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Ramón López Velarde, poeta y artífice de la palabra, nos ha dejado una magnífica semblanza del eximio orador Jesús Urueta, el divino Urueta. Con su prosa, tan poética, trazó la imagen del orador:

“Este hombre que llega sin blanca a la taquilla de la muerte, es uno de los más persuasivos ejemplos de generosidad en que pueden inspirarse las sociedades de América.

Superior a su medio, ha padecido todas las censuras, hasta la política, y la frivolidad lo juzgó frívolo. Pocos, empero, habrán hecho al país, y por tan corto precio, el bien que Urieta”.

El autor de Suave Patria, ha propuesto, sin quererlo, en este breve libro, Discursos y Conferencias, de Jesús Urueta, una definición del orador: “El gran Barbey decía que la imaginación es la más poderosa de las realidades humanas. En los manteles de Urueta, la imaginación es la dama de carne y hueso que junta las manos a la altura de la boca y configura con los brazos desnudos la Sublime Puerta de vocablos, emociones e ideas”.

“Adaptando lo universal a lo concreto, merecen las letras considerarse como una filosofía en acción. Cada autor tiene la suya. El elemento universal con que filosofa el tribuno chihuahuense destácase en la voluntad, en el furor de vivir”.

Y como si López Velarde presintiera la crítica al orador, fija este juicio: “Erraría quien lo disputara, en conclusión teatral. Cierto que los ojos, entre orgiásticos y curiales, abarcan la escena; que la voz remeda esquilas y campanas mayores; que en la mano, cirujana del aire, se jacta una simpatía huesosa; y que en los párrafos abundanciales tiembla una túnica o se arruga una bahía. Pero el personaje está dentro . Nuevo Arnaldo de Brescia, no se alienta sino de la sangre de las almas”.

Y todavía, subraya el retrato –que puede aplicarse a cualquier orador verdadero–: “Yo quiero guardámelo, en el

archivo de las imágenes instructivas, en el giro de un bailador que escuda con las manos el reverso de su pareja y que, describiendo una circunferencia menguante, se inmoviliza, como un santón, en el centro matemático de la bacanal”.

Para finalizar esta bella imagen con estas sentidas frases: “Recordándolo en las puntas de los pies, en la actitud violinística con que alcanza las caudas de sus párrafos...”

Dicen, quienes tuvieron la fortuna de escucharlo, que Jesús Urueta, en la tribuna, se transfiguraba. Aquel hombre ya no joven, de cabellera rala, de cuerpo encorvado, se agigantaba al hablar; se embellecía. El aura de la oratoria lo nimbaba. La elocuencia aumenta la estatura, hermosea el gesto, redondea el ademán, pon resonancias marítimas en el timbre de la voz.

Es que del orador emana una especie de fuerza magnética; como si le surgiera, del fondo del verbo, un poder mágico, de brujo, de taumaturgo, que tiene acaparada la atención del auditorio. Es de tal naturaleza esta atracción eléctrica, que el auditorio no llega a darse cuenta de la calidad gramatical de las frases, de los dislates, de las omsiones, falta de sintaxis, errores que comete el orador. El público –como se verá con otro orador– está arrebatado, colgado de los labios, en tensión, dispuesto a seguir, como autómata, la voz de quien lo tiene hipnotizado con su verbo.

Hablemos ahora, de este tipo de varón mágico. Yo tuve oportunidad de escuchar, en la ciudad de Bogotá en Colombia, a un orador excepcional: Jorge Eliezer Gaytán.

Oírlo, es un teatro, fue un sacudimiento total. Olvidé el clima inhóspito y el gesto academizante de los habitantes, con la ambición de Atenas en los ojos, su aire de superioridad, su voluntad de parecer sanamente católicos... fue un sacudimiento.

Jorge Eliezer era un atildado profesionista. Vestía irreprochablemente al a inglesa y se comportaba con singular mesura británica. En aquella época, Bogotá era una ciudad en consonancia con su clima. Predominaba una apariencia

religiosa, aun cuando la vida –de puertas para adentro– era diferente. Aquella enorme masa humana, por la Séptima Avenida, al atardecer, parecía un desfile de luto siguiendo algún funeral. Políticamente perduraba la pugna entre conservadores –comandados por un viejo lobo de mar, Laureano Gómez– y liberales –con la Presidencia de la República en sus manos–. El Partido Liberal marcó la candidatura de un abogado Turbay y los conservadores se abstuvieron, manifestándolo así en su periódico. Turbay era de ascendencia árabe. Esto desató una campaña en su contra. En los panteones de Colombia no había ninguna tumba de algún familiar suyo colombiano. Entonces surgió, arrebatadoramente la postulación independiente de Jorge Eliezer. El Partido Liberal se dividió. Los conservadores – dirigidos por Laureano Gómez– fomentaron discreta, sabiamente, esta postulación. Insistieron en que no tendrían candidato. Infortunadamente se caldeó la pasión. Se multiplicaron los incidentes y los choques con heridos y golpeados. No fue posible la reconciliación. El Partido Liberal estaba dividido. Entonces –dentro del marco legal– el Partido Conservador lanzó su candidato a la presidencia. Al presentarse a las elecciones, Turbay ganó una parte, Eliezer ganó la otra, y el Partido Conservador, íntegro, decidió la victoria para él. Así llegaron a la Primera Magistratura.

Eliezer prosiguió fortaleciendo su grupo. Sus partidarios eran, en su mayoría, jóvenes y clase media; núcleos de trabajadores y artesanos. Luchaba acremente contra los oligarcas. Sus discursos eran llamaradas de violencia. Así lo evoco: Se presentaba en escena elegantemente vestido, bien peinado, sereno. Iniciaba sus discursos con suavidad y discreción; pero iba en aumento, levantaba la voz, vigorizaba el ademán minuto a minuto. hasta que estallaba en pasión, en cólera, en vehemencia. No sé cómo, pero ya a la mitad de su arenga, estaba despeinado, con la camisa abierta, agitado, febril, irresistible con su furia verbal.

El pueblo enardecido, contagiado de ira, se agazapaba en sus asientos como fieras dispuestas al ataque. Así, cuando al concluir sus terribles filípicas en contra de los ricos, de los oligarcas, de los explotadores del pueblo, levantaba el brazo – un poco a la manera fascista– y gritaba: ¡A la carga!, la masa salía enloquecida, e iba a lapidar teatros, periódicos y los palacios de los oligarcas.

Jorge Elizer fue asesinado en plena calle. Ello desató una revolución popular, imprevista, espontánea, feroz. La turba asalto los comercios elegantes de la Séptima Avenida, y los incendió, saqueó las tiendas y peleó con policías, primero y, luego con soldados. Fue un desastre. Por varios días continuó la guerrilla urbana. Se izó en la Universidad la bandera de la hoz y del martillo. Después, el ejército sofocó la contienda civil y Bogotá, lamentando sus pérdidas materiales, recuperó su aspecto gris.

Jorge Eliezer tuvo un sepelio entre llamas.

Otro orador sudamericano, que me impresionó fue Víctor Raúl Haya de la Torre, el creador y fundador del APRA.

Víctor Raúl, joven entonces, era un hombre macizo con apariencia de gordo; ágil, nervioso, con vocación de conductor de pueblos, A fuer de varón muy culto, viajero por Europa, estudiante perpetuo, lector de bibliotecas, teórico, autor de una doctrina, la del APRA. Víctor Raúl no es, propiamente, un orador lírico con demasiada belleza en sus discursos –como Urueta– y sin el brío flamígero de Eliezer. Piensa y razona con facilidad, argumenta, critica, polemiza con acento acerado y persuasivo. Sin que ello quiera decir que, hábil orador como es, no cambie el diapasón cuando es menester y se transforme en un auténtico agitador. ¡No en vano provocó una oleada de partidarios entusiastas, fanáticos, seguidores de él a quien consideraban, en el Perú como a un apóstol!, no en vano creó en otros países, organizaciones apristas, provocando la reacción combativa del Partido Comunista. No obstante de que ganó la mayoría electoral, no

llegó a la Presidencia, pero esto hay que abonarlo en su cuenta. Víctor Raúl, amigo de Gandhi, de Romain Rolland, de José Vasconcelos, no ha querido nunca emplear la violencia como arma política. Es un pacifista convencido. Combatido con fiereza. Víctor Raúl, a pesar de todo, conserva la lealtad de muchos ciudadanos de Perú y mantiene al APRA en pie de lucha, debido a la elocuencia de su verbo.

Al escribir estas líneas he recordado unas páginas del poeta Alberto Hidalgo, en su obra, tan rara, Diario de mi

sentimiento, que se refiere al líder peruano, en su categoría de

orador.

Dice Alberto Hidalgo: “No habla, mueve la voz, la lleva de aquí para allá con una impostación apostólica, suprahumana. A veces la coloca en la altura y da la sensación de que el techo se parte o de que el vecino de arriba pasa sus imprecaciones por un agujero, como si en truco ilusionista nos agüeitase con la garganta. Alzamos la vista para ver esa voz y no hallamos nada, naturalmente, pero en este momento un grito de Haya nos llama desde un rincón de la pieza. Y nuestras miradas ruedan en su busca por el suelo, según dos pobres monedas. Sus pensamientos flamean junto a nosotros, se los ve agitarse un minuto hacia el norte, hacia el sur, a la manera de esas llamas que usan los incendios para decorar cualquier tarde. De cuando en cuando, Haya subraya sus frases con un golpe de brazo. Su mano larga sacude los últimos vocablos, para entregarlos limpios de malas interpretaciones, por lo que algunas veces su exceso de profilaxis les arranca las letras finales. Y esa mutilación les asegura un encanto especial. Me presumo que en las tribunas públicas, donde arenga a sus huestes, debe haber cierto peligro en colocarse a sus costados, porque sus brazos han de causar resfríos al batir al viento como dos alas...”

Redactar este capítulo de remembranzas, en torno a una galería de oradores, me ha dolido en la entraña, ha creado en mí un nudo de lágrimas imposibles. Muchas de las personas citadas, mis amigos, han muerto. Estando en

Paraguay publiqué un ensayo, Construcción de Alberto

Hidalgo; pero hoy siento que debería publicar un libro

completo para glosar la trayectoria de su genio...

Jubilosamente publiqué, mucho tiempo después, un volumen, Imagen de un hombre libre, para exaltar la figura de Miguel Giménez Igualada, el último gran orador que yo he escuchado.

¡Qué difícil poder decir: he conocido a un hombre bueno, con toda la bondad, con toda la ternura, con todo el amor a la vida y a los hombres! ¡Qué difícil! Y, sin embargo, Miguel Giménez Igualada –recientemente fallecido– lo fue, con su legítima hombría de bien, con su corazón alegre, espiritual, sensitivo, frutal.

Llegó de España, empujado por la furia y el odio, por la destrucción y la muerte; llegó acompañado de su esposa Isabelita. Ancló en nuestra tierra. Ya no volvió a salir, Aquí murieron, primero Ella –tan dulce y simple, como una fruta en sazón–, tan cariñosa, como la sonrisa de una niña; después El. Al caer la última tierra –que tanto amó– sentimos que estábamos enterrando un trozo de la bondad humana, quizá el último, en medio de este aire de competencia, de ambición, de ciego maquinismo y deseos de triturar y despeñar al prójimo.

Miguel Giménez Igualada, era anarquista individualista. Jamás admitió otro anarquismo que el derivado de Stirner, el autor de El único y su propiedad.

Pero mientras para otros anarquistas –colectivistas, bakunianos, kropotkinianos, proudhonianos–, el anarquismo es teoría y violencia, para Giménez Igualada –tan tierno como un abuelito– era esencialmente una conducta amorosa. Su pensamiento descansó en tres actitudes de su humanismo: amor, bondad y belleza.

Pasó por la Revolución Española sin disparar un tiro, sin empuñar un arma. El supo que la violencia engendra mayor violencia y que la redención del hombre sólo se conseguirá, algún día, por los caminos de la tolerancia, del

respeto recíproco, de la propia estimación. Publicó varios libros trascendentales: Más allá del dolor, Caminos del

Hombre, Anarquismo, Lobos en España, y un folleto que

contiene tres conferencias: Bondad, de Oratoria y breve

Hablada, discurso pronunciado en la Preparatoria No. 4, en

Tacubaya. Pues, bien, independientemente de su calidad como estilista del lenguaje, después de su bello volumen,

Salmos que es una colección de poemas en prosa, hay que

evocar su capacidad extraordinaria de Orador nato.

Desde muy joven se distinguió por sus discursos. Su existencia fue tumultuosa. Viajó, impedido por las circunstancias de un lado para otro. Radicó en Portugal, en Argentina, en Uruguay, volvió a España; lo acorraló la Guerra Española y, al fin, después de mil y una visisitudes, de peligros, de persecuciones, de destierros, llegó a México, ayudado por el profesor Gilberto Bosques, a la sazón Cónsul, y enraizó definitivamente.

Y cuando lo conocí estaba anciano, un anciano de cerca de ochenta años, y, sin embargo, cuantas veces lo invité a hablar de centros estudiantiles, su palabra era vigorosa, su emoción arrebatadora y su pensamiento bondadoso, claro y magnífico.

En su breve Hablada, frente a los preparatorianos de la 4, texto que dedicó a Arturo Muñoz Cota Pérez, expresa: “Y fijaos que no he dicho como algunos que quieren ser modestos, mi charla, porque charla es igual a cháchara, vaniloquio, bagazo o farsantía, sino mi hablada por querer dar a hablar, verbo expresivo y hermoso, la verdadera importancia que tiene en nuestra lengua. Porque charlar, charla cualquiera, hasta las cotorritas, por lo que a los que charlan las gentes les llaman charlatanes, o sea lengüilargos, que equivale a embusteros; pero hablar, comunicarse con las personas para informarles de algo útil y bueno o para hacerles entender el afecto que se les tiene, no lo hacen todos, ya que se necesita más valor moral para decirle a uno “te quiero” que para tirarle a la cara un “te odio”, porque cuesta más trabajo

ser bueno, y, por sus acciones también merecerlo, que ser malo y enorgullecerse de su maldad. No se charla con la madre, que equivaldría a irreverencia; ni con el padre, que sería falta de respeto; ni con la novia, porque el charlatán cometería imperdonable pecado de amor. A los que se quiere y respeta, se les habla, como se les debe hablar también a los que se quiere querer”.

Para el maestro Giménez Igualada, hablar era una forma de la docencia y la docencia la más sublime de las actividades humanas. Siempre juzgó que hablar o escribir, entrañaba una tan seria responsabilidad, que debía hablarse como si fuera la última vez que se hiciera y las palabras pasaran a la eternidad.

Una profunda emoción despertaba en la tribuna. Recuerdo una alentadora experiencia: un grupo de jóvenes normalistas nos invitaron a pronunciar una serie de conferencias. La primera correspondió a mi compañera Alicia Pérez Salazar. La oyeron con afecto y la aplaudieron con entusiasmo. Habló de Martin Luther King; la segunda ocasión hablé yo. No quedé satisfecho. No se estableció – quién sabe por qué– la simpatía indispensable entre orador y público.

Pero, la tercera correspondió al Maestro. Disertó sobre diferentes temas: el magisterio, la juventud, la bondad, la belleza, el amor... y, todos comprobamos cómo paulatinamente, se hizo un silencio completo, cómo la atención se centraba en él y cómo se fueron emocionando al conjuro de sus palabras. Cuando concluyó, buena parte de los ruidosos muchachos, particularmente las mujeres, lloraban. Vinieron a él para abrazarlo y felicitarlo. Y él, con su habitual ternura, les decía: –Gracias, hijos míos, gracias...

He dejado para lo último la evocación de Horacio Zúñiga. Cuando lo conocimos en la vieja Preparatoria de San Ildefonso, era un varón muy joven, de color blanco, de pelo corto, muy corto, ancho de espaldas, de regular estatura, y usando unos anteojos que descubrían su miopía. Tenía los

maxilares pronunciados, debidamente rasurado y la impresión que dejaba era de voluntad, de férrea voluntad. Hablaba con sencillez, pero con energía, con acento abaritonado, hábil en el uso de las inflexiones y de los matices del timbre de voz. Su paso al caminar era firme, tranquilo, y en sus ademanes – tan sobrios– se aseguraba su carácter. Era el orador verbo- motor por excelencia. Hablaba en tono de discurso –sin que esto señalase pedantería o vanidad o chocara al oído por lo afectado– sino que, hablaba dictando cátedra, muy serio, muy grave, muy austero, porque ya naturalmente había nacido con vocación magisterial y dada su abundante, su erudita y sabia cultura. Horacio Zuñiga no podía prescindir, aún queriéndolo –porque nadie más modesto que él– usar de otro tono. Aunque siempre vivió tangente a la frivolidad, ayuno de fiestas y de actos superficiales, era ágil y hasta cáustico, cuando usaba de la ironía como arma de combate dialéctico. Su capacidad de polemista era imponente. Citas, parábolas, metáforas, razonamientos, todo fluía para demoler, destrozar, descuartizar al contrincante, a quien el verbo reducía a polvo y el polvo era llevado lejos por el viento.

Acto continuo, se serenaba como el mar después de la tempestad y las palabras recuperaban su vuelo de gaviotas, su perfume de jardín y el brillo deslumbrante del arco-iris o del agua surtidora de la fuente.

Horacio Zuñiga nació en provincia. Ya se disputan el lugar de su nacimiento. ¿Fue en Oaxaca o fue en el Estado de México? Estudió en Toluca. Todas las provincias conservan idéntico paisaje espiritual. Gastan sus energías –perezosas– entre la rutina que no osa cambiar y la política de campanario que no llega a crecer y entrar a su mayoría de edad.

Escribe el poeta Alfredo Ortíz Vidales, en su bello libro, En la paz de los pueblos:

“A las seis, a las siete de la tarde, en estas ciudades silenciosas con plazas y callejas desoladas, es dulce ir a ver las ventanas

para sentirse un poco de folletín la cara”.

Sin embargo, la animación se inscribe en la escuela. Ahí juegan, gritan, corren se desbordan los niños que son, esencialmente, igual a los niños de todo el mundo. En las aulas, a nivel universitario, sobre todo en la Preparatoria, una juventud romántica, soñadora, impaciente por saltar la cuerda del tiempo para entrar de lleno a la madurez y vivir como viven los mayores, los hombres y las mujeres que ya son dignos de amar, de gozar, de asomarse al paraíso perdido. En la Preparatoria, sobresalió de inmediato el jovencito Horacio, muchacho retraído, tímido, arisco, soledoso, muy dado a los libros, a los diálogos y a recitar sus propios poemas. Fue el primero en todas sus clases. Corrió su nombre en boca de la fama. ¡En la provincia se estiman estas cosas de la inteligencia y del aprovechamiento escolar!

Horacio, en efecto, con un temperamento religioso, se imponía severos castigos cuando, por debilidad, violaba las reglas de soledad y de estudio que él mismo se había impuesto. Frecuentemente se pelaba al rape para tener pretexto y no concurrir a las reuniones de sus compañeros ni a sus inocentes fiestas caseras.

LE gustaban las chichas, alguna en particular –¡como que era un enamorado de la belleza!–, pero su timidez alargaba los pasos y no llegaba nunca a acercarse a ella. No se le conocía novia. Allá, en la quietud de su cuarto, emborronaba hojas y hojas de papel en busca de la metáfora exquisita y única, en ajuste de consonantes y realidad de

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