Paradójicamente, si bien el carácter ampliamente participativo puede ser reconocido
como una de las grandes virtudes del proceso constituyente, también es necesario
decir que por la fuerza de las circunstancias, esta fortaleza terminó convertida en una
enorme debilidad. Esta paradoja se explica a partir del testimonio de muchos de los
constituyentes, según los cuales se puede concluir que en el proceso de elaboración y
deliberación de la Constitución faltó un conjunto de fuerzas políticas adecuadamente
cohesionadas para liderar el diseño y puesta en marcha de un consenso constitucional
suficientemente maduro y decantado, que garantizase la construcción de una moderna
democracia, así como la articulación de un diseño institucional capaz de superar la
persistente crisis estructural. Pero vista con el prisma de la historia, esa incapacidad de
la Asamblea Constituyente para llegar a las grandes soluciones que de ella se
esperaban de alguna manera resulta comprensible. Y se puede afirmar que la razón
determinante de ese limitado resultado, fue que en el interior de ese cuerpo se
presentó una correlación de fuerzas políticas tan precaria e inestable, que la gran
mayoría de ellas terminaron cediendo en las cuestiones esenciales, aquellas que
requerían soluciones radicalmente consensuales y no meramente transaccionales.
La fuerza política que aparentemente tenía más influencia en el interior de la Asamblea
era el Partido Liberal, pero, como se ha dicho, esa agrupación:
[...] se caracterizó por su fragmentación. Inclusive fue difícil precisar quién en la Asamblea era del Partido Liberal. Aunque solían contar 25 constituyentes como miembros del Partido, este conteo fue problemático. Además, estos 25 liberales llegaron a la Asamblea provenientes de 20 listas distintas. Aunque formalmente conformaban la bancada más grande en la Asamblea, rara vez actuaban con unidad. No hubo ni un proyecto de consenso presentado por el Partido Liberal, ni un claro apoyo al proyecto del Gobierno. Más bien, cada constituyente por su lado presentó sus proyectos y votaba acorde con sus propios criterios.94
La dispersión política era tan notoria, que incluso obligó, en materia organizativa, a
acudir a un esquema de dirección tripartito o de presidencia colegiada entre las fuerzas
mayoritarias. Fue lo que en su momento se conoció como la troika, y en la cual era muy
llamativo ver como miembros de la misma, además de a Horacio Serpa, a Antonio
Navarro y a Álvaro Gómez Hurtado, quienes pocos años atrás habían estado en los
papeles de secuestrador y secuestrado. Frente a la contundencia de un dato como
este, y para la adecuada interpretación de la manera como se manejó el complicado
mecanismo de relojería política a que se vio sometida la Asamblea, resultan, más que
esclarecedores, ineludibles los testimonios de algunos de los constituyentes que
tuvieron un papel protagónico en este proceso.
Así por ejemplo, Antonio Navarro, que hizo parte de la presidencia colegiada, presenta
su propia lectura del momento, que en este caso particular pasa necesariamente por
entender la manera como la AD-M19 decantó sus relaciones con el Movimiento de
Salvación Nacional:
Cuando ellos hicieron campaña para la elección de delegados a la Asamblea, la hicieron en contra nuestra, presentándonos como la gran amenaza para el país, pues tanto Álvaro Gómez como Carlos Lleras de la Fuente, hacían llegar el mensaje de que era un peligro que nosotros nos tomáramos la Asamblea. Por otra parte, Álvaro Gómez nunca estuvo muy convencido, hasta que fue miembro de la Asamblea, de la necesidad de hacer una nueva Constitución. Él decía que con la Constitución de 1886 se podía gobernar, pero se hizo elegir para evitar que el M-19 se tomara la Constituyente. Cuando ya estaban elegidos los delegatarios, entonces empezamos a pensar cómo iba a ser la conformación de las estructuras de decisión de la Asamblea. Fui donde el presidente Gaviria, que era el jefe natural del partido liberal y le dije que mi propuesta para el partido liberal era que buscáramos una presidencia compartida o una presidencia colegiada, pero en todo caso, no el esquema del presidente, vicepresidente y segundo vicepresidente. Entonces consultó con su partido y ocho días después me dijo que el Partido Liberal debía ser presidente, vicepresidente nosotros y segundo vicepresidente Salvación Nacional. Le contesté que eso no era así, porque nadie tenía mayoría absoluta y por ende nadie podía imponer su criterio. Entonces le mandé decir a Álvaro Gómez que quería hablar con él y nos sentamos y hablamos seis horas, y de ahí salimos con la propuesta de una presidencia colegiada de tres miembros, uno liberal, uno de salvación y uno de la Alianza Democrática M-19. Buscamos un acuerdo con todos los otros sectores para que el tema de dirección y
94
Dugas, John. “El desarrollo de la Asamblea Nacional Constituyente”, en La Constitución de 1991 ¿Un
operación de la Asamblea no fuera un tema de discusión, sino que fuera un tema de consenso, de acuerdo y le hicimos saber al Partido Liberal que su propuesta no iba, que habíamos hecho un acuerdo y que teníamos los votos suficientes. Con el único grupo que no logramos un acuerdo, fue con el grupo que encabezaba el ex presidente Pastrana, que quería que alguien del Partido Social Conservador fuera el vicepresidente, pero Álvaro Gómez se opuso y dijo que no, porque en el modelo de tres presidentes y un vicepresidente, terminaba el vicepresidente siendo más importante que los presidentes. Entonces, el único grupo que no estuvo en ese acuerdo de operación de la Constituyente fue el Partido Social Conservador, que tenía cinco constituyentes. Los otros sesenta y cinco estuvieron de acuerdo, y eso ayudó muchísimo al funcionamiento eficaz de la Asamblea. Desde ahí empezamos unas relaciones y unos acuerdos que operaron a lo largo de la Constituyente en temas de procedimiento, porque si se revisan las votaciones, la gran mayoría de las ocasiones, Salvación Nacional y el M-19 votamos distinto en los temas de contenido porque teníamos diferentes puntos de vista, pero en los asuntos de funcionamiento de la Asamblea, siempre nos poníamos de acuerdo.
Sobre esta misma cuestión, Horacio Serpa Uribe, que fungió como otro de los
copresidentes, presenta la siguiente versión:
Tan pronto fuimos elegidos, hubo una alianza casi natural entre los que no representaban al gobierno. Entonces se unieron el M-19, Salvación Nacional y los independientes. Pero al cabo del tiempo se dieron cuenta que no podían entrar a atropellar al Partido Liberal que era la mayoría minoritaria, y que al mismo tiempo estaba en el gobierno. La presión fue tanta, que en esos primeros días llegué a acuñar la frase de que el M-19 y Salvación Nacional habían logrado construir una tenaza para triturar al liberalismo en Colombia. Por eso, al principio fue muy difícil alcanzar consensos, porque Álvaro Gómez Hurtado era muy duro con el Partido Liberal, y porque Antonio Navarro, después de haber estado en la guerrilla, llegaba a refundar un país. Pero después hubo muy buenas relaciones y buenos entendimientos. Primó un criterio de mucha sensatez. Es verdad, el primer mes fue de muchas tensiones, pero después nos fuimos teniendo confianza y logramos buenos acuerdos.
El tercer y último copresidente era Gómez Hurtado, pero en razón de su aleve
asesinato en noviembre de 1995, su versión no ha sido posible para esta investigación.
Sin embargo, para llenar ese vacío parece prudente acudir al testimonio de la persona
que más cerca estuvo de él a lo largo del proceso constituyente, al igual que lo había
estado a lo largo de su vida pública. Se trata del ex constituyente Luis Guillermo Nieto
Roa, quien tiene la siguiente mirada sobre esos hechos:
El entendimiento entre el jefe del partido liberal, Alfonso López y el gobierno del presidente Gaviria era un entendimiento muy claro, lo que les faltaba era unificar esa bancada dispersa. Así que ese era un poder al que había que enfrentar. ¿Con quién? Con los conservadores no era muy seguro, porque Pastrana prefería estar con el gobierno y no con Álvaro Gómez, lo cual llevaba a que la bancada del gobierno fuera prácticamente una bancada de treinta y tres. O sea que a Álvaro Gómez le tocaba quedarse con los otros cuatro conservadores, que eran los de Juan Gómez Martínez y Rodrigo Lloreda, de afinidad más pastranista que alvarista, y eso no le daba ninguna fuerza, así que ésta había que buscarla en otra parte. Y tenía que ser el M-19, que,
además, desde el principio de la Constituyente se había manifestado muy afín a los otros elegidos, a los indígenas, a la UP y a los guerrilleros que estaban allí. Eso no lo planteó él en la bancada como tal, sino a algunas personas que habíamos estado bastante más cerca de él a lo largo de muchos años en la vida política. No había duda, había que jugar con el M-19, lo difícil era buscar el acuerdo, porque Álvaro Gómez había sido secuestrado por ellos y estaba en una posición política y personal muy distante. ¿Cómo acercárseles? La intención no podía partir de Álvaro, pero había que buscar estrategias para llegar allá. Finalmente se encontró una fuente muy cercana a Navarro, para que fuera él quien propusiera el encuentro con Álvaro y así fue. La gente nunca entendió que era Álvaro el que estaba empujando a Navarro, decían que era Navarro el que estaba arrastrando a Gómez por ser la mayoría Navarro y Gómez la minoría. Y resulta que Álvaro estaba atrás, empujando el carro por detrás, porque era parte de la estrategia. A Navarro había que dejarlo que se sintiera dueño del paseo, pues si se sentía subalterno diría que no. Estaba crecido ante la Asamblea y no podíamos darnos el lujo de que se nos fuera para otra parte. Después, a lo largo de la Asamblea, se vio mucha más coincidencia en muchos temas con Navarro que con Pastrana o con los liberales.
Claro que frente a esta última opinión, el ex constituyente Carlos Lleras de la Fuente,
otro distinguido integrante de la lista de Salvación Nacional, presenta una visión
diferente. En efecto, él afirma que:
[...] la famosa o diabólica alianza Movimiento de Salvación Nacional-M-19 surgió, como habilidosa interpretación de la jerarquía liberal, de la pastranista y de los periódicos afectos a ellas, del manejo inteligente que dimos a punto tan espinoso. Recordemos cómo, en acto cínico o ingenuo, el liberalismo oficialista notificó a todos los demás partidos y movimientos que, habiendo sido el ganador absoluto de las elecciones (25/70), le correspondía por derecho propio la Presidencia; con tan absurda posición logró polarizar la Asamblea desde el comienzo habiendo sido el responsable, claramente, de la tan cacareada alianza. Es así como el MSN, el M-19, la UP, los cristianos, el EPL, el PRT, los indígenas e, indirectamente, los pastranistas, se pusieron de acuerdo en distribuirse todas las posiciones resolviendo entre ellos (con 40 votos) qué posiciones le dejarían al partido liberal oficialista; en ese momento primaba la idea de la presidencia rotatoria de conformidad con la cual Álvaro Gómez o Antonio Navarro ocuparían el cargo durante el primero y el tercer períodos y se dejaría a los liberales oficialistas el intermedio. Yo me había opuesto siempre a esa política aduciendo, de acuerdo con mis colegas Juan Carlos Esguerra y Alberto Zalamea, que pese al exabrupto del partido no se le podía dar ese tratamiento; en reunión en la Primera Vicepresidencia de la Cámara con las cabezas de todos los grupos y partidos (salvo el pastranismo) manifesté nuestra posición expresando que votaríamos en contra de tal propuesta y respaldando una vieja idea que yo había expuesto desde diciembre, la de la presidencia colegiada.95
Y por último, tampoco resulta desdeñable la visión desde el gobierno de esa época
sobre esta cuestión procedimental. Ella nos dice que se llegó a esta solución
consensuada después de que se habían barajado varias hipótesis, entre las que estaba,
por supuesto, y como ya se dijo, marginar al partido liberal:
95
Tres meses para Navarro y tres meses para Gómez. Este arreglo, no obstante, mostraría a los adalides de la ‘nueva forma de hacer política’ como simples cultores de la misma vieja marrullería. Este temor le puso un límite insuperable a la imaginación. Después de tantas vueltas y revueltas, se llegó a la idea de la presidencia dual. Aún así, el liberalismo tenía suficiente capacidad de perturbación y si se trataba de inaugurar una nueva etapa en la vida pública colombiana era conveniente algún grado de consenso. Así nació la idea de la presidencia compartida entre los tres grupos predominantes.96
Pero esa fue una solución de consenso que no fue de fácil acogida, como lo
demuestran las reticencias que frente a la figura tenían algunos constituyentes, que
pensaban que esa forma de proceder copiaba en la Asamblea las prácticas propias del
manzanillaje político local, tal como lo expresó, entre otros, Misael Pastrana Borrero:
Considero que eso es entrar con el pie equivocado y significa transferir a la Asamblea todo el manipuleo político que tanto se ha criticado en el Congreso. Los sectores partidarios de la rotación, pretenden convertir la Asamblea en una tómbola de posiciones. Se quiere contaminar el ambiente, cuando de lo que se trata es de lograr eficiencia, orientación y comunicación con los poderes públicos.97
A pesar de las críticas, una vez se acogió la tesis de la presidencia colegiada ella fue una
fórmula que supuso marginar del juego de las directivas al Partido Social Conservador,
que por demás, había salido bastante maltrecho de las elecciones para la
Constituyente:
Cuando en las decisiones iniciales sobre la conformación de las directivas de la Asamblea, una vez descartada su fórmula de un presidente liberal y tres vicepresidentes para la ADM-19, el MSC y el PSC, se le ofreció al Partido Social Conservador la secretaría o la presidencia de la Comisión Primera, Pastrana las rechazó.98
Esto en el fondo, no hace sino probar que a pesar de ese aparente ambiente de
reconciliación nacional, es notorio que al seno de la Asamblea se trasladaron algunas de
las rencillas que se libraban en el viejo país político, que así daba pruebas de que se
resistía a ser tan fácilmente sepultado. El mejor ejemplo de esto lo constituye la
evidente animadversión de los dos jefes naturales del conservatismo, Álvaro Gómez
Hurtado y Misael Pastrana Borrero, que en ese momento encarnaban las dos corrientes
históricas de este partido (laureanismo y ospinismo), y quienes en la Constituyente,
según lo afirma el delegatario Augusto Ramírez Ocampo: “Mantuvieron una
confrontación que era demasiado ostensible”.
96
De la Calle. Op. cit. p. 99.
97
El Tiempo, enero 25 de 1991, p. 6A.
98
Frente a la aparente dificultad que suponía la dispersión política y sus posibles efectos
sobre el desarrollo de la Asamblea, el constituyente Juan Carlos Esguerra Portocarrero
propone una visión bastante más positiva. Él es del parecer que, a la luz de la historia, el
proceso de elaboración de la Constitución:
Tiene como mérito adicional que ningún grupo, vertiente, o partido político puede reclamar como propia la Constitución de 1991, en la medida en que ella fue hecha por un grupo de personas que nos representaban a todos. Hubo además, una serie de coyunturas políticas, a mi manera de ver, particularmente favorables, una de ellas, la forma como se dio el balance de fuerzas dentro de la Constituyente, que condujo a la presidencia tripartita de la Asamblea. Determinó también una autonomía clarísima de la Constituyente para efectos de cumplir su tarea, sin imposiciones que vinieran de afuera, cosa que condujo a que ni siquiera el presidente Gaviria con toda la influencia, muy importante sin duda, que tuvo en el proceso, tampoco pueda reclamar la Constitución de 1991 como la Constitución Gaviria, como había ocurrido a lo largo de la historia con las distintas constituciones. Otra circunstancia que me parece muy importante fue la forma como, por todas las consideraciones que vengo de anotar, dentro de la Constituyente el trabajo se adelantó y las decisiones se tomaron casi siempre con base en consensos, y casi nunca a partir de la imposición de una mayoría, o de un grupo de mayorías sobre una minoría. Fueron muy escasas las oportunidades en las que fue necesario acudir a ese procedimiento.