APPENDIX A – INTANGIBLE DAMAGES SUMMARY
RIVER LEVEL (m AHD)
G rundlage”, Historia VIII, 1959, págs. 257-283.
en grano, no has ido, mucho me maravillo de tu saga cidad.»
Al oír esto los de Bato regresaron, pues no dejaba Apo lo lo de la colonia antes de llegar a la misma Libia. Tras llegar a la isla y recoger al que quedaba, van a fundar una colonia en el propio territorio de Libia, frente a la isla, en un lugar llamado Aziris, de hermosos valles cercados por ambos lados por un río que corría en un extremo. Habi taron este lugar durante seis años; al séptimo los libios, prometiendo llevarles a un sitio mejor, les instaron a de jarlo. Los libios los condujeron al sur de allí, al más bonito de los lugares, de noche, para que los griegos no viesen el camino, no fuera que de día pudieran medir por la hora. El nombre de este territorio es Irasa. Llevándoles a una fuente, que cuentan que es de Apolo, les dicen: «Griegos, esto es adecuado para vivir, pues aquí el mismo cíelo se emociona.»
Durante el gobierno de Bato, el fundador, cuarenta años', y el de su hijo Arcesilao, dieciséis años, los cirenenses vivieron allí en número igual al de los que fueron a la primera colonia; pero en tiempos del tercer gobernante, Bato el feliz, la Pitia con un oráculo impulsó a todos los griegos a navegar para habitar Libia junto con los cire nenses, pues éstos los llamaban prometiendo repartos de tierras. El oráculo era como sigue: «Quien tarde viniere a Libia, la muy fértil, al reparto de tierras, digo que se arrepentirá después.»
Así, pues, reuniéndose una gran cantidad de gente en Cirene y acaparando mucha tierra, los libios vecinos y su rey, llamado Adicrán, al verse privados del territorio e insultados por los cirenenses, por medio de mensajeros, se entregaron a sí mismos a Apries, rey de Egipto; éste reunió un gran ejército de egipcios y los envió contra Cirene. Los cirenenses, enviado el ejército al territorio de Irasa, recha zaron a los egipcios y salieron vencedores de la batalla. Los egipcios, que nunca antes habían trabado conocimiento con los griegos y los tenían en poco, sufrieron tal descala bro que muy pocos de ellos pudieron volver a su patria; esta fue la causa de que, en su irritación, destronasen a Apries.
Un hijo de este Bato fue Arcesilao, durante cuyo rei nado hubo por primera vez luchas dinásticas entre sus her manos, hasta que éstos, dejándole, se fueron a otro lugar de Libia y, poniéndose de acuerdo, fundaron esa ciudad que entonces y ahora se llama Barca...
Los cirenenses, ante la desgracia que les acometía, en viaron un embajador a Delfos para preguntar de qué ma nera podían disponerse para vivir lo mejor posible; la Pitia
les mandó traer de Mantinea un reformador. A petición de los cirenenses los mantineos les dieron al más famoso de sus ciudadanos, que se llamaba Demonacte; este hombre, al llegar a Cirene y ponerse al corriente de cada aspecto, los dividió en tres tribus del modo siguiente: hizo una par te de los tracios y periecos, otra de los peloponesios y cre tenses, y la tercera de todos los isleños; además, quitando al rey Bato propiedades y derechos sagrados, que anterior mente tçnian los reyes, se los dio al pueblo. Esta situación duró el reinado de Bato; después de él su hijo promovió gran revuelta reclamando sus derechos, pues Arcesilao, hijo de Bato el cojo y Feretina, manifestó que no soportaría lo que el mantineo dispuso, sino que reclamaría los derechos de sus antepasados. En la revolución que estalló fue derro tado y huyó a Samos; su madre se fue a Salamina de Chipre...
Arcesilao estuvo en Samos durante ese tiempo y se atrajo a mucha gente con el señuelo del reparto de tierras. Reunido un gran ejército, fue Arcesilao a Delfos para con sultar sobre su regreso. La Pitia le contestó: «A cuatro Batos y a cuatro Arcesilaos os concede Apolo reinar en Cirene; os aconseja no intentéis traspasar este límite; tú estate en paz y vuelve a casa; si encuentras el horno lleno de ánforas, no las cuezas, déjalas, más bien, en buena hora. Y si cueces el contenido dei horno, no entres en la parte rodeada de agua, ya que de lo contrario morirás tú y el mejor de los toros.»
Esto le profetizó la Pitia a Arcesilao; él, recogiendo el ejército de Samos, entró en Cirene y, después de vencer, ya no se acordó más del oráculo, sino que condenó a los responsables de su propia fuga. La mayoría de ellos se fue del país y Arcesilao, apoderándose de algunos, los en vió a Chipre para matarlos. Sin embargo, los de Cnido, arrebatándoseles, los llevaban a su ciudad y los enviaban a T e r a ...» 42.
Tomando como base esencialmente el relato de Hero doto conocemos las circunstancias que presidieron la funda ción de la colonia de Cirene por griegos llegados de la isla de Tera: a consecuencia de una sequía que había afectado intensamente a la isla, los terenses decidieron enviar una parte de su población al litoral libio; conducidos por un guía cretense, los colonos de Tera se establecieron en un primer momento en la pequeña isla de Platea. Con poste rioridad se organizó una segunda expedición de un modo mucho más sistemático: los colonos, unos 200 ó 300 en número, partieron bajo la dirección de Bato y, tras nume-
« Hdt. IV, 156-164. 70
tosas peripecias, fondearon hacia el año 630 en el conti nente, en Cirene; esta ciudad, cuya historia nos es bastante bien conocida, debió emigrar a su vez: de esta forma en el siglo V existían otras dos ciudades griegas en la costa libia: Barca, fundada hacia la década 560-550 a un centenar de kilómetros más al oeste, y Euhesperides, fundada hacia el año 520.
Las fundaciones coloniales griegas en el norte de Africa obedecían igualmente a un intento de encontrar tierras productoras de trigo y al establecimiento de factorías co merciales con el objetivo de facilitar Jos intercambios con los habitantes de dicha región; en este sentido el trigo ocuparía un lugar preeminente en las relaciones comercia les 43. Es muy probable que, entre las ciudades griegas del Este, fuera Quíos más que Mileto la que desempeñase un papel primordial en las relaciones comerciales entre Egipto y Grecia.
Las circunstancias que rodearon a la fundación de Ñau-, cratis son completamente diferentes; también en este caso el historiador Herodoto constituye nuestra principal fuente de información 44: en tiempos del faraón Amasis (568-526 antes de nuestra era), de la dinastía saita, fue fundada Nau cratis; ya con anterioridad negociantes griegos, particular mente milesios, habían tomado la costumbre de frecuentar el Delta, donde vivían, además, otros grupos de griegos llegados a Egipto como mercenarios al servicios de los fa raones y que habían sido establecidos por éstos. De esta forma Naucratis iba a conocer un más rápido y brillante desarrollo.
Por otra parte los autores antiguos, especialmente el Pseudo-Escimno y Estrabón, atribuían a los rodios las p ri meras expediciones griegas en el Mediterráneo occidental e, incluso, la fundación de los primeros establecimientos griegos en las costas ibéricas y meridional de Galia:
«También se cuenta de los rodios que su predominio marítimo no se fecha sólo en el momento en que fundaron la actual ciudad, sino que, con anterioridad al estableci miento de las Olimpíadas y con el objetivo de socorrer a los hombres, emprendieron largas travesías lejos de su pa tria, navegando hasta Iberia, donde fundaron R h o d e (Ro sas), que posteriormente llegó a ser posesión de los masa- Iiotas» 45.
Fue igualmente un griego de Asia, el samio Colaios, 41 Cfr. C. Roebuck: “The G rain Trade betw een Greece and Egypt", CPh X L V , 1950, págs. 236-247.
44 II, 178-179. 45 Strab. X IV, 2, 10.
quien, según el relato de H erodoto46, había atravesado el primero el estrecho de Gibraltar:
«Pero, después de esto, un navio samio, que tenía por patrono a Colaios y que se dirigía hacia Egipto, fue arrojado fuera de su ruta a la isla de Platea; los samios confiaron todo el asunto a Corobios y le hicieron un depósito de víveres para un año. Ellos mismos, que al partir de la isla habían marchado con un enorme deseo de llegar a Egipto, naveron fuera de su ruta, arrastrados por el viento del este; y, sin dejar de soplar el viento, alcanzaron las Columnas de Hércules y, conducidos por un dios, llegaron a Tartessos. Este lugar de comercio estaba sin explotar en esta época, de forma que, a su vuelta, estos samios realizaron con su cargamento el ma yor beneficio que haya realizado hasta ahora ningún grie go del que nosotros poseamos referencias exactas, si ex ceptuamos a Sostrato, hijo de Laodamante de Egina, con quien no puede compararse ningún otro. Los samios de dujeron de sus ganancias el diezmo, seis talentos, y or denaron fabricar un jarrón de bronce en forma de cráte ra argólica.»
Los arqueólogos han puesto en duda, sin embargo, la existencia de fundaciones anteriores a la creación de Marsella por parte de colonos focenses. La fecha de funda ción de Marsella ha sido objeto de continuas controversias a causa de las contradicciones existentes en la tradición literaria:
1. En primer lugar Timeo de forma precisa, así como los relatos de Justino y Estrabón de forma indirecta, sitúan la fundación de Marsella a finales del siglo v il o comien zos del vi.
2. Frente a ellos, para Tucídides y Pausanias la ciudad habría sido fundada por foceos que huían del dominio per sa con posterioridad a la caída de Focea a mediados del si glo vi. Sin embargo, esta fecha baja ha sido rechazada por los arqueólogos, que sitúan hacia el año 600 la fundación de la colonia por parte de los oik istes Protin y Sim os47.
Marsella fue el más importante núcleo foceo en Occi dente, aunque, en los decenios que siguieron a su funda ción, los marinos focenses establecieron otras factorías, tan to en la costa ibérica (E m porion, H e m e r o s c o p e t o n , Maina ke) como en la isla de Córcega (Alalia). Con posterioridad, tras la derrota sufrida por la flota fócense en la lucha que la enfrentaba a los etruscos y cartagineses aliados (alrede dor del año 540), los foceos, a instancias de los habitantes
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" Cfr. C. Mossé: Op. cit., pág. 44. 72
de Regio, fueron a establecerse en Elea, en Cam pania48: las fuentes históricas con que contamos no permiten supo ner una ocupación fócense del emplazamiento de Elea con anterioridad al 540; después de su victoria «cadmea» los foceos de Alalia se dirigieron hacia el sur, refugiándose en Regio. Junto a ello, la intervención de Posidonia debe en tenderse en el contexto de una política de expansión co mercial dirigida hacia las zonas occidentales, especialmente Córcega y Cerdeña, que escapaban aún a la hegemonía de Cartago; la respuesta dada por la P itia 49 se comprende igualmente en el interior de este mismo espíritu.
Por su parte lps foceos de Marsella permanecen extra ños a estos sucesos y no se crea entre Marsella y Elea nin guna corriente de solidaridad económica o política; ade más, Marsella había establecido con Cartago un cierto equi librio de zonas de influencia y actividad comercial y no quería cambiarlas. El nuevo emplazamiento colonial de Elea estaba destinado desde un principio al tráfico m aríti mo, garantizando la independencia del comercio italiota con Oriente a causa de su relación con los cartagineses; de este modo, fiel a sus tradiciones, se inserta de lleno en la vida de Magna Grecia 50.
Elea no supuso para los focenses una simple ciudad- refugio, sino, en un primer momento, durante la primera mitad del siglo vi, una etapa útil y necesaria en la ruta que iba desde Grecia hasta Etruria y M arsella, pasando por el estrecho de Mesina; la partida para el exilio de los fo ceos de Asia Menor interrumpió el curso de sus navegacio nes a larga distancia, pero, después de algunos años turbu lentos, que tuvieron como consecuencia la batalla de Alalia, los focenses hicieron de Elea su nueva ciudad y el centro principal de un comercio marítimo renovado y próspero en el mar T irreno51.
Por lo que se refiere a la colonización de las costas de Galia meridional por parte de los masaliotas, este hecho se sitúa en una fecha relativamente tardía, aunque poste rior en todo caso al establecimiento de los celtas en Galia meridional, es decir, durante el siglo iv.
En el sur de Italia y en Sicilia asistimos, con posterio ridad al año 675, a la fundación de colonias; en el sur “ Cfr. G. Pugliese C arratelli: “Nascita di V e lia ”, PP X X V , 1970, págs. 7-18.
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