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ROBUST VARIATIONAL BAYESIAN CLUSTERING

A L E J A N D R O D E A B O N U T I C O

nias sagradas. El primer día tenía lugar la representación del parto de Latona (madre de Apolo), el nacimiento de Apolo y su boda con la ninfa Coronis y la venida al mundo de Asclepio. El se­ gundo día la aparición y el nacimiento del dios Glicón y, por último, el terce­ ro, las bodas de Podalirio (hijo de Es­ culapio) y de la madre de Alejandro (que se decía descendiente de Perseo). Una última representación cerraba los misterios: la hierogamia de Selene (la Luna) y Alejandro. El papel de Selene estaba encarnado por Rutilia, una her­ mosa mujer hija del citado Rutiliano: mientras Alejandro yacía dormido, ella descendía sobre él desde el techo (que simbolizaba el cielo) y, a la luz de las antorchas, se daban besos y abrazos ante los presentes. Fruto de esta unión nacería una hija, con la que más tarde contrajo matrimonio el propio Ruti­ liano, siempre siguiendo uno de los oráculos de Alejandro.

Según Luciano11, muchas mujeres, con la aprobación de sus maridos, pre­ sumían haber parido un hijo de Alejan­ dro. Posiblemente éste las fecundaba sustituyendo a Glicón pues las mujeres, llevadas de la extendida creencia griega de que un dios-serpiente podía dejarlas preñadas, se acercaban con ese fin al santuario. Precisamente una inscrip­ ción12 alude a un sacerdote llamado Miletos, «hijo de Glicón Paflagonio». La madre de Miletos debió, pues, de haber visitado el santuario de Abonutico don­ de recibió el milagro de un hijo, natural­ mente con la mediación de su sacerdote.

En Dacia (Apulum y Alba Julia) fue­ ron halladas dos inscripciones13 a Gli­ cón (una de ellas hecha iussu dei). El culto había penetrado más allá de los Cárpatos. Quizá esta expansión por tierras danubianas se debió a la in­ fluencia de Rutiliano, el suegro de Ale­ jandro, gobernador de la Mesia Supe­ rior entre los años 155 y 158 d.C.

Muchas veces Alejandro se presen­ taba en público mostrando su muslo

bañado con un color dorado, como el que, según una tradición, tenía Pitágo- ras; de esta forma aparentaba ser una reencarnación del filósofo griego. Para resolver la polémica sobre si tenía o no el alma de Pitágoras, Glicón emitió el siguiente oráculo:

El alma de Pitágoras, ora se extingue, ora crece de nuevo, i La del Profeta es flujo del espíritu divino. / La envió el padre como una ayuda para los hombres buenos; / y a Zeus de nuevo volverá ful­ minada por el rayo de Zeus (Alex., 40). Alejandro había anunciado en un oráculo sobre sí mismo que viviría ciento cincuenta años y moriría fulmi­ nado por un rayo14, pero murió en el 174 d.C., es decir a los setenta, vícti­ ma de una pierna gangrenada «hirvien­ do de gusanos». Al morir, sus colabo­ radores se disputaron su sucesión; su suegro, Rutiliano recibió el derecho a impartir los oráculos «aunque él no estuviera». Algunos autores piensan por ello que el oráculo pudo haber ad­ quirido un carácter necromántico. Las monedas de Abonutico con la efigie de Glicón llegan hasta la época de Trebo- niano Galo (251-253 d.C.), si bien es posible que el oráculo permaneciese activo algunas décadas más.

1. Alex., 53. / 2. IGRom., IV, 1498; CIL, III, 1021-1022. / 3. Alex., 17. / 4. Alex., 19. / 5. Alex., 20-22. / 6. Alex., 23. / 7. Alex., 22. /

S. Alex., 49.19. Alex., 2 3 ./ 10. Alex., SI. 1 11. Alex., 42. / 12. ÍGRom., IV, 1498. / 13. CIL,

III, 1021 y 1022./ 14. Alex., 59.

[Bibl. : Edición española del tratado de Luciano: M. Giner Soria, Ello Arístides.

Luciano de Samósata. Discursos sagrados. Sobre la Muerte de Peregrino. Alejandro o el falso profeta, Madrid, 1989. Sobre el per­

sonaje: F. Cumont, «Alexandre d ’Abonoti- chos: un épisode de l’histoire du paganisme au II siècle de notre ère», Mémoires de

l’Academie Royale Belge, 40 (1887), pp. 3-

54; E. Babelon, «Le faux prophète Alexan­ dre d ’Abonotichos»: RNum, 4 (1900), pp.

A M Ó S

1-30; F. Cumont, «Alexandre d ’Abonoti- chos et le néo-pythagoricisme»: RHR, 86 (1922), pp. 202 ss.; A. D. Nock, «Alexan­ der of Abonuteichos»: CQ, 22 (1928), pp. 160-162; M. Caster, Commentaires sur Ale­

xandre ou le faux prophète de Lucien, Paris,

193 8 ; S. Eitrem, Orakel und Mysterien am

Ausgang der Antike, Berlin, 1947; L. Ro­

bert, «Lucien et son temps», en À travers

l’Asia Mineure, Paris, 1980, pp. 393-421;

D. C lay , «L u cian o f S a m o sata: F ou r Philosophical Lives (Nigrinus, Demonax, Peregrinus, Alexander Pseudom antis)»:

ANRW II, 36.5 (1992), pp. 3406-3450; F.

Guillaumont, «Lucien et la divination», en

Les écrivains du deuxième siècle et l ’Etrusca Disciplina. Caesarodonum, 1996, supl. 65,

pp. 13-25.]

AM ANCIO / Amantius (s. iv d.C.).— Conocido harúspice de la segunda mi­ tad del siglo iv d.C. citado por el histo­ riador Amiano Marcelino1. El adivino fue llevado ante un tribunal, por una delación anónima, acusado de haber ofrecido sus servicios en Africa a Hyme- tius, procónsul de la provincia conoci­ do por sus críticas al emperador Valen- tiniano (364-375).

El objeto de la visita de Amando es revelado por Amiano: hacer un sacrifi­ cio «con propósitos criminales»; la acu­ sación fue negada por Amando2. Pero en un registro privado fue encontrado un escrito de Hymetius en el que roga­ ba al harúspice que realizara un rito solemne a la divinidad para aplacar a los emperadores Valentiniano y Gra­ ciano en su hostil actitud hacia su per­ sona3.

Desconocemos qué ritos religiosos pudo realizar el harúspice Amancio (Amiano parece referirse a un sacrifi­ cio: ritu sacrorum sollemnium), pero parece claro que no se trata de un rito haruspicinal a través del cual se quisie­ ra conocer el porvenir de los empera­ dores o la voluntad de los dioses. Amancio debió de intervenir en prácti­ cas mágicas como confirma la pena ca­ pital que le fue impuesta4.

1. XXVIII, 1, 19. / 2. Amm. M arc., XXVIII, 1, 19. / 3. Amm. Marc., XXVIII, 1, 20. / 4. Amm. Marc., XXVIII, 1, 21.

[Bibl.: S. Montero, Política y adivina­

ción en el Bajo Imperio romano: emperado­ res y harúspices, Bruxelles, 1991, p. 129.]

AMIAS DE FILADELFIA / Ammia (s. i d.C.?).— Profeta de la Iglesia, del que nada sabemos, citado, junto a *Cuadra- to, por un antim ontanista anónimo cuyo testimonio es recogido por Euse­ bio de Cesarea1.

1. HE, V, 17,3.

A M Ó N / Ammon (s. iv d.C.).— Autor de un poema astrológico, Katarcha, del que sólo se conservan 19 versos cita­ dos por el escritor bizantino Tzetzes (s. xn). Este le menciona como destacado astrólogo, aunque es probable que le confunda con el Ammon al que están dedicadas las latrom athem atika de Hermes. Los críticos fechan los frag­ mentos conservados en el siglo iv d.C.

[Bibl.: A. Ludwich, Maximus et Ammon, Leipzig, 1877; Riess, «Ammon»: BE, I, 2 (1894), col. 1858.]

AMÓS / ‘Amós (s. viii a.C.).— Profeta hebreo (nabí) nacido en Teqoa, al sur de Judea. En origen debió de ser pro­ p ie ta rio de g a n a d o 1 y q uizá de sicómoros2. En 7 , 14a afirma: «Cierta­ mente soy profeta (nabí) pero no un profeta profesional (ben nabí)», lo que ha dado lugar a interpretaciones muy diversas: a) funcionario cúltico dedi­ cado a la adivinación; b) profeta de oficio; c) profeta pero no de oficio, es decir, llam ado expresam ente por Yahveh.

Su actividad profètica hemos de si­ tuarla en el reinado de Jeroboam II (786-746 a.C.); es, por tanto, el pri­

A N A

mer profeta cuyos oráculos se han con­ servado (en el Antiguo Testamento).

Amos denuncia, ante todo, los ma­ les sociales de su tiempo: el lujo en el que viven los ricos de Samaria, el for­ malismo cultural y la corrupción de los profetas; también condena la violación de los «derechos humanos» entre los pueblos extranjeros (2, 1). Sus ideas fueron la causa de que Amasias, sacer­ dote de Betel, ordenase su expulsión al reino de Judá3.

Destacan sus profecías sobre el jui­ cio final, reservado a una minoría: Así dice Yahveh: «Como rescata el pas­

tor de las fauces del león dos patas o el extremo de una oreja, así serán resca­ tados los hijos de Israel que moran en Samaria, como un extremo de un le­ cho, o como un pedazo de pata de cama» (Am 3, 12).

El día de Yahveh, entendido por Amos en un sentido escatológico, no será lum inoso — com o el p u eblo creía— sino triste y lleno de tinieblas: Ay de quienes ansian el día de Yahveh. El día de Yahveh, ¿de qué os servirá? Será tinieblas y no luz. Como cuando huye un hombre delante de un león y topa un oso o entra en casa y, apoyan­ do su mano en la pared, le muerde la culebra (Am 5, 18-20).

Israel perecerá por completo si no se convierte y hace el bien; sólo así situará a su pueblo en la tierra de la Promesa: En aquel día levantaré la cabaña de David, que habrá caído, y repararé sus brechas, y alzaré sus ruinas, y la recons­ truiré como en otros tiempos de anta­ ño. A fin de que tomen a poseer el resto de Edom y todas las naciones sobre las cuales es invocado mi nombre —orá­ culo de Yahveh que tal hace—. He aquí que llegan días —oráculo de Yahveh— en que el arador se encontrará con el

segador el que pisa la uva con el que esparce la semilla; y las montañas des­ tilarán mosto y todas las colinas se de­ rretirán. Y repatriaré a los cautivos de mi pueblo Israel (Am 9, 11-15).

Sin llegar a una concepción mono­ teísta, Amos presenta a Yahveh como Señor de la naturaleza y las Naciones, an ticip án do se así a las id eas del Deutero-Isaías.

1. Am 1,1. / 2. Am 7,14. / 3. Am 7, lOss.

[Bibl.: A. Neher, Amos. Contribution á

Vétude du propbétisme, Paris, 1950; H. W.

Wolff, Uenracinement spirituel d ’Amos, París, 1974; A. González, «Semblanza de un profeta: Amos», en Profetas verdaderos,

profetas falsos, Salamanca, 1976, pp. 77-

95; J. L. Vesco, «Amos de Téqoa, défen- seur de l’homme»: Revue Biblique (1980), pp. 481-513; A. G. Auld, «Amos and Apo­ calyptic: Vision, Prophecy, Revelation», en

Storie dei profeti, Brescia, 1991, pp. 1-14.]

ANA / Ana (s. i a.C.).— Profetisa he­ brea, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, citada en el Nuevo Testamento. Tras siete años de matrimonio quedó viuda hasta los ochenta y cuatro. N o se apar­ taba del Templo de Jerusalén, sirvien­ do a Dios con ayunos y plegarias día y noche1. Por su condición de profetisa se creía que en ella estaba el espíritu de Dios y que recibía revelaciones divi­ nas2; una de ellas le permitió recono­ cer al Mesías en el niño Jesús3.

Hechos4 alude a las cuatro hijas de Felipe (cuyos nombres, sin embargo, no conocemos) también como profetisas.

1. Le 2, 36. / 2. Le 2 ,25. / 3. Le 2 ,3 8 . / 4. 2 1,9.

ANAXILAO DE LARISA / Anaxílaos (s. i a.C .).— Filósofo pitagórico y mago, originario de Larisa (Tesalia), expulsado de Roma e Italia por orden de Augusto en el año 28 a.C .1. Dióge-

A N F í L I T O

nes Laercio2 le atribuye un tratado So­ bre los filósofos, aunque también se le considera autor de otros tres: Physikd, Baphiká y Paígnia.

El motivo de su expulsión fue, más que sus enseñanzas filosóficas, la prác­ tica de la alquimia, la astrología y la m agia. Los principales fragm entos conservados hacen referencia a los si­ guientes asuntos:

1) Propiedades ignífugas e insono- rizantes del amianto3.

2) La tinta de la sepia posee poderes tales que, puesta en una lámpara, la luz precedente desaparece y hace aparecer a etíopes. De igual forma, si el pulmo marinus se frota sobre un bastón, éste se hace fosforescente4.

3) Si se deposita el hipómano (sudor de yegua) en una lámpara, hace apare­ cer cabezas de caballo5.

4) Añadiendo azufre en un poco de vino y haciéndolo girar con los brazos en alto se obtiene un reflejo que, al di­ fundirse sobre los invitados, hace que éstos adquieran un color pálido y mor­ tecino6.

5) Técnicas para hacer aparecer fue­ go sobre el agua7.

Existen algunas razones para creer que Anaxilao conocía un método para «fabricar» plata; la receta pudo apro­ piársela de alguna de las obras de * Bo­ los de Mendes.

En opinión de algunos estudiosos (Wellmann) Anaxilao es el autor de prodigios y milagros atribuidos más tarde a * Simón M ago8.

Un siglo después de su muerte, Ana­ xilao seguía siendo recordado como autoridad en su materia. Así, Plinio el Viejo le cita como una de sus fuentes en los libros de su Historia N atu ral. Autores paganos y cristianos aluden a él aún en el siglo ii d .C .10.

1. Jer., Chron. OI., 188, 1. / 2. III, 2. / 3. Fr. 1 = Plin., NH, XIX, 19 / 4. Fr. 2 = Plin.,

NH, XXXII, 141. / 5. Fr. 3 = Plin., NH,

XXXII, 141. / 6. Fr. 4 = Plin., NH, XXXV,

175. / 7. Fr. 9 = Ps. Cypr., De rebapt., XVI. / 8. Refut., IV, 28. / 9. NH, XIX, 21-26 y 28- 31. /1 0 . Ireneo, Adv. Haeres., 1,13; Ps. Cypr.,

De rebapt., III, 184.

[Bibl.: Fragmentos: M. Wellmann, «Die Physiká des Bolos Demokritos und der M a­ gier Anaxilaos aus Larissa. Teil I», en Ab­

handlungen der Preussischen Akademie der Wissenschaften. Phil. Hist. Klasse, 1928; L.

T arán , «A naxilau s o f L arissa»: D SB, I (1970), p. 150.]

A N E B Ó N I Anebon (s. iv d.C.).— Des­ tinatario de una Carta de Porfirio so­ bre la filosofía de la religión y la teúrgia. Debió de ser un mago y sacer­ dote de origen egipcio, discípulo de Porfirio y, después, de Jámblico. Di­ cha Carta se ha perdido pero podemos hacernos una idea de su contenido a través de los pasajes citados por Jám ­ blico, Eusebio de Cesarea y Agustín. Gran parte de la Carta estaba dedicada a las revelaciones oraculares, las epifa­ nías o las apariciones de los dioses du­ rante las sesiones teúrgicas', técnicas todas ellas en las que Anebón debía de ser un consumado maestro. Algunos autores proponen identificarlo con el «profeta egipcio» citado por Proel o2.

1. Porf., Ep. ad Aneb., II, 3b Sodano. / 2.

in Timaeum, I, 29-255.

[Bibl.: A. R. Sodano, Porfirio. Lettera ad

Anebo, Napoli, 1958.]

ANFIARAO.— *Anfíloco.

ANFÍLITO / Amphílytos (s. vi a.C.).— De origen acarn an io , el ad ivin o Anfílito era contemporáneo del tirano ateniense Pisístrato (527 a.C.), quien, durante uno de sus exilios, recibió de aquél el siguiente oráculo:

H a sido echada la trampa, la red se ha tendido / y los atunes se precipitarán

A N F Í L O C O

con ímpetu en noche / de luna (Herod.,

I,

62

).

Comprendiendo el vaticinio, puso en movimiento sus tropas y, cayendo sobre Atenas cuando la población des­ cansaba, logró hacerse fácilmente con el poder. Un autor cristiano, Clemente de Alejandría1, dice que Pisístrato afir­ mó su tiranía gracias a que Anfílito le designó cuál era «el instante propicio».

Se trata, probablemente, del primer oráculo favorable sin reservas a un ti­ rano. Anfílito debió de recibir de Pisís­ trato, como recompensa, la ciudadanía ateniense, pues Platón2 y otros autores más tardíos3 le consideraban origina­ rio de esta ciudad.

El vaticinio de Anfílito fue emitido en estado de trance (Heródoto emplea el término griego entheázon). Algunos autores han observado que Anfílito abandonó las tradiciones de los anti­ guos *M elampódidas para adoptar la adivinación intuitiva, entonces de moda. En su figura se confunde, sin embargo, el cresmólogo con el exége- ta, lo que también sucede en otros adi­ vinos como * Onomácrito.

1. Clem. Alex., Strotn., I, 132. / 2. Thea-

ges., 124 d. / 3. Temist., Orat., 1, 26; III, 46;

XX, 235.

[Bibl.: Hiller, «Amphilytos»: RE, I, 2 (1894), col. 1941.]

ANFÍLOCO / Amphílochos.— Héroe y adivino (mantis) mítico griego, hijo del célebre Anfiarao y de Erifile. An- fiarao, su padre, era un héroe y adivi­ no griego de origen beocio. Su nombre aparece ya en las tablillas micénicas1. La mitología griega le presenta como hijo de Oícles y de Hipermestra2, des­ cendiente, por tanto, de *M elampo. Su mujer es la ambiciosa Erífila, hermana de Adrasto’. Zeus y Apolo aparecen como sus protectores4.

A nfiarao participó activam ente — como guerrero y adivino— en la ex­ pedición de los «Siete contra Tebas»5 bajo el mando de A drasto, rey de Argos; en las Olímpicas6 de Píndaro, Adrasto le llama «el ojo de mi tropa», elogiando sus cualidades adivinatorias y guerreras.

Durante el viaje a Tebas, a su paso por Nem ea, los héroes pidieron a Hipsípila, la esclava encargada de la custodia de Ofeltes (hijo del rey del país), que les diese de beber. La mujer dejó al niño en el suelo durante unos instantes siendo así que un oráculo ha­ bía ordenado que no fuera depositado antes de que aprendiese a andar. Apro­ vechando el descuido de la mujer una serpiente se precipitó sobre la criatura y la ahogó7. Anfiarao reveló el funesto significado de aquél prodigio: la expe­ dición fracasaría y los jefes morirían. El niño fue llamado Arquémoro («el primer muerto»), instituyéndose en su honor unos juegos —conocidos más tarde como ñemeos— en los que el propio Anfiarao participó (en las mo­ dalidades de salto y disco).

En Tebas, ante los muros de la ciu­ dad, Anfiarao intentó retrasar el últi­ mo —y fatal— asalto a la ciudad de­ claran d o que las entrañas de las víctimas prohibían atravesar el Ismé- nos8. Fue quizá en aquel momento cuando Anfiarao, revelando su secre­ to, predijo que de todos los jefes de la expedición sólo Adrasto regresaría vivo al hogar; el héroe se entregaba así, con resignación, al destino.

Poco después, Melanipo hería en el vientre a uno de los «Siete», Tideo. Cuando éste yacía moribundo, Atenea le llevó un remedio para hacerlo in­ mortal. Pero Anfiarao, que odiaba a Tideo, al darse cuenta de la intención de la diosa, cortó la cabeza de M e­ lanipo y se le llevó a Tideo; éste la abrió y se comió los sesos. Al verlo, Atenea, asqueada, desistió de su buena acción y lo aborreció9.

A N F Ó T E R O

Ya en los últimos momentos de la batalla, Anfiarao, herido en la espalda por la lanza de Periclímeno, iba a ser alcanzado por éste cuando Zeus hizo abrir la tierra ante él por un enorme trueno10, desapareciendo en su interior Anfiarao con sus caballos, su carro y su auriga. Conocida la noticia, su hijo Alcmeón —siguiendo las instrucciones de su p ad re11— m ató a su m adre, Erífila, al regresar a Argos. Más tarde organizaría una segunda expedición contra Tebas en la que Alcmeón parti­ ciparía junto a su hermano Anfíloco.

Zeus concedió la inmortalidad a Anfiarao, que pudo así seguir impar­ tiendo sus orácu los (oníricos) en Oropo (Atica). Pausanias12 menciona a un exégeta, Iofón de Cnossos, que versificó (en hexámetros) los oráculos atribuidos a Anfiarao y dirigidos a los siete jefes argivos en su guerra contra Tebas; también se le atribuye otra co­ lección de oráculos de *M opso. Iofón no es datado por ningún autor antiguo.

Anfíloco debió, pues, de heredar las cualidades adivinatorias de su padre. Bajo las órdenes de su herm ano, Alcmeón, participó en la segunda ex­ pedición de los «Siete» contra Tebas13, conocida como la de los Epígonos. A polodoro14 dice que Alcmeón dio muerte a su madre bien solo o con la ayuda de su hermano; en cualquier caso no fue perseguido por las Erinias como lo fue su hermano. Su nombre figu ra15 entre los pretendientes de Helena, razón por la cual intervino en la expedición contra Troya16.

A Anfíloco no se le cita en los poemas homéricos y sí en los nostoi. En Troya, Anfíloco, que heredó de su padre el don de la profecía, colaboró con el célebre adivino ^Calcante al que luego acompa­ ñó —por tierra— hasta Claros (Colofón, en Asia Menor); aquí Calcante competi­ ría en un certamen mántico en el que fue derrotado por *M opso.

Estrabón17 afirma que Anfíloco fun­ dó la ciudad de Malo de Cilicia y más

tarde, volviendo a la Hélade, la de Argos (en Acarnania) si bien, al no agradarle la evolución de la nueva ciu­ dad, regresó a Malo. Allí reclamó el mando a Mopso, pero, ante la negati­ va de éste a entregárselo, ambos pelea­ ron, pereciendo en el combate18.

Según Pausanias19 en su época exis­ tía un oráculo de Anfíloco en M alo de Cilicia, el más verdadero de todos. N o obstante, las fuentes atribuyen la fun­ dación de varios oráculos al otro Anfíloco, hijo de Alcmeón y Manto. Anfíloco recibió culto en Oropos, Ate­

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