5.3 TaDn-miRNA target prediction
5.3.1 ROS generation and ROS detoxification
CLARE: Estoy lavando los platos y Henry está cortando pimientos verdes. El sol, con
unas tonalidades profundamente rosáceas sobre la nieve de enero, se pone en el patio de atrás en esta temprana noche dominical. Estamos preparando chiles y cantando El submarino
amarillo: «In the town where I was born, lived a man who sailed to sea...»
Las cebollas sisean en la sartén que está al fuego. Sin embargo, mientras cantamos And
our friends are all on board, de repente oigo que mi voz flota sola, me vuelvo y veo la ropa
de Henry amontonada en el suelo, junto al cuchillo de la cocina. Medio pimiento se balancea ligeramente sobre la tabla.
Apago el fuego y tapo las cebollas. Me siento junto al montón de ropa, que todavía conserva la temperatura del cuerpo de Henry, la recojo con un movimiento rápido y me siento sin soltarla, hasta que el calor que desprende proviene de mi propio cuerpo. Luego me levanto y voy al dormitorio, doblo la ropa con cuidado y la dejo sobre la cama. A continuación me esmero en seguir preparando la cena y como sola, aguardando, sin dejar de preguntarme dónde está él.
Viernes 3 de febrero de 1995 Clare tiene 23 años, y Henry 31 y 39
CIARE: Gómez, Charisse, Henry y yo estamos sentados alrededor de la mesa de nuestro
Charisse se han inventado. Se juega con el tablero del Monopoly y consiste en contestar preguntas, conseguir puntos, acumular dinero y explotar a los demás jugadores. Le toca el turno a Gómez. Mueve los dados, saca un seis, aterriza en la Caja Comunitaria y coge una tarjeta.
—Muy bien, atentos todos. ¿Qué invento tecnológico contemporáneo enterraríais bajo dos metros de tierra por el bien de la sociedad?
—La televisión —digo yo. —El suavizante —dice Charisse.
—Los detectores de movimiento —dice Henry con vehemencia. —Pues yo digo la pólvora.
—Eso no es precisamente moderno —intervengo yo. —De acuerdo. La cadena de montaje.
—No vale dar dos respuestas —dice Henry.
—Claro que vale. Además, ¿qué gilipollez es esa de contestar «los detectores de movimiento»?
—Los detectores de movimiento de las estanterías de Newberry no paran de vibrar cuando me perciben. Esta semana he terminado dos veces en las estanterías cuando ya habían cerrado, y tan pronto me materializo, el guarda sube para comprobar que todo esté en orden. Me estoy volviendo loco.
—No creo que al proletariado le afecte demasiado la desinvención de los sensores de movimiento. Clare y yo ganamos diez puntos cada uno por dar una respuesta acertada, Charisse consigue cinco en concepto de creatividad, y Henry retrocede tres casillas por valorar las necesidades del individuo por encima del bien común.
—Eso me sitúa en la Salida. Dame doscientos dólares, banquera. Charisse entrega a Henry su dinero.
—Uauuu —exclama Gómez.
Le sonrío. Ahora me toca a mí. Saco un cuatro.
—Park Place. Compro. —Para poder comprar, sin embargo, tengo que responder correctamente a una pregunta.
Henry saca una tarjeta del montón de la Suerte.
—¿Con quién preferirías cenar y por qué: Adam Smith, Karl Marx, Rosa Luxemburgo o Alan Greenspan?
—Con Rosa. —¿Por qué?
—Su muerte fue la más interesante de todas.
Henry, Charisse y Gómez consultan y luego coinciden en que puedo comprar Park Place. Le entrego a Charisse el dinero y ella me da la escritura. Henry hace sonar los dados y va a parar a Impuestos sobre la Renta, cajita que consta de unas tarjetas especiales. La aprensión hace que nos pongamos en guardia, y finalmente Henry lee la tarjeta.
—Un gran salto hacia delante. —Maldita sea.
Todos le entregamos a Charisse nuestras propiedades inmobiliarias, y ella las guarda en la cartera del banco, junto con las suyas.
—Bueno, se acabó lo de Park Place.
—Lo siento. —Henry avanza la mitad del tablero, y se sitúa en Saint James—. Compro. —Mi pobre Saint James —se lamenta Charisse.
Saco una tarjeta del montón del Aparcamiento Gratis.
—¿A cuánto está al cambio el yen japonés respecto al dólar en el día de hoy? —No tengo ni idea. ¿A quién le debemos esa pregunta?
—¿Cuál es la respuesta?
—Un dólar son noventa y nueve con ocho yenes.
—De acuerdo. Me quedo sin Saint James. Tu turno. —Henry tiende los dados a Charisse, quien saca un cuatro y cae en la Cárcel. Elige una tarjeta que le dice cuál ha sido su delito: abuso de información privilegiada.
Todos reímos a carcajadas.
—Eso iría más bien por vosotros, tíos —dice Gómez.
Henry y yo sonreímos con humildad. Últimamente estamos devastando el mercado de valores. Para salir de la Cárcel Charisse tiene que responder a tres preguntas.
—Primera pregunta —dice Gómez, eligiendo una tarjeta del montón de la Suerte—. Nombra dos artistas famosos a los que Trotsky conoció en México.
—Diego Rivera y Frida Kahlo.
—Bien. Segunda pregunta: ¿cuánto paga Nike al día a los obreros vietnamitas para fabricar esas zapatillas deportivas tan ridiculamente caras?
—¡Vaya! Pues no lo sé... ¿Tres dólares? ¿Diez centavos? —¿Qué respondes?
En ese momento se oye un estruendo colosal en la cocina. Todos nos levantamos de un salto, y Henry dice «¡Sentaos!» con tanta vehemencia que todos le hacemos caso. Corre hacia la cocina. Charisse y Gómez me miran atónitos. Por mi parte, hago un gesto de negación con la cabeza.
—No tengo ni idea. —De hecho, sí que la tengo.
Se oye un murmullo apagado de voces y un quejido. Charisse y Gómez se han quedado helados, y escuchan. Me levanto y sigo a Henry con timidez.
Está arrodillado en el suelo, presionando un trapo de cocina contra la cabeza del hombre desnudo que yace en el linóleo, quien, por supuesto, es Henry. El armarito de madera que aguanta los platos está tumbado; el cristal se ha roto y todos los platos se han desparramado y estrellado contra el suelo. Henry yace en medio de todo ese barullo, sangrando y recubierto de cristales. Los dos Henry me miran, uno con tristeza y el otro con apremio. Me arrodillo al lado de uno, sobre el otro Henry.
—¿De dónde sale tanta sangre? —susurro.
—Creo que del cuero cabelludo —me contesta Henry bajito.
—Llamemos a una ambulancia —propongo, y empiezo a sacarle los cristales del pecho a Henry.
—No —dice él, cerrando los ojos. Me quedo inmóvil.
—Por todos los demonios... —Gómez está en la puerta.
Veo a Charisse, de pie tras él y de puntillas, intentando atisbar por encima de su hombro.
—Uauuu —exclama, empujando a Gómez y acercándose a nosotros. Henry lanza otro trapo sobre los genitales duplicados de su decúbito prono. —Oh, Henry. No te preocupes, he dibujado un trillón de modelos que... —Intento preservar un poco mi intimidad —le suelta Henry.
Charisse retrocede como si le hubiera propinado una bofetada. —Escucha, Henry... —retumba la voz de Gómez.
No puedo pensar con todo lo que está sucediendo.
—Por favor, callaos todos —exijo, irritada. Para mi sorpresa, me hacen caso—. ¿Qué pasa? —le pregunto entonces a Henry, que sigue echado en el suelo, haciendo muecas de dolor e intentando no moverse.
Henry abre los ojos y me mira fijamente durante un momento antes de responder.
dirige a Henry—. Quiero una copa.
Henry se incorpora de un salto y regresa con un vaso de zumo lleno de Jack Daniels. Le aguanto la cabeza a Henry y él consigue tragar un tercio del vaso.
—¿Eso es prudente? —pregunta Gómez.
—Ni lo sé, ni me importa —le asegura Henry desde el suelo—. Esto duele a parir. ¡Atrás! —exclama, con un grito ahogado—. Cerrad los ojos...
—¿Por qué...? —empieza a decir Gómez.
Henry empieza a tener convulsiones, como si le descargaran corriente eléctrica. Sacude la cabeza con violencia y grita:
—¡Clare!
Cierro los ojos. Oigo un ruido como el de una sábana rasgada, pero mucho más fuerte, y en ese preciso instante se genera una cascada de cristal y porcelana que sale despedida en todas direcciones. Henry ha desaparecido.
—¡Dios mío! —exclama Charisse.
Henry y yo nos miramos. «Eso ha sido distinto, Henry ha sido violento y asqueroso. ¿Qué te está sucediendo?» Su pálido rostro me indica que él tampoco lo sabe. Inspecciona el whisky, por si hay algún fragmento de cristal, y luego se lo bebe de golpe.
—¿Qué ha pasado con todo ese cristal? —exige saber Gómez, sacudiéndoselo de encima con rapidez.
Henry se levanta y me ofrece su mano. Está cubierto de una fina vaporización de sangre y de trocitos de loza y cristal. Yo también me levanto y miro a Charisse. Tiene un corte profundo en la cara; la sangre le baja por la mejilla como si fuera una lágrima.
—Todo lo que no forma parte de mi cuerpo lo dejo atrás —explica Henry. Les muestra asimismo el hueco donde le extrajeron una muela porque no paraba de perder el empaste—. Digamos que al menos, en el lugar adonde he regresado, toda traza de cristal ha desaparecido, y no tendrán que sacármelo con pinzas.
—No, eso ya lo haremos nosotros —dice Gómez, quitándole cristalitos con cuidado a Charisse del pelo. No le falta razón.