Según lo analizado hasta aquí, es de suponer que nos apoyemos en una concepción más amplia del papel de las necesidades en la personalidad, dejando claro, en esta nueva concepción, que presentamos más adelante, la existencia de una determinada organización jerárquica en la esfera motivacional. Nos parece muy integradora la categoría planteada por González Rey - tendencia orientadora de la personalidad - que representa al nivel superior de la jerarquía motivacional y que expresa los motivos dominantes y estables de esta jerarquía, no sólo por sus contenidos, sino por la especificidad funcional que caracteriza su manifestación.
Entonces, por "tendencia entendemos el nivel superior de la jerarquía motivacional de la personalidad, formado por los motivos que la orientan hacia los objetivos esenciales de la vida (dominantes de vida, N. del A.), lo cual presupone una estrecha relación de la fuerza dinámica de los motivos con la elaboración consciente de sus contenidos, realizados por el sujeto. Estas tendencias representan, por tanto, el nivel superior de la relación entre lo cognitivo y lo afectivo en la personalidad"
Este importante concepto se aviene con el criterio de Símonov al plantear que la característica más importante de la personalidad son las necesidades que ocupan la posición dominante en la jerarquía de los motivos coexistentes y la duración de esta dominación. La necesidad predominante (que domina con mayor frecuencia y duración) es el núcleo auténtico de la personalidad, su rasgo más esencial. Junto a ella, es imprescindible tener en cuenta la función principal de la personalidad que es la de regular el comportamiento. La célula o elemento primario que caracteriza a la personalidad, como nivel regulador del comportamiento, lo es, a su vez, la unidad de lo cognitivo con lo afectivo.
En el modelo teórico propuesto, vamos a estudiar lo que se le presenta a un hombre que enfrenta su trabajo con una capacidad mayor que cero y cargado de unas u otras necesidades que se jerarquizan de acuerdo a la tendencia orientadora de su personalidad. Estudiaremos, someramente, los procesos estrechamente vinculados de percepción, valoración y emoción.
PERCEPCIÓN, VALORACIÓN, EMOCIÓN, MOTIVACIÓN
Es bueno comenzar aclarando que cuando hablamos de percepción, valoración, emoción y motivación, esos procesos no pueden analizarse fuera de su complicada determinación en la personalidad humana, pues ellos no son una consecuencia directa no preestablecida de los aspectos objetivos que aparecen en la situación que enfrenta el individuo, sino que parten de la significación psicológica que el sujeto les atribuye a través de su personalidad.
Según Petrovski... "se llama percepción al reflejo en la conciencia del hombre de los objetos o fenómenos al actuar directamente sobre los órganos de los sentidos, proceso durante el cual ocurren la regulación (ordenamiento) y comprensión de las sensaciones aisladas en reflejos integrales de cosas y acontecimientos"
La percepción del hombre está entonces, estrechamente ligada al pensamiento, a la comprensión de la esencia del objeto o del fenómeno. Percibir conscientemente al objeto quiere decir nombrarlo mentalmente, lo que significa, de hecho, clasificar al objeto percibido en un determinado grupo o clase.
Este proceso de clasificación se relaciona a su vez con el proceso de formación de la valoración. En este proceso el hombre frecuentemente compara el objeto valorado con determinados patrones, los cuales, como regla, son extraídos de su experiencia. Como patrones de comparación pueden actuar determinadas normas, ideales, puntos de vista del sujeto acerca de lo que está bien, lo que está mal, lo que es bello, lo que es feo, etc.
Podemos definir entonces la valoración como "el reflejo subjetivo, en la conciencia del hombre, de la significación que para él poseen los objetos y fenómenos de la realidad". Esta significación estará siempre en función de lo que de alguna forma afecta sus necesidades. Para un individuo, cualquier objeto pierde su significación, su valor, cuando deja de interesarle, cuando deja de servir a la satisfacción de sus necesidades.
Es decir, el hombre está constantemente en un proceso de valoración, en cada situación concreta y esta valoración las lleva a cabo de acuerdo con sus propias necesidades. El reflejo valorativo de la realidad presupone pues, la concientización de la correlación existente entre los objetos y fenómenos del mundo objetivo y las necesidades propias del sujeto.
Analizando la relación existente entre la valoración y las capacidades, resulta evidente que si el hombre no conoce, al menos superficialmente, las propiedades de un determinado fenómeno, no puede emitir una valoración sin relación con el conocimiento. Es decir, la relación entre conocimiento (lo cognitivo) con la valoración (lo afectivo) no es casual. Así, si el conocimiento tiende ante todo a fijar las características del objeto, tal como ellas existen fuera del hombre, la valoración no refleja al objeto en sí mismo, sino las posibilidades en él contenidas de satisfacer las necesidades del hombre.
Como ya analizamos, en el hombre existe una competencia e necesidades coexistentes en un momento dado. El proceso de valoración de las necesidades actualizadas simultáneamente y con frecuencia incompatibles entre sí, transforman las necesidades en emociones, teniendo en cuenta la valoración de la posibilidad (probabilidad) de su satisfacción en la situación concreta dada.
La marcha de la evolución requirió objetivamente de la creación de un mecanismo fisiológico tal, que fuera capaz de, al efectuarse la valoración integral de cualquier suceso, cualquier cambio que ocurriese en el ambiente y, basándose en esta valoración, intervenir en la competencia de necesidades, determinando la dirección y la intensidad, el objetivo del acto de la conducta.
Como medida universal de esta valoración Símonov plantea las emociones. Según este autor (...) "la emoción es el reflejo, por parte del cerebro humano (y de los animales superiores) de alguna necesidad actual (su calidad y magnitud) y la probabilidad de su satisfacción, involuntariamente valorada por el sujeto a base de la experiencia congénita o individualmente adquirida".
La teoría más general de las emociones incita a dividirlas, ante todo, en dos grupos tradicionales: positivas y negativas. Las emociones positivas testimonian la proximidad de la necesidad, mientras las negativas, su alejamiento. Entonces, las que compiten no son las necesidades, sino las emociones engendradas por éstas y no dependientes sólo de ellas, sino de la probabilidad de su satisfacción, lo que integra el proceso interno con el proceso externo.
Bajo esta concepción se tiene tanto en cuenta el elemento que engendra la emoción (la necesidad) como el que refleja (la probabilidad de su satisfacción). Nos parece muy adecuada la representación mediante fórmulas, de esa dependencia, establecida por el propio Símonov:
Donde
E - emoción (en su grado, calidad y signo)
N - la magnitud y cualidad de la necesidad actual
(In - Ie) - la valoración de la probabilidad de satisfacción de la necesidad a base de la experiencia congénita y ontogenética
In - información sobre los medios necesarios según el pronóstico, para la satisfacción de la necesidad
Ie - información, valorada por el sujeto, acerca de los medios existentes de los que dispone el sujeto en realidad
Es decir, el aumento de la posibilidad del logro del objetivo, como resultado de la entrada de la nueva información, engendra emociones positivas que el sujeto hace máximas con el fin de reforzarlas y prolongarlas. La caída de la probabilidad en comparación con el pronóstico disponible antes, lleva a las emociones negativas que el sujeto tiende a hacer mínimas, es decir, debilitar, interrumpir.
Tenemos entonces que, al percibir los objetos, fenómenos, sucesos, cambios de la realidad objetiva y llevarse a cabo el proceso de valoración, proceso que se desarrolla con relación a las necesidades propias, se producen
las emociones que, al intervenir en la competencia de necesidades coexistentes, determinan la dirección y la intensidad, el objetivo del acto de la conducta. A este objetivo del acto de conducta se denomina motivo.
El estudio de la esfera motivacional de la personalidad constituye uno de los aspectos más complejos, pues son los contenidos motivados, portadores de una determinada carga emocional, los que forman la personalidad del hombre, por lo cual podemos afirmar que los motivos, su organización y estructura, así como las diversas formaciones, leyes y procesos que de ellos se derivan, constituyen uno de los pilares esenciales de la personalidad.
De acuerdo con Bozhovich... "los motivos son un tipo especial de estímulo de la conducta humana. Pueden actuar como motivos los objetos del mundo exterior, imágenes, ideas. En una palabra, todo aquello en que ha encontrado su encarnación la necesidad".
Es decir, para que el hombre realice la acción, no basta con la existencia de la necesidad; es indispensable que exista un objeto o la realización de una idea que reviste la forma de valor, que responda a esa necesidad. La conservación y desarrollo del hombre son posibles sólo porque en el mundo existen los objetos de sus necesidades, objetos esenciales para la manifestación y afirmación de sus fuerzas esenciales.
Cada necesidad se asocia, de manera inseparable, a ciertos objetos, relaciones o fenómenos específicos que son la manifestación de las formas concretas que ellas adoptan en la realidad práctica y estos elementos influyen en la dirección y sentido que toma la conducta. Así, en su constante transformación y determinación recíproca en la actividad externa y con sus objetos, los motivos regulan la dirección hacia el objetivo y la intensidad de la activación del comportamiento.
Vale aclarar que los motivos no pueden estudiarse como unidades dinámicas aisladas que orientan al individuo a un comportamiento inmediato, sino en el complejo proceso de mediatización de su función reguladora, aspecto distintivo de toda función psíquica superior. El contenido inductor del motivo, por supuesto, no se corresponde con una forma única de comportamiento. Si ello fuera así, se podría coincidir con los conductistas en que el estudio de lo psíquico se puede reducir al estudio de la conducta. Por el contrario, hay que plantear que es una falacia pensar en la identidad conductual de los sujetos con motivos similares.
Todo esto puede resumirse en que la forma en que el motivo se manifiesta depende de la personalidad del sujeto que lo asume. Podemos concluir que la motivación representa, por tanto, el centro de la regulación inductiva (afectiva) de la conducta; regula la dirección y la intensidad o nivel de actuación del comportamiento de las personas o, de otra forma, es la
responsable de hacia dónde se orienta el comportamiento, con cuánta energía y sostén y de las modificaciones que en su orientación e intensidad ese comportamiento se manifiesta, de momento en momento y de situación en situación.
Si la necesidad es pues, la esencia , el mecanismo de todos los tipos de actitudes, los motivos actúan como manifestaciones concretas de esa esencia. Si ello es así, podemos entonces afirmar que al existir una jerarquía de necesidades, también existe una jerarquía de motivos de la personalidad en relación directa con aquella escala de necesidades. Así entonces, todos los motivos, como necesidad "materializada" se integran con un nivel dado de organización de la personalidad, diferenciándose el potencial regulador de esos motivos sobre el comportamiento, por la posición que ocupan en la jerarquía motivacional de la personalidad.
Así las cosas, estamos en condiciones de ofrecer una definición de motivación que contemple los elementos antes expuestos:
Estado interno que activa, energiza, moviliza y orienta el comportamiento hacia la consecución de los objetivos o motivos portadores de una carga emocional por la satisfacción (o posible satisfacción) de una necesidad.
Utilizamos la expresión "en el sentido estrecho de la palabra social", por cuanto, intencionalmente, queremos separar esta clase de la clase anterior, es decir de las necesidades sociales más generales que determinan los dominantes de vida del sujeto y conforman las necesidades sociales más profundas: las convicciones, valores, etc.