Que la protección que brindaban los jueces a los siervos no bastaba para evitar todos los casos de violencia, basta a probarlo el hecho de que había esclavos que huían. Unos lo hacían con el suicidio, según aseguraba fray Francisco José de Jaca en 1685: “ya el agua hasta la boca de las padecidas tiranías –explicaba-, se determinan y han determinado no pocos unos a ahorcarse en árboles o en las mazmorras de sus verdugos amos y amas, otros pasándose a cuchillo, arrojándose otros en ríos, y unos y otros buscando varios géneros de desesperados principios para verse en lo que se ven y han visto”778.
Las fugas de esclavos estaban a la orden del día. De Teresa, por ejemplo, que parecía estaba enferma cuando se la vendieron a un vecino de Simoca, decía el vendedor que no tenía más defecto que el de ser huidora779. Y en 1762, y otra vez en 1764, se discutía la
propiedad de un negro amulatado que se llamaba Laurencio, esclavo, que había huido dos veces780. Todo esto en el Tucumán. Por su parte, Agustina, mulata que contaba más de
treinta años en 1766 -era oriunda de la Córdoba tucumana, debió pasar por el valle de Choromoros y acabó en Salta-, no queriéndose sujetar a servidumbre, no dudó en fugarse y su amo hubo de dar poder para venderla a un amigo de Córdoba, adonde suponía que habría regresado781.
No eran los fugitivos, siempre, esclavos de primera generación, que añorasen la libertad que habían perdido ellos mismos en África. Laurencio mismo, se nos dice, era hijo de esclava782.
Pero la impresión volvía a ser la de la impunidad que hemos hallado varias veces. Las leyes ordenaban castigar a los esclavos fugitivos con las más graves penas, y sin embargo los había que no sólo correteaban por doquier, sino ponían condiciones para regresar al servicio. Y no se les castigaba. Hacia 1759783, un matrimonio de esclavos que servían en la
ranchería del colegio jesuítico de Salta fueron a ver (atención, nuevamente, a la idea de libertad de movimientos) al también jesuita Pedro Lizoáin, rector de Jujuy, para que los tuviera con él. El prior de Salta, su usufructuario, debía de tratarlos mal y ellos optaron por acogerse al otro superior:
“manifestáronme -cuenta éste- el sentimiento o sentimientos con que vivían, el deseo que tenían de vivir en Jujuy, y traer acá sus hijos, que son seis o siete”784.
De jesuita a jesuita: de señor a señor, de dueño a dueño, sin deseo aparente de libertad. Pero con libertad de movimientos, insisto, la misma que permitía a otro esclavo de
778 Apud LÓPEZ GARCÍA (1982), 151.
779 Cfr. AGT,Sección judicial: Expedientes civiles, Serie A, caja 21, exp. 12.
780 El propietario, un Constancio Gutiérrez, se lo había vendido a don José Martínez, vecino de la jurisdicción -tucumana asimismo- del Río de San Juan, de quien pasó a su esposa cuando aquél falleció. A ella era a quien se le había escapado dos veces. Sólo que la segunda vez lo había capturado un vecino del valle de Calchaquí; Gutiérrez lo vio, se hizo pasar por propietario de Laurencio y lo volvió a vender como si fuera suyo, esta vez al capturador: cfr. ibidem, caja 20, exp. 18.Puede ser el mismo Laurencio cuya propiedad se discute ibidem, caja 19, exp. 20.
781 Vid. otorgamiento de poder, 29 de agosto de 1769, AHPS,Protocolos, carp. 11, núm. 128, 5v. 782 Vid. ibidem, caja 19, exp. 20.
783 Este suceso, y en los mismo términos, lo relaté en Quince revoluciones y algunas cosas más (= ANDRÉS- GALLEGO [1992]).He de repetirlo aquí por su notable expresividad.
los jesuitas ir de la hacienda de Japio al colegio de Popayán, a quejarse del comportamiento del hermano hacendero785.
En el caso que digo de Jujuy, la sumisión se supeditaba a unas condiciones tácitamente contractuales, a despecho de lo que dijeran las leyes:
“Algunos días antes de la última cuaresma del 60 -relata Lizoáin mismo- remaneció en las cercanías de Jujuy el negro Francisco, encontró allí a uno de nuestros negritos, y movido no sé de qué espíritu, de qué consejo, o de qué desengaño, le dio al negrito para mí este recado:
“- Decidle al Padre Superior que estoy aquí, y que si su reverencia no me ha de enviar al Colegio de Salta, me iré a entregar a su reverencia y me estaré sirviendo en Jujuy.
“Enviéle -sigue Lizoáin- a decir con el mismo negrito que viniese y no le enviaría a Salta. Vino luego Francisco, y vino a tiempo que me hallaba sin ninguno que nos sirviese en casa, y lo empleé en lo que aquí se ofrece, y en eso mismo se emplea hasta ahora, pues no hay otro con quien suplir esta falta.”
Habían contado con un esclavo que les prestó un vecino durante año y medio, “por ver la necesidad que teníamos de él”, pero se lo había quitado y Francisco, por otra parte, había pertenecido antes a Jujuy y tenía acá su familia”786.
Claro está que, además, estaba el caso de los cimarrones estrictos. De los de las montañas que rodeaban el valle de Carabayllo, a tres leguas de Lima, decía el virrey Amat que solían salir a las veredas a cometer estupros, robos y otras gravísimas criminalidades787.
Mas, por lo general, eran gente de vida aperreada. Como todo, el “cimarronaje” había tenido su época, llamémosla dorada: había sido recio en los siglos XVI-XVII788. Pero fue
perdiendo fuerza según la ganaba el poder coactivo del Rey Católico y lo que hubo después no permitía pensar en los luchadores por la libertad de que hablarían luego algunos historiadores (idealizando, quizá, la realidad789). En 1761, por ejemplo, se hizo una entrada
en el monte de Carabayllo, registrándolo desde el monte de Chuquitanta hasta Pampa del Rey, incluidos los montes de Chillón, y se descubrió un palenque de negros bien abastecido de comida y candela, además de tomar noticia de otro. Habitaban el primero tan sólo tres negros y una negra y su situación era del mayor desamparo: todo el palenque consistía en un ranchito que se habían construido.
Vivían de hacer leña.
Uno de ellos, el negro mina Cristóbal de Palencia, se había escapado por el mal trato que le daban en la chacra donde trabajaba para el convento al que pertenecía: un día bajó a Lima, estuvo cuatro días en casa de un pariente y optó por marchar a los montes de Chillón, que conocía bien. Se ofreció a trabajar al dueño de una chacra que había en esos parajes, don Juan de Mirones, y éste, sin preguntarle si era libre o esclavo, lo puso a cortar
785 Cfr. AHN/J, leg. 251, exp. 2, núm. 6, Colegio de Popayán..., f. 29v. 786 Lizoáin a Contucci, 20 de julio de 1760, AGN (BA)/BA,9/21/2/8.
787 AMAT (1947) I JUNIENT,Manuel: Virrey del Perú, 1761-1776: Memoria de gobierno, Edición y estudio preliminar de Vicente RODRÍGUEZ CASADO y Florentino PÉREZ EMBID, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, pág. 165.
788 Vid., por ejemplo, el fenómeno en Panamá y Cartagena, en el siglo XVII,tal como lo describe VILA (2001), 175-192.
789 No puedo entrar aquí en una enumeración –mucho menos en una crítica- de la amplia bibliografía existente sobre los cimarrones, pero sí decir que se ha caído con frecuencia en esa idealización.
leña a jornal. Luego, al cabo de un año, se le juntó Ignacio Sevallos, negro mina también, que se ofreció a trabajar en lo mismo. Quien aceptó a este nuevo cimarrón fue ya Manuel Calvo Quintín, un mulato libre, cuarterón de casta y albañil de quehacer, que había pasado a administrar la chacra de Mirones por encargo del Santo Oficio. Mirones debía los réditos de un censo a la Inquisición y, como no pagaba, le habían incautado la chacra y puesto a Calvo al frente de ella.
Luego se les uniría un tercero, el negro Eusebio Concha. Se lo encontró en Lima, huido, Ignacio Sevallos, un día que bajó del palenque a la ciudad.
Y, cinco meses después, la negra mina Margarita, que llevaba tres años huida de sus amas. En adelante los sirvió como cocinera.
Manuel Calvo Quintín –el administrador de la chacra de Mirones- les pagaba tres cuartillos por carga de leña y, con este dinero, compraban a los negros del galpón del propio Mirones harina y frijoles para comer. Y no tenían más arma que los machetes y las hachas que les habían dado para cortar la madera.
Al menos Calvo Quintín y los negros que habitaban en el galpón sí sabían que eran esclavos; porque, cuando vino fuerza a prenderlos, uno de ellos los avisó y se ganó cincuenta azotes790. Pero no veían inconveniente en ayudarles (otra vez a despecho de lo
que dispusieran las leyes).
No muy lejos de allí, en el monde Sambrano, hacia Pampa del Rey, y por las mismas fechas, había otros muchos negros cimarrones que formaban palenque y salían del monte por la noche, a caballo o en mula y con cuchillos u otras armas, a conseguir carne. La que lo afirma, Isabel, negra conga, se les sumó porque su amo la maltrataba. Fue con un negro, congo asimismo, que debía de ser amigo. Y se mantuvieron también de hacer leña y de la harina y los frijoles que compraban con ello791.
Y aún había un tercer palenque en la zona, formado por tres negros y una negra, que se mantenían de harina y carne que compraban a los criados de aquel mismo Quintín792.
No todos los cimarrones eran esclavos. Porque a los esclavos fugitivos se unían muchas veces gentes de origen libre. Juan de la Cruz y Josefa Lima, zambo libre y mestiza, seguramente libre también, él con más de cuarenta y ella con más de veinte años, él carpintero y monteador y ella hilandera y tejedora de flecos, se refugiaron en los riscos de Los Pilares, por la cabecera del río de Lalamón, en la jurisdicción de Piura y Reino del Perú, y vivieron juntos, en ilícita amistad, siete u ocho años. Josefa estaba casada con un hombre que debía ser mujeriego, llamado Nicolás Briones (que se decía de la Sierra); en cierta ocasión, Nicolás había comprado una pieza de bretaña para una zamba a la que quería ganar (o había ganado) y Josefa se la quitó y quiso celarlo con Juan de la Cruz. Pero la respuesta del marido fue brutal: primero, cuando le quitó la pieza de bretaña, la aporreó, amarró y colgó; luego, cuando intentó celarlo, la maltrató e hirió a Juan en la barriga. Fue en esta tesitura cuando Josefa agarró a su esposo, le gritó a Juan que le diese y Juan le partió la cabeza de un hachazo. Y huyeron.
Se decía que, además, para que no se supiera lo que habían hecho, Juan de la Cruz había matado también a dos hijos de Nicolás –de un matrimonio anterior-, entenados por tanto de Josefa.
790 Cfr. AGN(L),Real Audiencia: Causas criminales, leg. 23, c. 264 (1761), passim. 791 Vid. AGN(L),Real Audiencia: Causas criminales, leg. 23, c. 264 (1761), f. 11v.
Y aún se le atribuían más historias. Antes de todo había matado al Guacho de los Mariches, yerno de Pancho Prieto; le había cortado las manos y los brazos a sablazos. También se decía que había asesinado después, a palos, a un criollo de Alavaca español, un tal Miguel Rodríguez. Y, aparte, había pegado fuego a la casa de un indio serrano para quitarle tres arrobas de cera.
Juan de la Cruz lo negaba todo: a la hija de Nicolás Briones no la había matado él, sino que la había cogido el lagarto y se la llevó, un día que fue al río, y al Guacho sólo le había partido una mano y lo cogió también el lagarto, amén de que le agredió porque intentó quitarle dos yeguas que le habían confiado a él, a Juan.
Según éste, sólo había matado a Briones, el marido de Josefa, y eso en defensa propia.
Las autoridades prendieron a Juan de la Cruz y a Josefa Lima porque Santiago García, de color pardo (se sobrentiende con esto que hombre de baja condición social), denunció al primero por haber intentado dar muerte a su hijo Mariano; le había dado tres machetazos pero se espantó la mula en que iba y, además, le abrazó y sujetó un negro que andaba por allí, esclavo de un fraile. Fue entonces cuanto el corregidor de Piura mandó al teniente del alcalde provincial de la Santa Hermandad, que era capitán de caballos, que saliera con gente a cogerlos. Primero cayó Juan, todavía en 1762; Josefa escapó pero la agarraron también dos años más tarde793.
El principal problema de los cimarrones era el de todos los seres humanos: la soledad. Aquellos negros mina que hicieron palenque en los montes de Carabayllo, bajaban tal cual vez a Chiquitanta a sacar juras para que les diesen algunas municiones de ellas. Aparte, uno de ellos había ido a Lima cuatro veces: tres en 1760 y una en 1761; esta última, del Martes al Jueves Santo y sólo con el fin de pasear, comprar pan y tabaco794.
Del talante de esta gente presuntamente malvada da idea el hecho de que aquellos dos libres que hicieron palenque en los riscos de Los Pilares, jurisdicción de Piura, del Perú, el zambo Juan de la Cruz y la mestiza Josefa Lima bajaban a veces al paraje denominado El Zapotillo, adonde concurría mucha gente a oír misa. Y, cuando los cogieron y los carearon (porque él decía que había matado al marido de Josefa con la ayuda de ésta y Josefa alegaba que ella estaba dormida cuando lo hizo), Juan de la Cruz, el asesino, la reconvino con razones morales: le dijo que por qué decía que no le había ayudado a matar al marido, que no quería que su alma se condenase, y ella acabó por reconocerlo795.
Por todo y eso, más común que trocarse en cimarrones era que los esclavos fugados volvieran simplemente sobre sus pasos y regresaran al lugar y a la gente con la que habían vivido, claro está que escondidos (con la complicidad de quienes los rodeaban y recibían, que –en los casos que conozco- no fueron castigados por encubrirlos). El propietario de la mulata Agustina que se escapó en 1766, don José Coronel, de la Salta tucumana, andaba por aquellos días en los Reinos del Perú; así que fue su esposa quien hubo de hacerse cargo de la captura de la fugitiva y no se le ocurrió mejor solución que dar poder a un vecino
793 ADPI, Corregimiento: Causas criminales, leg. 56, exp. 1151 (1764).
794 Confesión de Cristóbal de Palencia, AGN(L),Real Audiencia: Causas criminales, leg. 23, c. 264 (1761), f. 8v.
distinguido de Córdoba, con quien debían tener relación, para que la reclamara y vendiera, suponiendo que había venido a esta ciudad, simplemente porque procedía de aquí796.
Esto de vender, sin castigo previo, era un uso frecuente. Fue lo mismo que hizo en 1760 el clérigo Marcos González como albacea de su padre, con un mulato esclavo que se había escapado hacía tres años: dar orden de que, cuando se le hallara, se le remitiera o se le vendiera797.
En 1762, cuando los británicos intentaron tomar Veracruz, una de las cosas que hicieron los gobernantes novohispanos fue acudir a los cimarrones e integrarlos en la defensa militar798.
EL PROBLEMA, EN LAS ANTILLAS (Y EN LAS NEGOCIACIONES DIPLOMÁTICAS)