se perfilan diferencias importantes. Algunas tienen que ver con las “culturas” y otras con las generaciones: no es igual haber sido joven en los 70 que en los 90. Buscan entonces continuidades que no siempre son claras: la canción protesta de los 70 y el canto popular de
los 80, pero no es claro qué hay en los 90. Algunos géneros aparecen poco, como el pop local o regional, tal vez porque caen dentro del “mal gusto” vergonzante desde la mirada adulta de los educadores.
Cuando estos mismos adultos miran a los jóvenes distinguen dos géneros principa- les, como ya hemos visto antes: rock y cumbia. Pocos grupos y menos canciones logran ser ubicadas, salvo por los más cercanos generacionalmente, que comparten el gusto rockero Sólo los muy conocedores ubican grupos y canciones de “cumbia villera” y casi nadie co- noce o ha prestado mayor atención a las letras. Una primera tarea se impone: oír y empezar a reconocer.
Por otro lado surge la pregunta por las continuidades, si es que las hay. ¿Qué pasó con la “rebeldía” que se expresaba en la música? ¿Se perdió en los 90 y 2000? ¿Se redujo a ciertos hip hoperos? (Las letras del mexicano Molotov parecen casi una caricatura de la canción protesta de los 60...) ¿Se expresa en la muga joven? ¿O tal vez esa corriente fue siempre más pequeña de lo que creen muchos adultos? Entre los educadores del interior, por ejemplo, la canción protesta aparece poco entre los recuerdos juveniles.
Mirarse en otra generación obliga a repensar la propia. Del diálogo entre los educa- dores va surgiendo la idea de que ni ellos ni nosotros éramos tan homogéneos como creía- mos ni alcanza una tipología simple (cumbia –rock) para entender todo. Hay que ir más a fondo.
Palabras: de la militancia al desencanto, del desprecio al orgullo. En la misma lí-
nea de la canción protesta algunos encuentran en la palabra “compañero” el emblema ver- bal de su generación. Esta tiene una referencia quizás más clara que la música: la militancia social y política como ámbito de socialización y producción cultural. Del mismo modo que en la música hay puntos de contacto con cierta cultura rockera y el movimiento hippie lo-
cal, expresado en la clásica expresión “paz y amor”. Este encuentro se produjo más firme- mente en los 80.
Nuevamente la generación que vivió su juventud en los 90 elige palabras sin conno- taciones sociales y políticas: “salado” (difícil), “pendejo” (chico), etc. Y terminan uniéndo- se con los jóvenes actuales: “de más” (muy bueno), “dale” (de acuerdo).
Pero entre los jóvenes actuales sobresalen dos expresiones que ya hemos comentado antes: “rescatate” y “es lo que hay”. La primera significa “arreglate como puedas”, la se- gunda “conformate”. Signos fuertes de una época de naufragios y desesperanza. Aunque son expresiones “planchas” parecen haberse generalizado en el conjunto de los jóvenes, igual que la cumbia villera.
Otro elemento importante es la identificación del cambio de palabras sobre las cla- ses sociales: pituco-terraja en los 70-80, cheto-plancha ahora. Pero, como ya vimos antes, pituco y cheto suelen ser usados despectivamente, y plancha no necesariamente conserva el carácter despreciativo de terraja. Al contrario, los planchas llevan con orgullo la etiqueta. Un cambio cultural importante, del que ya hablé en la primera etapa y al que volveré en el capítulo final.
Entre algunos educadores surge la alarma de muchos adultos con un lenguaje donde “malas palabras” –muy “malas”, a oídos adultos- parecen usarse con naturalidad asombro- sa. Un ejemplo: chupapija (chupa pene). Frente a la reacción escandalizada de muchos pro- ponemos compararla con otras igualmente generalizadas entre los adultos, desde su juven- tud, como “boludo”. ¿Hay tanta diferencia? Si se atiende bien el uso, más allá del significa- do literal, probablemente no.
Surge aquí, entonces, una reflexión sobre el papel general de las jergas y del lengua- je juvenil en particular, como espacio de reconocimiento de identidad, en tanto une con los coetáneos y separa de los adultos. Tanto que, cuando los adultos empiezan a adoptar parte de esa jerga, los jóvenes suelen moverse de nuevo hacia otro lugar, generando nuevos tér- minos y abandonando los anteriores.
Objetos: consumo y cuerpos escritos. De entre el nutrido conjunto de objetos que
recuerdan sobresale el “vaquero” o pantalón de jean, prenda emblemática que emergió en los 60 y 70 y ya no pasó de moda. También algunos adornos de los 80 (chapitas, chupetes). Y, lógicamente, los aparatos ligados a la música, del disco al casete, del tocadiscos al walkman.
Entre los jóvenes actuales destaca nítidamente una prenda: los zapatos deportivos,
cuya denominación fue cambiando: de los “championes”101 de los 70 a las actuales “bases”,
“naves”, “pipas”. Es un objeto tan importante que merece muchos nombres. Su valor sim- bólico sobrepasa largamente su valor de uso, alcanzando precios sorprendentes en el mer- cado de consumo juvenil. Pero tal vez su importancia es mayor para chetos y planchas que para el resto “normal”. Los gorros con visera, por su parte, identifican especialmente a los planchas, pero también abundan en ciertas culturas como la hip- hopera.
Entre los planchas, pero también entre las culturas alternativas de clase media (hipi- llos, hip hoperos, etc.) abundan los adornos que afectan de modo más o menos permanente el cuerpo, como piercings y tatuajes. El cuerpo aparece como un texto lleno de signos, que hay que leer con atención.
101
Esta denominación para las zapatillas deportivas, que se mantiene vigente en Uruguay, proviene de una marca comercial ya desaparecida. (Champion).
Del mismo modo, algunos objetos, aunque permanezcan en el tiempo, pueden car- garse de signos diferenciales, como las etiquetas y adhesivos en cuadernos o mochilas. La lectura atenta de algunos de estos mensajes, que invitamos a realizar a los adultos, resulta sorprendente para todos: de las marcas comerciales a los grupos musicales, pasando por consignas ingeniosamente críticas, como muchos graffitis (otro género a leer con atención). Así por ejemplo las letras de Coca Cola son usadas para decir Anti Capitalista o, también Coma Caca (ver Anexo 6).
Obviamente objetos clave son, nuevamente, los relacionados con la música: el disco compacto y el discman, que al año siguiente empezaría a reemplazar el reproductor de mp3. También el celular, que en 2004 era todavía un distintivo de clase y durante 2005 iba per- diendo ese carácter, al abaratarse su uso y masificarse, especialmente con el mensaje de texto. Rápida adopción de cambios tecnológicos, consumo siempre renovado que encuentra su clientela principal –o primera- entre los jóvenes. Algunos adultos se preocupan: consu- mismo, tecnomanías que aíslan e impiden la comunicación en vez de facilitarla. Otros los imitan, aunque un poco más tarde, esperando que los jóvenes prueben, conozcan y les en- señen.
Medios: el color de las generaciones. La televisión en blanco y negro llena los re-
cuerdos de los mayores: series americanas pero sobre todo algunos programas nacionales musicales y de humor. Quienes fueron jóvenes en los 90, en cambio, tienen sus recuerdos juveniles en color y dominados por la televisión argentina, sus series juveniles y los shows de Marcelo Tinelli.
En esto no difieren de los de hoy: las series argentinas para adolescentes y Tinelli en sus nuevos programas siguen dominando la pantalla “juvenil”. Y algún humorístico, tam- bién argentino, porque la producción nacional en estos rubros desapareció. Pero con el ca-
ble llegó un elemento nuevo: los canales musicales basados en el videoclip. La música otra vez, que también hace que la radio no pierda vigencia, sobre todo desde el sonido de la FM, cuya clientela es principalmente juvenil.
Además, finalmente, una nueva pantalla ocupa su espacio y abre otro: el de las computadoras y el cibercafé, el del ciberespacio, el chat y los juegos en red. Un mundo que los jóvenes habitan con una naturalidad que la mayoría de los adultos desconoce. La dife- rencia ya no es solo de contenidos y soporte tecnológico: es el lenguaje y la lógica la que se les escapa a los mayores.
Asoman aquí un debate que retomaré en el próximo capítulo: el de la incidencia de los medios en los jóvenes y su competencia “desleal” con el sistema educativo. El recordar- se los adultos como consumidores de medios y mensajes ya los ayuda a matizar los juicios que atribuyen a los medios una omnipotencia casi inconmovible. Pero aún queda un argu- mento: el de que los medios actuales son mucho más “nocivos” que los anteriores. En parti- cular internet, que asusta por su vastedad de contenidos y por el tipo de uso que implica.
Sueños. Muchos saltean el tema en este primer ejercicio, porque admiten que es algo
que no conocen bien de los jóvenes... y tal vez prefieren no recordar de sí mismos. Lo im- portante aquí es reconocer la centralidad del tema y la importancia de investigarlo con los jóvenes con los que trabajan. Porque el horizonte que cada uno percibe determina mucho su accionar actual.
Los que sí se animan con el tema coinciden en dos aspiraciones que fueron claves en su propia juventud: independizarse de la familia y “encausar la vocación”, descubrir qué es lo que uno debía / quería estudiar y llevarlo adelante. Ninguna de estas cosas parecen dominar las aspiraciones juveniles de hoy. Los jóvenes, dicen los educadores, aspiran a “ser
alguien”, pero no hay un componente vocacional y académico fuerte en la mayoría, no es el estudio y el trabajo los que parecen proporcionar el reconocimiento social deseado.
En todo caso, dicen, son otras las vocaciones dominantes: el deporte y la música aparecen como “carreras” más atractivas. Los medios contribuirían a esto, al difundir una imagen del “éxito” ligado principalmente a estas áreas. Y la escuela pierde, otra vez, la competencia.
Aún las aparentes líneas de continuidad no serían tales. El amor sigue siendo impor- tante, pero para muchos jóvenes no constituye un proyecto de largo plazo sino sólo una experiencia a vivir y descartar. ¿Amor líquido como diría Bauman (2005)? También la as- piración de “mayor libertad” tiene una referencia muy distinta para quienes vivieron su juventud bajo la dictadura militar de los 70 y 80 que para los jóvenes de hoy, que sólo pro- testan contra la autoridad paterna y materna. Vivir el momento y resolver las cosas “ya” parecen sus aspiraciones cotidianas, sin los grandes sueños de otras generaciones.
Más que la ropa, el consumo, la música o las palabras, serían los horizontes de aspi- ración y la concepción del futuro lo que diferenciaría a las generaciones. Pero, pregunta- mos, ¿hay tanta homogeneidad generacional como para hablar, en este plano, de “los jóve- nes de hoy” o “los de antes” como algo único, indiferenciado? ¿O las trayectorias imagina- das pueden ser un diferenciador importante entre los jóvenes de una misma generación? (cfr. Serrano 2000). Y, en todo caso, ¿no es tal vez el fracaso de aquellos “grandes sueños” parte de la explicación de los “pequeños sueños” de hoy? Aquellos barros modernos traje- ron estos lodos posmodernos...
Como se ve, entonces, esta herramienta simple se limita a explorar en los recuerdos de los adultos y en su conocimiento de los jóvenes. Pero alcanza para iniciar una reflexión y un debate muy ricos. Ayuda a compartir y ordenar conocimientos grupales, estimula el
deseo de conocer más e investigar sobre los mundos de los jóvenes, genera hipótesis ricas para explorar y cuestiona hipótesis instaladas como verdades para muchos.