Annex E: Priority Activities
RURAL OUTREACH
liberales defendieron la libertad de pensamiento y de imprenta buscando constituir su propio aparato ideológico en la prensa, tal como los conservadores se apoyaron en la iglesia (2000, p. 60; 2005, p. 25). Y para apuntalar la modalidad propagandística y doctrinaria de la función de la prensa, se cultivaron preferentemente los géneros editoriales de tonos satíricos o jocoserios con recursos verbales y gráficos de índole costumbrista, como puede constatarse en las crónicas, los artículos de opinión y las caricaturas políticas de la época.
Ésa es la principal explicación del salto cuantitativo y cualitativo de la caricatura mexicana: su principal condición de posibilidad fue la consolidación del proyecto liberal. En la Ciudad de México había cuatro publicaciones con caricaturas políticas durante la década de los cuarenta y en los siguientes diez
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años llegaron a ser seis. Pero en los sesenta la cifra se disparó hasta que llegaron a existir 31 publicaciones (Gantús, 2009, p. 23).
La llegada al poder de los liberales puros marcó una etapa nueva para el periodismo mexicano y la caricatura. Tras la caída de Santa Anna reapareció momentáneamente la libertad de imprenta y con ella, la caricatura política que, sin abandonar el estilo polémico que la caracterizaría durante casi todo el siglo XIX, encauzó la construcción de visibilidad hacia la lucha por la implantación de las instituciones liberales y su posterior consolidación a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Durante los breves lapsos de precaria paz en el período, la caricatura política, particularmente la de combate, supo ser crítica de los liberales en el poder, sobre todo con el manejo de la economía, a la vez que fue feroz contra quienes consideraba sus principales adversarios: los conservadores.
En los conflictos armados del período, como en la Guerra de los Tres Años (1858-1861), y durante la Intervención Francesa y el Segundo Imperio Mexicano (1862-1867) la caricatura fungió como arma de resistencia y difusión. Nacida en una etapa bélica con periódicos de talante polémica, en el género de la caricatura se impuso el estilo de combate, es decir, la caricatura militante, “la máxima expresión plástica del romanticismo nacionalista a la vez que su arma de propaganda más eficaz” (Barajas, 2000, p. 65).
Consolidando la influencia de los períodos anteriores, el modelo de la prensa y la caricatura política de combate provino de los románticos franceses. Por un lado, el intelectual comprometido bajo la figura de Víctor Hugo y por otro, el artista militante a partir de la trayectoria y la obra de Honoré Daumier, a quien se considera el padre de la caricatura política moderna.
Pero no todo se debió al influjo del extranjero. También el trabajo y la experiencia acumulados en los campos de la política, el periodismo y el arte durante los años de vida independiente, así como la amplia y mestiza vena popular se tradujeron en la formación de los cuadros liberales que emergieron en este período. Un ejemplo de la organización de los intelectuales liberales fue la tertulia conocida como Academia Nocturna de Filosofía (Barajas, 2000, p. 63), de donde surgió la iniciativa para crear periódicos ilustrados con caricaturas.
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Entre estos proyectos descolló en 1861 La Orquesta, cuyo nombre hacía
referencia a su inspiración francesa Le Charivari, revista de humor que
mantuvo una permanente escaramuza contra el gobierno francés.
A lo largo de 16 años distribuidos en cinco épocas, en La Orquesta
publicaron sus caricaturas Constantino Escalante, Santiago Hernández, José María Villasana, Alejandro Casarín y Jesús T. Alamilla. De entre ellos, destacó la figura de Escalante.
En la obra de Escalante hubo dos cumbres, una relacionada con la práctica discursiva, y la otra con las prácticas no discursivas. Por un lado la experiencia del género, acumulada en los períodos anteriores, se consumó en la creación de un estilo propio a partir de la incorporación de la nueva composición del género practicada en Europa, sin caer en la imitación burda. En lugar de sacralizar la influencia de los caricaturistas franceses, Escalante y los caricaturistas de combate del siglo XIX se apropiaron del estilo dando lugar a la aparición de una caricatura política más esquemática, sintética, empleando una iconografía propia basada en tipos locales y con un manejo retórico innovador. En el caso de Escalante, su caricatura política procuró tener un estilo nacional, actualizando el barroco churrigueresco, pero ya no a través de la simple acumulación de elementos gráficos, sino usando una composición compleja. En cuanto a la técnica de reproducción, la litografía mexicana ya había alcanzado su momento de maduración.
El otro pináculo alcanzado por Escalante y los caricaturistas de combate consistió en sus prácticas no discursivas, situadas en el contexto de mediados del siglo XIX, cuando el estatus del caricaturista había dejado de ser el de un artesano ignaro. Escalante, Santiago Hernández y Hesiquio Iriarte fueron miembros de la Academia Nocturna de Filosofía y, por lo tanto, también dejaron de ser empleados anónimos para llegar a convertirse en miembros del cuerpo editorial de algunas publicaciones.
En cuanto al campo artístico, casi ningún caricaturista tuvo formación escolar en la Academia de San Carlos, con excepción de algún paso efímero por sus talleres. Sin embargo, hubo otros, como Escalante, que llegaron a exponer sus pinturas en los eventos que ahí se organizaban (Acevedo, 2000, p. 20). La relación de los caricaturistas con la Academia fue en términos generales conflictiva: mientras que la Academia se esforzó por mantener los
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valores tradicionales, los caricaturistas cuestionaban incluso al bando liberal en el poder.
A partir de los artículos escritos por Constantino Escalante, Barajas deduce que aquél simpatizó con las posiciones del socialismo radical al propugnar el reparto de la tierra, la proliferación de fábricas propiedad del Estado, la obligación de trabajar para todos y la educación de carácter público y gratuito (2000, pp. 70-71). Sin embargo, los caricaturistas de combate como Escalante, más que moverse por intereses de facción, eran alentados por sus principios y aunque compartían la filiación liberal del gobierno de Benito Juárez, su militancia no les impedía ejercer la crítica contra el liberalismo económico de los hacendados capitalistas, cuyos representantes gobernaban a México. Y cuando el gobierno liberal se vio amenazado por los conservadores y el intervencionismo extranjero, las caricaturas de combate se mostraron indudablemente solidarias con la causa patriótica.
Tras la ocupación francesa en 1863, Escalante llegó a ser encarcelado, como sucedió con todos los editores, periodistas y caricaturistas que se atrevieron a criticar a los invasores. Por su participación en la defensa de Puebla, el caricaturista Alejandro Casarín fue deportado a Francia y más tarde, a su retorno, contribuyó a enriquecer el género en México.
En tiempos del Imperio, toda publicación con caricaturas fue considerada de oposición y sometida a restricciones legales. Pero donde periódicos como El Siglo Diez y Nueve y El Monitor Republicano optaron por cerrar, La Orquesta
aprovechó la vocación liberal del Emperador Maximiliano, quien en 1865 levantó la censura contra la prensa.
En esos días, los caricaturistas de La Orquesta demostraron la
capacidad táctica de la caricatura política aprovechándose de la ocasión. Por ejemplo, antes de la llegada del ejército francés, Escalante salió al paso de las provocaciones al gobierno mexicano por parte del embajador Saligny, quien pretendía precipitar la intervención francesa. Ante el dilema del gobierno, que procuraba evitar la conflagración, Escalante respondió con el filo de sus caricaturas.
Cuando Maximiliano se asumió como Emperador de México, Escalante enfiló sus baterías contra los conservadores mexicanos, señalando la decepción que provocó en ellos la vocación liberal del Habsburgo. Al dirigir sus
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críticas de esta manera podía evitar las represalias contra el medio, manteniendo la aquiescencia del Emperador y, al mismo tiempo, haciendo daño en la cohesión de sus adversarios.
Cuando el panorama se tornaba difícil, los caricaturistas optaron por hacer caricatura social, mofándose de las costumbres de las élites en el poder. Y, tras esta táctica, lograron filtrar caricaturas en apoyo de la resistencia y el gobierno de Juárez, a veces de manera solapada y en ocasiones, cuando las condiciones eran favorables, de manera abierta.
A pesar de su capacidad táctica, La Orquesta fue clausurada en 1866
por los desesperados conservadores ante el inminente naufragio de su Imperio. Sin embargo, en este período los caricaturistas demostraron que eran expertos en el tacto, esa razón del equilibrista que le permite al débil mantener su resistencia al mismo tiempo que es capaz de moverse dentro de los dominios del poderoso.