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querer crear lazos afectivos con aquellos a quienes les somos completamente indiferentes. El miedo aquí “parece brotar de la condición más humana del humano ser: su condición frágil” (Bravo 2005). En este sentido, el miedo que aparece explícito en el título responde, no a la temática de los relatos presentes en la obra, sino a la conciencia que el lector adquiere de su condición de ser finito, a través del desamparo y soledad que experimentan los personajes. Esta construcción ambigua del título resulta ser un elemento fundamental para identificar y comprender la significación funcional de la propuesta narrativa del autor.

El texto está compuesto por ocho relatos presentados en el siguiente orden: “El esqueleto de visita”, “El monstruo mentiroso”, “Una bicicleta encantada”, “Lucía o las palomas desaparecidas”, “El diablo al cuello”, “El contador de recuerdos”, “Pobre vampiro” y “El Aprendiz de Mago”. Las historias están narradas desde dos miradas: la primera persona del singular y la primera del plural, que se encuentran intercaladas, y estructuran el corpus de la obra. Tan solo el último cuento, que es precisamente el que la da el título al libro, presenta una narración que se desplaza entre el narrador testigo y el narrador protagonista. Dichas características, trazan la ruptura entre ese narrador tradicional de la literatura infantil, que parece habitar “muchos años después de los acontecimientos” y el que se encuentra próximo a ellos, los vive, los sufre y busca transformarlos o, en este caso, transformarse. Por ello, el autor representa, a través de personajes ficcionales, algunos problemas que atañen a la dimensión axiológica del ser humano.

2.1 Hubo una vez: transposiciones de las situaciones iniciales

Al considerar la situación inicial de un cuento para niños identificamos que allí suele construirse un lugar y tiempo del que no se realizan descripciones concretas, pero sí la

descripción prosopográfica y etopéyica del personaje, características que definen su carácter y serán relevantes en el desarrollo de las acciones. Ya que “todos los cuentos tienen la misma construcción. Cumplen con un principio y un final estereotipados. Los protagonistas tienen cualidades simples, bien notorias. La acción se repite tres veces. Las acciones se encadenan siempre de la misma manera y se narran con los mismos términos” (López 35). Hecho que se traduce en la experiencia de los personajes que se han alejado de su lugar de origen y vuelven a él después de vivir situaciones difíciles durante su encuentro con el mundo exterior, pero con la satisfacción de la experiencia adquirida. Sin embargo, Rosero desacraliza este esquema y reconfigura la imagen del personaje que se construye a través de la relación con las situaciones presentes en el texto y que, por tanto, no está definido por su carácter. Pues, el monstruo no siente menos por el hecho de ser monstruo, así como tampoco cumple la función típica de asustar por su condición.

Por otro lado, los personajes de los cuentos infantiles suelen ser; la representación de un sistema de valores a través de la figura del héroe, o de antivalores encarnados por la figura del villano. Situación que se quebranta en El aprendiz de mago y otros cuentos de

miedo, allí se rompe la línea divisoria entre el bien y el mal, al representar dicha dualidad

como característica propia de cada uno de los personajes. Ubicando al lector en un contexto donde no prevalece el arquetipo del personaje modélico sino la personificación del resultado de las más deplorables actitudes humanas.

Las figuras que solían trazar las actitudes y comportamientos de sus aprendices son sustituidas por seres defectuosos que disfrutan de los placeres terrenales, la vida de las princesas no es tan placentera y admirable, como sucede en su cuento “La princesa calva” (1992), y los monstruos ya no tienen la capacidad de atemorizar a los humanos, por el contrario, huyen horrorizados de su inexplicable comportamiento. Por ello, nuestra mirada

y el ejercicio de aproximación a las primeras líneas de los cuentos es perturbada, nuestro posible maniqueísmo es trastocado por situaciones inverosímiles que no corresponden, precisamente, a un universo fantástico, ilusorio y perfecto sino a un conglomerado de características psicológicas que nos aproximan a la realidad antes que abstraernos de ella.

Si pensamos en la posibilidad de encontrar, sentada en un parque, una espantosa figura esquelética, la reacción más común sería huir invadidos por el temor, difícilmente, consideraríamos entablar una conversación con ese ser que se nos ha mostrado siempre como la representación misma de la muerte. Sin embargo, la discusión no radica en lo inexplicable de este hecho, pues es claro que cuando el lector penetra el universo del libro establece con él un pacto ficcional en el que sabe que cualquier cosa puede suceder. Lo curioso son las razones que han llevado a este personaje a recorrer el mundo, su reacción frente a los humanos y la sensibilidad que nadie ha sabido valorar por el simple hecho de ser un costal de huesos.

Esto se debe a que el objeto (personaje) sobre el que se enuncia en cada uno de los cuentos está “condicionado ya, contestado, evaluado, envuelto en una bruma que lo enmascara; o, por el contrario, inmerso en la luz de las palabras ajenas que se han dicho acerca de él. El objeto está rodeado e impregnado de ideas generales, de puntos de vista, de valoraciones y acentos ajenos” (Bajtín 94). Aun así, Rosero trastoca esta perspectiva, pues no son los humanos quienes buscan escapar del encuentro, es el ser sobrenatural quien se esconde de la perversidad de los hombres.

Temas como la humillación, la soledad, el encierro, el castigo, la avaricia, la tristeza y el desamor son solo algunos de los matices de emociones que pueden encontrarse en El

de considerar envidiable la vida lujosa de una princesa, como la inmortalidad de un vampiro.

De esta manera, la palabra, los enunciados y la forma en que los textos son presentados van “tallando sus propios contornos semánticos y estilísticos” (Bajtín 94) siendo la obra el medio que se hace finalidad, al establecer un proceso dialógico en el que se quebranta la idea de que los personajes, de este tipo de narraciones, deben estar completamente alejados de la realidad del individuo, pues el autor se encarga de presentarlos tristes, absortos, en definitiva, humanos.