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instaurada por Jesús
El primero en remitirse a Mt, 16,18, es desde luego el despótico Este- ban I (354-257). Con su concepción jerárquico-monárquica de la Iglesia, más que episcopal y colegiada, es en cierta medida el primer papa, aun cuando no dispongamos de ninguna afirmación suya a ese respecto. Sin embargo, el influyente Firmiliano, obispo de Cesárea de Capadocia, reac- cionó de inmediato. Según el Lexikonfür Theologie und Kirche, no reco-
noce «ninguna primacía de derecho del obispo de Roma». ¡Firmiliano más bien censura a aquel que se vanagloria de su posición y cree «tener a su cargo la sucesión de Pedro» (successionem Petri tenere contendif). Acto seguido, habla de la «insensatez tan fuerte y notoria de Esteban», y en un apostrofe inmediato le llama «schismaticus», que se separa a sí mismo de la Iglesia. Le echa en cara su «audacia e insolencia» (audacia
et insolentia), «ceguera» (caecitas), «estupidez» (stultitia). Irritado, le com-
para con Judas y afirma que da «mala fama a los santos apóstoles Pedro y Pablo».52
«¡Con cuánta diligencia -ridiculiza Firmiliano en una carta dirigida a Cipriano de Cartago- ha seguido Esteban las santas amonestaciones del apóstol y ha conservado la humildad y la benevolencia! ¿Qué hay más humilde y benevolente que desavenirse con tantos obispos de todo el mundo [...], ora con los orientales (como seguramente sabréis vos muy bien), ora con vos en Occidente». Y apostrofa directamente al romano: «Tú mismo te has excluido, no te llames a engaño [...]. Pues si bien crees que todos podrían ser excluidos de ti, tú solo te has separado de todos».53
Y en aquel tiempo, en la controversia herética sobre el bautismo de 255-256 (la cuestión de si los cristianos convertidos al catolicismo tenían que bautizarse o, como enseñaba Roma, ya no era necesario, lo que afec- taba a aspectos disciplinarios y dogmáticos), ni más ni menos que Cipria- no tomó partido en la cuestión de la primacía. El obispó, mártir y santo de la Catholica no reconoció, evidentemente de acuerdo con la opinión predominante, ninguna preeminencia absoluta de Roma, y no admitía^ -tal como ridiculizaba con Tertuliano (contra Calisto)- a «ningún obispo de obispos», con lo cual concordaban ya a la sazón los sínodos del nor- te de África, lo mismo que los de Oriente, tanto en la época de lucha abierta como en tiempos más sosegados.
Para Cipriano, el obispo de Roma no es esencialmente más importan- te que cualquier otro obispo. «Ni en sueños se le ocurre atribuirle, aun-' que sólo sea como una conjetura, un poder de jurisdicción sobre ninguna otra comunidad que no sea la suya propia. No considera siquiera como primero entre iguales (prímus Ínter pares) al sucesor de Pedro» (Wic- kert). Para Cipriano, todos los apóstoles son equiparables, todos tienen el «mismo poder» que Pedro, «la misma parte de honor». Así pues, ningún obispo está sometido a otro, como tampoco por encima de los demás; ninguno puede censurar a los demás o ser censurado por otro; resumien- do, cada uno es responsable de la administración de su diócesis sólo ante Dios. ¡Por ese motivo, en Roma incluso se falsificó uno de los principa- les pasajes de los escritos de Cipriano! Sin embargo, ni siquiera la falsifi- cación (en De unitate ecciesiae) debe entenderse en el sentido de una pri- macía romana. Detrás de Cipriano (después de los concilios de Cartago y de Asia Menor, que dictaminaron a su favor) había otros dos, recibiendo
en el concilio del 1 de septiembre de 256 en Cartago el voto nominal afir- mativo de 87 obispos. El «papa» no recibió a la delegación de Cipriano con las conclusiones, y les negó también la comunión eclesiástica, cual- quier acogida y toda hospitalidad. Prohibió enérgicamente un segundo bautismo, puesto que «nada debe renovarse que no se haya transmitido» {nihil innovetur nisi quod traditum est), probablemente el principio gene- ral más antiguo del papado, pues nadie rompía más las normas que el propio papado. Esteban I insultó a Cipriano llamándole «pseudocristiano» y «falso apóstol», un «pérfido intrigante» (pseudochristum et pseudoa- postolum et dolosum operarium), mientras que Cipriano hacía responsa- ble al «papa» de error, de testarudez, de arrogancia y de irreverencia, y le pone de vuelta y media llamándole «amigo de los herejes y enemigo de los cristianos».54
No obstante, en esa época de intensa confrontación con Esteban, Ci- priano no le excomulgó, que se sepa, si bien habría «sido lógico espe- rarlo» (Marschall). Por otro lado, debido a las sospechosas fuentes de que se dispone, sigue siendo objeto de controversias si Esteban de Roma' excomulgó a san Cipriano; muchos hechos apuntan en ese sentido. Pro- testantes notables, tales como Seeberg o Lietzmann, así lo afirman, con- firmándolo también recientemente el Handbuch der Kirchengeschichte católico. Más tarde, Agustín divulgó la noticia de la retractación de Ci- priano, aunque en evidente contradicción con los hechos (y con apenas consenso en la historia).55
Pero ya que a Cipriano, precisamente, se le considera una figura típi- ca del catolicismo de Occidente, como un hito en su desarrollo, los cató- licos gustan de impugnar su negación de la primacía. Y realmente él fue quien acuñó los términos de «cathedra Petri» y de «primatus Petrí», que de modo tan nefasto han hecho historia hasta la fecha, y quien precisa- mente incluyó en sus textos el pasaje de Matías «Tu es Petrus», prepa- rando con ello el terreno para la teoría petriana de Roma, eso si no fue esta misma quien lo puso sobre la pista, para lograr el control de la histo»^ ría mediante la Biblia, el dogmatismo y la doctrina.56 >
Cipriano habla también de la «Ecciesia principalis [...], de donde par-| te la unidad eclesiástica». Este párrafo fue antaño muy discutido, pues' supondría un testimonio de la primacía de Roma. El historiador de la Iglesia católico Hugo Koch perdió en 1912 su cátedra al demostrar lo contrario, y no sólo en un libro. Sin embargo, entretanto hay ya también muchos católicos que están de acuerdo en que «Ecciesia principalis» no significa primacía papal alguna, y que Cipriano no adjudicaba a los obis- pos de Roma ninguna posición jerárquica principal, ningún «poder de go- bierno máximo» (Bihimeyer), ninguna «autoridad superior» (Bemhart);
de hecho, tal primacía en el catolicismo de entonces no desempeñaba el menor papel.57
Resulta elocuente el hecho de que la Iglesia antigua no reconociera ninguna primacía honorífica y de derecho del obispo de Roma que hubie- ra sido instituida por Jesús. Dicha primacía está en contradicción con la doctrina de los antiguos padres de la Iglesia, incluso de los más destaca- dos. Pues lo mismo que Cipriano, también Orígenes, el mayor teólogo de los tres primeros siglos, aunque acusado de herejía, interpreta la «po- sición de primacía» en un sentido colectivo. Al decir Pedro se hacía alu- sión también a los apóstoles, incluso a todos los fieles; «todos son Pedro y piedras y sobre todos ellos está construida la Iglesia de Cristo».58
Y lo mismo que Cipriano y Orígenes en el siglo ni, tampoco en el iv Ambrosio, tan influyente como los papas de su tiempo, adjudicó a éstos ninguna preeminencia singular. El proverbio de las puertas del infierno, para muchos católicos locus classicus de la primacía, tampoco la relacio- na Ambrosio con el propio Pedro sino con su fe. Para Ambrosio, Pedro no tiene ninguna primacía, ningún privilegio, ni siquiera sucesor alguno. Am- brosio, cuya sede episcopal estaba en competencia con la romana, tomaba decisiones sinodales sin Roma, o incluso en contra de ella. En una evi- dente maniobra antirromana, el milanos testifica la primacía del apóstol Pedro, pero la «primacía de la profesión, no la del honor {non honoris}, la primacía de la fe, no la del rango (non ordinis)». De manera análoga, para el padre de la Iglesia Atanasio «en ningún lugar se habla del derecho de Roma, ni siquiera en el sentido de un tribunal de arbitraje eclesiásti- co [...]» (Hagel). El derecho a convocar un sínodo ecuménico se lo con- cede Atanasio sólo al emperador (cristiano). Y por lo que respecta al padre de la Iglesia Juan Crisóstomo, el benedictino Baur, su biógrafo moderno, no encuentra en él «nada que hable con claridad de la primacía jurisdiccional del papa».59
Lo mismo que los corifeos eclesiásticos mencionados hasta ahora, tampoco Basilio «el Grande» concede ninguna reivindicación a la prima- cía romana (en Oriente). Para Basilio, que con una sola excepción no di- rige sus escritos al obispo romano Dámaso, sino siempre a todos los obispos de Occidente, o a los de Italia y las Galias, la jerarquía clerical es^ una comunidad de iguales en derecho; por otra parte, Ántioquía, que se vanagloriaba de la «cathedra Petri», podría ser eclesiásticamente la ca- beza del mundo, pero la cabeza de la Iglesia es sólo Cristo. ¡La Iglesia de Oriente nunca ha reconocido a ninguna otra cabeza visible! Para ella, el obispo de Roma únicamente era el primero del episcopado occidental. Algunas apelaciones a él de prelados orientales aislados carecen de im- portancia. Y cuando el papa Dámaso exige de los orientales la aceptación incondicional de un credo romano, Basilio lo rechaza con decisión. (El obispo y padre de la Iglesia Gregorio Nacianceno, amigo de Basilio, ha- blaba de los «rudos vientos del oeste» y llamaba al Occidente cristiano «los extranjeros».)60
El padre de la Iglesia Jerónimo suele aceptar devotamente (como ro- mano) las decisiones de Roma, tanto más cuanto que él mismo esperaba ser papa. Sin embargo, se hace eco también de la opinión generalizada en su tiempo y llama iguales a todos los obispados, por muy diferentes que sean en cuanto a tamaño o riqueza de sus sedes. Donde quiera que esté un obispo, escribe, en Roma o Gubbio, Constantinopla o Regio, en Alejandría o Tanis, «tiene la misma importancia, tiene el mismo cargo».61
Ni siquiera Agustín, tan afecto a Roma pero a veces oscilando delica- damente entre el papa y sus hermanos africanos, defiende primacía papal alguna en doctrina o jurisdicción. Sin atacar directamente la doctrina pe- trística romana, para Agustín, como para Cipriano, la primacía de Pedro era sólo un rango personal; en efecto, en lugar de «solus Petrus», para él es la «universa ecciesia» la que actúa como guardiana de las llaves de san Pedro. No es Pedro, la cabeza de los apóstoles, ni la cátedra romana o la autoridad romana, lo que ocupa para él el puesto más alto, decisivo para la doctrina, la disciplina y los usos de la cristiandad, sino la autori- dad de la Iglesia en su conjunto, de la que Pedro sería sólo el símbolo, según Mt, 16, 17 y ss. Por encima del obispo romano estaría situado el I, concilio plenario. Por eso, el Vaticano I, de 1870, ¡incluso reprochó sus | «opiniones erróneas» (pravae sententiae) al famoso padre de la Iglesiai |
«Sumus christiani, non petriani» (Somos cristianos, no petrianos), había |
afirmado Agustín (Enarr. en salmo 44, 23), y en cuanto a Mt, 16, 18, «nüf lo había entendido ni interpretado en sentido romano en ningún momen- 5 to de su vida» (Caspar). Y no es casual que el discípulo de Agustín Oro-i^ sio -muy leído en la Edad Media y admirado de manera exagerada-, no? adjudique al obispo romano ninguna posición central, sino en todo casQ^ una preeminencia espiritual.62 -^
Pero esta postura de los católicos más celebrados de la Antigüedad! resulta tanto más curiosa cuanto que los escritos de los «santos pa-í dres», según el padre de la Iglesia Cirilo (que con ello puede haber idea-i do sus propios productos), «salieron a la luz por inspiración del Espirita Santo».63