Most Threatening Vehicle in a Road Work Environemtent
Chapter 6 Risk Evaluation and Analysis 6.1 Introduction
Diz que se admiran y se ríen los oligarcas masones de que yo piense como pienso y diga en mis Noches lo que digo.
Pero debieran compararse ellos con migo, de posición a posición, y entonces verían que, no siendo mis noches como las que pasan ellos, no es posible que ellos sientan lo que siento yo.
Ellos pasan sus noches en cenatas y entre vinos, y entre orgías; yo en un hospital, que es como decir en el vestíbulo de un cementerio; ellos entre vasos, y frutas, y manjares; yo aquí, en donde se oyen, por solo ruido, los ayes de los enfermos, a los pasos (o las oraciones) de los que cuidan a esas vidas o aligeran esas agonías.
***
Yo era masón, y recuerdo que en la logia el aire es tibio y luminosas las lámparas; que allí el vino y las canciones inflaman a los iniciados; que se entra a odiar a los creyentes, y se les odia por deber; que se entra a ser impío, y, por deber, de blasfema.
Mas aquí, en el Hospital, en donde escribo yo, el aire es frío; las paredes y el suelo están desnudos; arde una pobre vela de sebo que no da calor ni luz; los salones silenciosos animan tristemente esa lobreguez, con acentos de plegaria o de dolor; la vida se ve aquí como ella es, fuente de desengaños y amarguras; aquí no hay más cantos que los himnos sagrados de estas vírgenes de Dios; aquí tiene el dolor su asiento y la miseria su habitación; aquí, en donde no se puede odiar, se ama; aquí donde no se puede olvidar a Dios, se ora.
Aquí se ve a la rica heredera confundida, ante el altar, con la desheredada humilde; y la noble de otras tierras anda en trato fraternal con las indias y plebeyas; aquí pierde la mujer su vestidura terrenal, y una atmósfera de incienso y mirra la envuelve y la perfuma; aquí las Hermanas de la Caridad curan, y (si no destierran) alivian los dolores del cuerpo, los del corazón y los del alma; aquí entra el pobre en posesión de su herencia celestial; aquí, el que no tiene hogar, encuentra asilo; al que no tiene pan, se da alimento; aquí el huérfano es arrullado por madres cariñosas; y hay castas hermanas y amigas para todos. Aquí hay para cada dolor un consuelo; para cada herida una lágrima; para cada llaga un bálsamo; para cada desesperación una esperanza.
¡Bendita seáis de los hombres y de Dios, hermanas mías!
¿Cómo pudiera vivir el hombres aquí, libre de graves pensamientos y escribiendo otra cosa que alabanzas al Dios de caridad?
Yo no ejecutaba acto alguno de piedad que me aparté de tu lado, madre mía, en diciembre de 1844. ¡Treinta y dos años! Cogíle tan grande amor al mundo, que me olvidé de mi alma por entero.
Yo vivía exactamente como un bruto: comer, beber, gozar, dormir... Era un afamado utilitarista y muy estimado por mis compañeros. Proudhon habría tenido envidia de mí, o me habría admirado.
Y así viví hasta principios de este año, en que, de repente, un día de marzo, cuando yo no había echado de ver que no tenía hogar, ni padres, ni esposa, ni a nadie (ay! Unos estaban muy lejos en este mundo, y otros, más lejos aún, en el eterno!), Dios me marcó con su mirada de amor, y mandó sobre mí una dolencia desesperante, desgarradora, horrible.
***
¿Qué hacer? ¿Tirarme de un portal a maldecir, a llorar y revolcarme? ¿Quitarme la vida con mis propias manos?
Yo quería gritar, gritar, correr, y correr enloquecido; pero no podía...
Entonces, Dios mío, me acordé de Tí, Tú me mandaste un pensamiento salvador, y vine a pedir un rincón en esta santa casa de tus santas hijas.
Al cabo de una semana recobraba mi salud, y auxiliado por alguna palabra prudente y comedida, y por las oraciones de las Hermanas de la Caridad, tendí la vista de mi alma sobre el horror de mi pasado, y me estremecí de miedo al ver cómo había vivido, y cuál estaba.
Leí, pensé, medité, estudié y me dije:
Me he apartado de Dios; y es preciso que me vuelva a Dios; tengo un alma que va a perderse; y es preciso que yo rescate mi alma.
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Y, ¡cosa extraña, portentosa, increíble, providencial sin duda!!
Al estudiar a Proudhon, pesando fríamente sus razones me devolvió la fe en Dios. Admito el Dios Único, tuve que admitir al Dios de Abraham y de David.
Admitido el Dios del Viejo Testamento, tuve que admitir al Dios del Nuevo. Una vez que me vi cristiano, tuve que ser católico.
***
Tal es la historia de esta revolución obrada en mí.
¡Revolución que, con respetuosa humildad, y, como pago de tus preces, pongo a tus pies, madre querida.
II
EL CATOLICISMO
A Pedro P. Cervantes
La sabiduría y la robustez de la Iglesia católica no pueden ponerse en duda. ¿De dónde proviene su fuerza? –De que su existencia es necesaria.
Para demostrar esto no es preciso ser canonista, ni teólogo, ni eclesiástico, ni predicador. Yo, por tanto, lo demostraré.
No tengo más que recuerdos, lógica y buena fe; pero eso basta a mi propósito. ¿Por qué digo que la existencia del catolicismo es necesaria al mundo?
En primer lugar, porque la puerta por la cual se sale de la Iglesia católica, lleva al protestantismo; Y, éste, a la iglesia libre;
Y, ésta, al racionalismo; Y, éste al ateísmo; Y el ateísmo a al muerte.
***
Abrid la historia. Consultad a la experiencia humana; exigid a vuestra razón un rato de calma reflexiva, una comparación, un juicio, una palabra.
Y vuestra razón, si es honrada, os dirá que sin el Catolicismo el mundo sería un desierto al fin. Porque comenzaría por ser ateo; después sería forzosamente materialista; luego suprimiría la familia; suprimida la familia, sería imposible el régimen político y civil; de aquí seguiría, rodando, al
comunismo y a la negación absoluta de Proudhon, y del reino de Proudhon no hay más que una salida que lleva a los infiernos.
¿No creéis en el infierno? Pues convenid, a lo menos, en que el imperio de ese monstruoso Saturno, traería, en pos suya, el fine de las sociedades.
Me parece lógico que soy lógico y claro.
Pido a Voltaire, y a Proudhon, y a Gladstone, y a la Universidad de la República pruebas en contra de mi aserto.
***
Pero como Dios deja siempre una salida, queda, aun en las puertas de esa inmensa necrópolis, una esperanza: a de la reacción.
Hablo de esa esperanza, porque recuerdo lo que fue cumplido en mí. Y, aunque soy una persona relativamente obscura, sé, y todo el mundo sabe, que dos más tres son cinco, con números grandes como con números pequeños.
Y si aún no me creéis y necesitáis un grande ejemplo, ahí tenéis al gran general Mosquera, quien hace poco a las puertas del sepulcro, hizo, de miedo, mucho más de lo que, sin miedo, digo yo.
Cierto es que, recobrada su salud, volvió él a las andadas; pero no os precipitéis, lectores: aguardad unos días, mientras este prócer atrapa una indigestión o un resfrío.
***
La reacción es natural. Ved aquí su orden de marcha, su camino:
Del desierto del alma se vuelve al remordimiento; de aquí, a la responsabilidad moral; de aquí, al Dios único; de éste, al de Abraham; del Dios de los hebreos, al de los cristianos; de Jesucristo a Pío IX.
El camino es forzoso, inevitable.
Muchas individualidades habrá que no experimenten el efecto de este fenómeno moral; pero las sociedades se someterán a él precisamente.
Proudhon es hijo legítimo de Enrique VIII, como Lutero y Calvino lo son de Judas Iscariote. Los hechos tienen su lógica, como los hombres sus leyes, como las bestias su instinto.
La fórmula moral se aplica a los imperios como a las tribus; a las naciones como a las hordas; a Rómulo como a Augusto; a Taquino como a César; a Harmodio como a Scévola; a Napoleón como a Soulouque; a Melo como a Mosquera; a Parra como a Pérez.
La muerte anticipada que los oligarcas quieren darnos, será causa feliz de nuestra regeneración, porque aún no es tiempo de que muramos.
Hay para los pueblos hora de nacer, hora de crecer y hora de morir.
A un pueblo recién nacido no se le quita su fe si no se le arranca la vida con ella; porque si la religión es el alma de los pueblos viejos, es la leche de los pueblos jóvenes.
No se puede creer a medias ni negar a medias: to be or not to be. Hay algo allí arriba, o nada hay. Existe algo o nada existe.
Si en algo creéis, sed católicos; si no creéis, no esperéis para la sociedad otra cosa que la nada; esa nada sin piedad que devora a los pueblos sin altares.
Es fácil entenderse con un filósofo ateo; pero ¿qué freno, qué consejo habrá capaces de girar y sujetar a un pueblo son creencias? ¿Qué esperanza quedaría si la oligarquía que usurpó el poder en esta tierra, lograra arrancar a Dios de la conciencia del pueblo?
El dogma oficial, dogma proclamado en la prensa, en la tribuna y en dondequiera, que el Gobierno tiene un vocero, es éste: El que es republicano, no puede ser católico.
Y ¿será posible que la luz de la verdad religiosa, y la claridad de mis demostraciones sean arrancadas a las convicciones populares?
***
La Inglaterra protestante se sostiene como sociedad política, en fuerza de medios que pueden durar siglos (lo que no creo), pero que son cada día más débiles y desaparecerán al fin. Y es extraño que hombres que lloran al pensar que, antes de mil años, se habrá agotado el carbón mineral en esa isla, sostengan allí una religión oficial que ha de durar menos, mucho menos que el carbón.
¿Por qué se sostiene aún la Iglesia anglicana? Por dos razones:
Primera, porque el Gobierno ha mantenido ardiendo, en lo posible, los odios de religión, y porque los hombres interesados en la subsistencia de ese Gobierno de religión, han mantenido candente la hoguera del odio contra los católicos.
(Pero ese odio va aplacándose. La prueba es que ya, a la fecha, se reconocen los derechos de los católicos, y la pobre Irlanda sufre un martirio menos fuerte que el que sufría).
Segunda, porque la influencia del presupuesto (allá también se cuecen habas) ha supeditado o corrompido la opinión reaccionaria en favor del catolicismo: apenas hay temor de que un ministro de cualquiera se separe de la Iglesia establecida, se le llama al servicio, se aumenta su salario y se le cose la boca. Pero eso, que era antes decisivo, pierde fuerza cada día, porque el establecimiento de las iglesias libres se extiende de una manera amenazante, y los ministros no se ven obligados a servir en la Iglesia nacional, sino que, contando con centenares y miles de feligreses, se retiran con ellos, causando crueles y peligrosas heridas a la comunión anglicana.
Pues yo afirmo que el protestantismo oficial inglés, cuya papisa es ahora la reina, y cuyo próximo papa será el actual príncipe de Gales, no vivirá cuatro siglos: tal vez ni dos. Y la Iglesia católica, que tendrá entonces veintitrés siglos, estará joven aún.
Esto lo digo, poniendo por testigos de mi sinceridad a la Estadística y a la Historia.
Lo que debe suceder en Inglaterra, sucederá en Alemania como en Rusia, en Egipto como en Oriente.
Y antes que todos caerá la Francia, porque antes que ellos será atea.
Pero todos caerán. Y el miedo de ser tragados por el hervidero espantable, abrirá los ojos a los pueblos y los hará volver arrepentidos a los brazos de la Iglesia, que estará joven aún.
Yo no creo por interés, ni por odio, ni por cólera, ni por pasión. Creo porque veo que la Iglesia no caerá, que es imposible que caiga, y que el mundo entero tiene y tendrá interés en sostenerla.
Aunque no hay necesidad de ello, pido que se tenga presente que no he hecho uso de argumento alguno tomado o deducido de uno y otro Testamento, ni de obra de doctor, no de tradición religiosa alguna.
Mis consideraciones son precisamente filosóficas, fundadas en la historia y en las varias estadísticas. Si yo llegase a tener que hebérmelas con alguien en el terreno de las escrituras, necesitaré para triunfar menos tiempo del empleado ahora, pues si algo hay notorio y evidente es el acuerdo de la ley católica con la ley divina, y la armonía de la Iglesia con los Testamentos.
***
Así, en lugar de decirles que, conforme a la ley escrita y a la ley no escrita de la Iglesia, el Catolicismo tiene un poder sobrenatural de invasión y de conquista me limitaré a llamar ligeramente la atención a los efectos que han producido y producen las reglas de una y otra fe en las misiones destinadas a la conversión de infieles.
Comencemos por el principio.
Los misioneros católicos llevan a los pueblos gentiles su palabra, su apoyo y su bastón: nada más.
Los misioneros del Gobierno inglés (para no contar otros tantos que mandan las sociedades privadas) tienen a su disposición millones de libras, y van provistos de todo lo que puede hacer el viaje seguro y confortable.
El misionero católico va solo: el misionero protestante va apoyado en las fuerzas del Gobierno inglés.
¿Qué dinero, qué fuerza, qué apoyo visible llevaron los Apóstoles a las lejanas regiones a donde fueron a predicar?
¿Cómo hicieron para invadir el Oriente?
¿Cómo hizo santo Tomás para llevar el Evangelio al Indostán? ¿Cómo enarboló San Bartolomé la cruz en la salvaje Escitia? ¿Cómo entró la ley de Dios al Africa inhospitalaria?
¿Cómo entraron San Tadeo a las orillas del Eufrates, y San Pablo a los hielos de la aislada Albión? Y, ya lo sabéis: los gentiles vinieron por millares de miles a sus pies.
¿Qué frutos sacan los misioneros protestantes por su parte?
Ved las estadísticas, sobre todo la de la India, en donde el Gobierno inglés tiene hoy un Imperio, y veréis que el protestantismo, que relativamente cuesta tanto como nuestro proudhonismo oficial, se extiende allá con más lentitud que éste aquí, porque sufre enormemente por consecuencia de la competencia que el Catolicismo le hace.
III
EL REMORDIMIENTO
A Rafael Pombo
El remordimiento es un mal. Es un dolor íntimo, una enfermedad del alma. Es ¡un hecho raro! una pena que el alma impone al alma misma.
¡Misterio incomprensible! Inexplicable dualidad! ¡Milagrosa perspicacia de la Justicia del alma, que alcanza a ver hasta las sombras del pecado! Poder, divino sin duda, que, sin vacilar, entra a la conciencia humana y (deshaciendo uno a uno sus pliegues incontables, e iluminando el fondo con la luz de su mirada) ve la mancha, grande o pequeña, que hay en él, y pone sobre ella la indeleble y dolorosa de la reprobación.
¿Quién pecó? Yo. ¿Quién me acusa? Yo.
¿Quién ejecuta la sentencia? Yo.
Pero, ¿por qué pequé, si sabía de arrepentirme? ¿Por qué me arrepentí, si libremente pequé? Si pequé con gusto, ¿cómo puedo tener gusto en castigarme?
¿Cuántos soy yo? ¿Soy uno o soy tres? ¡Placer! ¡Placer! Duras un momento y te vas.
Si acaso vuelves a la memoria, ya no eres placer, sino dolor. Pero el remordimiento no duerme ni se cansa.
Es una lámpara, cuya mecha de amianto toma en nuestra propia existencia su alimento.
¿No es superior a la humana capacidad el comprender cómo puede ser uno mismo criminal, juez y verdugo?
Verdugo, sí. El remordimiento es una pena; pero ¡nuevo misterio! ¡ay de aquel que no lo siente! He visto en el hospital hechos parecidos. Atended.
Hace muy pocos días entró a él un paciente; no era joven ni viejo; cara franca, ojo firme, musculatura hercúlea.
Nada se notaba en su fisonomía ni en su porte que diese a sospechar que estaba enfermo. Sin embargo, pronto vi que tenía el brazo izquierdo hinchado al doble o triple; había beneficiado una res muerta de peste; y, por consecuencia de eso, comenzaba a aparecer una pústula maligna.
Uno de los jóvenes practicantes me dijo: Esto es muy grave, mucho.
El paciente fue colocado en un colchón (en el suelo, por falta de cama). El practicante de desnudó el brazo, bañó sus propias manos con aceite, y con un bisturí hizo una honda, muy honda incisión en cruz sobre el embrión de la pústula, que era grande como una lenteja apenas.
El paciente no se quejó ni se movió: yo me estremecí. -¿No le duele mucho? ¿No siente usted nada? –le pregunté. -No siento nada, señor –me contestó.
El practicante me miró con aire significativo. Hizo traer al punto una botella de ácido hidroclórico humeante (fuego líquido).
Empapó en él un hisopo de hilas, de tamaño proporcionado, y lo hundió en la profunda herida. El paciente no hizo el menor caso. Ni su boca ni sus ojos hicieron el más leve movimiento.
-¿No siente usted dolor, amigo? –le pregunté, viendo cómo salía trabajosamente de la herida la sangre carbonizada.
-No siento nada –respondió otra vez.
Yo creí que aquél era un héroe que devoraba varonilmente el horror de ese martirio; pero me engañaba. El hombre no sentía, en efecto; el brazo estaba gangrenado y muerto. Dos horas después, los criados llevaban al anfiteatro el cadáver de ese infeliz.
Pues yo digo que el que no siente remordimiento, tiene gangrenada el alma.
¡Pobre suicida, tanto más digno de compasión cuanto se mata para la eternidad, con conocimiento de causa y a sangre fría!
Cada cosa (accesoria o principal) que hay en este mundo, fue hecha con cierto objeto, para cierto fin previsto por el Creador. No hay, por otra parte, necesidad alguna, en cualquier reino de la Creación, que no tenga ya preparado el remedio conveniente en la misma naturaleza.
Ni los peces tienen plumas, ni los pájaros escamas. El perro muerde, la pulga chupa, el tigre despedaza; cada cual está provisto de los instrumentos necesarios y adecuados a sus necesidades y a su instinto.
Las garras del león serían inútiles para el caballo; como serían, para el buey, los colmillos del jabalí.
Nace el pato ya de remos; tiene el rumiante dos estómagos que remedian lo insubstancial de su alimento; el águila está armada con pico y uñas de acero; y el cuadrúpedo carnívoro tiene dientes afilados bien distintos de los del cordero.
Cuando veáis un musgo, un liquen, un mosquito, pensad: ¿para qué servirá esto?
No importa que por lo pronto lo ignoréis vos y lo ignoremos todos: pero ello es cierto, que él tiene una misión que cumplir.
¿Para qué sirve la sed?: para avisarnos que el cuerpo, la máquina, tiene necesidad de agua. Relativamente prestad servicios análogos: el hambre, el sueño, el calor, el frío, etc.
Abrid los ojos: ved, mirad, comparad, meditad, y notaréis que, bajo el punto de vista que estoy considerando, hay una armonía absoluta entre los dos mundos, físico y moral.
Pues bien: el remordimiento es para el alma del que transgredió, como son para el cuerpo la sed,